Doctorado Honoris Causa a Elena Poniatowska

El Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, en su sesión 217, que se realizó los días 19 y 20 de junio de 2000, decidió por unanimidad otorgarle el Grado de Doctora Honoris Causa a la destacada escritora Elena Poniatowska, por sus aportaciones a la literatura, el periodismo, la defensa de las mujeres y por su firme compromiso con las causas justas del pueblo de México.
El 20 de octubre de 2000 se llevó a cabo, en las instalaciones de la Rectoría General de la UAM, la ceremonia en la que el doctor José Luis Gázquez Mateos, Rector General de nuestra institución, le entregó a la doctora Poniatowska este reconocimiento.

A continuación presentamos el mensaje que la doctora Elena Poniatowska pronunció en fecha tan significativa para nuestra comunidad.

Agradecimiento con flores

Elena Poniatowska

En vez de palabras, hubiera querido agradecer con flores el reconocimiento que me otorgan el rector José Luis Gázquez Mateos y el Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero en esta ocasión no tengo más que una frágil cadena de vocales y consonantes que se atropellan. Alguna vez, mi hijo, Emmanuel Haro, miembro de la comunidad de la UAM, escribió que una tarde al sacar un libro y abrir sus páginas, todas las letras cayeron al suelo. Así me sucede ahora. Por más que las busco, la emoción sólo me permite hablar desde el agradecimiento y por lo tanto lo único que se me ocurre decir es gracias, que por lo demás es la primera palabra que aprendí después de mamá y papá.

Gracias a la Universidad Autónoma Metropolitana por este doctorado Honoris Causa, lo cual significa que —desde su perspectiva— mi causa es honorable; pero mi causa, debo aclarar, es la de todos. Claro, menos la de los políticos del pri. Verlos derrumbarse a través de la línea telefónica nos ha proporcionado a muchos un alivio extraordinario.

El juicio más severo contra la familia revolucionaria y el mal uso de la Revolución mexicana lo ejercen desde 1968 los miles de jóvenes que van a las universidades y desde las aulas rechazan con su actitud, su investigación y su capacidad de protesta, la corrupción, el hambre, la miseria, la ignorancia, el dogmatismo, la insalubridad, la desigualdad, la injusticia. A ellos, la Revolución mexicana y su discurso ya no les dice nada porque hoy la verdadera revolución comienza por uno mismo. Son ellos quienes ofrecen resistencia al poder, son ellos quienes lo desacreditan y es a ellos a quienes temen las élites políticas y financieras.

Todo lo malo que nos ha sucedido y nos sucede habría podido evitarse. Las demandas del Movimiento Estudiantil de 1968 se habrían resuelto en una democracia, pero nuestro régimen, acostumbrado a corromper y a reprimir, no encontró más solución que la de la muerte y matar a un joven es matar la esperanza. De haberse cumplido los acuerdos de San Andrés, la suerte de diez millones de indígenas sería distinta y, hoy, el ezln estaría labrando la tierra y cuidando sus bosques en las montañas del sureste. La lista es infinita. Sin embargo, dentro del horror, también vivimos circunstancias que finalmente nos benefician: la desacralización de la figura presidencial, el fin del presidencialismo, el descrédito de instituciones como el pri y la ctm y, entre otras, la muerte del fraude electoral (al menos eso esperamos, aunque el caso de Tabasco parece desmentirlo).

En 1968, a raíz del Movimiento Estudiantil, uno de sus líderes, Roberto Escudero, aclaró:

    Los tres meses que hemos estado ausentes de las aulas no han sido en vano, hemos aprendido en la calle, entre el pueblo, la realidad de la irrealidad. No volveremos a aprender como aprendíamos, ni a estudiar como estudiábamos. De hoy en adelante queremos una educación crítica; una educación que sea el fenómeno vivo de la poblemática del país y no al margen de las aspiraciones revolucionarias, populares y democráticas.

 
 
Romper la distancia entre la academia y lo que sucede en la calle ha sido una de las peticiones estudiantiles. Gilberto Guevara Niebla, líder del 68, dijo en alguna ocasión que el desenlace del Movimiento Estudiantil cubrió de vergüenza al país. Para él, el 68 es una revolución cultural que cuestionó a la familia, la escuela, los medios de comunicación y, desde luego, la cultura vigente. Según Guevara Niebla la aparición de la píldora anticonceptiva, la planificación familiar, las conquistas del feminismo, lograron que los jóvenes de toda la república cuestionaran el modelo de transmisión del saber, las relaciones jerárquicas entre maestro y alumno. Hoy, cuando se han agotado las respuestas que ofrecían las instituciones, la llamada "clase media" mexicana vive —según Juan Villoro— "un enorme vacío que ha intentado llenar con terapias de iluminación instantánea, libros de autoayuda, afiliación a sectas y pensamiento New Age, pero, de manera paralela, la crisis ha traído una saludable sacudida en las relaciones interpersonales en un país que hasta hace poco era excesivamente convencional e hipócrita".

Mi amigo Juan Villoro tiene razón, porque hoy somos mucho menos hipócritas que antes. Y, desde luego, menos convencionales. Dentro de ese contexto, en 1975 se fundó la Universidad Autónoma Metropolitana como una necesidad apremiante en vista de la demanda estudiantil y se echó a andar con un lema muy bello: "Casa Abierta al Tiempo", que, según explica Miguel León Portilla, proviene del náhuatl In calli, "casa", Ix, "rostro", cahui, "tiempo" y "copa", que forman la frase Ixcahuicopa, "hacia el tiempo con rostro". In calli ixcahui copa quiere decir "Casa orientada al tiempo con rostro". A San Agustín, tan preocupado por el tiempo, le hubiera complacido este lema y también la enseñanza científica que imparte la Universidad Autónoma Metropolitana.

Además de sus cuarenta mil jóvenes, el saber y el diálogo se lo han dado a la UAM personalidades que destacaron y destacan en el campo de la ciencia, las humanidades y las ciencias sociales. Alonso Fernández, Leopoldo García Colín, Roberto Alexander, Roberto Eibenschutz, quien fue rector de la unidad Xochimilco, Carlos Graef Fernández, de grata memoria, entonces director de la División de Ciencias Básicas, Arturo Rosenblueth, Emilio Rosenblueth, Ruy Pérez Tamayo, Miguel Limón Rojas de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, el filósofo Luis Villoro, José Paoli, rector en su tiempo de la unidad Xochimilco, desde luego Pedro Ramírez Vázquez, el primer rector de la UAM, y con más razón aún Guillermo Bonfil Batalla el del México profundo y María Pía Lara, jefa durante algunos años del Departamento de Filosofía. La lista es larga y nombro al azar a quienes más o menos conozco y desde luego admiro.

La escisión entre la academia y la vida común y corriente debilita a la academia y a la vida en la calle. Todos deberíamos conocer los problemas de nuestra ciudad, por ejemplo. Los investigadores deberían alertarnos en la plaza pública acerca de la contaminación (la del aire y la del agua), la sobrepoblación, el envenenamiento, la pérdida de nuestros recursos, y otros problemas que nos aquejan. Además de provocarlos, todos podríamos hacer algo para solucionarlos. La información y el espíritu crítico derrotan la credulidad ingenua. Si estamos informados, la reacción no se hará esperar. Nuestros problemas podrían reducirse a uno: la inconciencia y la ignorancia que nos llevan a permanecer inermes ante los acontecimientos.

Si la vida es sagrada, también la educación debería serlo. Aunque el bagaje intelectual es siempre más escaso de lo necesario, son universidades como la Universidad Autónoma Metropolitana las que aseguran la constancia del aprendizaje.

"Todo lo que nos conduce a saber, nos abre el camino para actuar", dijo alguna vez el doctor Ignacio Chávez. Pasteur y Pierre y Marie Curie eran científicos y sus investigaciones tuvieron, como todos saben, consecuencias médicas de enorme importancia. Todo está entretejido y proteger la vida, cuidar la salud, disponer del equipo material necesario, forma parte de la moralidad de un país. Ustedes, miembros de la Universidad Autónoma Metropolitana, son creadores de la más alta riqueza, una empresa de interés superior, una gran central de energía y el día en que todos en México comprendamos el valor de la enseñanza y de la educación, empezaremos a cambiar nuestro destino y a darnos cuenta que ante todo la inteligencia es progesista. Muchas gracias, señor rector, muchas gracias por escuchar.•