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—¿Soy pintor? —repitió
Romeo en diversas ocasiones.
El tema de la vocación
fue discutido largamente en el estudio de uno o de otro, o en torno a las
mesas de los cafés. Era como si descubriesen el mundo. Palmira afirmaba
que no había vocación, sino voluntad. Alguien le dijo cruelmente:
—Que no se te ocurra nunca
hacer literatura. Sigue por el camino del periodismo y anexos, que lo haces
muy bien; son cosas sólidas, de tocar el suelo con los pies; con
tu talento y tu voluntad, llegarás muy lejos.
Ella replicó, despechada
y agresiva:
—El día que quiera
ponerme a escribir una novela lo haré mejor que muchos.
—Querer... querer no basta.
El talento tampoco basta. El talento se ejerce sobre los objetos. La voluntad
se afirma en terreno sólido. Nada de esto sirve para el vuelo. Ningún
objeto sólido sostiene una frase poética.
—La vocación es un
destino de mártir feliz —suspiró el incipiente poeta.
—La vocación es estar
dispuesto a pagar y decidido a cobrar —sentenció otro.
Romeo habló de sí
mismo:
—No sé si seré
pintor... Pero si lo soy, no seré un pintor de superficies. Las
líneas, los volúmenes, el color y la luz me interesan, ciertamente,
pero lo que me interesa mucho más, que me interesa definitivamente
y absolutamente, es otra cosa, lo que puede haber detrás de las
superficies que veo y... o... quizá... detrás de mi frente.
Adivinar, intuir, levantar un poco los velos, y expresarlo como pueda,
aunque sea con un balbuceo de pincel, de letra o de sonido. De pincel,
si éste es, como espero, mi medio más fácil de expresión.
—¿Y si te resulta
inexplicable?
—Digo expresar, no explicar.
Precisamente quiero pintar lo inexplicable. Por esto quiero hacer el retrato
de aquellas dos ventanas, para expresar lo que siento en ellas, no sé
qué.
Y en otra ocasión,
ante la tela, continuó esforzándose por decir la vaguedad
de su sentimiento.
—Retrato de las dos ventanas.
Retrato. Busco expresar lo que se me comunica: un misterio. Con el color.
La línea es demasiado precisa. A veces no. Pero lo siento como color.
Pensad en los verdes del fondo de la Gioconda: de ellos viene el misterio
que vulgarmente se atribuye a la sonrisa.
Entre nosotros, sobre cualquier
tema, había tantas opiniones como personas. No, más, porque
cada persona cambiaba a veces de opinión, o tenía dos o tres
para escoger. Estábamos en la edad de opinar y sentenciar, y de
dudar también, siempre apasionadamente, de querer explicarse uno
mismo y explicar los otros y explicarlo todo.
—Cuando pinte figuras de
mujer, si algún día lo hago, me concentraré más
que nada en los brazos —mientras decía esto Romeo trazaba distraídamente
el perfil de un brazo sobre una servilleta de papel—. Es lo que presenta
más dificultades, sí, el sentido de un brazo es lo más
difícil de captar y todavía más de comunicar. Una
cara tiene un lenguaje claro: los ojos, la boca, los surcos... Las piernas
también, tienen un ritmo revelador. Pero un brazo habla con su tibieza,
y esto ¿cómo lo pintas?, habla de protección y crueldad,
de caricia y de rechazo, de entrega y de dominio, es soberbio o amoroso...
Observad la mano de un hombre en el nido que forma el codo doblado de una
mujer: a veces parece que con su apretón se posesione de ella, a
veces tiene el aire de ser él capturado, arrastrado, la mano presa
en aquella trampa del brazo femenino doblado; a veces lo sostiene tiernamente,
en cuatro dedos en la parte de abajo, y otras veces parece que se apoye
en él, que necesite su apoyo...
Eso me hizo darme cuenta
de su tendencia a coger a las mujeres del brazo. Otro día, por casualidad,
le vi con Mimí y anduve un rato tras ellos, inadvertido.
Se daban las manos, pero la de él de cuando en cuando subía
hasta el codo rosado y gordezuelo y lo sostenía delicadamente, y
cada vez ella se soltaba con movimiento suave de disimulada firmeza, y
volvían a darse las manos. ¿Qué le diría el
hoyo de aquel codo con su tibieza: amor o desinterés, exigencia
o debilidad? Si tuviese que pintarlo, ¿cómo haría
que expresase energía la sombra tierna de aquella suavidad? ¿Y
es esto lo que habría de expresar?
Las jóvenes parcas
Palmira, en la tarde anterior,
se había dejado prodigar besos y los había devuelto impetuosamente.
Era una mujer vibrante y en aquellos momentos Romeo la necesitaba, así
como era. Cierto que existía —marginal— el tanteo, que primero habían
comentado la tela empezada con la pared de las ventanas, y el propósito
de Romeo, y habían mirado juntos el modelo de enfrente. Y ella había
dicho:
—Pinta esto, si te atrae,
harás bien; será algo, ya que te interesa. Hasta puedes demostrar
que tienes una paleta de gran maestro; o una inventiva revolucionaria.
—No quiero demostrar nada
—habría podido decir también que con su tanteo no pedía
aprobación, sino participación, pero él mismo no lo
sabía, sólo se sintió decepciona do—. Quiero retratar.
Estas ventanas tienen una expresión que no he captado aún
y es esto lo que quiero poner en el cuadro.
No le interesaba lo que Palmira
pudiese contestar. La tenía enlazada por la cintura delgada, sentía
contra su cuerpo las suaves redondeces del de ella y ya sólo anhelaba
su vibración, y se abalanzó a sus labios, hambriento. Ya
sólo existió el remolino de aquellos momentos sin medida.
Y en la tarde siguiente había
dado un paseo con Mimí por el parque y apenas si había
podido besarla levemente, rápidamente, un par de veces, bajo los
árboles, cuando no pasaba nadie. Ella parecía conmovida...
pero es difícil saber dónde llega la sensibilidad de la muchacha
sometida a unas precauciones. En aquel momento crucial de tanteo, cuando
un impulso oscuro lo empujaba hacia la solución por la mujer. Romeo,
sin saberlo mucho, intentaba dos pruebas. Propuso a Mimí
que fuese a su estudio.
—Quiero que veas lo que hago.
—No puedo ahora, me esperan
en casa.
—¡Quisiera tanto que
vieses lo que hago! Principalmente una cosa que tengo empezada...
—Hoy no puedo.
Romeo insistió cada
vez que volvió a verla, pero ella siempre encontraba excusas para
negarse. Sí, sin saberlo del todo,
intentaba dos pruebas, pero
en el caso de Mimí tuvo que contentarse con una (la que era
esencial, de todas maneras), porque cuando por fin consiguió que
ella le prometiese la visita fue para ir acompañada de una amiga
"que se interesaba mucho por el arte". Quedaba, pues, descartada la prueba
erótica, pero aquel rehuirla, por parte de ella, ¿no era
ya en sí mismo una prueba?
Mostró a las muchachas
la pared de las dos ventanas y explicó, acaloradamente —no podía
hablar de ello de otro modo—, que se proponía retratar aquello porque...
—¿Aquello? —preguntó
Mimí,
sorprendida y decepcionada—. ¿Con aquellos depósitos atrás?
—Sólo la cara, esa
cara de...
—No lo encuentro muy bonito.
Pero quizá tú lo harás parecer bonito. Si por lo menos
hubiese flores en las ventanas...
Y mientras Romeo deseaba
ya abandonar el tema, la amiga intervino con afectado entusiasmo.
—¡Esto! Tú puedes
ponérselas. El artista puede hacer lo que quiera, ¿no? Unas
macetas con geranios rojos y rosados lo animarían mucho.
—¡Claro! —aprobó
Mimí.
Tuvo que hacer un esfuerzo
para contenerse, Romeo; calló unos momentos, buscando una salida.
Después habló con un casi imperceptible temblor de rabia.
Ofreció bebidas que, por suerte, no fueron aceptadas: ellas tenían
prisa. Para desahogarse un poco dijo que se compraría una maceta
con un geranio color de rosa que animase su madriguera, pero fue
en vano, ellas no percibieron el sarcasmo.
Diríase que la prueba
era bastante decisiva, pero Romeo no renunció del todo, aún,
a aquella relación ya fracasada. Siguió viendo de cuando
en cuando a Mimí, aburriéndose a su lado, sin hablar
nunca de pintura, sin intentar asirla del brazo, consciente de la actitud
ridícula de darse las manos, hasta que hizo el último intento,
el de ofrecerle participar de lo que más le obsesionaba.
—Aquel cuadro que quiero
pintar, el de las ventanas... Quiero poner misterio en él, ¿sabes...?
Algo de lo que hay misterioso en todo lo que nos rodea... ¿Qué
opinas?
—¡Ay, anda, que ocurrencia!
No veo nada misterioso a nuestro alrededor. Lo que algunos llaman misterio
son mentiras, y más bien dan angustia, cosas más bien malas,
inventos de gente desviada.
—Ahora que me has descubierto
—dijo Romeo con amargura— ya no podré acercarme nunca más
a ti: sí, soy una mentira, un espíritu desviado.
Él mismo lo contó
algún tiempo después, para explicar cómo se había
alejado de Mimí. Aunque ella, sin entenderlo, no creyó
que fuera a alejarse.
El intento con Palmira no
lo confesó nunca, pero todo se sabe. Era un atardecer, estaban solos
en el estudio; debía haber en ellos tanto fuego como en el cielo
de poniente. Romeo recordaría siempre aquel fuego de los abrazos
de Palmira: era como las llamas del crepúsculo, exaltaba pero no
quemaban —esto es el único comentario que un día del porvenir
haría a Jan sobre la experiencia, sin precisarla.
Sandra era tan diferente...
Una consunción quieta. Sin llamas, sólo ardor.
Decir que ponía a
prueba
a aquellas muchachas es atribuirle una intención que no tenía.
Él de ninguna manera se proponía en frío, con una
idea y una finalidad, hacer experimentos, investigar y medir y determinar
las cualidades eróticas, cordiales y espirituales. Más bien
puede creerse que lo hacía inconscientemente, instintivamente, un
instinto que le nacía de las vacilaciones y de su necesidad de amor
y aceptación en el embrollo de su impetuoso deseo y el hervor de
tantas preguntas inquietantes y el impulso hacia un dudoso camino artístico.
Podía besar a Sandra
largamente, y no habla ímpetu en ella, sólo el ardor que
le penetraba, le envolvía. No decía nada cuando él
le mostraba la pared de las ventanas y la tela empezada; era sobria de
palabras.
—Todo es cuestión
del misterio. Dar el color del misterio.
—¿Cuál es?
—preguntó ella, en voz baja.
—Quizás el verde.
—¿El misterio es verde?
—volvió a susurrar, como sorprendida.
Romeo quedó en suspenso
un momento.
—¡Haces unas preguntas!
Ella sólo sonrió
levemente. Y él trató de explicarse.
—Yo había pensado...
sí... o mejor dicho, sentido... quizá hay que decir intuido,
esto, que el misterio tenía que ser pintado con verde. Pero tú
preguntas si es verde, y esto transforma todos los interrogantes
que llevo adentro.
En cambio Palmira tenía
abundancia de palabras y de respuestas contundentes. El decía:
—Lo que quiero, en la pintura,
especialmente en este "retrato" de las dos ventanas con persianas, en todo
lo que vendrá después, es comunicar lo que a mí se
me comunica. Esto es el retrato, dar la expresión, el alma.
—¡El alma de las persianas!
—exclama ella, irónica—. De...
—¿Por qué no?
—la interrumpió él. Era necesario no dejarla hablar o le
embrollaría la idea—. Detrás de las persianas hay algo y
ellas lo expresan. Quizás es... misterio.
—El misterio —replicó
inmediatamente Palmira— se puede expresar, quiero decir, hacer como que
se expresa, sólo con arte abstracto. Esto —dictaminó señalando
las ventanas de la tela—, esto es realismo puro y simple, chico. En la
realidad no hay misterio. O sea, precisando: todo es realidad y no hay
misterio en ninguna parte, sólo hechos descubiertos y por descubrir.
Déjate de monsergas; di que te interesa la línea, el color,
el significado de esa cosa que ves (un significado bien realista), pero
no te dejes exaltar demasiado por la imaginación, has de tenerla
sometida a tu pensamiento. Este tema puede ser interesante, las persianas
tienen un color de aire alegre; si lo aciertas, puede resultar bonito.
Romeo ya no escuchaba, aunque
ella continuaba disertando. Su pensamiento se retiraba para escucharse
a sí mismo, instigado por estas simples palabras: "un color de aire
alegre". Expresión superficial, ciertamente, casi un lugar común
dicho por ella con la negligencia con que se suele emplear un lugar común
y, sin embargo, trasladado por él a otro ámbito se convertía
en el centro oscuro de rotación de la mente, y se hacía la
chispa oscura que oscuramente iluminaba otras formas del problema: ¿Cuál
es el verde de aquel misterio? ¿Cuál es el misterio de aquel
verde? ¿Qué es aquél? ¿Tiene un aire,
el misterio? ¿Hay misterio alegría? ¿La angustia y
el temor pueden ser misteriosamente gozosos? ¿El misterio tiene
cualidades específicas...?
Incógnitas que habría
de resolver al retratar las ventanas. ¿Sería posible?
Sentía afán
por coger el pincel y entregarse a la búsqueda de la alegría
de los verdes, del aire de los matices, como si se lanzase a una aventura
de descubrimiento.
No hacía mucho rato,
antes de ponerse a hablar de pintura, había cedido a la urgencia
cegadora de su ser masculino y entonces, en medio del arrebato de los abrazos,
había pedido a Palmira que se quedase a pasar la noche en el estudio
con él, y ella había
cedido. Y he aquí que ahora le estorbaba y tendría que inventar
una buena razón para deshacer el compromiso.
Cuando se libró de
ella, no cogió el pincel, no mezcló colores, sino pensamientos
interrogantes sobre una paleta mental o quizá como sobre una mesa
de laboratorio donde las ideas de las palabras se exponían en todas
las combinaciones necesarias para ser analizadas, descompuestas y recompuestas
y probadas, por orden, sistemáticamente, hasta que las desordenaba
en la mezcla. Ahora el hecho central del que partían todos era el
interrogante: ¿Es posible el aire alegre en el color del misterio?
Pero esto implicaba la respuesta afirmativa a la posibilidad de que existiera
un color del misterio, y esta afirmación no se daba, el hecho del
color del misterio también contenía interrogantes, todos
los hechos eran preguntas unas dentro de las otras. ¿Cuál
era la de más adentro? No, no es así la pregunta, es: ¿cuál
es la de más adentro y la de más afuera? Ambas direcciones
pueden ser infinitas. La primera, la de afuera, podría estar contenida
dentro de otra, más primera y más afuera; y adentro, adentro,
siempre se puede encontrar otro dentro de la última. ¿El
misterio es un hecho o es una abstracción? ¿El hecho puede
tener un cierto aire? ¿La abstracción puede tener un aspecto
preciso? ¿El matiz estremecedor del misterio tiene un aire alegre?
¿El aire se expresa a través del color? ¿Cuál
es, pues, el matiz alegre de un aspecto misterioso?
Se embrollaba y se embrollaba
en el interminable entrelazar de preguntas y las respuestas eran siempre
preguntas, como las de Sandra. Se dio cuenta de que no tenía una
cabeza lógica. Si es que la lógica podía ser guía
en el laberinto, él no podía contar con ella. Sólo
podía esperar que le fuese dada la expresión de aquellas
ideas tan fantasmales y movibles que, sin embargo, sentía tan sólidamente
verdaderas en el fondo vago de ellas mismas. El instinto le hacía
buscar a ciegas aquel fondo en el contacto con la mujer; necesitaba la
mujer física, el amor, pero necesitaba más aún el
contacto femenino en la percepción de todo aquello tan indefinido
que se le hacía vital: sí, dependía de ello su vida,
no sería un hombre vivo si aquella percepción no se le convertía
en fruto. Por aquellas esferas impalpables no había posible contacto
con Palmira, ella lógica y él ilógico. Las respuestas
afirmativas no resolvían nada. Las respuestas interrogantes de Sandra
se unían a sus interrogaciones y se resolvían en un nuevo
impulso hacia la expresión interrogante.
Expresión interrogante.
Ésta era quizá la verdad artística.
Tenía que dar a su
pintura una expresión interrogante.
—Sandra —dijo aquella noche
cuando acababan de despedirse de los amigos y él se había
ofrecido para acompañarla, al salir de la conferencia que Romeo
apenas había escuchado—, sube al estudio, quiero hacerte una pregunta
ante la tela. Después te acompañaré.
—No has avanzado mucho —observó
ella al ver que en la tela había nada más unas pocas pinceladas
nuevas.
—No. Necesito una tela más
grande, porque ahora sé que estas ventanas tendrían que repetirse
varias veces, como se repite la pregunta.
—¿No contestará
nada, tu cuadro?
—Al principio creía
que sí... Por lo menos creía que afirmaría... lo que
no se puede afirmar.
—¿Y ahora crees que
preguntará?
—No me lo proponía,
pero sí que preguntará sin que yo me lo proponga.
—¿Qué preguntará?
Romeo cogió la tela
por los ángulos como si fuesen los hombros de una persona y la sacudió
nerviosamente.
—¡Si lo supiera...!
¡Si lo supiera todo sería tan fácil!
Sandra callaba y le miraba
mientras él apartaba las manos poco a poco de la tela y las apretaba
con fuerza una con otra, fijos los ojos en aquel verde que cada día
cambiaba un poco. Por fin la muchacha habló, de aquella manera,
a media voz, como solía hacer cuando se trataba de algo que sentía
trascendental.
—¿Qué pregunta
querías hacerme?
—Ah, sí. Ésta...
¿Cuál es el color del interrogante?
Sandra bajó los ojos,
como para hundirse en sí misma, y en tono apagado, vacilante, un
sí es no es tembloroso y asustado, dijo:
—¿Quieres decir el
interrogante absoluto?
Él se volvió
lentamente hacia ella. Habló también en voz baja, contenida.
—¡Sandra! Qué
pregunta me has hecho, tú. ¡Sandra! Como si abrieses... una
puerta... misteriosa...
La miraba asombrado. La comprendía
y no la comprendía. No quería comprenderla, quería
presentirla o percibirla o sentirla como con un tacto del espíritu.
Lo mismo que —esperanzado— le parecía que sucedía en ella
en cuanto a él.
—¡Qué pregunta
me has hecho, Sandra! Por esta pregunta... que no es una pregunta... te
amaré, Sandra.
Abrió los brazos y
avanzó un paso. Ella le miró a los ojos y preguntó.
—¿Cuándo?
—¡Ahora! —afirmó
él.
Y la estrechó en un
abrazo. Pero Sandra se apartó un poco, sin soltarse, lo justo para
echar la cabeza hacia atrás y mirar al aire para volver a interrogar:
—¿Cuál ahora?
Romeo aflojó un poco
el abrazo, sorprendido otra vez por la nueva interrogación. En seguida
la estrechó más, se inclinó, y mientras apretaba los
labios contra los de Sandra, murmuraba:
—No sé... quizás
el mío...
Inevitables astros
—Vivo con Sandra porque es
capaz de hacer preguntas más valiosas que mil respuestas.
Esto declaró Romeo
a uno de los que podían tener curiosidad por el porqué.
Eran pocos. Siempre son pocos los que sienten esta clase de interés.
La mayoría tienen más deseo de saber por qué se deshace
una pareja que por qué se hace; les basta la evidencia del hecho,
dan por indiscutible que la causa sea, simplemente, la voluntad de dos.
Sandra vivía en el
estudio desde aquella noche en que se había quedado por obra del
"interrogante absoluto". No por que él se lo pidiese ni que ella
accediese; sencillamente se habla quedado, en los brazos de Romeo.
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