Las costillas de Adán y otras 
visitaciones de Xavier Esqueda.
Misterios de anti-realidad
*Luis Ignacio Sáinz

En el lenguaje plástico de Xavier Esqueda se concilian, hasta confundirse, el sueño y la vigilia. Lo hacen de manera natural, suavemente, como si en verdad no tuviese la menor importancia deslindar lo real de lo imaginario. El hacedor de imágenes se rehúsa a establecer una línea divisoria —así fuese sutil y cambiante— entre los apetitos y las evidencias, los hechos y sus interpretaciones. Nos ofrece, entonces, misterios de ficción creíbles y veraces, alucinaciones convincentes y reconocibles, asociaciones de ideas y formas lógicas —justo— en su desmesura y arrebato.

Habrá que reconocer que el artista se divierte al cumplir su naturaleza íntima: la del constructor que conserva el don antiguo de la astucia y el cálculo. Al predicar modos del mundo tan contradictorios y desajustados, al menos en apariencia, logra capturar nuestra atención, alterar nuestros sentidos y poner en entredicho los mecanismos tradicionales de aprehensión y valoración de la pintura. La suya no pretende nada en específico, salvo estar allí como botón de muestra de una provocación espontánea: la realidad puede ser de una y mil maneras y, sobre todo, en un mismo tiempo y espacio.

   
  El principio del pecado
(Homenaje a Vesalius)
óleo, estambre y lápiz, 
70x60 cm
   
Armadillo antropólogo
óleo, lápiz, 40x50 cm
 

Coincidencia de los opuestos que exhibe un fragmento de un tránsito que intuyo más elaborado y complejo: el de una estructura narrativa que se esconde y camufla, renuncian a una inteligibilidad directa e inmediata. Tal vez se trate de episodios de una crónica, pero no lo sabemos de cierto; ello nos obliga, mejor todavía dispone u orienta, a impostarle un sentido descifrable a ese movimiento congelado que es el cuadro en su infinita procesión, pues resulta que todo lo soportamos —como espectadores— salvo la lejanía del significado.

A contracorriente, el pintor se nos impone desde el gozo y la avidez que devora la abstinencia: en ocasiones, con trazos identificables que manifiestan el talento de su oficio, esa inequívoca habilidad de su dibujo y composición; a veces, mediante argucias formales que recurren a secuencias, ritmos y desplazamientos de carácter abstracto. Semejante oscilación, de la objetualidad hacia la mancha y la expresión vaporosa, encuentra siempre su lugar plástico y su mérito estético. Su pertinencia, al menos en mi aproximación, elimina cualquier cuestionamiento o duda; se impone en su belleza, y en el equilibrio de texturas, gestos y escalas cromáticas, reposa su madurez expresiva.

   
  Tormenta en el Papaloapan
óleo, estambre y lápiz, 
65 x 55 cm
 
   
Eros espiando, óleo/tela, estambre y lápiz, 55 x 55 cm

El dibujo, la aplicación del óleo y la intervención del bordado se integran festivamente en una ceremonia visual que, cual si fuera un juego de plantillas infantiles, evidencia las posibilidades de un discurso artístico, enérgico, incapaz de agotarse. El de Esqueda sigue conservando la fuerza de sus orígenes, atesorando, incluso, algunas de sus compulsiones básicas (por ejemplo, la genitalidad y la estridencia del color, así como esa atmósfera característica de sus "naturalezas muertas", la presencia de sus estelas mesoamericanas o el estado animado de sus paisajes, algunos por cierto dotados de senos tectónicos) y, últimamente, las mutaciones del tratamiento son también notorias, por la irrupción de nuevas temáticas y símbolos, la exaltación del contraste y la recurrencia a sus pintores favoritos en calidad de homenajes velados.

Este ludismo toca, incluso, los nombres de las piezas, enunciando el humor y la agudeza del artífice: Las costillas de Adán, Tormenta en el Papaloapan, El gourmet, Estratagema, Armadillo antropólogo, Eros espiando, Sistema digestivo, Hace tiempo que no llovía en Zitácuaro, Montañas de azúcar, Básicamente lápiz, que da título a la exposición, por citar algunos. Suma de empeños por representar la realidad de los sueños que, usufructuando las ventajas comunicativas de los estados del trance y la locura, nos convida un universo que preserva su originalidad.

   
    Acechando
óleo, estambre y lápiz,
65 x 55 cm
 
   
El gourmet, óleo, estambre, lápiz y cubiertos, 55 x 55 cm

Si bien sus trabajos remiten, claro está, a la imaginación inagotable de su creador, eso que siendo imperceptible diferencia a un artista de otro y que solemos identificar con largueza como el estilo, también se nutren de formas, rasgos, objetos y prácticas de la cultura popular. Allí están presentes, como una suerte de trasfondo y tramoya, el circo y sus habitantes, la sinrazón kitch de reminiscencias orientales, los calendarios e impresos a rotocolor, una zoología fantástica de corte carnavelesco y asociada con el imaginario zodiacal (sobre todo el ariete), entre muy diversas fuentes iconográficas.

En más de un sentido la vitalidad onírica y humorística de Xavier Esqueda recuerda la fórmula feliz de Salvador Novo para, en Nueva grandeza mexicana (1946), fundar el atractivo de nuestra ciudad capital, recalcando la historicidad de nuestra cultura, enfatizando nuestras obsesiones de apreciación y mirada, y desmontando nuestro aparente exotismo:

Porque México —¿necesito decirlo?— ha alcanzado una categoría de metrópoli artística que debe en mucho a sus excelentes pintores; que deriva de su escultura azteca, nutre en sus retablos religiosos, fortaleció en sus pulquerías, popularizó con la letra en Posada, cultivó en sus escuelas de pintura al aire libre, y fomenta con sus exposiciones frecuentes.1

Tal atmósfera impregna las pinturas de Xavier Esqueda; es una especie de película que se adhiere a su lenguaje plástico. Está allí como si en el fondo de eso se tratara: de ser en lo inmediato, dándole la espalda a un esfuerzo intelectivo adicional de interpretación o donación de significado. El artista nos convida sus imágenes sin retorno, carentes de eco, ausentes de moraleja. Elude pronunciarse sobre un sentido posible. Hacerlo será tarea —y riesgo— de quien observa, y nunca se sabrá a ciencia cierta cuán pertinente o cuán fútil resulta asumir semejante despliegue por otorgar o imponer intención a una producción estética que lo resiste dada su calidad vaporosa e inasible. Podría exagerarse y afirmar que la suya es una pintura de los sentidos: emite olores, reclama el tacto, desafía la vista, espera ser probada y deglutida.

   
  Fuego negro,
óleo, estambre y lápiz, 
55x55 cm

Festín sensual y juego feroz, así de contradictoria es la oferta icónica de quien ocupa un sitio central en el arte mexicano, tal vez sin ocuparse demasiado en ello. Está dedicado a materializar sus devaneos, a plasmar sus intuiciones, a profanar una y otra vez territorios nunca explorados. Creador experimental que acomete con deleite lo desconocido. A su personalidad le resulta ajena, si no absurda, la simple idea de pretender figurar o adquirir notoriedad más allá de lo que pueda —que es mucho— conquistar en sus lienzos y sus fundiciones. La mordacidad y agudeza de su obra seduce e incomoda a la crítica, al público y a los artistas; llega, incluso, a exasperarlos por su originalidad y exactitud de factura. Así es Xavier Esqueda, artífice excepcional que, irreverente, elude los falsos enigmas y las sabidurías virtuales presentes en buena parte del arte mexicano contemporáneo. Básicamente lápiz es una constelación representativa de los aciertos del artista y una ruta segura para abordar las temáticas siempre sugerentes de su abecedario plástico.•

*Luis Ignacio Sáinz (Guadalajara, 1960) es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ensayista dedicado a temas de filosofía y teoría política y estética. Entre sus libros destacan: Los apetitos del Leviatán y las razones del Minotauro; Disfraz y deseo del jorobado: Hacia una teoría del amor cínico en Juan Ruiz de Alarcón; Entre el dragón y la sirena, la Virgen: Apuntes sobre un cuadro de Baltasar de Echave Ibía. De próxima aparición, De Arieles, Prósperos y Calibanes: Notas políticas sobre América Latina
Notas

1Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana. Ensayo sobre la ciudad de México y sus alrededores en 1946, prólogo de Carlos Monsiváis, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Cien de México), 2001, primera reimpresión, p. 59.