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La fiesta de Vargas Llosa
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| I
Mario Vargas Llosa está de vuelta en el territorio de la gran novela. En ese lugar en que la ficción tejida con palabras nos separa de la realidad presente y nos lleva de paseo a otra, una que para nuestra sorpresa a pesar de estar anclada en un tiempo y un espacio, conforme leemos parece desprenderse de éstos. Desde ese lugar el escritor nos convoca como cómplices a la experiencia de habitar un mundo inexistente, pero verosímil y bello. El problema de esta suspensión de la vida en el acto de leer, de la mágica conexión entre el lector y el texto, como el mismo Vargas Llosa lo ha señalado, es que en algún momento las hojas se acaban. Cada libro es finito en cada lectura, aunque las bibliotecas de Barthes y Borges sean infinitas, y esa finitud conlleva nuestra separación, el regreso al aquí y ahora, a la insatisfecha condición de quien supone que el mundo puede ser mejor, comenzando por sus habitantes.1 Aunque en el primer momento de ese regreso el mundo parezca "más leve y luminoso",2 es inevitable que recupere su talante prosaico. El regreso supone la conclusión del hechizo del texto sobre nosotros. La multitud de evocaciones, la claridad de la atmósfera, las alusiones, los motivos de los personajes, la lógica de sus actos, que parecían tan claros al leer, ya no lo son tanto. Quisiéramos retener esa riqueza significativa con nosotros, pero no podemos. Se nos escapa como el río que es entre nuestras pequeñas manos. Se va cuando cerramos el libro. Ciertamente nos conforta saber que cuando lo abramos de nuevo ahí estará, pero no del mismo modo. Hemos cambiado, ha cambiado el texto. Nuestra relación es única cada vez. Para intentar retener eso que perdemos existe la crítica, la reflexión sobre esta nuestra particular lectura, la pretensión de ordenar nuestra relación con La fiesta del Chivo, firmada por Mario Vargas Llosa y hecha circular profusamente por Alfaguara este año. II Entre mis novelistas predilectos podría hacer una división básica. Por un lado, aquellos que leo armado de paciencia, que literalmente soporto durante cientos de páginas, para encontrar de repente frases o pasajes memorables. Tales libros parecen, como Crimen y castigo o El cielo protector, armados con esfuerzo. Son hasta cierto punto irregulares, pero la fuerza de algunas imágenes, de ciertos pasajes, o la tensión de la parte final, recompensan con creces esa paciencia. Otros, en cambio, diría que dentro de la tradición novelística clásica, nos cuentan, nos relatan una historia. Tal vez no subrayemos muchas frases en el texto, acaso ninguna, pero siempre retendremos la historia, la atmósfera, y algunos personajes incluso se vuelven referencias indispensables en la cultura occidental. Vargas Llosa pertenece al segundo género. Es un gran contador de relatos. Es de aquellos que mediante las ficciones tratan de "dar forma al desorden de la experiencia", y en esa medida su narrativa cumple cabalmente la función terapéutica de que habla Eco: "Leer relatos significa hacer un juego a través del cual se aprende a dar sentido a la inmensidad de las cosas que han sucedido y suceden y sucederán en el mundo real".3 En efecto, leemos novelas —al menos en parte— para eludir la angustia, la incertidumbre, la inseguridad que nos atenazan cuando intentamos decir algo verdadero sobre el mundo real. De hecho, hay novelistas que prácticamente construyen un mundo paralelo en su obra. Como el Perú de Vargas Llosa, el bajo mundo de Hammet, el Nueva York de Auster o la Alejandría de Durrell. Nosotros, al abrir uno de sus textos, aceptamos la invitación para viajar por ellos. |
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| III
La fiesta del Chivo está armada a través de dos fábulas que se conectan a partir de una compleja y rica trama. La primera se refiere a una mujer al borde de los cincuenta, Urania Cabral, que regresa a República Dominicana después de haber pasado la mayor parte de su vida (35 años) en Estados Unidos. Ese tiempo le ha servido para hacer una exitosa carrera de abogada. Los motivos de su regreso y una agotadora recuperación del pasado en el encuentro con su viejo padre y otros parientes nos son entregados a cuentagotas y de un modo desesperante. La escena en que comienza a descargar su amargura frente a un padre paralítico que no puede siquiera hablar, es patética. No puede uno menos que preguntarse acerca de los motivos de esta fiereza desmedida. Poco después sabremos que su padre, hombre de confianza de Trujillo, favorito durante mucho tiempo, al caer en desgracia acepta, para tratar de obtener el perdón, obsequiar al dictador con su hija. Uno de los puntos álgidos de la novela es, entonces, la historia de la violación de una adolescente por un hombre viejo, casi impotente. Urania Cabral pierde en ese momento su mundo feliz y comienza su exilio. Logra escapar a Estados Unidos, pero no de su pasado, pues lee incansablemente sobre su país, y persigue la historia de la caída de su padre y de Trujillo con obsesión. Así, esta fábula es la del regreso para lograr una liberación a medias. La otra historia es la del atentado, la muerte del dictador. Está construida a través de las voces de los diversos actores que participaron en el complot de mayo de 1961 que terminó con la vida de Trujillo. En esa polifonía nos enteramos de sus historias individuales, motivos, conexiones más o menos próximas a la red asfixiante del dominio personal del dictador sobre un país pobre que logró algún desarrollo bajo su férrea y brutal mano. Nos entrega dramas personales, pero sobre todo la dinámica de un dominio personal. Nos lleva a los engranajes del ejercicio de ese poder: protagonistas, prácticas, gustos, su particular forma de hacer política. Nada nuevo, pues se trata de un desfile de iniquidades, latrocinios, bajezas, adulación, servilismo y, sobre todo, de un magnífico retrato del desgaste y la crisis final de ese régimen. Acaso la diferencia entre ésta y otras magníficas novelas sobre los dictadores latinoamericanos esté justo en que Vargas Llosa, como Urania Cabral, se pregunta por las razones del fin, por la vejez y la decadencia de Trujillo y su dominio. En esta revisión sobresalen tres personajes: Trujillo, presentado como una persona carismática, pero a quien la merma natural de sus facultades acentúa la desconfianza e inseguridad. Un dictador más, con ciertas particularidades destacables: el amor por la madre, la afición por las adolescentes, la aversión a su mujer e hijos. Pero nada esencial que agregar a la rica galería de sus pares.4 El segundo es Johnny Abbes, equivalente a Cara de Ángel de El señor Presidente o a don Cayo de Conversación en La Catedral. La cara oscura del régimen. En este caso se trata de un desgalichado y convencido director de inteligencia. La diferencia entre los dos anteriores y éste es que él no tiene otra pasión que servir a Trujillo; esto lo hace más inverosímil, pero tan literario como sus predecesores. El tercero es Balaguer, el "presidente fantoche", el vencedor en la novela (y en la realidad), gracias a que se trataba de un político astuto, pragmático, que supo aprovechar el vacío de poder surgido por la muerte de Trujillo para asumir realmente la presidencia del país. Muerto el dictador, sus hombres más cercanos no supieron cómo defenderse de la incertidumbre. Balaguer les proporcionó la única certeza, la salida a la crisis, un atisbo de seguridad. Estas historias abiertas en la primera parte (técnica que había seguido en varias novelas anteriores) se conectan en el atentado y la crisis subsiguiente. La mejor parte del libro es ésta. En ella el ritmo se acelera, los acontecimientos se suceden tumultuarios y el derrumbe se plasma magníficamente, así como la construcción de una salida. La maestría del novelista, más que en alguna otra parte, está aquí, cuando alcanza la epopeya. Una epopeya de la derrota, de la desilusión del poder, cuando todo aquello que puede hacernos vomitar y maldecir nuestra condición subdesarrollada se condensa en los días de angustia, debilidad, ambigüedad en que cada actor se enfrentó a sus límites, sin la sombra protectora del caudillo. Esos vacíos y soledades le dan sentido a la novela.
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| IV
La relación de Vargas Llosa con la historia no es nueva. Conversación en La Catedral fue una novela con trasfondo histórico preciso: los años de la dictadura de Manuel Arturo Odriá en Perú (1950-1956), aunque la trama no estaba tejida alrededor de él. Esto le permitió presentar el retrato de un país en el cual todos parecían conspirar para destruirlo. La urdimbre de los recuerdos mezclados de Ambrosio y Zavalita, además, vinculaba la política con el periodismo, y a la orgullosa burguesía con el pueblo. Sin embargo, más que en la trama, las fábulas, los personajes como don Cayo, el "efecto de lo real"5 de la novela está en los detalles, en el aire particular, en la peruanidad del ambiente. Nos equivocaríamos al llamarle contexto, pues no es algo que arropa al texto, sino cosas (palabras) que lo atraviesan, lo particularizan y a la vez nos lo entregan, para volverlo universal. Después de esa gran novela, pasó a otra verdaderamente histórica: La guerra del fin del mundo, la saga del Consejero Antonio y sus desarrapados por los sertones brasileños. Aquí el efecto de lo real no estaba tan presente, pero tal vez el carácter maravilloso y la lejanía de la historia lo compensaban. Por oposición, por contraste, nos alcanzaba. La tercera incursión, La fiesta del Chivo, era de entrada más problemática. Primero, porque implicaba una seria investigación histórica (que por supuesto sí hizo y que le llevó más de tres años en su fase final); luego, requería una recuperación de un ambiente contemporáneo, muy distinto al peruano; y finalmente, porque se inscribe en una tradición riquísima que incluye a las firmas más importantes de nuestra literatura. De los tres retos, el primero fue ampliamente superado. Uno aprende sobre Dominicana y la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo leyendo la novela; la "representación" de ese periodo es exitosa. Podemos estar de acuerdo en que tal vez no fue así, pero podría haberlo sido.6 Más todavía, debemos creer que hubo cosas peores, que al ser puestas en la novela habrían afectado su verosimilitud. Sin embargo, no se logra con ello un efecto de lo real completo. Como lector no logro situarme en la isla. Veo el paisaje, los personajes desfilan, pero no consigo estar con ellos. Me faltan sus detalles, su personalidad propia. Puede tratarse de cualquier isla, de cualquier dictador. El camino de la universalidad no pasa por lo particular, y eso, me parece, le resta fuerza a la metáfora, le resta proximidad. Por último, estar en la fila con Martín Luis Guzmán, Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, no es cómodo. Cada uno de ellos exploró, a través de un formato y unos personajes, ese mundo del poder personal sin freno, ególatra y delirante. Y cada uno nos entregó una versión de sus mecanismos, razones y psicología. Pero cada uno escribía novelas. Tal vez La fiesta del Chivo sea la más didáctica, la más apegada a la realidad, pero por ello pierde en su dimensión novelística. El personaje Urania Cabral no basta para restituirle esa condición. Pareciera que Vargas Llosa por momentos se dejó llevar por los afanes del historiador, antes que por los del novelista. En cierto sentido es una denuncia, un grito, una llamada urgente para no dejar de ver esa zona oscura de la vida latinoamericana. De acuerdo, pero esta novela aun si es necesaria y exitosa políticamente, tal vez no sea una de las mejores del ciclo de dictadores ni de las que componen la obra del autor.7 |
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| V
En otras palabras, el problema es que Vargas Llosa ha escrito La ciudad y los perros, La Casa Verde, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor y Lituma en Los Andes. En su rico mundo narrativo, lleno de personajes entrañables, situaciones y anécdotas que ya son parte del imaginario latinoamericano (cómo olvidar a Pantaleón y sus visitadoras), Trujillo y Urania Cabral son buenos personajes, pero secundarios. Esto no invalida el lugar de la novela en ese mundo narrativo. Al contrario, es una parte esencial en su indagación del "aspecto más negativo de la condición humana, sobre las peores manifestaciones de lo humano".8 Esta exploración lleva mucho tiempo elaborándose. Comenzó en las escuelas militarizadas, siguió en la política peruana, atacó el sinsentido de Sendero Luminoso y ahora llega a la persona del dictador, una de sus obsesiones en la vida real. Si algo demuestra en ella es la condición inacabable de esa investigación. Los límites de la crueldad y la injusticia, diría Barrington Moore, son sorprendentemente flexibles.9 VI Más allá del éxito editorial, de la mercadotecnia, de la novedad que pueda resultar para lectores jóvenes, y de la crítica literaria a su nueva novela, conviene sin embargo sumarse a la fiesta de Vargas Llosa. Es su fiesta, porque ha agregado más ladrillos a su obra-mundo y porque no se traiciona en sus preocupaciones y obsesiones personales. Pero también es la fiesta de los presentadores, reseñistas, y los miles de lectores anónimos que nos hemos ilusionado con sus textos y que seguimos insatisfechos con la realidad que los alimenta.10• |
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| Notas
1 Véase "La fantasía sediciosa", en Letras Libres, núm. 10, México, octubre, 1999, pp. 20-24. 2 Hans-Georg Gadamer, La actualidad de lo bello, Barcelona, Paidós, p. 73. 3 Umberto Eco, Seis paseos por los bosques narrativos, Barcelona, Lumen, 1996, p. 97. 4 Vale la pena señalar que el novelista vio en la "teatralidad" y en el gusto por el vestuario rasgos distintivos de Trujillo. Véase Beatriz Iacovello, "Mario Vargas Llosa: siento solidaridad por quienes asesinaron a Trujillo", en Reforma, México, 7 de mayo de 2000. 5 Véase Jacques Aumont, Alain Bergala y otros, Estética del cine. Espacio fílmico, montaje, narración, lenguaje, Barcelona, Paidós, 1996, p. 151. 6 "Lo que sí me impuse —ha revelado el novelista— fue no atribuir nada a personajes de la historia que no hubiera podido ocurrir dentro de las coordenadas políticas, sociales o éticas, respecto a las cuales se vivió en la República Dominicana". Véase Beatriz Iacovello, op. cit. 7 Por supuesto que ésta no es una opinión que suscribirían la mayor parte de los críticos. Véase la entrevista de Blanca Valadez a Raymond Williams, en La Crónica, México, 12 de mayo de 2000. 8 Beatriz Iacovello, op. cit. 9 Véase La injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión, México, UNAM, 1989, passim. 10 "La fiesta es comunidad, es la presentación de la comunidad misma en su forma más completa", nos dice Gadamer en La actualidad de lo bello, op. cit., p. 99. • |
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