La felicidad es una cera 
*Fernando Martínez Ramírez 
Y el que habla en nombre de los otros es siempre un impostor. Políticos, reformadores y todos los que se reclaman de un pretexto colectivo son tramposos. Sólo la mentira del artista no es total, pues sólo se inventa a sí mismo.
Cioran


La renovación es la gran figura de la voluntad. Lo latinos la llamaban conatus, esa fuerza dadora de vida y buscadora de sentido que nos hace no sólo persistir en lo que somos sino lanzarnos hacia nuevas conquistas. Este impulso egokinético, es decir, expansivo del yo, es individual pero también colectivo, según se comparta o no este movimiento. Dice un aforismo romántico: "La vida está en otra parte", otra parte hacia donde nos sentimos impulsados bajo el presupuesto, claro, de que allá somos mejores. Pero, ¿qué renovamos realmente, y qué aplazamos? 

Hay por lo menos otras tres figuras para la voluntad. La primera de ellas es la voluntad creadora, que encuentra en la obstinación de los objetos el sentido íntimo de su ser. Para el artista, la materia —que es todo aquello de lo cual están hechas las cosas— resulta una entidad provocadora, le abre una resistencia que es sometida mediante un dinamismo transformador: trabajando el ser oculto de los materiales, no como acto reflejo sino como respuesta a violencias intencionadas, nos alcanzamos, devenimos. Y luego, una vez conquistada la forma, nada, recomenzar de nuevo. Se trata de una operación que responde a lo que Bachelard llamó "ensueños de la voluntad". Es la dinámica de un ser que desea mejorar el mundo culturizando los objetos, dándoles un sentido social, trayéndolos como obras de arte. "Dicho de otro modo, la materia es nuestro espejo energético; es un espejo que focaliza nuestras fuerzas iluminándolas con energías imaginarias".1 La imaginación trabaja con la intimidad de las sustancias, obtiene de ellas un nuevo ser, resurgente y bello, y así cree mejorar el mundo, o defenderse de él, o aliarse, para que en el ínter nos alcancemos como artistas. La voluntad creadora se completa cuando merece esta nominación, que es su premio y su estigma, porque la libertad originaria que la determinó, al ser nominada, empieza a ser atávica pues queda inscrita en la cultura. En la lucha por la supervivencia no puede ser de otra manera: somos sujetos culturales.

Existe también una voluntad de conquista y reconocimiento. Menos espiritual, convulsiona a otra clase de sujetos, a los fanáticos e idealistas, tiranos y mártires, todos dispuestos a sufrir —aun a costa de los demás— por una creencia o una concepción de la vida. Sujetos que aman una visión de sí mismos muy acorde con las apariencias, usufructúan el poder en cualquiera de sus manifestaciones públicas, impostan la voz para que suene colectiva. Moralistas por conveniencia, saben que su ámbito de acción son las necesidades humanas: lucran con la paz, la santidad, el honor, con las virtudes exitosas de una sociedad. Dice Cioran: "Jamás el espíritu dubitativo, aquejado de hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones..."2 El reto de los artistas nace desde su fuero interno y encuentran en la materia la oportunidad de encausar sus energías; para la voluntad de conquista sólo importa lo que ya es, las apariencias seducen e intimidan y por eso busca vencerlas. Los fanáticos e idealistas fundan la paranoia de los imperios, de las religiones y de las utopías sociales. Civilizadores que no civilizan nada, que maquilan absolutos usando la irresolución y el pánico de los demás, van por el mundo arruinándolo todo con sus ingentes empresas. 

La tercera forma de la voluntad, universalmente extendida, simplemente nos hace permanecer en lo que somos —si es que algo somos— y a los humanos nos amolda los unos a los otros en una entelequia que dispendia una indistinción en la cual nos vamos vaciando, poco a poco, sin felicidad ni desdicha, sin poder y sin gloria. 

Todos, absolutamente todos, digo siguiendo a Schopenhauer, somos emisarios de urgencias primarias: olemos, deglutimos, tocamos, vemos... y de estos estímulos nacen las aspiraciones. Con los sentidos pasamos por las cosas como si estuvieran hechas para nosotros. Suponemos que nuestra actividad tiene una consumación la cual, ultimadamente, cada uno sabrá reconocer cuando llegue el momento. Y así cohabitamos, aferrados a "nuestra" singularidad, construyéndola, desmenuzando uno que otro proyecto de vida como si en verdad fuera nuestro o valiera la pena. Sujetos esforzados y delirantes, nos afanamos en cualquier cosa descubierta por azar, muy pronto nos vemos defendiéndola como si representara un llamado: el azar de nuestras indigencias ha abierto la ruta de nuestros destinos. 

¡Qué terrible, un aroma, una imagen prefabricada, un trabajo inmerecido, un impulso primario ha determinado lo que seremos por los siglos de los siglos, o más bien, lo que haremos todos nuestros días, renunciando a la veleidad que nos estaba reservada desde el instante en que quedó prohibida socialmente! Pero a cada tanto nos desencantamos, aunque sólo como contrapunto y para afianzar la indigencia indestructible que nos acomete, y por eso molestamos a los demás, para solventar la carga que nos representamos a nosotros mismos. Vamos por la vida imaginando que la evidencia de los entes sólo se nos da a nosotros, sin advertir que cada uno de ellos tiende a anularnos en una lucha a muerte que la voluntad intuye pero la razón, con sus manías, no deja ver pues, a diferencia de aquélla —que sólo desea persistir—, ésta busca la felicidad. 

Poco a poco y de manera secreta se ensancha la certeza de la nada que somos y, aunque la voluntad quisiera declinar, la inteligencia no lo permite, y aun en el último suspiro, en la asfixia de la muerte, durante el estertor mortecino, exuflamos el frenesí que reservábamos para ser felices. Primero morimos nosotros que nuestras esperanzas. Imagino incluso que, por un instante breve, mientras la pupila se dilata, un cuerpo yerto conserva las ilusiones que lo definieron en vida y los flatos que emergen de la masa extenuada son más hediondos mientras más intensos o prolongados hayan sido los fulgores de la voluntad, porque vienen a condensar con su aroma deletéreo las frustraciones infinitas de una vida inútil. ¿Qué potencia extraña es la razón que, no conforme con darle argumentos a la voluntad para aguantar, nos promete una dicha siempre futura y no permite asumir el tedio universal, en el que sin duda nos hallaríamos mejor, libres de estos impulsos de locos con que buscamos la bonanza de nuestro ser, un ser cuya esencia es la fuga, la fuga ontológica? 

 
Irma Palacios, Delta, agua tinta, 30 x 30 cm, 2003  
 
 
   
Helen Escobedo, 
Sin título
fotograbado y agua tinta, 25x30 cm, 2003
El mundo se rompe bajo el principium individuationis. De nada sirve formular leyes generales pues en la realidad somos el obstáculo del otro, hierve entre los seres un antagonismo eterno que, más que hablar de una causalidad eficiente, lo hace de un principio de sobrevivencia que separa y enemista. El fin de toda sustancia es la destrucción. La naturaleza —palabra engañosa que designa una totalidad donde lo único real son los individuos—, la naturaleza, como un todo omnímodo y súper-poderoso, está festinando con nosotros, humanos que nos creemos dignos y llenos de esperanza y no somos más que la expresión de ese fuego eterno heraclíteo que arde en el interior de las cosas, de los corazones. Debemos aceptar que no vamos hacia ninguna parte. El pretendido telos de la voluntad, la felicidad prometida, ha resultado la peor de las añagazas, la cera metafísica donde se inscriben nuestros cálidos anhelos.•
*Fernando Martínez Ramírez es profesor-investigador de la UAM Xochimilco, en el Departamento de Política y Cultura. Filósofo y escritor, ha publicado dos libros, uno de cuentos, La babel de los payasos (Miguel Ángel Porrúa, 2000), y el ensayo monográfico sobre Kierkegaard El más desgraciado (UAM Xochimilco, 2000). 
 Notas

 1Gaston Bachelard, La tierra y los ensueños de la voluntad, México, fce, 1994, p. 33.

 2E. M. Cioran, Breviario de podredumbre, Madrid, Taurus, 1997, p. 28.