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Tenzin Tsundue
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I am more
of an indian.
Except for my chinky tibetan face. Si me preguntan de dónde soy no sabré qué responder. Siento como si realmente nunca hubiera pertenecido a ninguna parte. Nunca he tenido un verdadero hogar. Nací en Manali, pero mis padres viven en Karnataka. Terminé mi enseñanza primaria en dos escuelas distintas, en Himalaya Pra-dech, y mis estudios posteriores me llevaron a Madrás, Ladakh y Mumbai. Mis hermanas están en Varanasi, pero mis hermanos en Dharamsala. Mi Certificado de Registro (permiso de residencia) dice que soy un extranjero, de ciudadanía tibetana, que vive en la India. Pero el Tíbet, como nación, no aparece en ninguna parte en el mapa político mundial. Me gusta hablar tibetano, pero prefiero escribir en inglés; me gusta cantar en hindi, pero mi tonada y acento se escuchan mal. De vez en cuando alguien se acerca y me pregunta de dónde soy... mi desafiante respuesta —"tibetano"— sólo eleva sus cejas... Soy bombardeado con preguntas, declaraciones, dudas y condolencias. Pero nadie puede entender el simple hecho de que no tengo casa a dónde hablar y que en el mundo, tan grande como es, siempre seré un refugiado político. Cuando éramos niños, en una escuela tibetana ubicada en Himalaya Pradesh nuestros maestros solían narrarnos cuentos acerca del sufrimiento de los tibetanos en el Tíbet. Siempre se nos dijo que éramos refugiados y que todos nosotros llevábamos una gran "R" en nuestras frentes. Eso no hacía mucho efecto entre nosotros, quienes sólo queríamos que la maestra se apurara y terminara su plática para no tener que estar parados bajo el sol caliente con nuestro cabello aceitoso. Durante mucho tiempo en verdad creí que nosotros éramos un tipo de gente especial que llevaba una "R" en nuestras frentes. Éramos distintos a las familias locales indias que vivían alrededor del campo de la escuela; de la familia del carnicero, que mataba veintiún ovejas y gallos cada mañana (cuando los gallos cantaban con su garganta a medio cortar, desde la parte trasera de la carnicería, tirábamos piedras al delgado techo). Había otras cinco familias que vivían cerca; tenían huertos de manzana y ¡parecía que sólo comían manzanas de distintas formas! En la escuela nunca veíamos más gente que a nosotros mismos y a pocos ingis (extranjeros), quienes nos visitaban de cuando en cuando. Tal vez la primera cosa que aprendí en la escuela fue que nosotros éramos refugiados y que no pertenecíamos a este país. Aún me falta por leer
el Intérprete de Maladies, de Jhum-pa Lahiri´s. Cuando
ella habló acerca de su libro, en una revista, dijo que el exilio
creció con ella y al parecer eso era lo que pasaba conmigo. De toda
la gama de las películas en hindi, yo esperaba con ansias una muy
particular, Refugiado, producida y dirigida por J. P. Dutta. Hay
una secuencia en la cinta donde pintan de manera muy elocuente nuestra
situación, cuando un padre cruza la frontera con su familia para
llevarla a la nación vecina, y lejos de tener una vida confortable,
es un sobreviviente. Pasa suceso tras suceso, hasta que viene una escena
donde las autoridades lo toman cautivo y cuestionan su identidad. Él,
rompiendo a llorar, responde: "Wahan hamara jena mushkil ho gaya tha, isilive
hum yahan aye, ab yahan bhi... Kya Refugee hona huna hain?" (Las cosas
se pusieron difíciles allá. Tuvimos que venir aquí
y ahora también aquí... ¿es un crimen ser refugiado?).
El oficial de la armada enmudeció.
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Hace pocos meses un grupo
de tibetanos en Nueva York, en su mayoría jóvenes, se encontró
en una situación difícil. Uno de ellos había muerto
y nadie del grupo sabía de los rituales de cremación. Ellos
se miraron fijamente. De repente se dieron cuenta de que estaban muy lejos
de casa.
and meanwhile through the years Abena P. A. Busia Los tibetanos refugiados, como otros inmigrantes de Asia que van al Occidente, trabajan duro para ganarse la vida en ese ambiente, altamente mecanizado y competitivo. Un viejo estaba muy contento cuando encontró un trabajo donde le pagaban lo suficiente para no representar un gasto fuerte a los escasos recursos de sus familiares. Era el encargado de presionar un botón cada vez que escuchara un bip. Estaba impresionado por tener que hacer esta tarea tan trivial durante todo el día. Se sentaba ahí con un rosario en la mano, murmurando suavemente sus oraciones. Por supuesto, oprimía el botón religiosamente cada vez que oía el bip (perdónalo, oh señor, no sabía lo que hacía). Unos días después, lleno de curiosidad, le preguntó a su compañero de trabajo para qué servía el botón. Le dijo que cada vez que oprimía un botón le cortaba el cuello a un pollo. Inmediatamente dejó el trabajo. En octubre de 2000 el mundo volvió la mirada hacia las Olimpiadas de Sydney. En el hostal, "ese día" todos estábamos pegados frente a la tele, ansiosos de ver la ceremonia inaugural. A la mitad del evento me di cuenta que no podía ver con claridad, sentía mi cara mojada. Estaba llorando. No, no era el hecho de que ansiara estar en Sydney, en el esplendor de la atmósfera o en el espíritu de los juegos, traté duramente de explicar a los que estaban a mi alrededor. Ellos no pudieron entender, no pudieron siquiera empezar a entender... ¿cómo podrían? Pertenecían a una nación. Nunca tuvieron que concebir su pérdida, nunca tuvieron que llorar por su país. Ellos pertenecían y tenían un espacio propio no sólo en el mapa mundial, sino, además, en las Olimpiadas. Sus compatriotas podían marchar orgullosamente, conscientes de su nacionalidad, con sus vestidos nacionales y su bandera nacional que volaba alto. Me sentí contento por ellos. Night come down, but your stars are missing. Neruda habló por mí cuando, silencioso, estaba bañado en lágrimas. Callado, viendo el resto del espectáculo, me sentía pesado y sin aliento. Ellos hablaban de términos sin fronteras y de construir una hermandad a través del espíritu de los juegos. Desde el confort de sus hogares hablaban de reunirse para formar una única humanidad y desafiar fronteras. ¿Qué podía yo, un refugiado, decir, excepto del deseo de regresar a casa? Mi hogar es algo real. Está
ahí, pero a la vez está muy lejos. Es el hogar que mis abuelos
y padres dejaron atrás, en el Tíbet. Es el valle donde mi
Popo-la y Momo-la tenían sus granjas y muchos yaks, donde mis padres
jugaban cuando eran niños. Mis padres ahora viven en Karnataka,
un campo de refugiados. Se les dio una casa y tierra para labrar. Sembraron
maíz, su producción anual. Una vez, cada par de años,
por unas pequeñas vacaciones los visito. Cuando estoy con ellos
les pregunto acerca de nuestra casa en el Tíbet. Ellos me hablan
de ese día fatal, cuando estaban jugando en el pasto verde y fresco
de Changthang, mientras pastoreaban sus yaks y ovejas, y cómo tuvieron
que empacar y huir. Todos dejaban sus chozas, pues había un secreto
a voces, en el sentido de que los chinos estaban matando a cuantos se encontraban
en su camino. Los monasterios estaban siendo volados, había robos
desenfrenados, todo era un caos. Se podía ver el humo de las villas
distantes, había gritos en las montañas. Cuando dejaron sus
chozas tuvieron que caminar a través de los Himalayas y luego a
la India, y sólo eran unos niños. Sí, fue excitante,
pero también sintieron mucho temor.
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En la India trabajaron en la construcción de caminos en Masumari, Bir, Kullu y Manali. El camino más extenso y largo del mundo, cubierto de chapopote y que va de Manali hasta Ladakh, fue construido por los tibetanos. Mis padres me dijeron que cientos de tibetanos con los que se encontraron en la India murieron en esos primeros meses. No podían soportar el calor del verano y el monzón los agarró con poca salud. Pero el grupo vivió y hubo muchos cambios a lo largo del trayecto. En alguna parte, durante la jornada, a un lado del camino, en una tienda provisional, nací yo. "¿Quién tenía tiempo de registrar el nacimiento de un niño cuando todos estaban cansados y hambrientos?", dice mi madre cada vez que pregunto por mi cumpleaños. Hasta que fui admitido en la escuela fue cuando me dieron un día de nacimiento. En tres diferentes oficinas se hicieron registros, y ahora tengo tres fechas de nacimiento. Nunca he celebrado mi cumpleaños. El monzón es bienvenido
a nuestra granja, pero no a nuestra hogar. El viejo techo de tejas de cuarenta
años gotea y en la casa tenemos que trabajar colocando vasijas y
cubetas, cucharas y vasos, recolectando el dountry de los dioses de la
lluvia, mientras Pa-la sube al techo tratando de llenar los huecos y remplazar
las tejas rotas. Pa-la nunca piensa en renovar el techo completo utilizando
algunas buenas hojas de asbesto. Dice que pronto regresaremos al Tíbet
—"Ahí tenemos nuestra casa"—. A nuestro establo se le han hecho
varias reparaciones; cada año se rellena de paja, en tanto el palo
y los marcos de madera, infestados de gusanos, son reemplazados.
money plants crept in through the window,
Recientemente me encontré a un amigo mío, Dawa, en Dha-ramsala. Hacía un par de años había escapado a la India después de haber sido liberado de una cárcel china. Me habló acerca de sus experiencias en la prisión. Su hermano, un monje, fue arrestado por poner carteles de "Tíbet libre"; tras ser torturado reveló el secreto acerca de la existencia de Dawa. Éste fue encarcelado sin juicio alguno por cuatrocientos veintidós días. En ese entonces tenía veintiséis años. Por algún tiempo, Dawa había trabajado para la burocracia china. Lo llevaron del Tíbet a Beijing para su educación formal; ya desde temprana edad, como hasta ahora, solía reírse de los débiles esfuerzos de los chinos para adoctrinarlo en sus ideas y creencias en el comunismo y cambiar el modo de vida de los tibetanos. Por fortuna, en este caso, los esfuerzos de los chinos no fructificaron. Hace dos años, un amigo cercano de la escuela recibió una carta que lo puso en la situación más difícil de su vida. La carta, de su tío, decía que sus padres, quienes estaban en el Tíbet, habían conseguido permiso para ir a una peregrinación a Nepal por dos meses. Tashi, después de recoger a su hermano en Dharamsala, fue a Nepal para encontrarse con sus padres, a quienes no había visto desde su huida hacia la India hacía veinte años. Antes de irse, Tashi me escribió: |
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Vi a los alemanes derramar
lágrimas de alegría cuando las familias separadas del Este
y Occidente finalmente se reunieron y abrazaron por encima del muro derrumbado.
Los coreanos rebosan lágrimas de alegría porque la frontera
que dividía a su país en Norte y Sur por fin ha desaparecido;
sin embargo, temo que las familias separadas del Tíbet nunca se
vuelvan a encontrar. Los hermanos y hermanas de mis abuelos fueron dejados
en el Tíbet. Mi Popo-la murió años atrás. ¿Acaso
mi Momo-la podrá ver alguna otra vez a sus hermanos y hermanas?
¿Estaremos juntos para que ella pueda enseñarme nuestro hogar
y nuestra granja?•
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