Ricardo Reis: 
Horacio escribe en portugués
*Miguel Ángel Flores
 
Temo, Lidia, al destino. Nada es cierto.
Ricardo Reis, Oda XI
 

El 13 de julio de 1893 falleció Joaquín de Seabra Pessoa. Había sido el padre del futuro poeta Fernando Antonio Nogueira Pessoa, su primogénito, quien resintió esta pérdida toda la vida. Fernando tenía cinco años cuando aconteció ese hecho. Había quedado muy vivo en su memoria el entorno en el cual transcurrió su primera infancia. Años después se referiría, en un poema, a la tristeza de su "quinto aniversario" por la ausencia paterna.

De ese entorno forma parte la Plaza de San Carlos, ubicada en uno de los costados del edificio donde nació el poeta, en el cuarto piso, frente al Teatro San Carlos. Este es uno de los lugares más emblemáticos de Lisboa, en cuyo foro se desplegaba el lujo y esplendor de las representaciones de óperas como El barco fantasma o La traviata. Desde el balcón de su departamento el niño podía contemplar el gran estuario del Tajo y el movimiento de los barcos que llegaban y partían del Cais do Sodré, mientras que por las ventanas se colaban las notas de las partituras de las óperas, lo mismo que las del carillón de la cercana iglesia de Los Mártires. El edén subvertido.

Hubo que abandonar el departamento poco después de las exequias del padre. La nueva vida fue aceptada con dificultad. Para sobrevivir, la madre subastó la mayor parte de sus bienes. El nuevo hogar de Pessoa, en la Rua San Marçal, contrastaba por su estrechez con la antigua casa. Y desde sus ventanas sólo se podía observar un fragmento del río. Para el niño recién huérfano no podía ser de otro modo: la madre se convirtió en refugio y consuelo. Ésta, joven aún, no tenía la intención de permanecer viuda. Conoció al comandante João Miguel Rosa y contrajo segundas nupcias, que se realizaron por poder, ya que el futuro marido había recibido el nombramiento de cónsul en la remota África del Sur.

A los siete años Fernando Pessoa subió por vez primera a un barco en el Cais do Sodré, que lo llevaría a su lejano destino, acompañado de su tío Cunha y su madre, doña María Magdalena. El hermano menor había muerto dos años antes. El niño Fernando, en su primera navegación, vio cómo se alejaba de su ciudad mientras se adentraba en el ancho y ajeno mar. Su primer biógrafo (João Gaspar Simões) hizo una lúcida observación sobre el exilio de Pessoa:
 

Esta partida —verdadera partida contra natura, pues lo cierto es que nadie vino al mundo con menos condiciones para expatriarse que Fernando Pessoa, ese hombre que, una vez señor de su voluntad, se establecerá en dos o tres cafés de Lisboa y nunca más saldrá de ahí, de la Lisboa de su saudade— constituye realmente, en la vida del poeta, uno de los momentos más importantes de su estancia, uno de los puntos cruciales de su destino. Tal vez si nunca hubiera dejado su Lisboa de la Plaza de San Carlos y de la Rua de San Marçal, Fernando Pessoa no hubiera llegado a ser el poeta que fue. Pero si no hubiera ido a África, y de eso no hay duda, no habría sido el poeta que es, realmente. El segundo matrimonio de la madre representa, en efecto, algo tan importante en su vida que es imposible no establecer con esta dolorosa partida del Tajo el inicio de la aventura poética que hizo del autor de la Oda marítima el más audaz argonauta de la poesía portuguesa del siglo XX.

 
 
 

Después de la larga travesía, el niño Fernando desembarcó, con los ojos llenos de asombro, en Durban, África del Sur. Ésta era la ciudad más importante de la provincia de Natal y en ella se reproducían las formas de vida y las instituciones inglesas. A los ocho años la novedad del nuevo mundo es interiorizada sin dificultad. El niño fue inscrito en el Convent School. Y muy pronto reveló su precocidad para el aprendizaje: casi de inmediato aprendió y dominó el inglés. Agotó, antes de los periodos señalados, los programas de estudio, de tal modo que cuando ingresó a la secundaria estaba adelantado dos años.

Fernando empezó a vivir en dos ámbitos muy diferenciados: el de su hogar, con su idioma y costumbres ajenas a la sociedad donde ahora vivía, y el de la escuela, que se desenvolvía en un idioma que no sentía como ajeno. Para él el inglés se convirtió en la lengua del trabajo intelectual y la creación literaria. Su talento y aptitud para manejarlo quedó demostrado con la obtención del Queen Victoria Memorial Prize, que cada año se otorgaba al mejor ensayo escrito en este idioma y que era un requisito para obtener el Matriculation Examination: en una hora los alumnos debían escribir un texto breve, no mayor de dos hojas, a elección de los candidatos, sobre uno de los temas propuestos.

El ensayo de Pessoa se perdió, pero el hecho de que haya sido distinguido en una competencia en la que tomaban parte adolescentes que habían escuchado hablar el idioma del Imperio desde la cuna, denota el notable dominio que adquirió de una lengua que a partir de Durban sería suya.

Debe hacerse hincapié en el rigor y la disciplina que enmarcaban las labores docentes de las escuelas donde estudió el futuro poeta: Convent School y el High School; en este último aprendería latín bajo la tutela del headmaster W. H. Nicholas, quien desempeñaba la doble función de director y profesor de esta materia. De él aprendió no sólo la lengua de la antigua Lacio, sino que de manera indirecta se impregnó del espíritu de la cultura griega. El headmaster tenía la misión de formar hombres cultos y de inculcar en los jóvenes, en el lejano territorio colonial, las prendas morales que distinguían a los ciudadanos británicos.

Los años de residencia en Durban proyectaron su influencia en la vida adulta de Fernando Pessoa, tanto en la esfera de su actividad intelectual como en su biografía personal. Infancia es destino. Este lugar común se puede aplicar al poeta sin margen de error. Durante un largo periodo poco se supo de sus primeros años en la colonia inglesa. En la vida adulta el creador de la heteronimia se refirió en escasas ocasiones a su infancia en la tierra de su forzado exilio. Pero investigaciones posteriores a las emprendidas en los años cuarenta por su primer biógrafo, João Gaspar Simões, han documentado, no sin dificultad, el primer tramo de la existencia de Pessoa en África del Sur.

Sin el conocimiento de los años en África difícilmente se puede comprender el surgimiento de Ricardo Reis en el drama en gente que inventó el poeta. No pretendemos contradecir a Octavio Paz cuando en las frases iniciales de su ensayo sobre Fernando Pessoa afirma: "Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía". El mismo Paz, poco más adelante en su ensayo, hizo una síntesis biográfica del poeta. Si bien la biografía es insuficiente para explicar la obra de un poeta, no podemos negar que es un valioso auxiliar para entender la génesis de ciertos textos, y en el muy particular caso de Pessoa, de suyo complejo en todo lo que se refiere a él, se vuelve relevante. Sin la estancia en África del Sur quizá no hubiera existido Ricardo Reis.

Los estudios en el High School significaron la educación inglesa y el conocimiento de los autores de la antigüedad clásica. El rigor con que el headmaster W. H. Nicholas obligaba a los alumnos a aprender latín y sus mecanismos sintácticos, era extremo. Sus discípulos tenían que ejercitarse en la traducción de autores como Horacio. Había que poner en versos en inglés sus odas dentro de los moldes del ritmo, la rima y la estrofa. El heterónimo Ricardo Reis encontró su inspiración en los modelos de Grecia y Roma, y su mundo moral estuvo basado en el paganismo que regía la vida espiritual de sus culturas.
 

 
 

Para los primeros lectores de Reis, en sus poemas se respiraba un aire enrarecido. Era una presencia extraña y extravagante en una época en que aún se escuchaban los ecos del simbolismo y la modernidad luchaba por transformar de forma radical la tradición. Este heterónimo recibió poca atención de la crítica y se le reprocharon sus excesos formales. No se entendía que mediante sus poemas buscaba establecer un diálogo dentro de sus límites entre un presente cada vez más secularizado y un pasado cuyas esencias aún estaban vivas si se comprendía la doctrina de los dioses paganos.

Reis se alimentaba del quebranto de la fe que Pessoa había sufrido en Durban. "Hay sólo dos clases de estados de ánimo constantes con los cuales vale la pena vivir: con la noble alegría de una religión o con la noble tristeza de haberla perdido: lo demás es vegetar", escribió muchos años después de su interludio africano.

Las odas de Reis contienen arcaísmos léxicos, latinismos, algunos helenismos, la sintaxis es latinizante, hay figuras de estilo como el hipérbaton y la elipsis, rasgos que hacen difícil su lectura desde el horizonte de la modernidad. Las odas fueron calificadas de artificiales e inútiles. Quien entendió desde el primer momento las intenciones de Pessoa al crear a Reis fue su entrañable amigo suicida Mario de Sá-Carneiro, quien después de recibir los primeros poemas del heterónimo le envió una carta fechada el 27 de enero de 1914:
 

Admirables, mi querido Poeta, las Odas de Ricardo Reis. Ha conseguido crear una "novedad" clásica, horaciana. Pues tal es la impresión que me han dejado. No sé por qué. Contienen elementos nuevos —en tanto no clásicas, paganas.

Y permítame decirle: una maravilla de impersonalidad, pues si en Caeiro aún rezumaba de vez en cuando el Maestro Pessoa, no sucede lo mismo en los versos de Reis. Éstos, siendo suyos en la belleza, en el genio, le pertenecen en su conjunto. La primera estrofa, de la 1ª. Oda es algo grandioso, muy nuevo —en su sencillez y en su clasicismo. Horacio multiplicado por el alma.


La valoración más contundente y quizá definitiva de la poesía de Ricardo Reis la expresó Eduardo Lourenço en su libro Pessoa revisitado. Para el filósofo y crítico al autor de las odas se deben "algunos de los poemas más logrados suscitados por el sentimiento de irrealidad y su topología quimérica". Lourenço supo advertir cómo bajo la precisión formal de la oda se opera una crítica del mismo texto poético y de la condición humana, lo que les otorga un sello de modernidad que las hace obras de nuestro tiempo: "en su forma de imitar a la antigüedad, en su perfección idealmente de mármol inscrito, dialogando con ella y en la verdad digna de ella, lo que sobresale es un fondo de angustia típicamente moderna, como moderna es la respuesta para lo no-respuesta de donde nace y se expande".

En su ya legendaria carta, en la que explica la génesis de los heterónimos, dirigida a Adolfo Casais Monteiro, con fecha 13 de enero de 1935, Pessoa escribió:
 

alrededor de 1912, salvo error (que no puede ser muy grande), se me ocurrió la idea de escribir unos poemas de índole pagana. Esbocé algo en versos irregulares (no en el estilo de Alvaro de Campos, sino en un estilo algo regular) y luego abandoné el asunto. Se me presentaba, sin embargo, en una penumbra mal urdida, un vago retrato de la persona que estaba escribiendo eso. (Había nacido, sin que lo supiese, Ricardo Reis).


En la misma carta Pessoa le comenta a su entonces joven corresponsal que Alberto Caeiro precisaba de discípulos. El autor de las odas fue uno de ellos. "Arranqué de su falso paganismo —continúa Pessoa— al Ricardo Reis latente, descubrí su nombre y lo ajusté a sí mismo, porque en esa época ya lo vislumbraba".

El indisciplinador de almas, como se calificó alguna vez el creador de Reis, señaló, algunos párrafos antes en la citada carta, el rasgo que definiría la poética de quien escribió las odas: "Puse en Ricardo Reis toda mi disciplina mental, vestida con la música que le es propia". Pessoa aprovechó la ocasión para consignar los datos biográficos de sus heterónimos. Con relación a éste escribió que había nacido "en 1887 (no me acuerdo del día ni del mes, pero los tengo en alguna parte) en Oporto, es médico y en la actualidad reside en Brasil". Más adelante mencionó algunas de sus señas particulares: "su estatura es un poco menor a la de Alvaro de Campos, pero es más fuerte, y más magro; su tez es de un moreno mate". Y luego se refiere a sus datos personales más destacados: "Ricardo Reis, educado en un colegio de jesuitas, es, como dije, médico; vive en Brasil desde 1919, pues se expatrió voluntariamente porque es monárquico. Es latinista por educación ajena y semi-helenista por educación propia".

En unos textos agrupados bajo el título Páginas íntimas e de auto-interpretação dio más datos sobre el autor de las odas que, por cierto, no corresponden con los expresados en la carta a Monteiro. En las Páginas… dice que lo hizo nacer dentro de su alma "el día 29 de enero de 1914, hacia las once de la noche". Eso en cuanto a su alma, porque para la "biografía oficial" indicó otra fecha y lugar de nacimiento: el 19 de septiembre de 1887, y más precisamente a las 4:05 de la tarde, según el horóscopo que le elaboró.

 
 
   

El alma de Pessoa estaba en Lisboa, pero la ciudad natal de Reis fue Oporto. Hay quien afirma que el cambio de lugar obedeció a que la austeridad de la ciudad sentaba mejor al espíritu ascético del poeta, que bebía en las fuentes de la moral y la poesía latina. En relación con las fechas, el interés de Pessoa por la astrología y el ocultismo, asuntos que tomó muy en serio, hizo que ajustara los personajes a condiciones astrales que definieran un perfil preciso. Todo era muy complejo en este portugués que estuvo a punto de convertirse en ciudadano británico y que desdeñó el reconocimiento público.

En esas mismas Páginas… Reis se refiere a la situación en que tuvo lugar el parto:
 

El día anterior había estaba oyendo una larga discusión sobre los excesos, especialmente de ejecución del arte moderno. Según mi procedimiento de sentir las cosas sin sentirlas, me abandoné a la ola de esa reacción momentánea. Cuando me di cuenta de que estaba pensando, vi que había dado cuerpo a una teoría neoclásica, y que la iba desarrollando. La encontré bella y pensé que sería interesante desarrollarla según principios que no adopto ni acepto. Se me ocurrió la idea de hacer un neoclasicismo "científico"… que reaccionara contra dos corrientes: tanto contra el romanticismo moderno, como contra el neoclasicismo a la Maurras...


Debe tomarse en cuenta que Pessoa era una personalidad polémica y que los heterónimos nacieron para depurar la poesía portuguesa de las excrecencias decimonónicas (parnasianismo, simbolismo, saudosismo, etcétera) y fundar la modernidad.

Pessoa hace que Reis habite mentalmente la antigüedad latina. Ahí construye un paisaje moral y lo rodea de una naturaleza impoluta. Reis reflexionará como Horacio en la reaparición de la primavera como motivo de alegría: es el momento de gozar la fugacidad de la vida. El día pasa: carpe diem. Contemplar el renacimiento de los follajes resulta doloroso si se le contrasta con la perspectiva sombría de un más allá sin esperanza. Los dioses paganos no dan respuesta a la angustiosa existencia de Reis. La Muerte preside sobre todos nuestros actos como una suma de muertes sucesivas a lo largo de una vida:
 

Tanto cuanto vivimos, vive la hora
En que vivimos, igualmente muerte
Cuando pasa con nosotros
Que pasamos con ella.

*Miguel Ángel Flores es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Sus libros más recientes son Umbral y memoria (México, UAM-Aldus, 1999) y un volumen en la colección Material de Lectura de la UNAM.