LA MORADA EN EL TIEMPO
*Gabriel Ríos
Magia la de Esther Seligson, reescritura de un poema familiar, fábula que se reconoce en la arquitectura de esa extrema soledad donde una vieja pasa ante el Ojo, creando un mundo de "realidades" sin límite, en el colmo del heroísmo que se yergue sobre los habitantes de la región más inhóspita de la tierra. La libertad finita, diría el filósofo Emmanuel Levinas, es decir, la primera palabra del espíritu personificada es la que hace posible todas las demás, incluidas las de negatividad y conciencia, el sí tan incondicional como la misma crítica evolutiva.

Exposición previa en la novela La morada en el tiempo, la más antigua y espontánea relación que sobrevive a la muerte del dios trasmundano, el mismo decía Nietzsche, que no explica la vida. Uno nuevo e individual resurge para saborear el saciamiento, el apresamiento de las manos, dentro de las formas espaciales del yo que se asimila al otro enrollándose sobre sí mismo. 

Esther Seligson creó una novela encapsulándola en la simultaneidad del instante eterno, en el concepto de la humanidad consciente dotada de poderes, en la experiencia de la segregación, de las paradojas, de la verdadera metafísica capaz de manifestar la originalidad de lo exterior al ser.

Podríamos decir que el argumento de La morada en el tiempo es el vacío que se abre y se rellena inmediatamente con el sordo y anónimo ruido del hay, del cómo las cosas comenzaron a ser dichas. El lugar de origen dio nombre a las palabras y asiento a la escritura del libro total de Esther Seligson, exactamente como aparece en el epígrafe de la obra cumbre de Levinas, De otro modo que ser, o más allá de la esencia, fenomenología del judaísmo, dedicada a la memoria de los seres más próximos entre los seis millones de asesinados por los nacional-socialistas, al lado de los millones de humanos, víctimas del odio del hombre.

La narradora anota desde al inicio que Abraham ofreció una nube sobre la ciudad eterna, sobre los hornos crematorios, sobre los frentes de batalla y las líneas de paz. Apremia Levinas que la lucha de todos contra todos se convierte al final en intercambio y comercio. Si dialogara Seligson con Levinas diría que los seres humanos han contado siempre con un dios que toma en cuenta el orgullo y la vanidad, el amor al poder y a lo superfluo, justificando las cobardías y las traiciones sin exigir a cambio más que un ritual preciso.

Así la luminosidad que emanaba del tabernáculo se ensombreció el día en que las sangres de los hombres derrama de rencores fue superior a las aguas que bajaron con el diluvio, anota Seligson en la exposición del ensayo intercalado en la novela, que en términos de la ética es anterior a la libertad y no-libertad, a la polaridad del bien y el mal presentados a la elección del sujeto que se encuentra comprometido con el bien en la misma pasividad de soportar. 

La abuela vuelve a pasar por el Ojo sustituyendo los versículos bíblicos por un "viva de la libertad". La interpretación, pero más que nada, el tono que le imprime Seligson seguramente tiene que ver con el bien que llega sin que lo pida la protagonista. En medio del texto nos hemos encontrado con los pormenores de la ética, sensibilidad y sufrimiento. Lo confirma Emmanuel Levinas subrayando en el subcapítulo "El ser y más allá del ser" que el desinterés, siendo responsabilidad para con el otro, lo es también para un tercero, perfilándose así la justicia comparada, reunida y pensada, en breves palabras, en la sincronía del ser y la paz.
 

 
Mimí Ortega, Sin título, aguafuerte, agua tinta y punta seca, 30 x 24.5 cm, 2004  
   
La gloria del infinito es la reunión del ser en el presente, mediante la retención, memoria e historia de ese abrir las puertas de la casa para que entre Elías el Enviado. En la narración-testimonio, esa mujer nunca dudó, temblorosa y con una sensación de vacío en el estómago, que pudiese aparecer, si no la primera noche, la segunda y si no ésa pues el año siguiente. Pero nunca llegó y el Ángel de la Faz siguió cortando vidas.

Más que la compasión al abandono, lo importante es pedirle a la Voz un signo de los tiempos en que cada uno va errante, siguiendo su propio trayecto. Al aceptar el escepticismo que atraviesa la racionalidad o la lógica del saber, se entiende o se entenderá que lo refutable es lo que retorna.

Esther Seligson, La morada en el tiempo, México, Ediciones Sin Nombre, 2004. 

*Gabriel Ríos es escritor. Sus colaboraciones han aparecido en los suplementos La Jornada Semanal (La Jornada) y El Ángel (Reforma), así como en la extinta revista Equis