| Nada tan irrefutable como la magia... La magia
en el más ufano de sus disfraces, en la transparencia más
aplastante, en el más aturdidor de sus matices. La magia transatlántica,
tan virulenta que carece de basamento científico y reconocimiento
legal, creadora de planetas nuevos y faustos fervores: ésa que traen
pegada a la piel los que buenamente atinamos a llamar amigos.
Y de la que alguna vez fue patria nuestra desembarcan dos compinches,
aletargados de tanto y tanto volar. Sin saberlo siquiera, echan pie en
un mundo edificado a base de luces de burdel (sueños de Buñuel),
con putas de antaño arrastradas por la vida y el asfalto hasta el
más sombrío de los bulevares cósmicos. Es en este
mar de condolencias humanas en el que dos viajeros tienen a bien hundirse,
entregarse como la más enamorada de las ciegas. Vayito les espera
con el alma embarrada de concreto y tacos al pastor y todos esos rincones
orgullosos a los que ha planeado ya llevarlos. Y allá los lleva.
Y Neu y Marcel andan gustosos por Coyoacán y por Reforma y por Ciudad
Universitaria, y hasta hubieran querido andar también por Chapultepec,
pero la fortuna no les hubo sonreído tanto. A cambio, en su camino
introdujo un radiante y bienvibroso tapete, y no es sino en los
hombros de éste que diversas notas se difuminaron con el viento
espeso de la Anzures. Si uno agudiza bien la oreja, aún puede percibirse
en el aire uno que otro son, como aquel que dice aquello de los cinco amigos
y sus penas...
De Osvaldo y Jimena hace falta el segundo de los factores. De cierto
lo sabemos todos y cuando llega el momento de cantarles, cuatro corazones
se estrujan y uno se quiebra tiernamente, como el más suave de los
silbidos. Aquí habemos también cinco, a pesar de que Mena
se quiso ir a platicar con las ballenas, argumentando a la vez que los
lanzamientos lunares le quedan cerca y que vale la pena el arriesgarse.
Y sí que es verdad... Vale la pena. |
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| Hoy, dicen las malas lenguas que a Neu y a Marcel
se les encontró días después, recostados debajo de
un enorme banano chiapaneco, con los párpados en vela, empapados
con el perfume que les queda a aquellos que se bañaron ya en Agua
Azul y se perdieron en los verdes de una península peculiar. Y acá
en Playa del Carmen un tucán se esfuerza por mantener a flote su
canto, sin saber por qué se siente nimio, sin entender la complejidad
de su letargo... ¿Será que se está quedando sin casa?
Sí. Pero además cuenta el cuento que despertó una
mañana y por dos o tres o cuatro segundos presenció de cerca,
en la pequeña palapa del Circuito 26 donde Neu y Marcel despertaban,
una magia muy parecida a la suya. Se pensó el muy loco que de ser
todos los bípedos igual de hermosos que estos dos, su casa seguiría
intacta. Y con este pensamiento se voló, y desde entonces no le
hemos vuelto a ver. Lo tendrá quizás en el medio de sus recuerdos,
atrapado entre las dos cejas, alguno de estos dos caminantes de ensueño,
que llegaron a México y así, como si nada y como si todo,
se fueron. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero mientras son peras o son
manzanas, este encuentro intercontinental... ¡sí que mola!• |
| *Oli Pijoan cursó
—un tanto equivocadamente— la carrera de ciencias y técnicas de
la comunicación, para después dedicarse de lleno a las letras.
Es cuentista y novelista. Ha colaborado en diferentes revistas virtuales
e impresas. En la actualidad trabaja en una apasionante novela de ficción,
esperando ganar algún premio de renombre para jubilarse temprano
y retirarse a seguir creando frases al mar. |
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