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Hay algún modelo cultural para aceptar los procesos de secuela? *Carmen
Sánchez y Mario Mandujano |
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La muerte cierra el ciclo de la vida, pero es tan dramática, su irreversibilidad es tan imponente, su significado tan difícil de construir, que desde tiempos inmemoriales se ha llevado a los límites de lo sagrado y eterno. Ha pasado a formar parte de misterios como el del tiempo; así, la eternidad se convierte en una fatigada esperanza. Tiempo, eternidad, vida y muerte forman la sustancia para la imaginación, la magia y, tal vez, la ciencia. Ante la imposibilidad de aceptar la muerte como el punto final de los ciclos individuales, el hombre ha creado mitos, ritos, creencias y costumbres para legitimar la posibilidad de la vida eterna, por el hecho de que la inmortalidad prefiere parecerse a la vida. La mujer embarazada y en trabajo de parto, los niños pequeños y los hombres sometidos a actividades peligrosas —como la cacería y la guerra— se encuentran en riesgo de morir. Los mitos en torno de sus muertes han conformado una parte importante de la cultura. Algunos mitos se conservan por tradición oral, desde tiempos protohistóricos, otros se han reconstruido a partir del arte y otros más forman parte de la historia de la humanidad. Además, el homicidio ha caracterizado la evolución de las sociedades. La metáfora de Abel y Caín es significativa. En muchas ocasiones el homicidio fue legal, aunque nunca legítimo. Una forma de homicidio fue la muerte de los infantes. Tal fue el caso de los niños malformados congénitos, los cuales fueron sacrificados en muchas de las sociedades primitivas. Pero no sólo ellos, pues en un buen número de estas primeras sociedades el infanticidio de los hijos ilegítimos, no deseados, de sexo femenino, gemelos, desobedientes o rebeldes, era considerado potestad del padre, quien podía sacrificarlos o abandonarlos. En otras comunidades la condición de la mujer era similar a la de los niños. Entre los griegos el padre podía disponer de la vida de las niñas a su arbitrio. De acuerdo con las leyes, sólo a la primogénita se le excluía de esa regla. Con la influencia del cristianismo los césares Constantino (315-321 D.C.), Valentiniano (374-391 D.C.), Teodosio y otros promulgaron edictos en contra del infanticidio y la venta de niños como esclavos. En el Concilio de Ancyra se decide que la mujer que mate a su hijo debe impedírsele la entrada de por vida a la Iglesia; en los subsecuentes (Vaison, 442; Arles, 452; Agde, 505, y Constantinopla, 588) se estableció la responsabilidad de la Iglesia en el cuidado de los expósitos y se consideró el infanticidio como homicidio. Se consigna que todo niño abandonado podía encontrar santuario en la Iglesia durante 10 días, para que sus padres pudieran encontrarlo, y las madres en extrema pobreza o con productos ilegítimos podían abandonarlos en sitios especiales dentro de los templos. El emperador Justiniano (553) decretó severos castigos para aquel que esclavizase a un niño expósito.1 Bajo regímenes absolutistas al problema de la mendicidad se agregó el incremento de las prácticas de abandono de los menores y el infanticidio, concomitante a las restricciones impuestas por el jefe de la familia, además del tráfico de niños y las actividades para deformarlos y luego usarlos como pordioseros. La problemática fue de tal magnitud que llevó a San Vicente de Paul a denunciar públicamente los hechos, siendo el crítico más severo de la nobleza. Así se dio origen a la fundación de un sinnúmero de asilos para niños abandonados. De Paul promovió el apoyo financiero por parte de los ricos a estos establecimientos y obligó a las damas de la nobleza a "cuidar de los pobres y enfermos" (1576-1660), dando inicio a las actividades germen de las ideas filantrópicas. Convenció a Luis xiii para que ordenara que todo niño abandonado fuera llevado a un hospital o a una fundación pública y recogió limosneros y deficientes mentales. Fundó una institución que más tarde daría origen al famoso asilo psiquiátrico de la Bicêtre, el Hospital des Enfants Trouvés, en París.2 Es difícil estimar la mortalidad a través de los tiempos. Es muy complicado, cuando no imposible, reconstituir los datos demográficos. La demografía es una rama de la ciencia relativamente nueva. De especial interés
para este análisis es comentar la mortalidad materna e infantil,
tanto en lo que se refiere a datos como a ritos. La mortalidad materna
incluye multitud de posibilidades. En 1857 el Registar-General comentó
que el nacimiento de un niño es mucho más fatal de lo que
debería ser, pero menos fatal de lo esperado. En esa fecha se estimó
la mortalidad materna en 25 decesos por cada mil nacimientos. Antes del
siglo XVIII no hubo estadísticas confiables. Aun los intentos hechos
en Inglaterra de correlacionar los entierros maternos con los nacimientos
registrados omitían los casos de muerte antes del parto y los mortinatos.3
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En América se hicieron varios ensayos de censo y estadísticas, pero más bien se investigaron las poblaciones del momento. Del México precortesiano se conservan las Matrículas de tributos, en las que se consignaba lo que debía recibir el pueblo azteca de las etnias bajo su dominio. Durante el siglo xvi se intentó la Suma de visitas de pueblos, por orden alfabético, elaborada por frailes dominicos, franciscanos y agustinos, en la que se expone el padrón de habitantes de las 907 jurisdicciones del virreinato, además de diversos intentos ordenados por Felipe II y por Luis de Velasco. En el siglo XVIII se levantaron cuatro registros poblacionales en 1654, 1662, 1664 y 1667. En el XVIII José Antonio de Villaseñor elaboró el documento Asuntos de conventos y colegios y hospital real de naturales. El conde de Revillagigedo ordenó el censo de 1790, promovido y usado por Alejandro von Humboldt, aunque criticado por Alzate.4 A pesar de esta documentación no tenemos una idea clara de lo sucedido. Bastaría un recorrido por las diversas causas, que desde luego varían en función de los momentos históricos, de las condiciones socioeconómicas, de las epidemias y de las enfermedades, que definen el perfil de las curvas demográficas, para apoyar la hipótesis de la mortalidad elevada. De los siglos XVI al XIX el patrón demográfico de México se caracterizó por alta natalidad, alta mortalidad y crecimiento natural lento. Debido al intrincado significado
de la muerte, los rituales para el enterramiento son muy elaborados y definen
las diversas culturas: los entierros de reyes y gobernantes, de los guerreros,
de los sacerdotes, entre otros, están rodeados de leyendas y tradiciones
de gran interés, pero lo que importa relatar ahora son los que se
refieren a las muertes maternas e infantiles. Seguramente los hay en todo
el orbe, en todas las culturas y en todas las épocas, sin embargo
recordemos los de esta tierra nuestra, para las mujeres en trabajo de parto
durante el periodo prehispánico:5
…si después de haber bebido la parturienta los brevajes… no paría, luego la partera y los que estaban con ella tomaban la congetura que había de morir y empezaban a llorar…
No siempre le era dado a
la partera proceder de ese modo; entonces, en esas terribles circunstancias…
la parturienta moría. Colocada frente a su cadáver, la partera
náhuatl se expresaba así:
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Respecto de la muerte de los niños antes de nacer o recién nacidos encontramos menos información. Aristóteles recomendaba no poner nombre a un niño antes de los siete días (Liv de l´histoire des Anim, citado por F. Mauriceau), al hacer énfasis en la debilidad de los infantes pequeños, lo que nos hace inferir la elevada mortalidad del recién nacido durante la primera semana de vida.7 No contamos con datos de los pueblos prehispánicos, pero en el Códice Vaticano (Afd3V) se consigna el Chichiualquauitl, árbol de la leche materna o árbol nodriza que alimentaba a los niños muertos cuando todavía no mamaban. Los niños que morían eran amados de Dios y su mansión estaba en la casa de Tonacatecutli. Una vez arraigado el cristianismo
se consideró indispensable el bautismo de los niños, con
el fin de que pasaran directamente al paraíso. Esta creencia propició
la realización de la operación cesárea en madres muertas
anteparto. Fray Antonio Marcos de Buendía y Urzúa envió
a los subdelegados circular con fecha de noviembre de 1792,
En repetidas ocasiones las fuentes de información procedieron del arte: muchas veces los artistas hicieron más por la salud y por la conciencia social que los profesionales. Las actividades de los artistas presentan analogías con las de los sabios o de los hombres de ciencia, sin considerar que en determinados momentos ambas actividades se encontraban en correspondencia, ya que ciertos contenidos del arte surgen en relación explícita con planteamientos de la metodología científica, de la psicología o aun de la lógica. ¿Qué han escrito los poetas sobre la muerte infantil? —¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se convierten en pájaros? —No sé, niño Guy. (…) —Entonces, Jacinto, ¿dime qué les pasa a los niños que mueren? —Los niños que mueren, niño Guy, despiertan. Ermilo Abreu Gómez Las dos ceremonias rituales de mayor trascendencia y significado, especialmente para religiones como la cristiana, corresponden al nacimiento y a la muerte. Ambas situaciones se rigen por sacramentos: bautismo, extrema unción y oficio de difuntos. El bautismo es uno de los primeros ritos de socialización, como la circuncisión en la tradición judía. Mediante el bautismo, además de que al niño se le da un nombre, obtiene unos padrinos; los padrinos no sólo son padre y madre espirituales, sino que los sustituyen en caso de muerte. Debido a la alta mortalidad infantil se hizo necesario bautizar a los niños inmediatamente después de su nacimiento. Gutierre Aceves, con base en sus investigaciones, describió los rituales de "La muerte niña": …la muerte de un niño trunca el ciclo de la vida, acercando principio y fin. El jesuita Daniel Solá señala en su curso de liturgia "…que en los funerales de párvulos, es decir, en los que han muerto después de recibir el bautismo y antes del uso de la razón, o no se toquen campanas o se haga de modo festivo, no lúgubre". Por una creencia popular muy difundida los padres no deben llorar por la pérdida de un niño, si lo hacen no alcanzará la gloria. Carl Lumholtz escribió
en 1902 (citado por Gutierre Aceves) en
El México desconocido:
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Dentro de la tradición católica quien muere después de ser bautizado y antes de tener uso de razón es un angelito, libre del pecado original, por el bautismo recibido. Los padres que han perdido un hijo pequeño al tiempo que experimentan un gran dolor se alegran de saber que tiene la vida eterna y ha entrado al paraíso. Gutierre Aceves, con base en sus investigaciones, relata que cuando la muerte del niño es inminente mandan llamar a los padrinos de bautismo; ellos se encargarán de amortajar al ahijado con un atuendo que la madrina preparó o mandó hacer. Si es niño se le viste como San José, santo de la buena muerte, o como el Sagrado Corazón. Si es niña se le viste como la Inmaculada Concepción. También pueden vestirlos de blanco o simplemente con sus mejores ropas. Se le ponen unos huarachitos de cartón cubiertos de papel dorado y una palmita de azahar, o una vara de nardos o de azucenas. Vestido el cadáver conforme a la edad y sexo, se ponen sobre él coronas de flores o hierbas odoríferas. Los atributos iconográficos del ritual funeral de los niños se han tomado de las imágenes que representan la muerte y la glorificación de la Virgen María. Por diversas razones litúrgicas se establece una correspondencia entre las exequias de la Virgen y las de los angelitos. En ambas muertes se transita a la Gloria sin las penalidades que deben sufrir el resto de los mortales. Además, la Virgen, madre por excelencia que ha perdido a su hijo, se identifica con las madres que han donado un ángel al cielo. La Virgen es la intercesora a la hora de la muerte. De la misma manera el angelito se convierte en intercesor. La corona representa la Gloria, reservada para las almas justas; la palma, la virginidad de sus portadores y el triunfo sobre la muerte. En la muerte de los santos y de los mártires la palma y la corona tienen el mismo significado. La muerte de San José es de las más importantes, ya que le acompañaron la Virgen y su Hijo, mientras Dios Padre y el Espíritu Santo lo reciben en la Gloria. Los arcángeles portan los símbolos de su castidad, San Miguel lleva la palma y San Gabriel la rama florida que lo distingue como el elegido para custodiar a María. En el caso de los mártires la muerte violenta es una especie de bautismo de sangre que les abre las puertas de la Gloria. En la pintura de José Juárez El martirio de los niños Justo y Pastor los infantes portan sus palmas mientras son coronados por los ángeles. Gutierre Aceves comenta que el funeral de los niños ha sido tema para diversos escritores: B. Traven, en Puente en la selva; Antonio Rodríguez, en La nube estéril; Elena Poniatowska, en Hasta no verte, Jesús mío, y José Revueltas, en El luto humano, entre otros. De nuevo los artistas contribuyen al conocimiento de la naturaleza y los sentimientos humanos. Con estos relatos parecería acertado el comentario de un maestro. Durante una guardia nocturna en un servicio de gineco-obstetricia los internos y residentes realizamos maniobras urgentes para atender la cesárea en una mujer en trabajo de parto, quien se presentó con procidencia completa del cordón umbilical. El jefe de servicio nos llamó la atención por realizar maniobras heroicas ante un caso cuyo pronóstico se reconoce muy grave para las funciones del recién nacido, y añadió algo así como "para una familia es más llevadero un entierro que una secuela para toda la vida". Parecería que esto es cierto, sin embargo habría que añadir que el dolor de los padres que pierden a un hijo es tan grande que no hay calificativo que designe la condición, como en otras muertes sí las hay: viudo(a), huérfano(a), etcétera. De cualquier manera, hay estudios antropológicos y etnográficos para describir la muerte infantil, pero no lo hay para las secuelas. La disminución de la mortalidad infantil implica para los países subdesarrollados un aumento en el número de secuelas. Antes cada familia llevaba en su historia la muerte de los niños, ahora esas familias pueden llevar un niño con secuelas. Se trata de una historia que está por escribirse. La mortalidad infantil es una compleja situación en la que factores diversos como la herencia, los problemas congénitos y ambientales, reflejan la vida comunitaria desde el punto de vista socio-médico. Su análisis revela no sólo las condiciones sanitarias sino sus aspectos sociales, económicos e incluso morales. El concepto de la mortalidad infantil ha sido un problema central para el campo de la ética médica. Los eugenetistas (cuya ideología no compartimos) postulaban que el factor determinante de la mortalidad infantil era nature, nor nurture. Estos eugenetistas han manejado desde principios del siglo xx una idea muy rudimentaria de la selección natural, al postular que los niños que mueren tempranamente no tienen por herencia la resistencia suficiente para sobrevivir… si por alguna razón sobreviven, heredarán a su vez esa debilidad. Estos planteamientos propuestos por los biometristas, Karl Pearson, E.C. Snow y Ethel Elderton, fueron superados por la salud pública, sin embargo, han vuelto a aparecer en el panorama de la atención médica cuando se trata de los prematuros diminutos y los neonatos portadores del virus HIV.11 |
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| Mortalidad
En Francia, como ha demostrado P. Broca desde principios del siglo xix, la mortalidad durante el primer año ha sido de 22.27 por ciento. Varía por distritos, pues en algunos llegó a ser de 37.07 por ciento, y de acuerdo con las condiciones sociales. M. Wasserfuhr, en concordancia con lo que sucedía en diversos países a mediados del siglo XIX, informó que morían 23.3 por ciento de los hijos legítimos y 45.1 de los ilegítimos. En Berlín llamaron a las mujeres que abandonaban a sus hijos artífices de ángeles. Habrá que añadir que en Francia se estimó que se presentaba un nacimiento ilegítimo por 13.85 nacimientos totales, con un niño abandonado por cada 28.96 nacimientos totales; y se desamparaba un niño por 2.09 de infantes ilegítimos. Las cifras de expósitos en Francia eran del orden de 100 mil cada año, de 1816 a 1836, con un máximo de 127,500 durante 1833. Si a las muertes en los hospicios se suman los fallecimientos rurales, M. Valdruche estimó la mortalidad de los expósitos en 76 por ciento.12 Se estima que durante los siglos XVI y XVII la mortalidad materna fue cercana a 25 por cada mil nacimientos, cinco a seis veces más alta que en el XIX. A la fecha, la mortalidad materna perinatal en los países desarrollados es cercana a cero. Las mujeres podían morir ante, trans o posparto. En la actualidad el rostro de la muerte infantil ha cambiado. Desde luego, en la pobreza se conservan algunos modelos arcaicos, superados por la tecnología. El advenimiento de las unidades de terapia intensiva para los recién nacidos favorece la supervivencia de pequeños que antes murieron irremisiblemente. Ahora en los países desarrollados sobreviven prematuros de 500 gramos, niños con enfermedades severas y problemas congénitos. Esto ha creado nuevas condiciones para el campo de la medicina, la ética, la sociología y en particular la ética médica. Se habla de los derechos humanos de los enfermos y en pediatría de los padres de los niños enfermos. Son temas muy complejos sobre los que no se puede opinar con superficialidad. Es necesario plantear una cuestión de creencias, de antropología, un problema de conciencia humana. En el pasado las familias contaban en su historia la muerte de sus pequeños, ahora empiezan a contar con las secuelas de la enfermedad. La muerte se transformó en algo distinto, en una forma particular de vivir. A través de la historia las sociedades han creado afanosamente modelos de cultura para enfrentar la muerte y se han construido modelos equivalentes para integrar las secuelas de la enfermedad, que ahora se engloban bajo el término genérico de discapacidad.• |
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Notas 1I. Abts Garrison, History of Pediatrics, Saunders, 1953, p. 55. 3Audrey Eccles, Obstetrics and gynaecology in Tudor and Stuart England, Great Britain, The Kent State University Press, 1982, p. 125. 4Dirección General de Estadística, Los cien primeros años, México, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, 1994. 5José Manuel Septién, Historia de la ginecología y la obstetricia en México, México, Institución Gineco-obstétrica Santa Teresa, 1986, pp. 57-62. 6M. León-Portilla, Siete ensayos sobre cultura náhuatl, México, UNAM, 1958. 7Françoise Mauriceau, Traité des maladies des femmes grosses, et de celles qui sont accouchées, vol. I, París, Compagnie des libraires, 1740. 8Septién, op. cit., pp. 103-106. 9Gutierre Aceves, "El arte ritual de La muerte niña", en Artes de México, México, 1998. 10———, La muerte niña, Puebla de los Ángeles, Museo Poblano de Arte Virreinal, 1998. 11Richard Bolt, "Mortality Trends", capítulo XII, en Pediatrics, edited by I. Abts, Philadelphia and London, Saunders. pp. 1, 2. 12A. Becquerel, Tratado elemental de higiene privada y publica, Translated by J. O. y Puig, Madrid, Carlos Bailly-Bailliere, pp. 33-39.• |
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