TRES CUENTOS

Anna Murià

Uno de los rasgos más vitales de lo que conocemos —no sin cierto dejo retórico— como cultura nacional reside en su diversidad; es decir, en el aporte plural y abierto de creadores y pensadores peculiares, ya sea por su origen étnico, su vocación intelectual o su compromiso ideológico. Somos, pues, una geografía de encuentros y desencuentros, nutrida también por los exilios; entre ellos, protagónicamente, el español, que se transterrara a México por la Guerra Civil (1936-1939). De este éxodo, muy significativo para la formación contemporánea de nuestro país, sobresalieron dos escritores combativos y combatientes: Anna Murià y Agustí Bartra. Pareja en el amor, las letras y la política. Tan entrañable escritora catalana falleció hace apenas unos días en su natal Barcelona, donde naciera en 1904, razón por la cual reproducimos como un mínimo homenaje tres de sus cuentos más logrados contenidos en un volumen ya clásico titulado El libro de Eli (publicado originalmente en catalán en 1982 y coeditado por Ediciones Sin Nombre y Juan Pablos en 2000), en referencia a su hija del mismo nombre, quien es profesora-investigadora de la Unidad Xochimilco de la Casa abierta al tiempo, frecuente colaboradora de nuestra revista institucional y hasta principios de este año integrante de nuestro Comité Editorial. 

Apuntaré algunos rasgos mínimos de Anna Murià. Durante la Guerra Civil dirigió el Diari de Catalunya. A la caída de la Segunda República en 1939, salió hacia Francia. Justo durante su estancia en Chateau de Roissy-en-Brie conoce a Agustí Bartra, poeta non que moriría en 1982, quien fue su compañero de vida y padre de sus hijos Eli y Roger. Poco después se trasladaron a tierras americanas: República Dominicana, Cuba y Estados Unidos. Desde 1941 residirían en México; en la década de los años setenta regresaron a España. De sus muchos libros destacan: Joana Mas (1933), La peixera (1938), Vía de l'Est (1946), El pais de les fonts (1978), Pinya de contes (1980), Res no és veritat, Alicia (1984) y Aquest será el principi (1986).
 

Luis Ignacio Sáinz
El libro de Eli

Invocación

¿A qué dios puedo pedir el mérito que se necesita para escribir este libro?

Necesito poseer la milagrosa sencillez. ¡Dámela, tú, hija, niñita!

Pequeño dios niño, hija: a ti te invoco.

Dame tu sencillez. La milagrosa sencillez.

Ofrenda 

Un día —era después de muchos meses de tempestad interior— volví los ojos hacia ti, agradecida al bien que es para mí tu existencia, y sentí el deseo de hacer algo para ti que fuese ofrenda, tributo y donación. Y dije: hija, tú que estás tan adentro de mi vida, tú, belleza, luz, voz, forma, para ti tengo que escribir. Pero entonces aún no podía. Aún me encontraba demasiado cerca de la crisis pasada que me sacudió y me transformó y me purificó. Aquel día había dicho: ha ido madurando mi paz; he aprendido la humildad y el orgullo de querer ser lo que soy. Y el primer fruto de mi paz fue una oración a ti, hija, con esta promesa: "Para ti empezaré unas páginas cuando ya tenga bien enraizado en mí el conocimiento de la humildad y del orgullo. No puedo todavía, porque a ti tengo que hablarte con el corazón sencillo y los labios limpios. No tengo todavía bastante sencillez. No me he purificado bastante. Mi alma tiene que volverme ermitaña. Y después de tiempo de serlo, podrá descender hacia ti toda olorosa de bosque, serena de silencio, sabia de saber poco y sentir mucho”.

¿Podré, desde ahora, esforzarme en el tributo que te debo? Quiero exprimir para ti la miel de mis panales y temo que en vez de esto exprima el agua de una esponja.

Yo no soy una madre que aconseja y alecciona. Soy una madre que ama.

La ofrenda de tu madre será sólo palabras, palabras, palabras, palabras. Te miraré a ti para hacerlas bellas.

Este libro, tu libro, Eli, estará lleno de recuerdos míos. Te los doy, no como ejemplo, sino como recuerdo.

Para ti la primera flor

Lejos, lejos en mi vida, está el primer recuerdo. Es un momento de claridad: arriba de la montaña, a plena luz, subida sobre los hombros del abuelo, yo, pequeñita, pequeñita como tú, veía abajo, muy abajo, la ciudad.

Mi Dios múltiple

Te he dicho, al invocarte, pequeño dios niño.

A veces he levantado los ojos hacia tu padre diciéndole: tú llenas mi vida como un gran dios.

Lo que es bello, lo que es grande, lo que es bueno, que me da felicidad, que viene a mí como una bendición, todo es Dios.

Agua y hierba

Cuando yo era todavía una niña, la hierba y el agua me eran las dos cosas más gratas del mundo. Si paseaba por aquellas calles que trepan hacia los cerros y van convirtiéndose en camino, la hierba que crecía en sus orillas atraía mis pies; era feliz andando sobre ella. En el campo, me acercaba a los arroyuelos de agua clara para refrescarme la mirada en la corriente y el oído en su chapoteo.

¡Qué buenas eran la hierba y el agua!

Ya mayor, hubo un tiempo en que tenía que trabajar bajo unas rejas en un almacén feo de la calle del Rec. Y entonces buscaba reposo para los ojos y para el alma en el verdor de la hierba que crecía sobre el alero de una vieja casa.

Exiliada, encontré, una tarde, melancólica compañía en el agua quieta de una laguna entre bosques.

Ahora tú eres para mí el agua y la hierba.

La fe

Los hijos preguntan a la madre qué han de creer. Preguntan cuál es la verdad.

—¿Tú, qué crees? —interrogan los hijos a la madre.

—Creo en vosotros, hijos.

Ante vuestras miradas interrogantes, os deseé una fe sana y clara.

Acepta, hija, el recuerdo de aquel deseo mío.

 Un ramo

Roger y yo paseábamos por el parque. Había llovido y en el sendero había charcos.

El niño encontró una rama verde, en el suelo. ¡Qué alegría! La alzó en el aire y empezó a correr delante de mí, gritando:

—¡Un ramo! ¡Un ramo! ¡Un ramo!

—¡Metes los pies en el agua! ¡Detente!

Pero él no me oía.

—¡Un ramo! ¡Un ramo! ¡Un ramo!

Y era tan grande su entusiasmo que le dejé meterse en el charco con sus zapatitos blancos.

—¡Un ramo! ¡Un ramo! ¡Un ramo!

¡Coconga!

Cuando vivíamos en la Cabaña de los Arces, tú todavía no tenías dos años, una mañana salimos a pasear. Anduvimos entre espeso ramaje, llegamos a la orilla del lago guarnecida de juncos y flores. Y regresamos por el ancho camino, entre prados, bosques, matas floridas. Tú corrías, exultante, con una flor amarilla de largo tallo en la mano, alzándola. Ibas gritando hasta perder el aliento:

—¡Coconga! ¡Coconga! ¡Coconga!

Esto quería decir: ¡corre!, ¡corre!, ¡corre!, en tu lenguaje incipiente en el cual un caballo era un "batitán".

—¡Coconga! ¡Coconga! ¡Coconga!

Dimensiones

Roger había visto la primera película de tercera dimensión.

—Madre, ¿la cuarta dimensión dices que es el tiempo, no?

—Sí.

—¿No hay una quinta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Meditó un momento y dijo:

—La quinta dimensión debe ser la verdad.
 

 
 
Humilde mendiga

Ahora quiero hacerte el don de un momento sereno de mi vida. Era cuando vivíamos junto al mar, un invierno de paz, en Bayville. Lo encontré hoy expresado en las hojas de un cuaderno.

"La hora sencilla me esperaba aquí, tan lejos, cuando ya he caminado tanta vida. La hora de abrir las manos al aire y recibir limosna de aire claro. Hacerme mendiga de ojos felices, mendiga de aire, de silencio, que con claro silencio agradecerá. Dejar ambiciones de alma encendida. Abrir las manos a los dones del vivir. Y hacerme humilde como un niño.

"¡Gracias,vida! ¡Gracias, mundo, porque tienes mar! ¡Gracias, hoy, porque la niebla toca el frío gris, callado, del agua! 

¡Gracias, cielo blanco de luz inquieta! ¡Y el exultante vuelo de las gaviotas! ¡Salpicadas de mar vuelan por el aire!

"Agradecidos, mis ojos reciben riqueza de anchura y luz, de cielo y espuma.

"Belleza muda, gozar inmóvil.

"Aceptar, sin tría, las emociones.

"Serena juventud abierta de par en par, tardía juventud... Mi vida ha madurado en fruta-flor maravillada de sentirse tan llena y con los pétalos abiertos, estremecidos, ingenuos. Fruta-flor de juventud, pesada de conocimiento, ligera de candidez.

"Rostro de hija, manos pequeñas, hija. Ríes, tienes los cabellos finos, los ojos te cantan y eres riqueza en mis brazos".

El gran bien

No quiero enseñarte a creer. Quiero dejarte con todas las dudas del ser humano. La duda fecunda y purificadora y enternecedora. Quien cree, quien se figura poseer la razón, es duro y cruel. ¡Por suerte los que creen a veces dudan y se enternecen! Cuando yo creo, cuando me siento llena de razón, soy dura, cruel, inhumana; me esfuerzo por resistir a la tentación de la duda, que me hace horrorizarme de mí misma y me dulcifica para los demás. El odio nace en quien tiene razón, el amor en quien duda. ¡La duda es el gran bien de los humanos! Si supiésemos, seríamos estériles. Si no hubiese la duda no habría fe ni ninguna otra cosa abstracta de las que llamamos virtudes. No habría obras. ¡Si supiésemos qué insoportable sería la vida! Nos hace vivir el dudar hasta de la razón de nuestra duda; de otra manera nos bastaría, y quizá nos sobraría existir biológicamente. Por esto no quiero enseñarte a creer y quiero dejarte con las dudas: para no endurecerte ni anquilosarte el espíritu en la existencia biológica.

La libertad

Tú no sabes estar sola, pequeña. Siempre buscas compañía, y hablas, y preguntas... Vas con pequeños y grandes, viejos y jóvenes; entablas conversación con el basurero, haces confidencias a la sirvienta, juegas con niñas judías, tiras de la barba a León Felipe... No quieres, no sabes estar sola y todo ser humano te atrae.

Cuando seas mayor, ¿quizás aprenderás a estar sola? ¿Quizá te gustará? ¿Quizá llegarás, como yo, a sentir que nada más cuando estás sola eres absolutamente libre? Cuando no pesa sobre ti ni siquiera una mirada humana, ni siquiera unos ojos amados ni unos ojos indiferentes.

Madrecita

Pequeña mía... Estás enfermita y quieres tenerme cerca, muy cerca de ti. Más pequeños o más grandes, cuando estáis enfermos sois siempre "mis pequeñuelos". Y de esto debe provenirme esta dulzura, esta especie de contento que siento cuando os tengo en cama con una afección leve que no llega a inquietarme. ¡Oh, no es que os desee ningún mal! Os quiero sanos, fuertes, deseo que os curéis aprisa, hago todos los esfuerzos para que sea así. Pero, a pesar de todo, hay algo de bueno, de tierno, en teneros en cama con una pequeña indisposición.

La tía

Ha muerto mi tía Laieta. Tú no has tenido nunca ninguna tía de ésas, y mejor, porque es muy triste para ellas, pobres tiítas.

Es dulce tenerlas, porque son unos seres quietos y tiernos, que cantan y aman, pero da pena verlas vivir como una hierbita al margen del camino, que va marchitándose, marchitándose, sin gozar de nada más que del sol y la lluvia, y sólo alguna sobrina que se sienta a su lado por un rato. La tía Laieta venía a casa a planchar la ropa y mientras planchaba me cantaba canciones que me gustaban mucho. Casi todas las tiítas han tenido un amor, en su juventud; la mía también: pasó como una brisa por su lado, apenas fue un roce leve, y desapareció, y ella pensó en él toda la vida, toda su pobre vida de tiíta. 

Mezquindad final

¿Sabes, pequeña...?

¡No!

Ya no es posible.

¿Dónde estás, pequeño dios niño?

Tu aliento dictaba palabras claras a mi mano. Y ahora, las letras se me hacen niebla.

Tiernas ofrendas llenaban el tiempo. Ahora el tiempo es papel blanco.

El pequeño dios niño se ha ido al cielo de los sueños.

Ya no puedo hablarte como cuando eras para mí el agua y la hierba, y eras riqueza en mis brazos, porque has crecido hasta una riqueza que no me cabe en los brazos.

¡Me ultrapasas, diosa!

El Libro de Eli se me esfuma.

Los recuerdos, en el papel que queda en blanco —¡el papel blanco del tiempo!— se me disfrazarán. Mentiré. Así llenas, las hojas que restan serán para otros. O para nadie.

La milagrosa sencillez, triste de mí, quizá no la alcanzaré nunca.

Y no habrá el libro, solamente las Hojas de Eli. Tómalas, pequeña en el cielo de los sueños, y perdóname.
 

 
 
Alborea Electra

Cuando miramos hacia atrás, al infinito de donde vienen nuestras vidas, de la nada donde se inician van saliendo poco a poco esquirlas de luz de conciencia. Pero la nada inicial de Coraura hizo durar mucho tiempo su infinito; si se volvía hacia el pasado, más allá de sus cinco o seis años, no veía ni la más leve claridad de vida, ningún conocimiento de ella o de los otros, ninguna existencia. No venían recuerdos, ni voces, ni visiones de la primera infancia. Si hubo en aquel no-tiempo remoto una conciencia, debía cerrarle el paso algo impenetrable, sombra que después fue presencia, una presencia que siempre había sentido sin saberla, en el fondo del más hondo fondo de su ser. Forma imprecisa pero dura, negra, implacable, y transparente. Se le parecía, era la hermana, era ella misma. Y era desconocida. Omitida como todo lo de aquellas honduras, quedó en la oscuridad cuando Coraura empezó la consciente creación de recuerdos. Los primeros recuerdos. Entre las primeras luces de memoria no hay pérdida (que la pérdida era anterior a la memoria, era congénita de la memoria), sino deseo del ausente: anhelo del padre, inexpresado, porque —lo siente vagamente— le hacían vivir en reclusión y, reprimido el deseo, la presencia negra del fondo se endurecía.

Más hacia acá, ¡oh!, la apertura, la aparición radiante: ¡Él! Él real, presente. ¡Veía al padre! Y era bello, ¡oh sorpresa cautivadora!, ¡era maravillosamente bello! En la memoria no quedan palabras; vagamente son evocados aquellos momentos de temblor entre sus manos; el recuerdo, vasto, intenso, difuso, es de belleza.

Cada dos años se repetía la experiencia, cuando durante unos días el padre lo llenaba todo, y la madre, tan sólida y presente siempre, se hacía perdediza. (Por la mente de la niña rondaba la pregunta acusadora: si es tan bello, ¿por qué huye de él?) Sin sorpresa, ahora, sin aquella apertura de maravilla de la primera aparición. Lo sabía, el padre era bello, risueño, de rostro curtido, siempre le encontraba bello, si bien cada vez de un modo más cotidiano, más parecido a otros hombres apuestos, cosa que le acercaba; y las últimas veces ya tenía canas entre la melena abundante y negra, laca negra e hilos de plata como su madre —la abuela Eulalia—, los de ella lisos y trenzados, los de él alborotados. También laca negra en larga caída fluvial la cabellera de la muchacha. Los tres morenos. Cosa aparte era Ágata, la madre, blanca y ojos grises y cabellos como los árboles en otoño.

Más canas y el cuerpo más pesado, cada vez. Así hacía nacer en Coraura una dulce ternura que antes no conocía, una ternura que la hacía imitar el ademán de la abuela cuando pasaba la mano por la cabeza de su hijo.

Cerca del hijo, muy cerca, Eulalia Romaní tenía unas lentas actitudes estatuarias, dando vueltas a su alrededor, como en rito de adoración, o sentada a su lado, escuchando su voz como si fuese una música, diciendo las palabras juntas para hacerlas hablar, absorbiéndolo todo, voz y figura y mirada, y siempre en los labios aquella sonrisa, casi carcajada, de gozo incontenible, contemplándole a menudo con los ojos bien abiertos, ella que habitualmente medio escondía con los párpados la luz oscura de su mirada, aquellos párpados que, cuando él se marchaba, eran como dos tiendas arrugadas por el viento en medio de un desierto.

Bello todavía, parlanchín, alegre. Coraura le hacía hablar, preguntaba. Su madre siempre había rehuido las preguntas y la abuela se reprimía, inexplicablemente, sí, Coraura no comprendía el respeto de la abuela por aquella voluntad rígida de la madre.

—Papá, ¿tienes un jardín en tu casa? ¿Cómo es tu jardín?

—Hay limoneros...

—Quiero ir al país donde tú vives, a tu casa. Quiero conocer todo lo que es tu vida.

El padre, confuso, murmura:

—Quizá no te sentaría bien... el clima... Cuando pequeña, eras delicada... Por esto...

—¡Mentira! Ya no has de decirme más mentiras, papá.

El padre bajó la cabeza.

—¡Llévame! —suplicó Coraura.

—No puede ser —dice el padre, y sigue con la cabeza baja—. Hay un convenio entre tu mamá y yo.

—¡Qué me importa vuestro convenio! Iré a tu encuentro, ¿oyes? ¡Iré!

El padre la miró con una gran tristeza dulce.

—No sabes nada de la vida —murmura.

Coraura también le mira, encuentra sus ojos tan tristes, y tiene lástima de él, y siente también lástima de sí misma, y esto la inquieta, y después siente la rebeldía contra la lástima, contra todo lo que la hace sentir lástima.

—No es mi culpa si no sé —dice, acusadora—. Se me ha ocultado la verdad. He tenido que arrancarla. Pero todo lo que me falta saber lo sabré.

El padre queda con los ojos fijos en la actitud voluntariosa de la muchacha con una mirada de asombro, de búsqueda de enigma, y lentamente va enderezando su cuerpo como si un orgullo nuevo creciese dentro de él.

Coraura se echa a llorar desesperadamente. La abuela la abraza, la acaricia, la calma, y tiene lágrimas en los ojos. Cuando Coraura se levantó y salió de la estancia, el padre tomó las manos de Eulalia Romaní y le dijo en tono de súplica:

—Madre, háblale de todo lo que te parezca bien descubrir, confío en ti.

Él, fatalmente, tenía que alejarse.

Y la abuela rompió el compromiso de silencio y habló. Coraura se encogió de hombros. Hay otra mujer. ¿Y qué? Hay otros hijos, que son sus hermanos. (Aquí, unos celos leves.) ¿Quién es el culpable? El padre, aquel padre tan bello, está limpio de culpa. Y está lejos, ya, ahora... otra vez lejos, siempre lejos...

—Mamá, quiero ir al encuentro de mi padre, quiero conocer el país donde vive, y la casa, y... quiero conocer a mis hermanos.

Ágata se tambalea bajo el golpe súbito. Se crispan sus manos, las palabras en su boca espumajean de rabia.

—Te ha dicho esto... ¡maldito!

—¡Maldito, no! ¡Borra esta palabra...! Yo quería la verdad, Ya la tengo.

—No sabes nada de la verdad verdadera. Ignoras lo que pasó. ¡Si supieras!

—Dímelo.

—No. Todo aquello está muerto para mí. Y para él. Lo enterramos. Soy nada más como tú me conoces.

—Cuándo iré al encuentro de mi padre... 

—No irás.

—Iré.

—¡No irás mientras dependas de mí! —grita la madre, encendidos rostro y ojos, y se yergue, rígida.

—¡Maldita, tú! ¡Has querido dejarme sin padre!

Huye, se encierra con llave en su cuarto, y se revuelca por la cama.

Ágata, erguida en su rigidez, cierra los ojos
 

 
 
Retrato de dos ventanas

¿Quién se está alienando...? ¿Quién levanta el vuelo...? ¿Quién se hunde...?

Los ojos, la mente, el fondo del ser recibían una impresión verde suavemente, insidiosamente trastornadora. Y sin embargo... Sí, era la parte más pequeña, el verde, aquel verde plural, verdes de voz tan coincidente que devenían singular. El verde era dominante no por la extensión, sino por la intensidad de su decir. ¿Y qué decía, en una lengua indefinida?

El marco, una madera sin cepillar. La tela del fondo, desnuda, un poco ensuciada por un color grisáceo, como para denegar, por desprecio, a algo existente la posibilidad de aparecer. La pincelada ocre de las dos vertientes del tejado —arriba en la tela, ladeada a la izquierda— era la frontera de una realidad adrede ignota. Con manchas incolores, la pared de un blanco amarillento y grisáceo donde las ventanas habían nacido desde una eternidad dudosa; los tres ángulos parecían codos humanos, los límites, perfiles de un cuerpo, y los dos cuadriláteros verdes palpitaban en la perfecta geometría total. ¿Miraban? Matices verdes. Un verde vivo y viviente, el de la persiana bajada. Un verde opaco de leve palpitar, el de la persiana medio subida que descubría la sombra oscura del verdoso estremecimiento interior, con una insinuación de transparencia brumosa como una alegría secreta, indescifrada, inquietante.

Abajo, más hacia la derecha, se repetían las ventanas, ampliadas (grandes ojos extraños), más grueso el verde hasta
hacerse palpable, de matices más habladores, y los límites oscilantes, como si quisiesen romper la vida sólida de las rectas geométricas para hacerla inmaterial, y la oscuridad interior parecía intentar derramarse por la pared. Más abajo aún, volvían a repetirse huyendo con una cierta alegría por los márgenes del cuadro, el inferior y el del lado derecho, y esta vez el grueso de pintura de la persiana cerrada tenía ya relieve y era como una fruta verde, y la otra era más compacta, y la oscuridad debía derramarse por detrás del marco de madera basta, y los lados visibles de cada cuadrilátero —tres del primero, dos del segundo— eran ya una ondulación irregular sin línea geométrica ortodoxa.

La que se repetía en la parte superior, hacia el ángulo de la derecha, era sólo la ventana de la persiana a medio cerrar; su verde de pinar tenía grosores ondeantes como si cada travesaño fuese un pequeño relieve de montaña y se esparcía fuera de los límites ya borrados, y aquella oscuridad verdosa del interior era más translúcida y se escurría por la tela.

La ventana de la persiana cerrada se había perdido en la huida.

Pie viviente que tantea

—¿Aquella pared con las ventanas...?

Romeo me había sido indistinto hasta que señaló las ventanas. Era de aquellos que solemos definir como "un conocido", lo cual realmente equivale a indefinido, "desconocido", pues.

El panorama que se veía desde la ventana suya, de su estudio —donde yo había estado un par de veces y era un estudio como otros, de un joven que se encamina hacia el ejercicio de la pintura—, también era indistinto: paredes de un pedazo de suburbio sin color, con algún tejado, alguna abertura.

—Aquellas dos ventanas me interesan —dijo—. Si pudiese...

No me pareció que tuviesen nada verdaderamente interesante o destacable, la pared y las dos ventanas en un ala de construcción que se proyectaba hacia delante, bajo el tejado. Pero en aquel instante, cuando con una frase inacabada me llamó la atención hacia las dos ventanas, empezó la diferenciación de lo que pertenecía a su unicidad, se inició el conocimiento de él.

Sé que tener aquel estudio le había costado una lucha con la familia, que le habían ofrecido la mejor habitación de la casa para que no se fuese, pero no le detuvieron.

Es de suponer que la hermana, cuando Romeo mostró interés por las ventanas, debía replicar de una manera despectiva. Era su talante, aunque a menudo encubría el tono despectivo con un aire fingido de sorpresa o de incomprensión, pero la sensibilidad de Romeo lo percibía. Se puede suponer también que a su vez el pretendido desprecio procuraba encubrir a sus propios ojos otro impulso algo mezquino: el despecho ante un sentimiento en el cual ella no tenía intervención.

—Tiene un año menos que yo, mi hermana, y siempre ha querido hacerme de madre, me ha querido gobernar.

Era la frase de Romeo a un amigo. Según parece, pues, Victorina era posesiva.

Pero a él no debía pesarle mucho aquel afán posesivo de la hermana, de lo contrario no habría permitido que le visitase con tanta frecuencia en el estudio, que curiosease y expresase opiniones sobre sus esbozos, las telas, los dibujos, los apuntes, todo aquello que sólo él debía saber cuánta sangre le costaba, y que le obligase a ir a comer con la familia porque "la pobre madre estará triste... el padre se sentirá amargado...", cuando la madre, según juicio de los que la conocían, nunca se quejaba, y el padre sólo debía exteriorizar quizá la decepción de los padres cuando el hijo emprende su propio camino.

Aquel mirar de Romeo hacia las ventanas era algo fuera del alcance de Victorina. No pertenecía a las cosas palpables que ella podía gobernar, y tenía que protestar de ello. Algunos nos dimos cuenta de lo que tenía de inalcanzable el sentido de la mirada y de las pocas palabras que la acompañaban, y callamos, y permanecimos dudosos y expectantes.

—He ido al estudio de Romeo —comunicó Palmira (una de las posibles relaciones eróticas de Romeo, todos lo sabíamos)—. Como tenía la puerta sólo entornada, he podido entrar sin llamar. ¿Por qué no cerrará la puerta? El caballete arrinconado, y en la tela a medio pintar las pinceladas se secaban. Estaban trazando líneas en un papel, ante la ventana, cuatro líneas con un ángulo recto arriba y un ángulo obtuso a cada lado. Extraño, ¿eh? Lo ha escondido, no ha querido decir qué era. Debía haberse olvidado de cerrar la puerta.

—Puede que no. Quizá la quería abierta —digo yo.

—¿Esperaba a alguien?

No podía contestar, pero me parecía que alguien no era la palabra.

Palmira se reía nerviosamente. Preguntaba con malicia afectada:

—¿A quién?

No era quién, sino qué.

Palmira dejó de reírse. Súbitamente. Quizá creía comprender. ¿Había algo que comprender? En todo caso, algo tan sutil...

Qué esperaba con la puerta entornada, lo ignoro. Qué se proponía, por lo menos lo más exterior de su propósito, lo reveló a los amigos:

—Quisiera pintar estas ventanas. Las persianas verdes. Hay una serenidad geométrica en el perfil del tejado y de la pared. Las dos vertientes del tejado, ángulo recto. Y con los lados de la pared hace dos ángulos obtusos iguales. Sencillo. Sale hacia fuera de la casa que tiene una fealdad borrosa. Las dos paredes laterales no se ven; sólo una cara, una serenidad proyectada adelante. Pero el verde de las dos ventanas... las dos ventanas... serenamente inquietantes.

¡Serenamente inquietantes! Creía haber encontrado la definición y lo repetía y repetía.

—Puede tener interés por el contraste —afirmaba uno, un poco escéptico— si recoges la fealdad del fondo.

—El fondo sobraría —era la opinión de otro—; sólo la cara de delante, partida entre luz y sombra.

Hay gente que cree tener ideas artísticas. 

 
 
   

—Nunca la he visto partida —afirmó Romeo—. Siempre la luz, más intensa o más apagada, la alcanza entera.

Brusco, se volvió de espaldas a la ventana y se puso a revolver objetos sobre la mesa. Daba la impresión de buscar la manera de abandonar aquel tema, en la conversación, el cual quizás era más inquietante aún de lo que parecía.

Como aliviado al recordar súbitamente que tenía una escapatoria, miró el reloj.

—Tengo que irme. Hoy tengo compromiso.

Mimí, ¿no?

Debía llamarse algún nombre empezado con eme, pero él la llamaba Mimí en un tono ligeramente irónico, aunque afectuoso. Creo que la había conocido hacía tiempo en unas clases de dibujo. A pesar de que ella abandonó pronto las clases, siguió viéndola, hasta que más o menos se enamoró de su belleza de muñeca sin mucha expresión, excepto la de una permanente, pero tenue alegría no razonada. En su cuerpo, de poca estatura, las curvas rotundas contrastaban con las facciones delicadas del rostro y anunciaban unas futuras exuberancias de matrona aptas para sostener aderezos de pedrería. Nunca había puesto los pies en el estudio y no tenía ningún contacto con el círculo de Romeo; sólo alguno de los de este círculo la había visto, alguno la conocía ligeramente. Esto hacía pensar que Mimí era para él un descanso o una evasión, o quizás una afirmación de la posibilidad de otras existencias fuera de la que había elegido. ¿Síntoma de incertidumbre?

En su círculo todos se interesaban por lo que hacían todos. Por "la obra". Se comentaba que en aquellos últimos días Romeo parecía jugar más que trabajar. Cuadritos ligeros en los cuales siempre aparecían verdes. Tenía aparte, en un caballete más pequeño, sobre papel, los tres ángulos de la pared con las dos ventanas muy levemente esbozadas. Quería decir eso, pues, que no había descartado aquella extraña idea. En efecto, pronto volvió a hablar de ella, una vez, otra, más y más a menudo. Claro que siempre la tenía enfrente, aquella pared arbitraria de un edificio casi ruinoso, siempre la veía nada más al dirigir los ojos afuera. Una presencia permanente que no necesitaba poder de atracción, porque era inevitable.

—...por su armonía geométrica... Fijaos en que todo lo que la rodea está falto de armonía. Pero, además, una geometría que tiene algo de carnal o de animado. Debe ser por las ventanas: como los ojos de una cara, si bien son unos ojos que no miran hacia fuera. Una mirada de las que no nos hacen pensar: "¿Qué mira?", sino: "¿Qué ve dentro de sí misma?" Con unos párpados amables y femeninos y un sí es no monacales: las persianas.

Esto lo explicó a mi íntimo amigo Jan, que también lo es suyo. Parecía dirigirse a ambos, pero en realidad sólo para Jan hablaba. Jan es íntimo de todo el mundo. Es un hombre en quien todo el mundo confía. Tiene una sonrisa que hace derramarse a las almas. No una sonrisa que se da en reparto de bondad, sino como una puerta abierta que invita a entrar. Uno "entra" y lo confiesa todo.

—Las persianas... sí. Y la oscuridad transparente de adentro.

Romeo había preguntado, otro día, qué debía haber detrás de aquellas persianas casi siempre bajadas, sólo de cuando en cuando una u otra medio levantada; qué vidas u objetos podía haber allá adentro...

Su hermana Victorina había desdeñado el interrogante con el tono autoritario y decisivo que le era propio.

—¡Imagínate! Hay cualquier vulgaridad de la vida de cualquier casa: una mujer que barre, que asea o que cose, un hombre en mangas de camisa...

—Esta hermana mía es demasiado razonable.

Romeo movió la cabeza con resignación y paciencia.

—Alguna vez, muy raras veces, he visto moverse algo adentro, algo fantasmal... —insistió.

—La luz no le da bien —sentenció Victorina.

Él tuvo un movimiento de irritación.

—La luz siempre da bien. No quieras dar lecciones a la luz, que sabe más que tú, niña sabionda. Anda, vete, que debo trabajar. Hace tres días que me han encargado esto, y necesito los monises.

Se sentó ante el pupitre y cogió, con aire asqueado, las hojas de dibujo comercial. Pero en cuanto ella pasó la puerta, las tiró.

Ordal y Sandra se habían levantado e iban a salir, porque Victorina, encolerizada, les había dicho:

—Nos echa, muchachos...

Pero Romeo les detuvo con un ademán. Y cuando la hermana ya no podía oírle, dijo:

—Vosotros, no. Quedaos. No tengo ninguna gana de trabajar en estas mierdas. Pero a veces el aplomo de mi hermana me saca de quicio.

—De todas maneras, tengo que irme —dijo Sandra—. Es casi la hora de abrir la biblioteca.

—Parece que te gusta hacer de bibliotecaria.

—No. Me inquieta demasiado. Que pasen por mis manos tantos libros que no puedo leer me hace sentirme inferior.

—Pero debe haber muchos que no te interesan.

—Me interesan todos. Cuando alguien pide un libro, ¿no será porque para él tiene algún valor? Y yo me pregunto si podría encontrarle aquel valor, sea el que sea. ¿Se puede encontrar los valores ajenos?

—Cuando oyes a alguien que canta, ¿querrías cantar?

—Sí, pero no tengo buena voz.

—Cuando ves a alguien que pinta, ¿querrías pintar?

—Sí, pero no sé hacerlo.

—Cuando encuentras a alguien que ama, ¿querrías amar?

—Esto puedo hacerlo, es más fácil. ¿Fácil? Quizás a mi ma

nera... Complicado, ¿no? Aunque complicado, a la manera de cada uno, ¿no está al alcance de todo el mundo? ¿O, en realidad, de nadie?

Hubo un silencio. Ordal dijo:

—Sandra, esto no es hablar, esto es andar por un laberinto.

Y Romeo, concentrado en la confusión, afirmó:

—Pintar se parece a eso.

—¿Lo crees? ¿Quieres decir que tú pintas amando? —preguntó Sandra.

Romeo, sorprendido, la miró, se quedó mirándola con asombro. Ahora fue de una especie extraña el silencio que se produjo. Por fin él balbuceó:

—No lo sé...

Sandra se despidió y, sin apresurarse, salió. Ordal, callando, contemplaba el mutismo pensativo del pintor. Al cabo de un rato Romeo dijo:

—Hace unas preguntas...

Continuó el silencio. Ambos miraban afuera, a las dos ventanas de enfrente. Ordal confesó después que durante aquel rato creyó percibir el sentimiento enigmático de Romeo por las dos ventanas y participar de él un poco. Pero que no podría explicarlo, a pesar de que pensaba dedicar su vida a explicar, o más bien a indagar.

—¿Soy pintor? —preguntó Romeo de súbito.

—Supongo que no me lo preguntas a mí.

Aquel día Romeo puso una tela virgen en el caballete y trazó en ella los tres ángulos.

Así permaneció durante un tiempo, la tela. Aunque si los amigos se daban cuenta de que aparecía en ella, de cuando en cuando, una pincelada más, de un matiz verde cada vez ligeramente distinto. Pero era evidente que el interés por las ventanas iba convirtiéndose en obsesión, una obsesión compleja que entretejía muchos problemas. 

 
 

—¿Soy pintor? —repitió Romeo en diversas ocasiones.

El tema de la vocación fue discutido largamente en el estudio de uno o de otro, o en torno a las mesas de los cafés. Era como si descubriesen el mundo. Palmira afirmaba que no había vocación, sino voluntad. Alguien le dijo cruelmente:

—Que no se te ocurra nunca hacer literatura. Sigue por el camino del periodismo y anexos, que lo haces muy bien; son cosas sólidas, de tocar el suelo con los pies; con tu talento y tu voluntad, llegarás muy lejos.

Ella replicó, despechada y agresiva:

—El día que quiera ponerme a escribir una novela lo haré mejor que muchos.

—Querer... querer no basta. El talento tampoco basta. El talento se ejerce sobre los objetos. La voluntad se afirma en terreno sólido. Nada de esto sirve para el vuelo. Ningún objeto sólido sostiene una frase poética.

—La vocación es un destino de mártir feliz —suspiró el incipiente poeta.

—La vocación es estar dispuesto a pagar y decidido a cobrar —sentenció otro.

Romeo habló de sí mismo:

—No sé si seré pintor... Pero si lo soy, no seré un pintor de superficies. Las líneas, los volúmenes, el color y la luz me interesan, ciertamente, pero lo que me interesa mucho más, que me interesa definitivamente y absolutamente, es otra cosa, lo que puede haber detrás de las superficies que veo y... o... quizá... detrás de mi frente. Adivinar, intuir, levantar un poco los velos, y expresarlo como pueda, aunque sea con un balbuceo de pincel, de letra o de sonido. De pincel, si éste es, como espero, mi medio más fácil de expresión.

—¿Y si te resulta inexplicable?

—Digo expresar, no explicar. Precisamente quiero pintar lo inexplicable. Por esto quiero hacer el retrato de aquellas dos ventanas, para expresar lo que siento en ellas, no sé qué.

Y en otra ocasión, ante la tela, continuó esforzándose por decir la vaguedad de su sentimiento.

—Retrato de las dos ventanas. Retrato. Busco expresar lo que se me comunica: un misterio. Con el color. La línea es demasiado precisa. A veces no. Pero lo siento como color. Pensad en los verdes del fondo de la Gioconda: de ellos viene el misterio que vulgarmente se atribuye a la sonrisa.

Entre nosotros, sobre cualquier tema, había tantas opiniones como personas. No, más, porque cada persona cambiaba a veces de opinión, o tenía dos o tres para escoger. Estábamos en la edad de opinar y sentenciar, y de dudar también, siempre apasionadamente, de querer explicarse uno mismo y explicar los otros y explicarlo todo.

—Cuando pinte figuras de mujer, si algún día lo hago, me concentraré más que nada en los brazos —mientras decía esto Romeo trazaba distraídamente el perfil de un brazo sobre una servilleta de papel—. Es lo que presenta más dificultades, sí, el sentido de un brazo es lo más difícil de captar y todavía más de comunicar. Una cara tiene un lenguaje claro: los ojos, la boca, los surcos... Las piernas también, tienen un ritmo revelador. Pero un brazo habla con su tibieza, y esto ¿cómo lo pintas?, habla de protección y crueldad, de caricia y de rechazo, de entrega y de dominio, es soberbio o amoroso... Observad la mano de un hombre en el nido que forma el codo doblado de una mujer: a veces parece que con su apretón se posesione de ella, a veces tiene el aire de ser él capturado, arrastrado, la mano presa en aquella trampa del brazo femenino doblado; a veces lo sostiene tiernamente, en cuatro dedos en la parte de abajo, y otras veces parece que se apoye en él, que necesite su apoyo...

Eso me hizo darme cuenta de su tendencia a coger a las mujeres del brazo. Otro día, por casualidad, le vi con Mimí y anduve un rato tras ellos, inadvertido. Se daban las manos, pero la de él de cuando en cuando subía hasta el codo rosado y gordezuelo y lo sostenía delicadamente, y cada vez ella se soltaba con movimiento suave de disimulada firmeza, y volvían a darse las manos. ¿Qué le diría el hoyo de aquel codo con su tibieza: amor o desinterés, exigencia o debilidad? Si tuviese que pintarlo, ¿cómo haría que expresase energía la sombra tierna de aquella suavidad? ¿Y es esto lo que habría de expresar?

Las jóvenes parcas 

Palmira, en la tarde anterior, se había dejado prodigar besos y los había devuelto impetuosamente. Era una mujer vibrante y en aquellos momentos Romeo la necesitaba, así como era. Cierto que existía —marginal— el tanteo, que primero habían comentado la tela empezada con la pared de las ventanas, y el propósito de Romeo, y habían mirado juntos el modelo de enfrente. Y ella había dicho:

—Pinta esto, si te atrae, harás bien; será algo, ya que te interesa. Hasta puedes demostrar que tienes una paleta de gran maestro; o una inventiva revolucionaria.

—No quiero demostrar nada —habría podido decir también que con su tanteo no pedía aprobación, sino participación, pero él mismo no lo sabía, sólo se sintió decepciona do—. Quiero retratar. Estas ventanas tienen una expresión que no he captado aún y es esto lo que quiero poner en el cuadro.

No le interesaba lo que Palmira pudiese contestar. La tenía enlazada por la cintura delgada, sentía contra su cuerpo las suaves redondeces del de ella y ya sólo anhelaba su vibración, y se abalanzó a sus labios, hambriento. Ya sólo existió el remolino de aquellos momentos sin medida.

Y en la tarde siguiente había dado un paseo con Mimí por el parque y apenas si había podido besarla levemente, rápidamente, un par de veces, bajo los árboles, cuando no pasaba nadie. Ella parecía conmovida... pero es difícil saber dónde llega la sensibilidad de la muchacha sometida a unas precauciones. En aquel momento crucial de tanteo, cuando un impulso oscuro lo empujaba hacia la solución por la mujer. Romeo, sin saberlo mucho, intentaba dos pruebas. Propuso a Mimí que fuese a su estudio.

—Quiero que veas lo que hago.

—No puedo ahora, me esperan en casa.

—¡Quisiera tanto que vieses lo que hago! Principalmente una cosa que tengo empezada...

—Hoy no puedo.

Romeo insistió cada vez que volvió a verla, pero ella siempre encontraba excusas para negarse. Sí, sin saberlo del todo,

intentaba dos pruebas, pero en el caso de Mimí tuvo que contentarse con una (la que era esencial, de todas maneras), porque cuando por fin consiguió que ella le prometiese la visita fue para ir acompañada de una amiga "que se interesaba mucho por el arte". Quedaba, pues, descartada la prueba erótica, pero aquel rehuirla, por parte de ella, ¿no era ya en sí mismo una prueba?

Mostró a las muchachas la pared de las dos ventanas y explicó, acaloradamente —no podía hablar de ello de otro modo—, que se proponía retratar aquello porque...

—¿Aquello? —preguntó Mimí, sorprendida y decepcionada—. ¿Con aquellos depósitos atrás?

—Sólo la cara, esa cara de...

—No lo encuentro muy bonito. Pero quizá tú lo harás parecer bonito. Si por lo menos hubiese flores en las ventanas...

Y mientras Romeo deseaba ya abandonar el tema, la amiga intervino con afectado entusiasmo.

—¡Esto! Tú puedes ponérselas. El artista puede hacer lo que quiera, ¿no? Unas macetas con geranios rojos y rosados lo animarían mucho.

—¡Claro! —aprobó Mimí.

Tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse, Romeo; calló unos momentos, buscando una salida. Después habló con un casi imperceptible temblor de rabia. Ofreció bebidas que, por suerte, no fueron aceptadas: ellas tenían prisa. Para desahogarse un poco dijo que se compraría una maceta con un geranio color de rosa que animase su madriguera, pero fue en vano, ellas no percibieron el sarcasmo.

Diríase que la prueba era bastante decisiva, pero Romeo no renunció del todo, aún, a aquella relación ya fracasada. Siguió viendo de cuando en cuando a Mimí, aburriéndose a su lado, sin hablar nunca de pintura, sin intentar asirla del brazo, consciente de la actitud ridícula de darse las manos, hasta que hizo el último intento, el de ofrecerle participar de lo que más le obsesionaba.

—Aquel cuadro que quiero pintar, el de las ventanas... Quiero poner misterio en él, ¿sabes...? Algo de lo que hay misterioso en todo lo que nos rodea... ¿Qué opinas?

—¡Ay, anda, que ocurrencia! No veo nada misterioso a nuestro alrededor. Lo que algunos llaman misterio son mentiras, y más bien dan angustia, cosas más bien malas, inventos de gente desviada.

—Ahora que me has descubierto —dijo Romeo con amargura— ya no podré acercarme nunca más a ti: sí, soy una mentira, un espíritu desviado.

Él mismo lo contó algún tiempo después, para explicar cómo se había alejado de Mimí. Aunque ella, sin entenderlo, no creyó que fuera a alejarse.

El intento con Palmira no lo confesó nunca, pero todo se sabe. Era un atardecer, estaban solos en el estudio; debía haber en ellos tanto fuego como en el cielo de poniente. Romeo recordaría siempre aquel fuego de los abrazos de Palmira: era como las llamas del crepúsculo, exaltaba pero no quemaban —esto es el único comentario que un día del porvenir haría a Jan sobre la experiencia, sin precisarla.

Sandra era tan diferente... Una consunción quieta. Sin llamas, sólo ardor.

Decir que ponía a prueba a aquellas muchachas es atribuirle una intención que no tenía. Él de ninguna manera se proponía en frío, con una idea y una finalidad, hacer experimentos, investigar y medir y determinar las cualidades eróticas, cordiales y espirituales. Más bien puede creerse que lo hacía inconscientemente, instintivamente, un instinto que le nacía de las vacilaciones y de su necesidad de amor y aceptación en el embrollo de su impetuoso deseo y el hervor de tantas preguntas inquietantes y el impulso hacia un dudoso camino artístico.

Podía besar a Sandra largamente, y no habla ímpetu en ella, sólo el ardor que le penetraba, le envolvía. No decía nada cuando él le mostraba la pared de las ventanas y la tela empezada; era sobria de palabras.

—Todo es cuestión del misterio. Dar el color del misterio.

—¿Cuál es? —preguntó ella, en voz baja.

—Quizás el verde.

—¿El misterio es verde? —volvió a susurrar, como sorprendida.

Romeo quedó en suspenso un momento.

—¡Haces unas preguntas!

Ella sólo sonrió levemente. Y él trató de explicarse.

—Yo había pensado... sí... o mejor dicho, sentido... quizá hay que decir intuido, esto, que el misterio tenía que ser pintado con verde. Pero tú preguntas si es verde, y esto transforma todos los interrogantes que llevo adentro.

En cambio Palmira tenía abundancia de palabras y de respuestas contundentes. El decía:

—Lo que quiero, en la pintura, especialmente en este "retrato" de las dos ventanas con persianas, en todo lo que vendrá después, es comunicar lo que a mí se me comunica. Esto es el retrato, dar la expresión, el alma.

—¡El alma de las persianas! —exclama ella, irónica—. De...

—¿Por qué no? —la interrumpió él. Era necesario no dejarla hablar o le embrollaría la idea—. Detrás de las persianas hay algo y ellas lo expresan. Quizás es... misterio.

—El misterio —replicó inmediatamente Palmira— se puede expresar, quiero decir, hacer como que se expresa, sólo con arte abstracto. Esto —dictaminó señalando las ventanas de la tela—, esto es realismo puro y simple, chico. En la realidad no hay misterio. O sea, precisando: todo es realidad y no hay misterio en ninguna parte, sólo hechos descubiertos y por descubrir. Déjate de monsergas; di que te interesa la línea, el color, el significado de esa cosa que ves (un significado bien realista), pero no te dejes exaltar demasiado por la imaginación, has de tenerla sometida a tu pensamiento. Este tema puede ser interesante, las persianas tienen un color de aire alegre; si lo aciertas, puede resultar bonito.

Romeo ya no escuchaba, aunque ella continuaba disertando. Su pensamiento se retiraba para escucharse a sí mismo, instigado por estas simples palabras: "un color de aire alegre". Expresión superficial, ciertamente, casi un lugar común dicho por ella con la negligencia con que se suele emplear un lugar común y, sin embargo, trasladado por él a otro ámbito se convertía en el centro oscuro de rotación de la mente, y se hacía la chispa oscura que oscuramente iluminaba otras formas del problema: ¿Cuál es el verde de aquel misterio? ¿Cuál es el misterio de aquel verde? ¿Qué es aquél? ¿Tiene un aire, el misterio? ¿Hay misterio alegría? ¿La angustia y el temor pueden ser misteriosamente gozosos? ¿El misterio tiene cualidades específicas...?

Incógnitas que habría de resolver al retratar las ventanas. ¿Sería posible?

Sentía afán por coger el pincel y entregarse a la búsqueda de la alegría de los verdes, del aire de los matices, como si se lanzase a una aventura de descubrimiento.

No hacía mucho rato, antes de ponerse a hablar de pintura, había cedido a la urgencia cegadora de su ser masculino y entonces, en medio del arrebato de los abrazos, había pedido a Palmira que se quedase a pasar la noche en el estudio

con él, y ella había cedido. Y he aquí que ahora le estorbaba y tendría que inventar una buena razón para deshacer el compromiso.

Cuando se libró de ella, no cogió el pincel, no mezcló colores, sino pensamientos interrogantes sobre una paleta mental o quizá como sobre una mesa de laboratorio donde las ideas de las palabras se exponían en todas las combinaciones necesarias para ser analizadas, descompuestas y recompuestas y probadas, por orden, sistemáticamente, hasta que las desordenaba en la mezcla. Ahora el hecho central del que partían todos era el interrogante: ¿Es posible el aire alegre en el color del misterio? Pero esto implicaba la respuesta afirmativa a la posibilidad de que existiera un color del misterio, y esta afirmación no se daba, el hecho del color del misterio también contenía interrogantes, todos los hechos eran preguntas unas dentro de las otras. ¿Cuál era la de más adentro? No, no es así la pregunta, es: ¿cuál es la de más adentro y la de más afuera? Ambas direcciones pueden ser infinitas. La primera, la de afuera, podría estar contenida dentro de otra, más primera y más afuera; y adentro, adentro, siempre se puede encontrar otro dentro de la última. ¿El misterio es un hecho o es una abstracción? ¿El hecho puede tener un cierto aire? ¿La abstracción puede tener un aspecto preciso? ¿El matiz estremecedor del misterio tiene un aire alegre? ¿El aire se expresa a través del color? ¿Cuál es, pues, el matiz alegre de un aspecto misterioso?

Se embrollaba y se embrollaba en el interminable entrelazar de preguntas y las respuestas eran siempre preguntas, como las de Sandra. Se dio cuenta de que no tenía una cabeza lógica. Si es que la lógica podía ser guía en el laberinto, él no podía contar con ella. Sólo podía esperar que le fuese dada la expresión de aquellas ideas tan fantasmales y movibles que, sin embargo, sentía tan sólidamente verdaderas en el fondo vago de ellas mismas. El instinto le hacía buscar a ciegas aquel fondo en el contacto con la mujer; necesitaba la mujer física, el amor, pero necesitaba más aún el contacto femenino en la percepción de todo aquello tan indefinido que se le hacía vital: sí, dependía de ello su vida, no sería un hombre vivo si aquella percepción no se le convertía en fruto. Por aquellas esferas impalpables no había posible contacto con Palmira, ella lógica y él ilógico. Las respuestas afirmativas no resolvían nada. Las respuestas interrogantes de Sandra se unían a sus interrogaciones y se resolvían en un nuevo impulso hacia la expresión interrogante.

Expresión interrogante. Ésta era quizá la verdad artística. 

Tenía que dar a su pintura una expresión interrogante.

—Sandra —dijo aquella noche cuando acababan de despedirse de los amigos y él se había ofrecido para acompañarla, al salir de la conferencia que Romeo apenas había escuchado—, sube al estudio, quiero hacerte una pregunta ante la tela. Después te acompañaré.

—No has avanzado mucho —observó ella al ver que en la tela había nada más unas pocas pinceladas nuevas.

—No. Necesito una tela más grande, porque ahora sé que estas ventanas tendrían que repetirse varias veces, como se repite la pregunta.

—¿No contestará nada, tu cuadro?

—Al principio creía que sí... Por lo menos creía que afirmaría... lo que no se puede afirmar.

—¿Y ahora crees que preguntará?

—No me lo proponía, pero sí que preguntará sin que yo me lo proponga.

—¿Qué preguntará?

Romeo cogió la tela por los ángulos como si fuesen los hombros de una persona y la sacudió nerviosamente.

—¡Si lo supiera...! ¡Si lo supiera todo sería tan fácil!

Sandra callaba y le miraba mientras él apartaba las manos poco a poco de la tela y las apretaba con fuerza una con otra, fijos los ojos en aquel verde que cada día cambiaba un poco. Por fin la muchacha habló, de aquella manera, a media voz, como solía hacer cuando se trataba de algo que sentía trascendental.

—¿Qué pregunta querías hacerme?

—Ah, sí. Ésta... ¿Cuál es el color del interrogante?

Sandra bajó los ojos, como para hundirse en sí misma, y en tono apagado, vacilante, un sí es no es tembloroso y asustado, dijo:

—¿Quieres decir el interrogante absoluto?

Él se volvió lentamente hacia ella. Habló también en voz baja, contenida.

—¡Sandra! Qué pregunta me has hecho, tú. ¡Sandra! Como si abrieses... una puerta... misteriosa...

La miraba asombrado. La comprendía y no la comprendía. No quería comprenderla, quería presentirla o percibirla o sentirla como con un tacto del espíritu. Lo mismo que —esperanzado— le parecía que sucedía en ella en cuanto a él.

—¡Qué pregunta me has hecho, Sandra! Por esta pregunta... que no es una pregunta... te amaré, Sandra.

Abrió los brazos y avanzó un paso. Ella le miró a los ojos y preguntó.

—¿Cuándo?

—¡Ahora! —afirmó él.

Y la estrechó en un abrazo. Pero Sandra se apartó un poco, sin soltarse, lo justo para echar la cabeza hacia atrás y mirar al aire para volver a interrogar:

—¿Cuál ahora?

Romeo aflojó un poco el abrazo, sorprendido otra vez por la nueva interrogación. En seguida la estrechó más, se inclinó, y mientras apretaba los labios contra los de Sandra, murmuraba:

—No sé... quizás el mío...

Inevitables astros

—Vivo con Sandra porque es capaz de hacer preguntas más valiosas que mil respuestas.

Esto declaró Romeo a uno de los que podían tener curiosidad por el porqué. Eran pocos. Siempre son pocos los que sienten esta clase de interés. La mayoría tienen más deseo de saber por qué se deshace una pareja que por qué se hace; les basta la evidencia del hecho, dan por indiscutible que la causa sea, simplemente, la voluntad de dos.

Sandra vivía en el estudio desde aquella noche en que se había quedado por obra del "interrogante absoluto". No por que él se lo pidiese ni que ella accediese; sencillamente se habla quedado, en los brazos de Romeo.
 

 
 

Era un tiempo en que Romeo se nos hacía impalpable, como si le rodease una atmósfera desconocida. Quizá vivía envuelto en su ahora... ¿Qué interrogantes contestaban a sus afirmaciones vagas y exasperadas?

—Ya tengo la solución: es la no solución. Trenzar y destrenzar y trenzar siempre, arte, sentimiento y vida; trenzar, destrenzar.

Tenemos que creer que vivían en un ahora del cual durante días y días nadie supo nada. Se esfumaba. Era inútil entonces ir a llamar a su puerta: no se abría. Hasta Mimí (¿parece imposible, no?) se atrevió un día a ir a llamar, temblorosa y asustada, porque es que no podía creer que ella ya no existía en él, y nada le respondió, ni el más leve ruido. Quizá la pri mera que entrevió el presente de Romeo, de una manera desconcertante —más aún, hiriente— fue Palmira. Desconcertante e hiriente había de ser para ella, tan positiva, tan segura de tener respuesta para todo, tan convencida de poder tender la mano a Romeo en sus vacilaciones, sentir ocupado el territorio por aquella Sandra siempre interrogante. Superarlo, reaccionar, lo consiguió, aunque seguramente le costó muchas horas de encierro, de melancolía solitaria y de accesos de furia mal contenida. Lo comprendería o no lo comprendería, un tiempo después; quizá simplemente se encogería de hombros, quizá llegaría a explicarse en parte por qué aquella noche le fue retirado el ofrecimiento después de haberlo aceptado ella: que algún contacto había faltado, un contacto imprescindible que, en cambio, nació, natural, espontáneo, con Sandra.

Romeo —con Sandra a su lado— no se prodigaba como antes, no se dejaba ver mucho, recibía escasas visitas en su estudio. La hermana no se le acercaba: pobre Victoriana posesiva, ¡cómo debería sufrir y enfurecerse ante aquel aislamiento! Tozuda en el despecho, quizá celosa, no aceptó el cambio de situación. Parca fracasada ella también, no admitía que unos astros inevitables iluminasen otro destino que el que ella pretendía señalar.

Ya hablaba poco, Romeo, del retrato de las dos ventanas, el cual avanzaba con lentitud, más que avanzar se modificaba, y sólo llenaba a medias parte de una gran tela: la pared de un blanco, empañado, las persianas, una de ellas baja del todo, de una intensidad de color más inquietante a cada

nueva pincelada, la otra casi opaca, subida hasta la mitad, dejando ver un fondo negro verdoso matizado, como semitranslúcido. En un momento de decisión, Romeo afirmó:

—Ahora sé que debo expresar el misterio con el color verde.

Sandra repitió lo que había preguntado ya otro día:

—¿El misterio es verde?

Miraba al aire, como siempre que hacía preguntas con hondura. Y él, como siempre, se inmutaba, se desconcertaba. Pero aquel era un momento de decisión y terminó por decir:

—No sé si es. Pero sé que he de pintarlo verde.

—¿Lo sabes? —insistió ella.

Y esta vez le miraba con ojos medio suplicantes, medio interrogantes. Esto bastaba para volverlo a sus vacilaciones. Quizás eran necesarias.

—Saber... saber... Quizá quiero decir lo que siento... Quizás es que se impone... Estoy seguro de que lo he decidido... El problema, pero, es: ¿qué verde? ¿Este casi negro del interior? No... sí... aquí hay misterio... y, no obstante, parece extraño, hay mucho más misterio en la persiana cerrada, a pesar de que el color es más vivo, casi vegetal. Casi... En el casi está la dificultad, este matiz justo que todavía no encuentro ha de ser misterioso con vida. ¿Entiendes? No, yo tampoco lo entiendo, me muevo por un impulso... ¡Qué sé yo! Todo ha de tener cierto aire...

Se interrumpió porque se dio cuenta de que iba a repetir las palabras de Palmira: "un aire alegre".

—Quiero decir una tendencia...

No, una tendencia no. Volvió a interrumpirse.

—¿Querías decir que los misterios tienen cada uno su aire?

—Producen distinto temor, una especie de gozo...

—¿Hay gozo en el misterio? ¿Es esto lo que piensas? 

—¡Pienso tantas cosas! Tú eres el eco.

Sandra calló. Parecía ahora más desconcertada que él. Temerosa: ¿un eco, quién sabe si un espejo? Un eco debe ser prudente. ¿Se atrevería a interrogar todavía?

Él rompió el silencio para seguir pensando en voz alta:

—Hemos pasado de misterio a misterio. También quisiera saber, ¡cuántas cosas querría saber!, si hay que decir misterios o el misterio.

Sandra se atrevió, aunque balbuceante:

—Todo lo que has dicho, de lo que has estado hablando, realmente, ¿no es de... de la vida, de tu vida?

Romeo sólo bajó la cabeza.

Pasó tiempo, mucho tiempo, como dentro de una crisálida nebulosa. ¿Quizás un día saldría de ella metamorfoseado? ¿Con alas para volar de pregunta a pregunta?

Ya todos se habían acostumbrado: él era de este modo. Las vacilaciones, los pasos en una dirección o en otra, el tanteo en su existir, él se lo sabía. Los demás lo ignoraban casi todo.

El día que salió, que se abrió, que volvió a admitirnos en la confianza, supimos algunos episodios de su época de crisálida.

Éste es uno de ellos:

En los primeros tiempos de la unión con Sandra, un día se enfrentó a ésta y le dijo en un tono de seriedad que debía ser fingida o forzada porque sonaba en ella, a pesar de sí mismo, una cierta sorna:

—He decidido que se acabó la existencia desordenada.

—¿Desordenada?

—Así lo dicen.

Sandra se encogió de hombros.

—Sea como sea —insistió él— quiero cambiarlo todo. Me pondré a trabajar, aquello que llaman trabajar. Tendré un empleo fjo, ocho horas al día.

—¿No pintarás?

—Los domingos. Llevaré una vida ordenada: ir y venir del trabajo, comer en casa de mis padres. Las noches, aquí, contigo.

Sandra le miraba con la vista nublada. ¿De incredulidad o de temor? Él no sabía y la voz le salió vacilante.

—Ocho horas diarias fuera de mí, pueden ayudarme a descubrir qué soy. Estoy tan fjo en mí mismo que no me entiendo.

Silencio.

—Quizás al cabo de un año o dos, quién lo sabe, encontraré que éste es el mejor camino, el del orden. Entonces dejaremos este nido de colorines, pondremos un apartamento de los que ahora se estilan, fundaremos una familia, y te traeré regularmente la mensualidad, hasta que me jubilen. ¿Estás de acuerdo?

—Lo que tú quieras, Romeo.

Desde el fondo de esta aceptación en sordina, Sandra —él lo percibía— dudaba de que el resultado pudiese ser así.

—Ya veis si tiene intuición.

Ésta sucedía en el mismo estudio.

La tela estaba colgada en la pared, cerca del rincón, donde no daba la luz de lleno. Las dos ventanas de los verdes raros, bajo el tejado hecho nada más de unas pinceladas pardas. Los contornos del muro apenas insinuados. A la derecha, hacia el ángulo inferior, se repetían quién sabe si infinitamente, fugitivas, las ventanas solas con unos verdes más raros todavía, intenso y con un grueso relieve de pintura el de la persiana cerrada —hacía pensar en una fruta no madura—, apagado el de la persiana enrollada hasta la mitad, y debajo, adentro, una profundidad negra-verdosa con una sombra más clara, ligerísima, transparente, casi invisible. Arriba se repetía, había regresado de la huida, la ventana de la persiana hasta la mitad con el verde semi-corporal mucho más enigmático, con tanto grueso de pintura que acentuaba el relieve y resultaba, no sé si misterioso, pero profundamente inquietante, de una inquietud gozosa, y la oscuridad de adentro se desbordaba.

—Ahora... —dijo Romeo—, ahora... todo varía y no sé si hay verdadera diferencia. "Renuevo en mí mis enigmas y mis dioses".

Sonaba, en volumen bajo, una música. Bach en jazz.

—Necesito respirar música. Tengo que pintar música, captar sones, retratar voces. Sólo la música hace claro el misterio. Claro, casi explícito.

Sobre la cama-diván había quedado un libro con una espátula metida entre las hojas como señal: Poesía de Paul Valéry.

En un rincón del estudio, detrás de un biombo hecho de planchas lisas pintadas en grandes cuadrados de diversos colores —anaranjado, azul oscuro, rojo, gris, morado, rosa— había una cuna. De cuando en cuando la cuna se balanceaba un poco y salía de ella como un tenuísimo susurro.•