Archipiélagos gráficos
*Miguel Ángel Echegaray 
En México la creación gráfica es de larga data. Con el arribo de la imprenta se establecieron los primeros talleres de españoles agremiados, cuyas prensas, tipos y papeles procedían de Europa, mientras que el artesanado que laboraba en ellos se nutría de criollos y mestizos, y también de algunos indígenas formados en la escuela de Santiago Tlatelolco. Se afirma que el grabado más antiguo que se conserva de esa época es una imagen de la Virgen del Rosario datada en 1571, hecha en madera.

Por su parte, el gremio de los pintores y retablistas demandó frecuentemente la importación de grabados europeos, a partir de los cuales encararon la realización de numerosos lienzos y decoraciones de capillas y templos. Así, buena parte de la iconografía religiosa difundida se alimentó de la estampa multiplicada por artistas peninsulares y de otras latitudes como Flandes. 

La tradición gráfica de la colonia y los nuevos recursos de reproducción conviven durante mucho tiempo, repartidos en el ámbito popular y el de la llamada gente pensante. Cosa que no es difícil de corroborar, pues con el advenimiento del periodismo decimonónico y sus grandes ilustradores: José María Villasana, Constantino Escalante y Hesiquio Iriarte, entre otros, se amplió el espectro de informaciones y opiniones para un público de perfil un tanto difuso y anhelante de mensajes.

   
Roger Von Gunten, 
Sin título, aguafuerte 
y agua tinta, 
30x30 cm, 2004 
 
   
Joy Laville, Sin título, agua tinta, 30x30 cm, 2004
 
En el ámbito que hoy se define como "popular", la gráfica cobra un desarrollo notable. La litografía mantiene una pretensión, por llamarla de algún modo, artística y aleccionadora, mientras que las clases subalternas se regodean con la adquisición de calendarios, almanaques, juegos, cancioneros y folletines, al igual que con esa variante movilizadora de las capacidades sociales llamada "hoja volante", salidos de las prensas y buriles de talleres como el de Antonio Vanegas Arroyo. Legendario tendajón en el que coinciden Manuel Manilla y el no menos legendario José Guadalupe Posada.

Con medios más precarios, entre 1935 y 1955 se vivieron "los años dorados" de la gráfica mexicana, gracias a la fundación del Taller de Gráfica Popular, en el que más de una veintena de artistas se prodigó en litografías y grabados en madera y en linóleo. Entre sus varios animadores destacan Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Pablo O'Higgins, Raúl Anguiano, José Chávez Morado y Fanny Rabel, igual que los impresores Jesús Arteaga y José Sánchez.

Es a otras figuras y generaciones a quienes se debe la riqueza expresiva que caracteriza desde hace algunas décadas a la gráfica mexicana contemporánea, como lo demuestra esta carpeta de 42 grabados, celebratoria del XXX aniversario de la Universidad Autónoma Metropolitana.

La vigencia de la gráfica en nuestra época ha dependido de ese impulso de la imaginación plástica y de la reflexión que sobre el género han mantenido los artistas desde sus particulares intereses: piénsese en el gesto escultórico que filtran sobre el papel Helen Escobedo, Paul Nevin, Manuel Marín e Ivonne Domenge. En la forma en que extienden sus apetencias estilísticas Miguel y Francisco Castro Leñero, Gabriel Macotela, Irma Palacios, Ilse Gradwhol, Teresa Cito, Perla Krauze, Jan Hendrix, Carla Rippey, Magali Lara y Silvia H. González.

   
  Saúl Kaminer, La boda, aguafuerte y agua tinta, 30x28 cm, 2004
 
   
Silvia H. González, Máscaras, relieve e incisión en acrílico, 30x30 cm, 2004 
 
En la sutileza acostumbrada de Joy Laville y el humor de Roberto Turnbull y Boris Viskin. La sabiduría gráfica de Bela Gold, Nunik Sauret y de Marina Láscaris. Meditaciones plásticas que se acentúan o se esbozan como las de Gilda Castillo, Pilar Bordes, Victoria Compaiñ, Manuela Generali, Yolanda Mora, Mimí Ortega, Elena Segurajáuregui, Raúl Hernández y Fernanda Brunet y en la sorpresa formal de Saúl Kaminer y Alan Glass. En suma, en la asociación de la idea y su realización gráfica.

Durante los últimos años la Universidad Autónoma Metropolitana se ha distinguido por desarrollar una tarea en favor de las artes en general y, especialmente, en el campo de las artes visuales. Tarea que ha ido más allá del mero patrocinio, para convertirse en una función institucional básica que, mediante la reflexión conjunta con artistas, creadores, curadores y críticos de arte, aprovecha a plenitud sus espacios museográficos y medios de difusión. 

Mientras que otras instituciones culturales, públicas y privadas, se retraen o de plano se distancian de su vocación promotora de las artes, la Universidad Autónoma Metropolitana acrecienta su patrimonio intelectual y artístico: crea la Galería Manuel Felguérez y propone al mismo artista la materialización de un estupendo ejercicio de integración plástica en el interior del edificio de la Rectoría General, denominado Puerta del Tiempo. Con similar sentido ha convocado a Jan Hendrix para realizar una pieza singular en la uam Iztapalapa; al maestro Gilberto Aceves Navarro le tocará plantar su enorme imaginación también en la Unidad Xochimilco, mientras que el sorprendente abstraccionismo de Irma Palacios tendrá cabida en el espacio de la uam Azcapotzalco. Iniciativa institucional y expresión artística cumplen eficazmente su parte.

   
Nunik Sauret, Sin título, aguafuerte, agua tinta y punta seca, 30 x 30 cm, 2004   
 
   
José Luis Cuevas, Juguete de Luisita, aguafuerte y agua tinta, 30 x 30 cm, 2003
 
No debe olvidarse la relación que la Universidad Autónoma Metropolitana ha tejido con la crítica de arte, poniendo a disposición de comentaristas e historiadores, pertenecientes a distintas generaciones, la publicación de catálogos, libros y revistas, con lo cual abre opciones a una gran variedad de aproximaciones al fenómeno estético, en momentos en que escasean este tipo de publicaciones.

En suma, merece reconocimiento el papel que esta joven casa de estudios despliega con fortuna en la esfera del arte y la cultura. 

Pedro Friedeberg, Sin título, fotograbado y agua tinta, 30x30 cm, 2003

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Miguel Ángel Echegaray es egresado de ciencias de la comunicación y del posgrado en historia del arte, por la UNAM. Ejerce la docencia de crítica de arte y política cultural en la Universidad Iberoamericana. Pertenece a los consejos de redacción de Pauta y Casa del Tiempo. En 2002 publicó la novela Olimpo (UAM/Ediciones sin Nombre).