LA VELOCIDAD COMO IDENTIDAD URBANA

Miguel Ángel Aguilar*

Introducción

Un tema recurrente en los estudios recientes sobre el fenómeno urbano contemporáneo es sin duda el de la transformación de los parámetros habituales para pensar en la ciudad (Koolhaas, 1996; Cohen, 1996). Ya sea mediante la realización de renovaciones urbanas en zonas céntricas, empleando programas de incentivos fiscales a las empresas que se asienten ahí, o bien por medio de remodelaciones de áreas públicas (plazas y calles) se muestra un afán de preservar y recuperar la ciudad tradicional, lo cual pone de manifiesto la idea de que ésta tiene que concebirse a partir de un centro. Cuando tanto afán hay en rcuperar y preservar bien puede uno preguntarse a qué se quiere volver y cuándo y cómo ocurrió el extravío.

Al tiempo que esto ocurre, la emergencia y consolidación de espacios urbanos alternos a los céntricos, como áreas de vivienda, comercio o recreación, es un hecho consumado. Vale decir, lo periférico contemporáneo pudiera serlo en una dimensión territorial en la que persiste una mirada hacia el centro, pero no lo es más en términos de estructuración de actividades sociales. Si consideramos igualmente la cantidad de contactos interpersonales que no ocurren cara a cara y con una base espacial común, por ejemplo en lugares abiertos, llegaríamos a pensar en la desterritorialización de estrategias de comunicación ampliamente valoradas, lo que habla de su transformación inminente.

Frente a un panorama de este orden quisiera plantear en esta exposición algunos de los temas vinculados con lo que podría denominarse una nueva configuración de lo urbano, de manera especial respecto al reconocimiento de la multiculturalidad social, la identidad y forma urbanas, intentando también puntualizar las implicaciones de estos elementos para las investigaciones sobre el tema, que desde las ciencias sociales se llevan a cabo.

1. La velocidad urbana como multiculturalidad

Las ciudades y metrópolis contemporáneas son un observatorio social inmejorable para seguir los temas relevantes del final de siglo. Uno de éstos es sin duda el del contacto intercultural, o multiculturalidad. Migraciones intra e internacionales, contacto entre grupos étnicos, conflictos derivados de la desigualdad a partir de la pertenencia o exclusión, alcance de las redes transnacionales de comunicación, que dibujan lo que hoy en día es denominado de manera genérica como multiculturalidad.

Con todo, hay otras formas de pensar sobre el tema que no son sólo las ya enunciadas. Por ejemplo, las transformaciones en la estructura y traza de las ciudades dan cuenta, a su manera, de múltiples intercambios culturales, incluso desde antes de que el término estuviera en boga. La creación en muchas ciudades latinoamericanas de grandes paseos arbolados y afrancesados a finales del siglo pasado, el auge de los rascacielos a partir del segundo decenio del siglo, el reemplazo de viviendas unifamiliares por edificios multifamiliares de inspiración funcionalista en los años cincuenta, el auge de centros comerciales y parques temáticos en las décadas de los ochenta y noventa, habla de un intercambio cultural que no implica necesariamente que haya un contacto cara a cara con el otro, con aquel que muestra una cultura diferente.

Esta suerte de multiculturalidad es la que, durante mucho tiempo, fue denominada modernización, y fueron los gobiernos nacionales sus principales auspiciadores. Promoción de inversiones y creación de fuentes de empleo se convirtieron muy rápidamente en transformaciones del paisaje urbano, y los rascacielos construidos bajo el impulso modernizador pasaron a ser al poco tiempo su emblema. Las transformaciones de las pautas de socialidad e interacción, provocadas por esta nueva forma de ciudad, han sido ya arduamente analizadas en el texto clásico de R. Sennet (1978) sobre el declive del hombre público, y su balance es bien conocido: esta modernización provoca la desaparición de lazos sociales tejidos desde el contacto interpersonal.

Otro efecto de esta modernización/multiculturalidad asentada en el espacio ha sido el de generar nuevos parámetros para evaluar y habitar la ciudad. La aparición de lo nuevo (edificaciones, trazas) se realiza con una doble contundencia; por un lado no se integra al paisaje existente (alturas, diseños), y por el otro esta novedad se instaura con una rapidez creciente, debido a las técnicas constructivas que abaten los tiempos de construcción. Lo nuevo aparece ya hecho, y no en un lento proceso de espera e integración a lo preexistente, de manera tal que el parámetro de la velocidad, en cuanto a rapidez para construir, uso de la ciudad, desplazamientos, flujos, aparece como un rasgo que afecta su vivencia cotidiana; es decir, emerge una nueva forma cultural. Parafraseando a L. Wirth se podría hablar de la velocidad como forma de vida.

De igual modo, la velocidad es un factor a considerar en el crecimiento de las ciudades. Por citar un caso cercano, en el lapso de dos decenios (1950 a 1970) la zona metropolitana de la ciudad de México triplicó su población de tres a nueve millones de habitantes (Ruiz, 1987), en uno de los asentamientos más "explosivos"; sin embargo, no es el único, pues se encuentran tasas de urbanización más altas en países asiáticos y africanos (Moriconi-Ebrard, 1993). Así, las nuevas periferias son rápidas (patrones de asentamiento, construcción, dotación de servicios), mientras que lo central, en tanto que permanece ahí y es depositario de los valores simbólicos con que se ha fundado la ciudad, posee la lentitud de la persistencia histórica o tradicional. Hay así una ciudad en diversos tiempos, no sólo urbanos, sino evidentemente también sociales, en donde se conjugan diversas modalidades de estar en ella.

Es posible reconocer un primer momento en el desarrollo urbano de este siglo, que es el de la colonización. Las migraciones, con el viaje inacabado, insertan en la vida urbana toda suerte de hábitos y prácticas que en su origen son de otra parte, ajenos, y que sin embargo al desarrollarse en el nuevo ámbito necesariamente se transforman. Disputas generacionales entre oficios que desaparecen y otros que emergen, fiestas que no son las mismas en el asfalto y entre los autos, y que no obstante persisten. Comienza, pues, una disputa entre los recién llegados y los habitantes tradicionales, disputa que se manifiesta con claridad en estereotipos, formas denigratorias de humor, exclusión, y con todo, en nuevas formas de concebir la ciudad, ya sea como lucha o batalla, aunque a fin de cuentas se acabe en negociaciones (usualmente favorables a lo instituido). En estas formas estratégicas de dar y tomar de los acervos de la cultura espacial y política que se posee, y de aquélla con la que se entra en contacto, se crea un orden urbano, en el que, a mayor número de agentes involucrados, habrá de manera necesaria mayor fragmentación y complejidad para su mantenimiento.

Un segundo momento es el de la expansión. La ciudad que llega a áreas no integradas originalmente a ella caracteriza otro tipo particular de movimiento, el de la conurbación que convierte en viajeros inmóviles, por omisión, a los habitantes de zonas rurales o áreas de transición. Aquí la ciudad se alimenta del espacio que está a su alrededor, generando nuevas conformaciones territoriales y sentidos sobre el lugar, y los recién llegados son ahora los portadores de la ciudad. Los conflictos y negociaciones que este doble movimiento implica fueron, durante las décadas de los setenta y ochenta, materia prima para el quehacer de las ciencias sociales ocupadas del espacio en América Latina (véase por ejemplo Lomnitz, 1978, o Roberts, B., 1982). Bajo el rubro de modernización, marginalidad, cambio cultural y psicología de la pobreza se desarrolló una gran cantidad de trabajos que buscaban dar cuenta de un fenómeno hasta el momento inédito para las ciencias sociales, la urbanización desbordante.

Un tercer momento es el de la implosión. Podríamos pensar que en la actualidad, en la década de los noventa, las tendencias del movimiento humano en la ciudad sintetizan estas dos pautas ya señaladas; se presenta una recomposición del territorio a partir de desplazamientos dentro de la ciudad, en particular de un área central hacia la periferia (véase Nivón, 1996) -cabe señalar que el fenómeno conocido como "gentrificación" seguramente no será exitoso en América Latina, dada la extensión del deterioro en las áreas centrales y la poca capacidad de invertir de los gobiernos locales. Así, existe una experiencia del habitar urbano que se desplaza hacia zonas de reciente urbanización, generando una vez más contactos sociales entre diversas experiencias espaciales. En términos de forma arquitectónica, la alta densidad de los conjuntos habitacionales contrasta con la baja densidad de los asentamientos populares, ambos ubicados en una misma área, y una vez más la coexistencia de tiempos sociales diversos tiene que ver con formas de apropiación y uso del espacio. Esta contradicción (rápido/lento) existe de igual forma a otra escala, que es la del funcionamiento global de la ciudad. En una discusión en la que intervinieron urbanistas argentinos se llegó a afirmar que "la clave de la diferencia (respecto a las metrópolis europeas) es la comunicabilidad. En las grandes urbes latinoamericanas la velocidad del flujo comunicacional puede ser muy elevado y, a la vez, está implantado en territorios de muy baja integración, con redes de infraestructura de baja calidad" (AAVV, 1995).

En todo esto se observa la persistencia de un movimiento incesante, ya que el contraste entre lento y rápido produce mayor velocidad, y la idea de multiculturalidad está presente como coexistencia de tiempos y formas de vida que se encuentran entre sí.

He adoptado esta entrada al tema de la multiculturalidad, dado que la discusión sobre el tópico está aún pendiente en México y me parece que también en otros países latinoamericanos. El motivo de que la multiculturalidad apenas aparezca en la agenda de los estudios urbanos, desde cualquier disciplina particular, tiene que ver de manera principal con la promoción de políticas culturales de corte fuertemente nacionalista y propiciadas por los gobiernos posrevolucionarios. En estas políticas, el acento está puesto en la unidad, en la pertenencia de todos los habitantes de la nación a una misma raíz cultural que los convierte, de facto, en iguales, al menos en el imaginario cultural (véase al respecto Bartra, 1987).

Esta breve caracterización que se ha realizado a partir de la idea de velocidad como relación cultural apunta a pensar en lo urbano no sólo como gestión del territorio, sino como complejidad social. De aquí se desprenden implicaciones importantes para analizar el sentido de lo urbano en un contexto de este corte, pues si la ciudad es movimiento, bien cabe preguntarse qué ocurre con los sentidos y significados que la hacen comprensible, con qué ritmo se mueven y desplazan. Una forma de abordar este tema remite evidentemente al tema de la identidad, tanto como categoría de análisis respecto a lo urbano, como con el tipo de aspiraciones sociales que se encuentran contenidas en él.

El recorrido realizado en el aparato anterior, tal vez destacando un poco más la dimensión sociológica del tema, ha tenido el propósito de fijar puntos contextuales de referencia para abordar el asunto de la identidad. Si nuestra intención es tratar sobre la identidad urbana en cualesquiera de sus vertientes (identidad del lugar, identidad social urbana, identidad local), una primera pregunta a formular es cómo vincular la identidad con la naturaleza del referente o contexto frente al cual se forma y que, a su vez, le imprime un sello particular. No necesariamente se trata de un isomorfismo sostener que la naturaleza de las identidades está en el espacio que las alberga; con todo, tampoco existe una independencia absoluta entre ambos términos del problema.

2. El movimiento de las identidades

La vigencia contemporánea del tema de la identidad es comprensible desde múltiples frentes; la globalización económica y el auge del libre mercado desbordan con más intensidad que nunca los límites del Estado-nación, las industrias culturales difunden sus productos desde una estética dominante y proponen al espectáculo como único modelo eficaz de acción colectiva, el espacio público se diagnostica como configurado por los medios de comunicación y no desde ámbitos de participación local. Ante esto hay un repliegue que busca lo propio y distintivo como forma de manifestar fortaleza y resistencia, y esta postura genera valoraciones sobre lo otro, lo ajeno, en que se deslindan formas de ser (étnicas, nacionales, locales) frente a lo nuevo. Este proceso es complejo en la medida en que, conforme se desarrolla, se van recomponiendo las nociones que originan la disputa o la discusión inicial, es decir, lo propio y lo ajeno se redefinen de continuo, y de aquí a reconocer que en la elaboración de identidades hay estrategias y tomas de posición política no hay más que un paso.

En un paisaje de este corte, la producción actual sobre el tema es abundante. Sin ánimo exhaustivo podríamos ubicar algunos puntos de referencia ya establecidos, desde diferentes acercamientos disciplinarios, sobre las dimensiones sustantivas de la identidad (Ibáñez, 1994; Berger y Luckmann, 1986; Hobsbawm, 1994; Gergen, 1991; Díaz, 1993; García Canclini, 1995):

    Pertenencia. Se trata de la adscripción a una entidad particular, trátese de familia, grupo de pares, género, espacio.

    Construcción. A partir de un proceso de interacción y socialización, se apela en este sentido a una transmisión social de sus contenidos como formas de elaboración. La patria se conoce cantando himnos.

    Pertinencia situacional. Frente a la amplia gama de adscripciones posibles se elige una o algunas de ellas a partir de un contexto social. La dimensión elegida funcionará como estructura dominante o principio organizativo del resto, y esto puede transformarse en función de las circunstancias. En todo caso resulta de primordial importancia resaltar que se trata de adscripciones elegidas o asumidas; no cabe afirmar esencialismos últimos.

    Jerarquía de pertenencias. Ésta no necesariamente se lleva a cabo sólo bajo un principio de coherencia racional. Es posible ser científico social y buscar todos los días la sección de horóscopos en el diario.

    La pertenencia implica una definición del grupo o la entidad que la genera, y se establecen categorías o rasgos distintivos.

    Definir la categoría de pertenencia señala igualmente aquello que no pertenece a ella. Es decir, define otras categorías de manera negativa, afirmando aquello que no se es.

    Hay un proceso de conformación recíproco de atributos definitorios en contextos de interacción e intercambio social. El individuo, el grupo o la colectividad no son autónomos en cuanto a los rasgos a privilegiar, los "otros" lo definen también.

    Las identidades, por tanto, se mueven.

Estos elementos pueden ampliarse y precisarse, sin embargo, me parece que constituyen un punto de referencia para el tema, pero existe igualmente una postura que destaca las identidades como una construcción social, humana, y que por tanto se encuentran vinculadas con los usos que se hacen de ellas. En este sentido, un elemento que llama la atención al analizar las identidades en general, y de igual forma al abordar éstas en relación con el espacio, es que tienden a valorarse por lo general de manera positiva. Tener una identidad social es per se un logro, es poseer un bien. De entrada se puede estar de acuerdo con esta postura, ya que proporciona una ubicación social y una orientación para la actividad. Sin embargo, en la medida en que las identidades son elaboradas socialmente, resultan susceptibles de crítica como parte de su mismo proceso de construcción.

En este sentido cabe apuntar que:

Puede existir un uso instrumental de ellas en tanto que permiten acceder a mayor resistencia, poder, imagen pública, y crean una colectividad capaz de negociar frente a instancias sociales. En estos casos es claro que se trata de maximizar la homogeneidad a su interior, negar las diferencias, y así presentarse como un todo compacto.

En el caso de identidades sociales el referente original de éstas suele ubicarse en el pasado, en el cual ha ocurrido un evento fundador del que surgen con claridad los rasgos definitorios del grupo en cuestión (etnia, nación, religión). El hecho fundador, ubicado en un lugar mítico, el origen, es reelaborado, por lo común en términos ideológicos, y se destaca una primacía y una continuidad histórica que desembocan en el presente. Por tanto, si existe una invención del pasado, se podría proponer que un proceso semejante puede ocurrir con las identidades colectivas (véase Hobsbawm, 1983).

Las identidades colectivas se expresan mediante narrativas, actos discursivos en que aparecen confrontaciones, pruebas a superar, argucias, estrategias, personajes emblemáticos. Son usualmente historias de la relación con otros, que definen así lo propio, y los libros de historia nacional están llenos de estas narrativas, lo mismo que los discursos fundacionales de cualquier alcance. En este ámbito, por ejemplo, son poderosas las narrativas del colonizador urbano que relata la transformación de lo agreste en habitable -"cuando llegamos aquí no había nada"-, la adversidad de las condiciones de vida frente a lo que se define, y la expectativa sobre el futuro, que es "llegar a vivir como seres humanos".

Fijados estos referentes necesarios en la discusión es posible pensar desde ellos el vínculo entre el espacio urbano y la identidad, sin intentar agotarlo (una visión sistemática sobre el tema se presenta en Valera y Pol, 1994). El primer aspecto que resalta tiene que ver con el movimiento de lo urbano o lo espacial y de los referentes que se emplean para adscribirse a él. Así se puede pensar que la identidad urbana comienza a ser un tema relevante de carácter cotidiano cuando se genera un extrañamiento frente a la ciudad, esto es, el proceso ocurre cuando el espacio se transforma de tal modo que nuestros supuestos y rutinas no funcionan para anticipar lo que se encontrará. Por citar un ejemplo, en un estudio sobre la caracterización de la ciudad de México desde la prensa resulta interesante conocer que la capital comienza a ser un tema informativo consistente a mediados de la década de los sesenta, cuando contaba ya con cerca de siete millones de habitantes (Ruiz, 1987). Hay aquí, evidentemente, un desfase entre tamaño poblacional y tamaño informativo, por llamarlo de algún modo, pero ¿cómo explicarlo? Una posible interpretación radica en reconocer que sólo se habla pública y mediáticamente de algo cuando deja de tener la cercanía de lo tácito, cuando hacerlo no es redundante. Al dejar de reconocerse la ciudad como homogénea, en virtud de su expansión y emergencia de actores sociales con demandas que plantean el cuestionamiento de un orden existente, es cuando resulta necesario empezar a hablar de identidades particulares. La diferencia ha llegado.

En este sentido se puede pensar que las políticas de recuperación del patrimonio urbano o la promoción de espacios públicos cumplen el propósito de asentar un punto de referencia común que sea capaz de unificar aquello que comienza a disgregarse; es decir, se opone la lentitud de lo histórico y colectivo a la velocidad de la fragmentación. Sin embargo, de manera paradójica, es a través de los medios masivos de comunicación y del marketing como se revalorizan estos espacios; los efectos de la lentitud, promocionados desde la velocidad, crean un sentido inédito del lugar -si se promociona tal vez no es cercano, pero tampoco lejano, ya que es conocido y es posible que se comience a habitar la propia ciudad como turista de sí mismo, pero también entran en juego nociones de simulación y realidad.

Otra variante de lo anterior puede ser entender la conformación de las identidades como parte de una estrategia de repliegue ante un medio urbano desbordado de heterogeneidad. Diversas modalidades de planeación por medio de la zonificación especializada reconocen esta necesidad de demarcar con exactitud lo propio e impedir transformaciones súbitas. Este repliegue produce una revaloración del espacio local (barrio, área urbana), convirtiéndolo en una extensión compleja del espacio privado. Se tiene así un punto de partida (un centro colectivamente creado) para estar en la ciudad, que no deja, sin embargo, de producir conflictos -exclusión de los socialmente ajenos y exacerbación de medidas de seguridad, entre otras. En ocasiones se puede quedar preso de esta obsesión de orden urbano.

Esta involución de las identidades respecto al espacio urbano o metropolitano se ha considerado el fin del espacio público (Sorkin, 1992), y este argumento plantea que el vínculo entre lugares se ha perdido, que faltan las conexiones que daban sentido de pertenencia a un lugar. Es claro que aquí los referentes provienen de una cultura espacial norteamericana, en la que la proliferación de suburbios autosuficientes niega a la ciudad, o bien a una estructura urbana como la de Los Ángeles o Washington, hecha de espacios vacíos y étnicamente acotados. Con todo, el tema está planteado como tendencia que resulta de la hiperespecialización de actividades territorialmente localizadas, cuya heterogeneidad no resulta funcional y económicamente viable.

Si lo público retrocede mientras el espacio local se contagia de los usos y las valoraciones que se confieren a lo privado, ocurre entonces un efecto de refracción de la velocidad social. La velocidad de lo urbano, que entra en ralenti al tocar el espacio privado, toma un nuevo impulso al convertirse en velocidad social propagada por los medios de comunicación -televisión cuyos referentes no son sólo los del Estado-nación, e instantaneidad de enlaces por medio del modem en una red tecnológica que carece de centro. El vértigo comienza en la comodidad del propio domicilio.

Frente a este panorama, un probable tema a desarrollar en los acercamientos a la dimensión social de la ciudad es cómo encontrar, teórica y metodológicamente, las vías de enlace entre lo local y lo metropolitano, que aparentemente están disgregados. Cómo se usa y se experimenta la ciudad en un todo, cómo se combina la experiencia personal y social acumulada con imaginarios sociales e imágenes mediáticas. Algunas líneas de investigación han comenzado a trabajar con el tema del viaje urbano como una forma de conectar algo aparentemente disconexo (García Canclini, N., Castellanos, A. y Rosas, A., 1996). Del mismo modo, cabe pensar que si el contacto social se circunscribe al ámbito local y doméstico es probable que lo urbano adquiera una identidad virtual, en el sentido que le daba E. Goffman (1978) al término: "advertimos que hemos estado concibiendo sin cesar determinados supuestos sobre el individuo (o la ciudad) que tenemos ante nosotros".

Sin embargo, cabe preguntarse qué ocurriría si la identidad no fuese un fin en sí misma, sino el momento en un proceso más amplio, en el que todo está haciéndose. Tal postura coincide con lo que R. Sennett (1994) ha llamado la búsqueda de la experiencia de lo inacabado, de la "incompletitud", que trataría de romper las tiranías de la identidad. La idea es no aspirar a una imagen inmóvil de sí mismo, o de la ciudad, que no admita la entrada de la diferencia, sino que se alimente de lo otro en la misma medida que lo haga de sí mismo. En todo caso, se trata de ejercer más que la nostalgia de la totalidad, el deseo de lo incompleto. Es pensar en la conformación de la identidad como un proceso que, dada la lentitud de su elaboración, dude de la velocidad de lo que ocurre a su alrededor.

Conclusión

Para finalizar, en este recorrido, tal vez demasiado apresurado, hemos querido analizar un problema, a saber, el del vínculo entre la ciudad contemporánea y las identidades que en ella se generan, al tiempo que se reflexiona sobre la velocidad o ritmo de ambos.

Podríamos proponer que la identidad urbano-metropolitana se elabora, en principio, a partir de referencias sobre los elementos fundadores y persistentes a través del tiempo. Hay una eficacia innegable en los mecanismos de transmisión social de los referentes urbanos, y se les comparte como rasgos distintivos e inconfundibles a pesar de que en muchos casos no estén integrados a las rutinas y trayectos cotidianos. Esta identidad es evidentemente pública y comunicable, constituye la imagen "oficial" de la ciudad y pertenece al dominio de los imaginarios urbanos (véase Silva, 1992).

De manera paralela a la ciudad "oficial", hay otra que es la de recorridos interminables, itinerarios cruzados, tráfico, contaminación y amenaza de la violencia, que produce otro tipo de referentes como son los del contacto humano; las socializaciones entre extraños o iguales; es una identidad que no se comenta, simplemente se ejerce con la fuerza de la sensibilidad colectiva, pues así se logra una forma común de evitar las miradas, de provocarlas o de escuchar en común un silencio lleno de rumores en el metro -se forma un nosotros temporal y poderoso. Sería importante conocer y reconstruir estas identidades inestables que se forjan en el movimiento y el paso fugaz por lo ajeno o los no lugares, dado que la ciudad está hecha aun de estos territorios inciertos, o, simplemente no olvidar que las ciudades comenzaron siendo un punto de encuentro, no de dispersión.

* Miguel Ángel Aguilar Díaz (México, D.F., 1957) es profesor investigador de la licenciatura de psicología social de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)-Iztapalapa, donde en la actualidad cursa el doctorado en ciencias antropológicas. Ha publicado artículos sobre el tema de cultura urbana y uso del espacio público. Colabora en la formación del libro Cultura y comunicación en la Ciudad de México, coordinado por el profesor Néstor García Canclini, que próximamente será publicado por la editorial Grijalbo y la UAM-Iztapalapa.
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