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*María Teresa
Döring
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Este trabajo se refiere a un ensayo realizado hace unos meses en territorio canadiense al que titulé Mujeres en busca de una nueva identidad. Se compone de las historias de vida de mujeres mexicanas que por diversas razones decidieron abandonar su país para residir en Canadá. Es una aproximación al proceso de adaptación psicológica, emocional, económica, laboral y familiar que han tenido que recorrer para integrarse a un medio geográfico y social con características muy disímiles a las que privan en su contexto de origen. El objetivo del ejercicio es probar con historias concretas la falacia contenida en prejuicios relativos a la pasividad generalizada en las mujeres mexicanas, a su carencia de carácter, a su inadaptabilidad e imposibilidad de vencer obstáculos y resolver situaciones difíciles en el aspecto práctico, económico y emocional. Al mismo tiempo intenta combatir ideas relativas a la existencia e inalterabilidad de una pretendida "psicología e identidad de la mexicana". Para la realización de este trabajo conté con el apoyo del Departamento de Estudios de Género y de la Mujer, bajo la dirección de la doctora Valerie Raoul, de la British Columbia University en Vancouver; y de la Universidad de McGill, bajo la dirección del doctor Axel van den Berg, además del aval de la Universidad Autónoma Metropolitana que aprobó mi proyecto para ser realizado durante mi más reciente periodo sabático. Primeramente, diseñé una guía que me permitiera realizar entrevistas abiertas, profundas, en las que se indagó sobre diferentes aspectos de la vida de las entrevistadas. Se abordaron áreas familiares, religiosas, hábitos alimenticios, escolaridad, laboral, postura frente a la sexualidad, nivel económico, relaciones de amistad, adecuación y tolerancia al clima y demás factores. Se comparó la situación vivida antes de su salida de México y la que vivían en Canadá en el momento en que se desarrolló el trabajo; también se les pidió detalle sobre el tiempo y circunstancias requeridos para su adaptación y cambio. Los rasgos comunes entre las entrevistadas, características de la muestra, fueron el tiempo de residencia en Canadá mínimo de cinco años y la intención de permanecer en ese país. Otros factores que se investigaron fueron los motivos por los cuales se abandonó el país de origen, circunstancias en que esto se hizo (solas, en pareja, acompañadas por otros miembros de la familia, edad y demás). Estos factores fueron cuidadosa y detalladamente analizados una vez realizadas la entrevistas, toda vez que los considero parte esencial de las experiencias —consecuencia del cambio de residencia— vividas por mis entrevistadas. El trabajo de campo se llevó a cabo y complementó con una constante observación participativa en las actividades cotidianas de las entrevistadas. Ésta incluyó todo tipo de actividades desde la asistencia a ceremonias familiares como una primera comunión, hasta la presencia en sus sitios de trabajo, concurrencia a eventos públicos y privados en su compañía, entre otras. Los contactos con las entrevistadas se desarrollaron en dos de las ciudades canadienses más importantes: Vancouver y Montreal. Se obtuvieron catorce historias de vida que revelan dificultades, dolores, sufrimientos, lo mismo que esfuerzos, logros y satisfacciones: todas ellas representativas, dignas de ser conocidas, relatadas por las protagonistas. A pesar de que para proteger la identidad de las entrevistadas se les asignan nombres ficticios en la reproducción de sus recuentos, hubo dos casos de jóvenes tan orgullosas de su proceso de reconstrucción de identidad que hicieron explícito su deseo de no ser tratadas anónimamente en el reporte referido a sus historias; estaban orgullosas de sus logros, los cuales deseaban difundir y compartir con otras mujeres o varones quienes estuviesen interesados o cercanos a una problemática similar a la que ellas han vivido. Los resultados del ejercicio a que me he referido se reflejan en un libro de reciente aparición que bajo el título Mujeres en busca de una nueva identidad se publicó bajo el sello de Fontamara. Me gusta pensar que este esfuerzo pueda tal vez influir en alguna medida en el pensamiento de los interesados en lo que se ha dado en llamar la psicología del y la mexicana. Tengo asimismo la pretensión de introducir algunos cambios de actitud en hombres y mujeres que frente a determinadas pérdidas y circunstancias adversas tienden a pensar que sus condiciones actuales se prolongarán y preservarán fatalmente. Esto, debo confesarlo, como ejercicio para modificar asimismo mis actitudes cuando se encaminan al fatalismo. La aproximación y relación con las mujeres entrevistadas me ha enriquecido enormemente y proporcionado elementos para confrontar algunos de mis temores y limitaciones. Por este medio reconozco y agradezco el aprendizaje que mis entrevistadas me han proporcionado. Por último, y como consecuencia de lo anterior, propongo que cualquier conducta propia, exclusiva —si las hay— o no del (o de la) mexicano-a, siempre que sea aprendida, es susceptible a modificaciones y superaciones. Antecedentes Tradicionalmente el papel jugado por la mujer en el mundo, y en México en particular, ha sido de subordinación al varón y a los intereses socio-económicos vigentes. Como consecuencia del mundo cambiante en que vivimos, de las tendencias globalizadoras a las que estamos expuestos como nación y del imperativo de modernización al que aspiramos, la condición de la mujer en México comienza a sufrir modificaciones importantes en todos los ámbitos del quehacer humano. Existen algunos esfuerzos recientes por parte del gobierno encaminados a favorecer el acceso de la mujer a la educación en todos sus niveles, su inserción en el mercado laboral, la creación de dependencias gubernamentales abocadas a la prevención y atención de la violencia doméstica, protección y estatus de hijos nacidos fuera del matrimonio, la divulgación de prácticas protectoras en el ejercicio de la sexualidad y control de embarazos, entre otras. Sin embargo, en función de las enormes diferencias económicas, educativas y de oportunidades, y a la cada vez más desigual y vigente repartición de la riqueza en nuestro país, queda mucho por hacer en beneficio de la situación de la mujer y de la mejora del nivel de vida de todos los mexicanos. Por esto una cantidad incontrolable de ellos deja el país en busca de oportunidades de trabajo, aun cuando este fenómeno pone en peligro (y en ocasiones cobra) la vida de quienes a ello se aventuran. Existen otras migraciones paralelas, por ejemplo la de los jóvenes científicos destacados, quienes emigran motivados por ofertas de trabajo y preparación superiores a las disponibles en nuestro país, y quienes se desempeñan en el extranjero al lado de científicos cuya preparación responde a niveles internacionales, por lo cual se ven obligados a suplir con ingenio todo tipo de carencias. La presente exposición se ocupa de un fenómeno relacionado con otra forma de migración: la de mujeres que por diversas razones deciden residir en Canadá y el proceso de adaptación psicosocial al que por esto se ven obligadas. Las emigradas confrontan situaciones que requieren de gran fuerza emocional y salud mental: el abandono del país de origen, el rompimiento de relaciones familiares, laborales y amistosas, la necesidad de adquirir en el corto plazo una o dos lenguas nuevas que les permitan expresarse en todos los terrenos de acción, el cambio drástico en usos y costumbres, la modificación del entorno geográfico, la adaptación a situaciones climatológicas inhóspitas; en fin, el desarraigo que implica transformaciones internas de la más profunda naturaleza psicológica y se traduce en la reinvención de una identidad personal y nacional. Migración La migración es un fenómeno que implica un cambio de residencia, que a su vez resulta en un cambio de identidad por parte de quien la realiza. Se trata de un proceso equiparable al que tiene lugar cuando enfrentamos cambios radicales como la pérdida de un ser amado, cambio de estatus, alteración de la salud, divorcio, abandono, toda vez que exige un reposicionamiento del individuo en todos los ámbitos de la vida; se encaran condiciones nuevas que demandan respuestas hasta entonces desconocidas. Como sabemos, las reacciones inmediatas a un cambio radical incluyen profundos sentimientos de inadecuación, incapacidad, desolación y soledad. Todos ellos generadores y consecuencia del desgastante y temido estrés, que en no pocas ocasiones puede llevar a la inactividad y más aún al suicidio. Sin embargo y afortunadamente, son muchos los casos en que el individuo es capaz, mediante esfuerzos y sufrimientos sólo por él conocidos y padecidos, de reunir la energía, empuje, entusiasmo y salud requeridos para superar situaciones de esta índole y recomenzar una vez más. Tales son los casos, a mi juicio, de las personas cuyas historias de vida se reflejan en el presente ensayo. La condición del emigrante se asemeja a la del asilado político: ambos se ven forzados a abandonar su país de origen y reinventar su forma de vida. Se dice que el primero se diferencia del segundo en que aquél deja su país "voluntariamente", en tanto que el segundo lo hace contra su voluntad.1 Esta distinción me parece inadecuada, ya que también el emigrante deja su país forzado por alguna circunstancia: pobreza, carencia de oportunidades o necesidad de alejamiento de una situación intolerable. El rompimiento de raíces suele ser igualmente radical en ambos casos. La recurrencia de recuerdos, nostalgia, idealización, la necesidad de reaprendizaje y capacidad de adaptación constituyen algunos de los elementos comunes en las dos situaciones. La cuestión migratoria atiende y refleja condicionamientos y posibilidades tanto del interior como del exterior, factores de expulsión y factores de atracción. La migración ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente masculino, ya que ahora también las mujeres forman parte del mercado laboral. La migración femenina se ha incrementado considerablemente. Sólo en los dos últimos años el porcentaje de participación en el total de la migración detectada creció de 12% a 25%, esto debido al aumento en la mano de obra femenina y a la necesidad de que ésta se desplace en búsqueda de mejores oportunidades de empleo.2 Identidad La identidad ha sido conceptualizada desde diversos enfoques: la psicología la explica como consecuencia de la formación del yo, en tanto que la sociología la concibe como resultado de la combinación de factores relacionados con la etnia, la lengua, la geografía, la historia, la religión, las costumbres, el sistema político, la economía, los proyectos y otros aspectos compartidos por los integrantes del grupo. Existen identidades nacionales, raciales, religiosas, culturales y sexuales. Por ejemplo, la identidad nacional juega un papel fundamental que otorga personalidad existencial al individuo frente a los procedentes de naciones distintas a la propia. La identidad sexual se reconoce por el sexo de pertenencia desde el punto de vista biológico. El concepto de identidad que manejaremos aquí se origina en la idea de reconocimiento de algo o alguien a quien se otorgan características que le distinguen de otros "similares, no iguales". La identidad se explica por rasgos propios sólo de los pertenecientes al grupo que se distingue, por lo que estrictamente hablando nada más se puede ser idéntico a sí mismo. La identidad de género se determina por la asignación e introducción de roles, rasgos y actitudes que se presumen propios, sea del género masculino o del femenino. Las características asignadas a los géneros están ampliamente difundidas en todas las culturas. Las variantes de una a otra sociedad son menores respecto de los rasgos definitorios que se les otorgan, ya que todos los grupos sociales dividen los papeles y conductas asignados a sus miembros en dos grandes sectores: el masculino y el femenino. Al género masculino corresponden la fuerza, osadía, valentía, agresividad y otros rasgos referidos a actitudes proyectadas hacia el exterior del quehacer social; en tanto que al femenino corresponden la debilidad, timidez, cobardía, pasividad y otras características de conductas proyectadas hacia el interior del quehacer cotidiano. Identidad del mexicano La identidad nacional se refiere a los rasgos "propios" de los naturales de una nación. En el caso del mexicano, el prejuicio generalizado elabora una caracterización que "explica" su "naturaleza"a partir de la conquista española que destruyó casi absolutamente a los individuos más sobresalientes del grupo nativo, intentando con ello eliminar desde las más obvias hasta las más sutiles manifestaciones de la cultura indígena. Dada la brutalidad y radicalidad del proceso se dice que derivó en la generación de individuos carentes de identidad personal, familiar y nacional, sumisos, apáticos, manipulables y, de acuerdo con Octavio Paz, esencialmente solos.3 Nosotros creemos que la Soledad, con mayúsculas, es un rasgo propio del ser humano, no exclusivo del mexicano; por lo que la explicación del comportamiento del y de la mexicana en la que apoyamos este ensayo radica en la consideración del "hombre —y mujer— y sus circunstancias" que creemos explican, facilitan, condicionan, determinan o dificultan el modo de ser y actuar tanto individual como social. Identidad de la mujer mexicana Los prejuicios generalizados asignan a la mujer mexicana una identidad resultante de los aspectos antes señalados: a) pertenece al sexo femenino al que se le asignan rasgos "propios" de su género (en su mayoría rasgos y conductas identificadas con lo negativo y la pasividad) y b) proviene de una raza conquistada, todavía incapaz de superar el trauma ocasionado por la expropiación de su cultura y cosmovisión. Dado que mujeres y varones construimos la identidad nacional y de género mediante la socialización y la ideología que nos troquela, la identidad se constituye en instrumento de control y preservación del statu quo. Las mujeres jugamos un papel fundamental en la producción y reproducción de identidades a causa del rol preponderante en la conformación del sujeto: como madres y educadoras. En México el desarrollo integral de las potencialidades del individuo en general, y de la mujer en particular, se da en un terreno árido, en virtud de dos aspectos fundamentales: educación formal e informal deficientes;4 además de los roles impuestos, los cuales son prácticamente inamovibles, que exigen comportamientos rígidos y expectativas a cumplir, encasillados en límites sumamente estrechos. Ejemplo de lo anterior son actitudes, colores o actividades propios de cada sexo.5 Gran parte de la dificultad de desarrollo a que se enfrentan las mujeres se da en función de la convulsionada situación económica y política actual del país. El proceso de globalización y las tendencias neoliberales han producido, entre otras cosas, mayores rezagos y acaparamiento del poder y del dinero en un número más reducido de manos. En el terreno de la educación la consigna tácita es preservar el estado actual de cosas y utilizar las aulas como fuente de maquila; o bien, mano de obra barata al servicio de los grandes capitales. La educación pública no cubre la demanda actual del país, priorizando los centros de educación privada y las carreras técnicas, encareciendo el aprendizaje en general, y más aún, el avanzado y especializado al cual sólo unos cuantos, poseedores de los recursos económicos necesarios, acceden a él. La educación es cada vez más elitista y el paupérrimo apoyo al desempeño científico refleja el desprecio que nuestras autoridades sienten por él. En este contexto el trabajo asalariado de la gran mayoría de las mujeres se realiza en el sector terciario, en ocupaciones que constituyen una extensión de los quehaceres domésticos y requieren de muy escasa preparación, lo que les representa una exigua remuneración económica y un ínfimo estatus social. Lo anterior ha propiciado que parte de la población mexicana decida salir a buscar oportunidades en otros países. Canadá se presenta como una tierra próspera en la que imperan valores como la tolerancia —causa y efecto del multiculturalismo públicamente declarado por el gobierno de ese país—, que da cuenta de la apertura y la plena aceptación de la heterogeneidad cultural, de una política encaminada hacia el respeto de actitudes y valores de una población heterogénea. Asimismo, los casi treinta millones de canadienses están muy desigualmente repartidos en el extenso territorio de diez millones de kilómetros cuadrados; dominan dos grupos culturales y lingüísticos significativos: francófonos y anglófonos. El tema de las mujeres que han trasladado sus vidas a Canadá resulta relevante en virtud de las implicaciones objetivas y subjetivas que esto conlleva. El posicionamiento de estas mujeres frente a sí mismas, sus parejas y sus hijos es necesariamente trastocado, lo que a su vez "transforma de raíz" su identidad, con consecuencias importantes que se reflejan en las identidades de aquellos con quienes se relacionan tanto en el ámbito privado como en el público. Las identidades de género están muy arraigadas en las culturas y en los individuos que las conforman. No obstante esto, encontramos día a día a personas que con su conducta invalidan los estereotipos dominantes. Como ejemplo de ello encontramos a mujeres mexicanas cuyas historias constituyen el tema eje del presente ejercicio. Un aspecto importante pocas veces abordado por los especialistas es la distinción de sexo y género del y la emigrante, categorías que constituyen otro de los ejes del presente ensayo. Con el fin de ofrecer testimonios que ilustren las reflexiones planteadas, se recogieron catorce historias de vida de mexicanas emigradas a Canadá que descubren y otorgan voz a quienes no han sido escuchadas. A modo de referencia haré mención de algunos de los casos que ahora vienen a mi mente de entre las historias de vida que integran el trabajo. En primer lugar recuerdo a Consuelo, mujer afable, cálida, atractiva, de unos 56 años al momento de nuestro encuentro. Se presentó a la reunión vestida con colores vivos, juveniles; de aspecto agradable, su alegría me contagió. La primera sorpresa la tuve cuando me enteré de que Consuelo había sido recientemente desauciada por los médicos y se sometía a tratamientos experimentales con la pretensión de contrarrestar o impedir el desenlace fatal del cáncer que la aquejaba de meses atrás. Frente a Consuelo mi reacción cambió de la simple simpatía a la franca admiración a medida que me habló no sólo de su estado de salud, sino de su historia de adaptación a la vida canadiense. Consuelo dejó la casa de sus padres cuando era una jovencita recién casada, enamorada de su flamante marido inglés, afincado en Canadá. En la década de los cincuenta eran muy pocos los mexicanos que vivían en esas latitudes, y Consuelo pasó de ser una muchacha típica de la época (perteneciente a la clase media alta, mimada, acostumbrada a tener servicio doméstico en casa que se ocupara de la realización de todos los servicios y atender sus más pequeños caprichos, chapada a la antigua, su única preparación para la vida era el aprendizaje de buenas maneras, la idea de no trabajar fuera de casa y convertirse en una ejemplar madre y esposa) a ser una mujer que se valió por sí misma, apoyó a muchos connacionales en su adaptación al nuevo entorno, profesora de español en instituciones educativas estatales y sirvió a su país en el extranjero. Con el tiempo y un sinnúmero de peripecias, Consuelo llegó a ser elemento indispensable en los eventos diplomáticos celebrados por la cancillería mexicana en su ciudad, ocupando a su vez el cargo de cónsul por un tiempo. Declaró estar segura de que de haber permanecido en México nunca habría llegado a tener tal desarrollo y desempeño profesional, no sólo porque las oportunidades habrían sido muy otras, sino porque ella misma jamás se lo habría planteado como meta. El segundo caso es el de Mariela, una joven en muchos aspectos distinta a Consuelo, pero igualmente ilustrativo para la propuesta de mi trabajo. La madre de Mariela enviudó siendo ella muy pequeña, la menor de siete hijos. Con pocos recursos y ninguna preparación escolar se vio obligada a inventarse actividades que le generaran ingresos: vendía flores de papel, gelatinas en las escuelas a las que asistían sus hijos y también fruta picada en las playas de Puerto Vallarta. Mariela veía esto y ayudaba a su madre en la entrega de pedidos que le hacían. Con el tiempo los hermanos mayores de Mariela, buenos estudiantes, contribuyeron al gasto familiar y "becaron" a su hermana para que fuera a Estados Unidos a vivir con unos tíos que radicaban allí como emigrados, con el objeto de que aprendiera a hablar inglés. Después de esta primera experiencia Mariela decidió continuar sus estudios y encontrar la manera de valerse por sí misma. Volvió a México, pero no como hija de familia. Comenzó a desempeñarse como cuidadora de niños en hoteles que ofrecen este servicio a sus huéspedes. Allí estableció relaciones con un matrimonio canadiense, el que una vez instalado en su casa la contactó y contrató para atender a sus pequeños en Canadá. Este fue el primer trabajo de Mariela en el extranjero. Y de ahí… una larga trayectoria relatada por ella con gran orgullo. Mariela es ahora capaz de ayudar a su madre, pagarle viajes regulares a Canadá y contribuir a la educación de sus sobrinos. Un caso más es el de Esperanza, igualmente esperanzador. Viuda, madre de siete hijos, decidió después de vencer muchas dudas y temores vender el único patrimonio con el que contaba: su casa, y así poder emigrar a Canadá. Con el pequeño capital representado por la venta de su casa se presentó ante las autoridades como empresaria. Esto le permitió llevar consigo a sus siete hijos y lograr que todos ellos tuvieran formación escolar y asistencia médica aseguradas. Según relata, ésta era la única manera que encontró para proporcionarles una formación académica y seguridad médica que en México le habría sido imposible sufragar. La reciente pérdida de su esposo, aunada a la larga y costosa —en todos los sentidos— enfermedad por él padecida antes de morir, le enseñaron que de no contar con respaldo económico suficiente poco podría hacer en su país… Trasladó a Canadá el ingenio, inventiva, osadía y el potencial y fuerza de trabajo de sus siete hijos. Podría continuar con historias y anécdotas que ilustren lo dicho, pero los relatos de las experiencias de mis entrevistadas resultan mucho más ilustrativos, por lo que remito a la lectura de los mismos a quienes en ello se interesen. Basten por ahora las anécdotas acotadas. Conclusiones La lectura de las entrevistas nos hace pensar que la "naturaleza" de las mujeres mexicanas no corresponde al estereotipo difundido como válido, de sumisión, indefensión y otros rasgos propios sólo de algunas personas, varones o mujeres, cuyas conductas no pueden ser imputables a su sexo ni a su identidad nacional. El origen de tales conductas, cuando se dan, es sin duda multifactorial; como lo es el de otras conductas sean éstas consideradas como positivas, deseables o negativas e indeseables. Aunque cada historia de las presentadas es única y diferente, un rasgo compartido es la satisfacción por haber abandonado su país. Todas las mujeres que conforman la muestra han modificado radicalmente su concepción de pertenencia al género femenino. Ante circunstancias novedosas para ellas han desarrollado las capacidades requeridas para resolver los problemas que se les han presentado. Con excepción de una de las entrevistadas, las demás declaran vivir mejor ahora que antes de partir de su país. Ellas no sólo aluden al nivel de vida económico, también a una calidad de vida que abarca aspectos de salud, educación, laboral, de uso del tiempo libre, de factibilidad de llevar a término planes y proyectos; lo cual nos remite a un concepto que incluye todas las áreas del vivir. Las entrevistadas dieron muestras de un avance considerable en "la toma de conciencia social y ambiental": su capacidad de análisis y crítica se ha acrecentado, observan con mayor detenimiento las manifestaciones sociales ocurridas a su alrededor e intentan comprenderlas con ópticas distinta. Una visión ciertamente más amplia de la que sostuvieron mientras vivieron en México; su criterio en general se ha ampliado. En lo que respecta a "las creencias religiosas" las entrevistadas no parecen haber sufrido cambios radicales como consecuencia del cambio de residencia: quienes fueron religiosas y practicantes antes de dejar su país de origen, continúan siéndolo. Una de ellas declaró haber incrementado e intensificado su fe y práctica religiosas en el nuevo contexto. Por lo que corresponde a "la celebración de festividades privadas, familiares, religiosas o civiles": es uno de los aspectos que han sufrido mayores modificaciones en la vida de las emigradas, lo que se explica por la naturaleza de dichos fenómenos: la manifestación de emociones en grupo, es decir la celebración de festividades, requiere de la pertenencia a una comunidad. En lo que al "uso del tiempo libre" se refiere: éste se modificó radicalmente: muchas de las entrevistadas declaran realizar deportes a los que nunca antes tuvieron acceso, como patinaje en hielo y esquí; esto se explica por razones naturales obvias. La respuesta generalizada refirió un aumento en actividades productivas, formativas (inicio de cursos encaminados a mejorar capacidades laborales e intelectuales) y recreativas desarrolladas durante el tiempo libre. En cuanto a la "actitud respecto de la sexualidad": mayoritariamente se hizo referencia a que en Canadá privan costumbres más laxas y permisivas que en México, aunque también se aclaró que desconocían la situación actual de nuestro país, ya que lo han dejado varios años atrás. Mencionaron más libertad en las costumbres sexuales y más respeto por las preferencias individuales. Dos de las entrevistadas hicieron referencia a conductas sexistas practicadas por parte de sus compañeros —uno mexicano y otro extranjero—; ninguna mencionó haber sido objeto de imposición o sometimiento de valores sexuales incompatibles con los propios. Todas mencionaron la intención de perpetuar e inculcar en sus hijos las costumbres y valores sexuales aprendidos en su hogar de origen. "El clima" fue un aspecto cuidadosamente considerado por todas las entrevistadas: doce de catorce declararon que se trata de un factor superable al que han podido adaptarse y del que han sabido aprovechar las oportunidades que ofrece; en tanto que las dos restantes —las de mayor edad— lo mencionan como muy difícil y del que preferirían verse liberadas. En cuanto a la "ayuda que se encontró": la mayor parte de las entrevistadas afirma haber resuelto su situación de manera individual y que la constitución de redes de relaciones bien estructuradas, integradas por otros emigrantes mexicanos con mayor tiempo de residencia que las recién llegadas, es un fenómeno aún no constituido. Por el contrario, en lo que toca a las "dificultades que encontraron": fue un apartado en el que las entrevistadas se refirieron sobre todo a la adaptación climatológica. En este rubro, una de las catorce entrevistadas hizo mención a dificultades con sus empleadores iniciales, las que fueron resueltas cuando decidió cambiar de empleo. En cuanto a los "valores morales": todas las entrevistadas manifestaron haber conservado la misma escala de valores que les fue inculcada en su infancia; una de ellas hizo mención a una mayor apertura respecto de su aceptación a las diferencias en las preferencias sexuales de los demás, lo que a su juicio constituye un avance en el desarrollo de su personalidad. Las entrevistadas, con excepción de una, afirmaron que sus rasgos físicos, su apariencia de "mujeres latinas", no ha tenido influencia negativa en su adaptación al nuevo medio: la mayoría declaró que han sido vistas como poseedoras de un físico distinto al dominante en la sociedad canadiense y que esto ha influido de manera favorable en la aceptación de sus personas. Sólo una entrevistada hizo referencia al color de piel, afirmando que ha detectado ciertas distinciones en el trato que se otorga a su esposo, que es "blanco", respecto del que se da a ella, de tez morena. De acuerdo con su experiencia los emigrados asiáticos y africanos están más expuestos a conductas selectivas fundamentadas en el color de la piel. Esta misma mujer añade haber padecido y presenciado actos discriminatorios también en México. Cuando las entrevistadas se refirieron a la situación que hipotéticamente vivirían si no hubieran dejado su país, todas, menos una, consideran que su situación general sería menos favorable que la que disfrutan en la actualidad, de donde se concluye la decisión de todas, menos una, por permanecer en el extranjero, sin por ello olvidar o despreciar sus valores originales. Los hallazgos referidos al renglón sobre "proyección" son derivados lógicos de lo referido con antelación; si las entrevistadas prefieren vivir en el extranjero que en México, la consecuencia natural es que no planeen volver a radicar en su país. Dos de ellas manifiestan el deseo de, con el paso del tiempo y a causa del inhóspito clima canadiense, vivir su vejez en México, pero el periodo más productivo de sus vidas en el Canadá. Con excepción de una de las entrevistadas, todas se ven a sí mismas como ciudadanas canadienses que conservan en la memoria con cariño y aprecio los valores e identidad mexicanos. Todas las entrevistadas declaran haber progresado en su formación educativa y capacitación laboral a raíz de su migración. Sin embargo, y a pesar de lo antes apuntado, es importante subrayar que: • Todas las entrevistadas declaran sentirse orgullosas de su origen nacional.Dice José Saramago: "Somos lo que hacemos; lo que una persona hace es parte de su identidad". Es importante enfatizar el hecho de que a las entrevistadas el cambio de entorno les modificó de forma drástica la percepción del mundo y de sí mismas, transformando su percepción de nación y de género; en consecuencia, estas mujeres han modificado también de manera radical su concepción y establecimiento de relaciones de pareja. |
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Otras consideraciones Canadá, junto con los países escandinavos, es uno de los países con mayor nivel de calidad de vida (considerando expectativa de vida, ingreso y escolaridad), por encima de naciones más industrializadas como Japón, Alemania, Francia y por supuesto Estados Unidos. Esta exposición no es una apología a la migración ni a la sociedad canadiense por sí misma, a la que no se pretende idealizar. Interesa en cambio enfatizar la influencia determinante del contexto educativo, cultural, económico, político y social, en el desarrollo de los individuos; en concreto, en el de las mujeres mexicanas cuyas historias de vida integran este trabajo. Importa asimismo subrayar la idea de que el hombre —genérico— es y se hace en y de acuerdo con sus circunstancias. Hay que contrarrestar la eficacia de estereotipos relativos al modo de ser del y de la mexicana, sobre todo cuando tales paradigmas aluden a un cariz peyorativo. Si bien el nivel de vida canadiense generalizado es mucho más alto que el mexicano y que la sociedad canadiense se proclama multicultural, plural, antirracista, antisexista, contraria a la discriminación de todo tipo, el gobierno canadiense establece criterios de "selección muy claros" para la aceptación de nuevos inmigrantes, los cuales han sido fundamentados en valoraciones estrictamente utilitarias. Con excepción de quienes solicitan asilo político, los demás solicitantes son seleccionados de acuerdo con prioridades y requerimientos laborales establecidos por el gobierno. Estos tienen que ver con edad, sexo, formación escolar, experiencia laboral y otros indicadores que revelan la conveniencia o inconveniencia para el Estado canadiense de ser aceptados como emigrantes. Lo anterior constituye un dato aclaratorio, no un juicio sobre las políticas canadienses. Se trata, por otra parte, de hacer un llamado a nuestras autoridades que deberían atender la fuga no sólo de cerebros, sino de energías y voluntades; las consecuencias repercuten negativamente en los intereses y economía nacionales. Muchos de nuestros mejores elementos, con mayor potencial, inventiva, energía, fuerza y creatividad, abandonan el país para siempre.• |
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Notas 1Enrique Guinsberg, Consecuencias psicosociales de las migraciones y el exilio, México, Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, 1990. 2Idem. 3Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1999. 4En México el promedio de educación formal de la población no excede el cuarto año de nivel primario; si se considera exclusivamente a las mujeres es posible que este promedio disminuya. 5La pasividad, el color rosa y las labores domésticas
son propias del género femenino; mientras que el azul, la fuerza,
la agresividad y las labores rudas son adecuadas y aplaudidas en el masculino.
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