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*Miguel
Ángel Echegaray
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| En
México la creación gráfica es de larga data. Con el
arribo de la imprenta se establecieron los primeros talleres de españoles
agremiados, cuyas prensas, tipos y papeles procedían de Europa,
mientras que el artesanado que laboraba en ellos se nutría de criollos
y mestizos, y también de algunos indígenas formados en la
escuela de Santiago Tlatelolco. Se afirma que el grabado más antiguo
que se conserva de esa época es una imagen de la Virgen del Rosario
datada en 1571, hecha en madera.
Por su parte, el gremio de los pintores y retablistas demandó frecuentemente la importación de grabados europeos, a partir de los cuales encararon la realización de numerosos lienzos y decoraciones de capillas y templos. Así, buena parte de la iconografía religiosa difundida se alimentó de la estampa multiplicada por artistas peninsulares y de otras latitudes como Flandes. La tradición gráfica de la colonia y los nuevos recursos de reproducción conviven durante mucho tiempo, repartidos en el ámbito popular y el de la llamada gente pensante. Cosa que no es difícil de corroborar, pues con el advenimiento del periodismo decimonónico y sus grandes ilustradores: José María Villasana, Constantino Escalante y Hesiquio Iriarte, entre otros, se amplió el espectro de informaciones y opiniones para un público de perfil un tanto difuso y anhelante de mensajes. |
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| En el ámbito que hoy se define como "popular",
la gráfica cobra un desarrollo notable. La litografía mantiene
una pretensión, por llamarla de algún modo, artística
y
aleccionadora, mientras que las clases subalternas se regodean con la adquisición
de calendarios, almanaques, juegos, cancioneros y folletines, al igual
que con esa variante movilizadora de las capacidades sociales llamada "hoja
volante", salidos de las prensas y buriles de talleres como el de Antonio
Vanegas Arroyo. Legendario tendajón en el que coinciden Manuel Manilla
y el no menos legendario José Guadalupe Posada.
Con medios más precarios, entre 1935 y 1955 se vivieron "los años dorados" de la gráfica mexicana, gracias a la fundación del Taller de Gráfica Popular, en el que más de una veintena de artistas se prodigó en litografías y grabados en madera y en linóleo. Entre sus varios animadores destacan Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Pablo O'Higgins, Raúl Anguiano, José Chávez Morado y Fanny Rabel, igual que los impresores Jesús Arteaga y José Sánchez. Es a otras figuras y generaciones a quienes se debe la riqueza expresiva que caracteriza desde hace algunas décadas a la gráfica mexicana contemporánea, como lo demuestra esta carpeta de 42 grabados, celebratoria del XXX aniversario de la Universidad Autónoma Metropolitana. La vigencia de la gráfica en nuestra época ha dependido de ese impulso de la imaginación plástica y de la reflexión que sobre el género han mantenido los artistas desde sus particulares intereses: piénsese en el gesto escultórico que filtran sobre el papel Helen Escobedo, Paul Nevin, Manuel Marín e Ivonne Domenge. En la forma en que extienden sus apetencias estilísticas Miguel y Francisco Castro Leñero, Gabriel Macotela, Irma Palacios, Ilse Gradwhol, Teresa Cito, Perla Krauze, Jan Hendrix, Carla Rippey, Magali Lara y Silvia H. González. |
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| En la sutileza acostumbrada de Joy Laville y el
humor de Roberto Turnbull y Boris Viskin. La sabiduría gráfica
de Bela Gold, Nunik Sauret y de Marina Láscaris. Meditaciones plásticas
que se acentúan o se esbozan como las de Gilda Castillo, Pilar Bordes,
Victoria Compaiñ, Manuela Generali, Yolanda Mora, Mimí Ortega,
Elena Segurajáuregui, Raúl Hernández y Fernanda Brunet
y en la sorpresa formal de Saúl Kaminer y Alan Glass. En suma, en
la asociación de la idea y su realización gráfica.
Durante los últimos años la Universidad Autónoma Metropolitana se ha distinguido por desarrollar una tarea en favor de las artes en general y, especialmente, en el campo de las artes visuales. Tarea que ha ido más allá del mero patrocinio, para convertirse en una función institucional básica que, mediante la reflexión conjunta con artistas, creadores, curadores y críticos de arte, aprovecha a plenitud sus espacios museográficos y medios de difusión. Mientras que otras instituciones culturales, públicas y privadas, se retraen o de plano se distancian de su vocación promotora de las artes, la Universidad Autónoma Metropolitana acrecienta su patrimonio intelectual y artístico: crea la Galería Manuel Felguérez y propone al mismo artista la materialización de un estupendo ejercicio de integración plástica en el interior del edificio de la Rectoría General, denominado Puerta del Tiempo. Con similar sentido ha convocado a Jan Hendrix para realizar una pieza singular en la uam Iztapalapa; al maestro Gilberto Aceves Navarro le tocará plantar su enorme imaginación también en la Unidad Xochimilco, mientras que el sorprendente abstraccionismo de Irma Palacios tendrá cabida en el espacio de la uam Azcapotzalco. Iniciativa institucional y expresión artística cumplen eficazmente su parte. |
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| No debe olvidarse la relación que la Universidad
Autónoma Metropolitana ha tejido con la crítica de arte,
poniendo a disposición de comentaristas e historiadores, pertenecientes
a distintas generaciones, la publicación de catálogos, libros
y revistas, con lo cual abre opciones a una gran variedad de aproximaciones
al fenómeno estético, en momentos en que escasean este tipo
de publicaciones.
En suma, merece reconocimiento el papel que esta joven casa de estudios despliega con fortuna en la esfera del arte y la cultura.• Pedro Friedeberg, Sin título, fotograbado y agua tinta, 30x30 cm, 2003 |
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