El imperio de lo postizo 
*Manuel Guillén
 
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Alguna vez, una fichera con pretensiones de universitaria, modelo y hostess (aunque quizá también fuera todo ello) me contó que en una agencia de "damas de compañía" en la que había trabajado, el precio de la acompañante variaba, de inicio, de acuerdo con su categoría: A, B o C. La primera (A) correspondía a chicas guapas, pero con pocas tetas; la segunda (B) a guapas, con tetas grandes pero naturales, y la última (C) eran guapas y con grandes tetas artificiales (o "retocadas", según la descripción de Nancy). Claro está, la última categoría, era la más cara.

Si esto es válido para simples prostitutas convencionales, mucho más para verdaderas estrellas de la prostitución mediática como son las actrices porno. Con ellas, el efecto es infinitamente mayor. Su imagen, desempeño sexual y atributos físicos se despliegan en una onda universal de incesantes repeticiones. Son emblemas de ese underground masivo que es el mundo de la pornografía legal.

A través de ellas, y gracias a ellas, el natural fetiche masculino (y más de una vez también femenino) de los senos grandes (referencia a la madre, al alimento, la vida y la fecundidad, inter alia) se ha trastocado en un desquiciado fetiche por la goma, el silicón y los aditamentos inflables (referencia a qué: ¿a los balones?, ¿a los globos?, ¿al futbol?). 

En breve, dentro del orden racional de las cosas, no era improbable, pero sí inquietante cuando no aberrante, que el deseo vinculado a los mass media (ahora hablamos del porno, pero también están las conductoras, modelos y actrices de cine y televisión) se decantara por lo artificial y no por lo natural. Por las dotes quirúrgicas y no por las genéticas. Ocurrió justo así: el deseo es esclavo de lo postizo.

En su obra De la seducción,1 Jean Baudrillard enfatiza este hecho sobre la base de una de sus recurrencias teóricas: el advenimiento del entramado de hiperrealidad que caracteriza nuestros tiempos. Gracias a, y a través de, la alta complejidad comunicacional, la globalización en todos los niveles (comunicativo, económico, cultural, virtual, etcétera) y la explosión de la multirre-presentacionalidad estética, un segundo universo se ha encaramado sobre la realidad; una viscosa membrana formada por deseos, perversiones, transgresiones, juegos, esperanzas, etcétera, se posa sobre los acontecimientos crudos resaltándolos, coloreándolos y esculpiéndolos de acuerdo con los vaivenes de la caprichosa, oscura y engañosa psicología humana.

En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que lo real puro y simple es algo insípido, aburrido, prosaico. Es necesario dotarlo de sentido y de adrenalina por medio del juego del simulacro, del exceso de sentido, de la condensación representacional. No es ya suficiente una explicación sencilla de ciertos acontecimientos, sino que debe haber una teoría conspiratoria para explicarlos. No basta con sentir nuestras emociones hacia los demás justo como surgen de nuestro cerebro y actuar en consecuencia, sino que las hemos de moldear según aquella novela, esta serie televisiva, el filme aquél. No sólo queremos desear el cuerpo de nuestras parejas cotidianas, blando y dúctil, sino que anhelamos la belleza de las revistas, los videos, la televisión, ¡las edecanes de la Fórmula 1!, o las porristas de la nfl.

En este entorno ultramoderno, la pornografía es un cohete disparado que levanta sin freno nuestros anhelos, deseos y carencias. La belleza desbordada en lascivia; la perversión permitida, normalizada; los sueños convertidos en sudor y carne; el exceso trivializado. Una isla de libertad en el fragor de una sociedad rígida, reglamentaria, implacable y vigilante. Pero como la mayoría de las cosas hedonistas, asoma sus desventajas: ligazón con el mercado, falta de imaginación, y la más importante: lleva en su impronta hiperrealista su propia reductio ad absurdum; es decir, llega a convertirse en una mera parodia de lo que quiere representar.

Justo eso es lo que ha ocurrido con el trepidante delirio por los implantes (primordialmente de senos, aunque puede haber de nalgas, labios, caderas y bíceps) que presentan las actrices porno. Al convertir el máximo fetiche sexual masculino en un talismán, éste pierde su significado original (aquél que le daba espesor como fetiche) para volverse una simple ornamenta dislocada; bisutería de fácil relumbrón, pero carente de peso específico.

De seguro, habrá por mucho tiempo masas dispuestas a regocijarse con el abaratamiento de sus pasiones. No obstante, en la parodización de sus elementos, en la excesiva comercialización de sus contenidos hasta ridiculizarlos, y en la pérdida de la oscuridad requerida, se vislumbra una futura aunque remota caída de la hoy portentosa industria de la pornografía main stream (no es de extrañar el alza del porno extremo, de la transexualidad a la zoofilia). La proliferación de implantes es sólo un reflejo, una muestra, de lo mal hecho que puede ser el erotismo de poca monta.

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Una de las bellezas más hipnotizantes del porno convencional actual es Hannah Harper: joven, castaña natural y rubia artificial, con mirada de adolescente y dentadura proletaria, convincente en el jadeo y en el susurro, febril y sudorosa; sofisticación sobre una raíz de cachondería vulgar. Todo en ella es excelente, excepto las tetas: duros baloncillos irrisorios sobre la caída natural de la carne blanca, sajona, insular.

Desconozco cómo era su imagen preoperatoria, aunque no es difícil adivinar que tenía los senos mínimos de tantas europeas. ¿Y qué había de malo con ello?

Pero la industria del porno es una trituradora que sigue el vaivén del gusto de su público, y el gusto dice que entre más grandes y duros sean los senos, mejor, sin importar si son naturales o postizos. Es más, si es el último caso, habrá de preferirse, puesto que conservan —esa es la pretensión— el levante de la juventud; vencen la gravidez, quiebran la temporalidad, olvidan el amamantamiento, real o posible.

A veces, la industria también propone. A mediados de los noventa la empresa europea Private comenzó a guiar un estilo, llamémoslo naturalista, de la pornografía: relaciones sexuales convincentes, exclamaciones espontáneas, mujeres con las carnes en el sitio preciso de su anatomía, sin implantes ni retoques, cuerpos femeninos naturales. Extrajo lo mejor de la belleza europea promedio y la lanzó al mundo, sin importar si las tetas de sus actrices eran grandes o pequeñas, firmes o dúctiles.

El impulso Private provocó varios hitos: el estilo naturalista, rudo y machista, del actor, productor y director italiano Rocco Siffredi, y dos bellezas de máximo calibre: Silvia Saint y Julia Taylor.

Originarias de Europa del Este son, en una palabra, linduras extremas que rebasan el contexto porno en el que se hallan. Dadas a conocer con exultantes cuerpos naturales y desempeño de gladiadoras (Amis dixit) sobre la cama (o sobre el pasto, la arena, el cofre de un auto, un escritorio, etcétera), más tarde o más temprano el caudal de la industria las arrasó. Hoy, ambas se han retocado con implantes sus antaño suculentas glándulas mamarias que caían armónicas bajo el dominio de la fuerza gravitatoria. Sin más, su camino al cirujano ha sido decepcionante.

Apelar a la psicología de las actrices en cuestión (especular "¿qué les pasó por la cabeza cuando decidieron operarse?") es fútil. Es, simple y sencillamente, una cuestión económico-contractual: si quieres filmar más, entonces tienes que operarte. Más filmes, más dinero. Es todo. Más bien, la especulación deberá seguir el camino de la psicología del hombre cotidiano actual.

No es difícil trazar la línea que lleva al gusto por lo sencillo, lo rápido, lo facilón, lo hecho con prisa, lo mal hecho pero digerible, tan característico de nuestros tiempos. Fácilmente nos conformamos con la sensualidad moralina de la televisión, con artistas pop prefabricados, dioses del playback; con comedias baratas en el cine y con automóviles de ínfima calidad hechos en Corea. Lo importante es obtener un satisfactor inmediato; remediar momentáneamente el deseo o la necesidad, o ambos. Un entorno así propicia el gusto por la caricatura anatómica de cientos de actrices porno en el mundo. 

Más allá de su desempeño, de la convicción con la que transmiten sus ejecuciones sexuales, lo que el gran público aprecia es el creciente aumento de tallas de sostén, sin importar que a la hora de la acción los senos luzcan como grotescas pelotas subepiteliales, cuando no como gomas fuera de lugar debajo de los pezones.

Es un signo de nuestros tiempos pasar por alto la calidad privilegiando la inmediatez de los satisfactores. De ahí el alto grado de desperdicio fílmico pseudoerótico con que la industria llena todos los espacios posibles, del cable al Internet.

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En los fabulosos noventa los fanáticos del porno vislumbramos una posible y deseable dicotomía (que no es absoluta ni exclusiva de uno u otro continente): entre el material europeo, afín a la naturalidad, y el imperio de lo postizo estadunidense. Sin embargo, la caída en el silicón de las ya mencionadas máximas divas del sexo mediatizado de la posmodernidad indica que lo único cierto es que "[e]l único fantasma en juego en el porno, si es que hay uno, no es el del sexo, sino el de lo real, y su absorción, absorción en otra cosa distinta de lo real, lo hiperreal".

Entonces, ¿qué es toda esta obsesión por los senos artificiales? Que no es exclusiva del porno, aunque sí que es su mejor termómetro, sino del show business todo y del público en general. Cinco millones de norteamericanas llevan implantes en las tetas. Cualquier edecán, teibolera o compañera de gimnasio en México, también.

Posiblemente, en el fondo (perdido ya el referente anatómico-sexual al que los implantes pretendían potenciar, pero que en verdad sólo alcanzan a parodiar), sean un mero amuleto de la quimérica eterna juventud. Más cercanos, así, a toda la patología de anhelos de belleza (una "belleza" de plástico, artificial, muerta) que insufla vida a la desbordante práctica de la cirugía plástica, y alejados del deseo sexual y la seducción. Lo que se pasa por alto, lo que el retorcimiento de los símbolos olvida, es que la pérdida de la originalidad siempre ha sido un signo de degradación. Un Rolex con maquinaria taiwanesa es una porquería. Un cd pirata, una ofensa, y una mujer con desodorante vaginal, la antítesis de la excitación.

Por supuesto, no es la primera ni la última vez que las obsesiones de la vanidad llevan a la desolación de los individuos. La imagen arquetípica de la sex star retirada, vieja, drogada y con el cuerpo calcinado por innumerables cirugías es ya parte de la cotidianidad. Pero ya no sólo del mundillo de la industria porno, sino de la vida en general. Cada día aumenta el ejército de actrices, bailarinas nudistas y mujeres acomodadas que han alcanzado esa costa. Son parte de la sintomatología general de nuestra sociedad en la que el culto a la imagen bella es el culto al simulacro. No se piensa en un cuerpo hermoso al estilo clásico, sino en un cuerpo bello producto de la alquimia; que pudiera surgir resplandeciente, moldeado y atractivo, desde los infiernos de la grasa, los vicios y los desordenes alimenticios, gracias al simple efecto de unas píldoras, un ungüento o el bisturí.

Sin embargo, la realidad siempre se impone, y a veces de manera despiadada: esos cuerpos flagelados, los inexorables rasgos de la vejez o las complicaciones clínicas irremediables. Para los espectadores de la pornografía el efecto visual de esto, cuando ocurre a las sex stars, es punzante e incluso desagradable, pero tienen a mano la posibilidad de cambiar de imágenes, de iconos, de actrices.

Ver una cinta pornográfica protagonizada por cualquier actriz del grueso de la gran industria estadunidense es ver mujeres, cuerpos femeninos, cicatrizados por lo postizo. Paradójicamente bellas: una belleza que se pierde en lo grotesco. Una broma de sí mismas. El precio de la firmeza plástica, de la piel estirada aquí y allá, es la pérdida de lo espontáneo, de la respuesta sexual impulsiva.

 
 
 
 
 
 
 
 
   

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Polémicas vacías en torno a la industria porno no tienen lugar aquí. Sobre si es una expresión virulenta del machismo (¿qué no lo es en nuestras sociedades?),3 o sobre si contraviene el núcleo de moralidad y monogamia de las parejas burguesas (falsa psicología pavloviana superada tiempo atrás), entre otras.

Como si hiciera falta decirlo, la tesis es que la pornografía es básicamente una manifestación válida y positiva, aunque polémica, del mundo actual, determinado por dinámicas hiperrealistas. La objeción es por una pornografía mejor realizada, convincente, salvaje quizá, de buena factura. No se trata de hacer arte, por supuesto; para eso está el otro cine, el del público en general. Se trata de acertar en el blanco: en la naturalidad de nuestros instintos, en nuestra animalidad irredenta que, después de todo, es lo básico que determina el deseo y el goce sexual en esta Tierra.• 

*Manuel Guillén hizo la carrera de filosofía en la UNAM. Fue becario del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la misma casa de estudios. Ha sido profesor, reportero cultural y articulista. En la actualidad se dedica a la capacitación empresarial y al desarrollo de sistemas organizacionales para la administración pública. 
 
Notas

 1 Jean Baudrillard, De la seducción, Madrid, Cátedra, 1991.

 2 Ibid., p. 33.

 3 "Freud tiene razón: no hay más que una sola sexualidad, una sola libido —masculina. La sexualidad es esta estructura fuerte, discriminante, centrada en el falo, la castración, el nombre del padre, la represión. No hay otra. De nada sirve soñar con una sexualidad no fálica, no señalada, no marcada", ibid., p. 14.