Comentario a Una historia de la UAM*

*Francisco Piñón

Construir una universidad es una labor de creación y recreación de cultura. Es un fruto del espíritu. De aquel que late en las entrañas de un pueblo y que se expresa en multitud de formas disímbolas, contradictorias, que compendian la rica morfología humana. Es, sobre todo, prolongar y no dejar morir una de nuestras instituciones más antiguas en el terreno de la cultura universal.

La universidad es resultado histórico de tradiciones greco-latinas, elucubración de ideales medievales, descubrimiento de conciencia y racionalidad de la modernidad. Por tal motivo, escribir una historia de la universidad, en nuestro caso de la UAM, no es empresa fácil. Conlleva la decisión de cargar con una tarea histórica, compleja y disímbola que tendría que describir y valorar, precisamente, toda esa fenomenología histórico-cultural que se ha llamado, ya desde sus primeros años, universitas, i.e., captar ese sentido de universalidad del espíritu del hombre.

Y sabemos que este espíritu no es un quantum o un paralelogramo que fácilmente se pueda encerrar en una fórmula matemática, en una figura geométrica o en un movimiento de la física. Sabemos por la historia que es un espíritu terriblemente juguetón que crea grandes realizaciones del arte y de la ciencia o también los artefactos de los Siete Caballos del Apocalipsis, que no son sino los instrumentum mortis.

El hombre puede ser una frágil caña, ya lo dijo el viejo Pascal, pero es una caña que piensa. Pero con y en terrenos de infinitud. Y, por lo tanto, con multitud de dudas, de certezas, de opiniones diversas y, por supuesto, opuestas y variadas confrontaciones.

Por esta razón es difícil y riesgoso hablar de la universidad, de la historia de la universidad. De ese lugar en donde por excelencia se debe cultivar la labor del espíritu, o sea, la creación y recreación de la cultura, de las disquisiciones, de las críticas y descubrimientos en todas las disciplinas humanas. Es el lugar del debate por antonomasia. Pero, precisamente por esta razón, es loable el trabajo intelectual de Romualdo López Zárate, Óscar M. González Cuevas y Miguel Ángel Casillas Alvarado.

Por principio debemos reconocer que lo han intentado de una manera inteligente. A su investigación histórica la han titulado Una historia de la UAM y han querido subrayar, aun a nivel de lenguaje, la esencia misma de la universidad: el pluralismo de ideas, de visiones de los hechos, aun de aquellos en que ellos han sido autores y actores de primer grado.

Posición sabia, porque es de sabios reconocer que la verdad, y la verdad histórica en especial, no tiene una sola y única interpretación. Enhorabuena, pues, por mostrarnos, desde el principio, un modelo de criterio de objetividad histórica: el pretender "una de las múltiples historias que pueden escribirse sobre la Universidad Autónoma Metropolitana".

* Texto leído en la presentación del libro Una historia de la UAM. Sus primeros 25 años, en Casa del Tiempo, el 4 de octubre de 2000.

 

 

 
 
Y a 25 años de vida ya se puede escribir una biografía humana. Biografía de institución joven, se entiende. Pero ya vivida con intensidad, con entusiasmo, en el vértigo de los acontecimientos de los años setenta, dentro ya de las crisis muy claras de nuestro sistema político y, también, como asientan los autores, con las "incertidumbres y pocas certezas" en el nacimiento de "una nueva universidad pública".

Sobre todo, quisiera subrayar la importancia de escribir los inicios de una universidad pública. En especial, en la oportunidad de fundarla y, por los tiempos que corren, en donde el reino de lo "privado" se vuelve paradigma tecnocrático, en la no menos importante decisión de escribir el desarrollo de sus primeros años.

Escribir hoy sobre una universidad, sobre la génesis de sus estructuras, la evolución de sus funciones y estructuras, los sueños, ideales, luchas y conquistas de los que han colaborado a la construcción de una institución educativa, es la mejor forma de ponerle carne y huesos a ese viejo proyecto humanístico que naciendo en los claustros medievales, prosigue con los Studia humanitatis en el Renacimiento y continúa, a veces en azarosas aventuras y conflictos políticos, en la edad moderna.

Pero esa universitas, de la cual la UAM es continuadora, lleva —debe llevar— el signo más glorioso de ser la cuna de las "humanidades". Y digo "humanidades" en el más amplio sentido de la palabra: toda ciencia, toda investigación que es obra del esfuerzo del hombre y que nace con los sueños de una creación para la comunidad.

El libro que comentamos lleva a cuestas esa tradición y da cuenta, en la mirada de sus autores, del laborío intelectual de sus académicos, el descubrimiento de las primeras herramientas del conocimiento científico, en todas las disciplinas, por sus estudiantes, objeto final y el más importante de toda la institución, y, finalmente, de la tenacidad, creatividad, en los miles de vericuetos de la administración, de todos aquellos actores que, en la cúspide de la institución o en el anónimo trabajo de la cotidianidad del quehacer universitario, dan cuenta, reitero, de esa UAM que tiene ya, por derecho propio, carta de ciudadanía académica en nuestros tiempos mexicanos.

La tarea no ha sido fácil. El entorno socio-económico del país nunca fue boyante y la universidad padeció, como nos lo recuerdan nuestros autores, el peso de las eternas "vacas flacas" del presupuesto oficial. Y qué decir de los siempre presentes encantamientos del poder.

El Príncipe, lo sabemos por la historia, quisiera siempre rodearse de cortesanos. Y la universidad, como es natural, aun dentro del juego de las ideas, tuvo que lidiar las tentaciones, muy humanas por cierto, de las redivivos leviathanes. Pero sabemos que la universidad, en su conjunto, y el libro que presentamos lo demuestra, ha conservado en medio de sus crisis la idea clave y esencial de la universidad: hacer ciencia y hacerla en una casa abierta a todos los tiempos.

II

Sabemos, por lo demás, que el libro que comentamos no es una narración idílica. La biografía de cualquier hombre o institución nunca lo ha sido. La convivencia universitaria y las decisiones técnico-administrativas, los aterrizajes de los proyectos académicos lo atestiguan. Las desventuras, las limitaciones, o inclusive los errores, propios de toda obra humana, han acompañado las mejores realizaciones de quienes innovaban, en algunos rubros, los proyectos de una nueva universidad pública. La UAM, en este sentido, ya empezó a hacer una buena historia, con luces y sombras, con los naturales cuestionamientos, lógicos en una institución que está para cuestionar precisamente.

En el libro Una historia de la UAM se encontrarán varias "historias" de estas sombras y conflictos. Bien por los autores que no escondieron, ni tenían por qué, visto su profesionalismo, esos secretos contubernios muy típicos de toda condición humana. Por lo demás, la discusión y apasionamiento en las ideas y objetivos, que se cree deben sostenerse, conforman la obligada forma mentis de toda universidad. Sólo los muertos están de acuerdo… ¡en su quietud! La UAM ha sabido de esta escuela de la discusión pública que es la universidad. Ha sabido, por lo general, lo que es el disenso en la condición intelectual. Tal vez por eso de ahí su riqueza, de ser pública y no privada. No es, no puede ser, botín de ningún coto cultural, por más excelente que éste sea o pueda parecer. Sólo así podrán circular, con derecho, todas las ideas.

Además, habrá que reconocer que la universidad, al ser conciencia crítica en movimiento, ha sabido, en más de una ocasión, ser portavoz de una conciencia social que no se encerró en sus muros. Sus diferentes colegios y consejos, su sindicato y organizaciones estudiantiles supieron hacer oír protestas y cuestionamientos muy propios de quienes conforman una comunidad universitaria.

Romualdo López Zárate, Óscar M. González y Miguel Ángel Casillas han sabido retratar esa efervescencia crítica y han sabido detectar esa sed de inquirir, de cuestionar, de quienes desde hace 25 años han intentado ir construyendo una casa en donde puedan circular e influir todos los vientos.

   
III

El libro ha captado lo mejor de la tradición espiritual del Occidente europeo y el reclamo de lo que todavía nos falta por construir para lograr lo que la universidad debe cosechar de esa síntesis cultural que es América. Que si bien no será la soñada raza cósmica vasconceliana, sí tiene mucho que aportar al corpus humanístico mundial.

Casa y tiempo abierto de la Metropolitana, que al tener mucho de Quijote y no ignorar el realismo de Sancho, y lo constatamos en el libro presentado, ha querido aferrar tradición y modernidad, innovar técnicas y espacios, pero al mismo tiempo no perder el perfil de lo que la tradición académica universitaria, que es hija de todas las culturas, no puede olvidar: el saber que la universidad es y debe ser la casa de todas las estaciones y la recreadora de lo mejor que puede soñarse para toda la humanidad, sin los ídolos del marketing de unas relaciones internacionales que todo lo que tocan lo quieren convertir en productividad, en efectividad, en utilidad, pero marginan o aniquilan la ensoñación, la afectividad, la necesaria y urgente fraternidad humana.

Los autores, en este aspecto, habrán tenido que buscar en un mar de información documental-institucional que provenía de las diferentes direcciones y que llevan el sello de la "formalidad" de la ley y de las normas, pero que les faltó, obviamente, el calor y la viveza y, a veces, la dramaticidad del "aullar entre lobos" (para usar la expresión hegeliana); pero también, y esto es un gran mérito, el intento de lograr una sistematización cronológica de la vida cotidiana, con anécdotas sumamente valiosas desde el punto de vista historiográfico, y que hacen del libro Una historia de la UAM una síntesis, ya compleja, presentada en cuadros plásticos en donde hacen desfilar a multitud de personajes pero con una muy concreta identidad: ser y parecer, con sus claroscuros consabidos, habitantes universitarios de la UAM.

Por ahora, diré poco del color de la presentación gráfica. Sólo lo siguiente: en un país tan desigual y desquebrajado, en donde la armonía y la musicalidad brillan mucho por no brillar, creo que las láminas nos ofrecen el equilibrio de luces y sombras, de color y movimiento, que precisamente la universidad debe plasmar en sus estudios.

Los autores, hoy por hoy, nos invitan a proseguir ese cuadro plástico de la universidad. Que las nostalgias que ellos han suscitado con su libro sean el mejor acicate para seguir construyendo lo que toda universidad debería ser: una casa abierta al tiempo.

Enhorabuena, una vez más, a nuestros amigos que echan a volar una más de las identidades universitarias: colaborar a forjar una historia, recitarla y escribirla con las pinturas propias de un pluralismo que sabe que la verdad puede tener diferentes caras de lectura. Con su libro ellos nos han ofrecido su propia hermenéutica. La UAM, a sus 25 años, ya tiene a sus primeros cronistas.•

*Francisco Piñón es profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Estudió las licenciaturas en filosofía en la Universidad Gregoriana, en Roma, y en filosofía y letras en Montezuma College, usa; doctor en ciencias sociales, con especialidad en filosofía política, por la Universidad Internacional de Santo Tomás, de Roma. Es presidente del Centro de Estudios Sociales Antonio Gramsci de México.
Romualdo López Zárate, Óscar M. González Cuevas, Miguel Ángel Casillas Alvarado, Una historia de la UAM. Sus primeros 25 años, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2000, 2 vols., 638 pp.