MALESTAR EN LA DEMOCRACIA
* Carlos San Juan Victoria
Si con toda justificación reprochamos al actual estado de nuestra cultura cuán insuficientemente realiza nuestra pretensión de un sistema de vida que nos haga felices; si le echamos en cara la magnitud de los sufrimientos, quizás evitables a que nos expone; si tratamos de desenmascarar con implacable crítica las raíces de su imperfección, seguramente ejercemos nuestro legítimo derecho, y no por ello demostramos ser enemigos de la cultura.
Sigmund Freud
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La frase que resume lo que vi en Los Cabos, dice una amiga, es: desiertos convertidos en campos de golf y a una distancia socialmente correcta las calles polvosas, donde se hacina la gente pobre que gana un salario mínimo en la zona hotelera. Esa imagen por desgracia también es la de un país cada vez más polarizado. En Ciudad Juárez tres terratenientes urbanos se disputan el botín de la propiedad urbana mientras se hacinan tres centenas de mujeres muertas. El sistema de justicia tiene dos niveles que sin pudor se exhiben: en uno, las grandes riquezas con sus cortes de abogados, cabilderos; las redes de influencia en los poderes. En el otro nivel se niega con argumentos legales —y con notable éxito— a regresar lo mal habido, mientras que en el sótano las cárceles se llenan de desempleados. En todo está la marca de una polarización cada vez más desnuda: seguridad, comunicación, educación, salud, ciudades, territorios; un mal vivir nacional que palpita en los extremos. Hay visos de que el país se fractura de manera material y simbólica. Su territorio, dice Claude Bataillon (Espacios mexicanos contemporáneos), tiene cuatro ejes sin mayor integración: el norte entrelazado al sur americano; el centro occidente exportador y de mercado interno; el centro histórico queda como reliquia del anterior modelo de sociedad cerrada; y el sur como mero proveedor de energía y de hombres. La modernidad exportadora se escinde de las cadenas productivas y comerciales internas, pero también de un presente agrario e indígena que se ve como rémora del pasado. El México formal y el informal acentúan sus diferencias. En lugar de conciliación de espacios, hombres, reglas y tiempos, hay una separación creciente como futuro a la mano. Sobre ese terreno incierto y frágil, polarizado y con fracturas, se construye la nueva polis con sus valores universales de inclusión de los ciudadanos y la democracia.

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¿Cómo se mira a esa polis en construcción que consolidó la alternancia, el sistema de partidos, cierta división de poderes y ha creado instituciones de vigilancia y contrapeso? Como un mundo autorreferente y aún por terminar, siendo el espacio público por excelencia; es tanto la casa de una política reconcentrada como el conjunto de sujetos especiales que la encarnan, la casta política por llamarla de alguna forma. También es el espacio de cierta irritación. En la reflexión más pausada hay claves importantes de esa desazón. Existe un malestar en la democracia porque, se dice, aún no se termina de desmontar el viejo edificio y crear la casa nueva (metapolítica); o bien, al nuevo edificio lo que le hace falta son inquilinos decentes. La democracia requiere de ciudadanos de "alta intensidad", con una nueva cultura política, pagadores de impuestos, respetuosos de leyes e instituciones y que además lean la revista Nexos. Pero desde fuera de ese mundo hay otros signos que expresan desapego: desencanto, presión social para franquear sus muros físicos y discursivos; elogio al autogobierno y repudio a un mundo cerrado y aparte. El malestar en la democracia entonces ¿qué nos dice?, ¿qué se escinde en el mundo de la política profesional de "lo político" (Chantal Moufe, El regreso de lo político); es decir, de relaciones de fuerza y de conflicto que no viven en el Congreso, sino en la sociedad; que hay instituciones sin adhesión social y separadas de esa realidad polarizada y fragmentada; o bien, sociedades premodernas que no entienden o no les convienen las nuevas reglas?

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Para aproximarse al problema: en un debate en la Casa Universitaria del Libro se planteó la urgencia de relacionar como problema a la democracia con la desigualdad. Un consejero ciudadano del ife ahí presente desenvainó el argumento políticamente correcto: ¿qué hay que atender primero, la desigualdad que es una carga histórica que arrastramos; o bien la democracia, la cual es un asunto de construir instituciones para elegir en apego a reglas al que toma decisiones aquí y ahora? Acaso necesitamos de dos décadas para lograr cierta reeducación en el liberalismo; de la omisión ilegal del artículo tercero constitucional que establece a la democracia como "un sistema de vida"; de la difusión intensa de un nuevo catecismo por revistas, periodistas y comentaristas que insisten en que el ciudadano es el que vota y que las elecciones son la democracia; todo ello de manera meticulosa y persistente erigió ese formidable lugar común. Si, la democracia es para elegir a los que deciden, entre otras cosas si se produce más desigualdad o condiciones para la igualdad.

Pero entonces ocurre un desencuentro. Por un lado, la ruta preciosista que trata de terminar el tramado institucional; mientras por el otro, al parecer paralelo, un país que se descarrila en el páramo de la desigualdad. El imaginario dominante dice: son mundos que no se tocan. Pero la nueva polis no está escindida de la desigualdad; al contrario, es una forma de organizar su representación, la cual se vincula con los dos extremos, el de la riqueza mayúscula y el de la pobreza masiva. Las campañas electorales tienden a ser concursos de cuantiosas fortunas invertidos en candidatos "gestores" de los intereses de grupos de poder. El voto duro se convierte en enlace buscado por partidos con sectores de la sociedad, los cuales no tienen de otra manera acceso alguno a los espacios públicos institucionales. Según un análisis del último proceso electoral el pri regresó como primera fuerza nacional gracias a su voto duro:
 

En esos 108 distritos, que componen 36% de la geografía distrital, los priístas mantienen viva su fuerza. Son los mismos distritos electorales que los han respaldado en, al menos, los últimos tres comicios federales y donde el trabajo político de otros partidos es casi nulo. Son los mismos distritos cuyos niveles de marginación social en promedio alcanzan, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (inegi), las características de "alta" y "muy alta" pobreza... un territorio electoral que abarca mil 672 municipios de los 2 mil 430 que forman el total nacional, cuya propiedad absoluta del tricolor les augura para las siguientes elecciones un voto "amarrado" (Enfoque, suplemento de Reforma, 17 de agosto de 2003).


Por eso la médula del asunto no es si se relaciona o no a la polis con la desigualdad; por el contrario, se trata de hablar de lo indecible en un mundo que se imagina autónomo y autorreferencial para imaginar otras formas, menos predadoras de riquezas y de dignidades, de intervención en y contra la desigualdad.

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Pero la política y su reflexión tienden a imaginar un mundo autónomo y cerrado. Cuando se vea con la distancia del tiempo y la cabeza fría, nuestra época tal vez resulte similar a otras que fabricaron grandes ilusiones o espíritus muy cínicos. La estación en que ese teatro de pasiones, de instintos predatorios, de afanes patrimoniales y de lucha por los despojos (Calasso, Las ruinas de Kash) que llamamos poder, se concibió como algo domesticable. La ilusión de oponer al juego desnudo de las fuerzas, la temperancia de las reglas; a las jerarquías de dominación, la república ideal de ciudadanos iguales y horizontales; al discurso del interés, el de las razones; a la cultura del súbdito, la del ciudadano; al gobierno desnudo de los más fuertes, el equilibrio de la democracia. Todo eso al alcance de la mano, como ruta de transición de un orden despótico, hacia otro imaginado horizontal y deliberativo; una república de ecuánimes y pensantes. Es, sin duda, un esfuerzo sostenido por generaciones que tiene varios frutos. Pero ¿dónde reside la ilusión? En que el territorio real de la jerarquía, la pasión y la fuerza es borrado, no del mundo sino de las coordenadas del nuevo orden imaginado. El mapa imaginario de la democracia carece de las cimas y los precipicios del mundo real; no traza equilibrios de fuerza porque la misma fuerza está tachada. Como toda época embriagada de ilusión, la nuestra también aportará sus muy duros baños de realidad, de cruda y desencanto. Del sueño plano y democrático al país de los relieves y la desigualdad. Esa es la transición que nos aguarda.

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Mientras tanto el dulce imaginario de los ciudadanos horizontales es penetrado a saco por los poderes de hecho. Las redes de poder e influencia atraviesan a las nuevas instituciones, y la vieja lucha de los grandes predadores por conquistar hombres, territorios y riquezas reinicia con otras máscaras. Se presume que la Coca Cola apoyó la campaña de su ex empleado a la presidencia y que tiempo después se ratificaron las concesiones preferentes de aguas nacionales muy baratas para un refresco muy caro. Se presumen apoyos de un oscuro empresario, con una riqueza aún más oscura, a Rosario Robles, la ex presidenta del prd. Roberto Hernández, íntimo amigo del ex presidente Zedillo, hace el negocio del siglo vendiendo a la nación la deuda inflada de Banamex. Leo que el auditor de la federación afirma que en este y otros casos hay un "exceso de discrecionalidad". Curiosa observación cuando la discrecionalidad es ya un exceso. ¿O tal vez un retrato de la verdad, donde el poder siempre es discrecional, pero ahora "se excedió"? Viejas historias que asustan por las nuevas. 

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La comunicación también crea las escisiones, pero ahora como imágenes. En un flujo coherente y generoso de imágenes las instituciones legitimadas por el voto hacen con desparpajo su vida pública. La burocracia y la clase política se dan puntapiés televisados, los ejecutivos gobiernan de cara a la televisión; y entre otras cosas, en ese escenario de banalidades, deciden asuntos tales como hacer infraestructuras sobre propiedad social sin consultar a los propietarios, firmar el tlc, el ipab y el castigo al gasto social. Como irrupción catártica, y a veces violenta, surgen las imágenes de la marcha zapatista del 2001; los estudiantes universitarios haciendo frente a la pfp; los campesinos de Atenco cerrando carreteras; los jinetes de El Campo No Aguanta Más irrumpiendo en el Congreso; el ezln haciendo caracoles al sistema político y llamando con el caracol milenario a las regiones indígenas al autogobierno. La sociedad que demanda y se queja recibe un parecido manejo al de la sociedad que se hiere y roba, es decir, como de nota roja. Al final se escucha lo que se quiere, es decir, no se escucha. 
 

Tras los inestables bastidores de lo que se da en llamarse "realidad" se agolpan las voces. Si nadie las escucha se enseñorean del traje del primero que irrumpe en escena, y el resultado puede ser catastrófico. Aquello que no encuentra quien lo escuche puede volverse violento (Calasso, La literatura y los dioses).


Prensa, televisión y radio reinstalaron la caverna de Platón, el mundo sensible, que atrapa a la razón en su ritmo masivo y persistente. Lo que en su momento hizo la religión, después la historia, ahora lo hacen los medios de comunicación masiva: producir sentido socialmente aceptado y lo hacen en un fluir constante, que seduce con el anzuelo de la feria de imágenes y de conocer los "hechos" en el momento mismo en que ocurren en cualquier lugar del mundo. Nos hace contemporáneos y simultáneos, parte de una comunidad que palpita, llámese nación o mundo. Y también da sentido, entre otros asuntos, del orden y del caos, de la seguridad y del miedo, de lo que se valora y lo que se desprecia. 

El flujo persistente de palabras e imágenes dibuja un contrapunto: el orden y su contrario, el caos; la palabra (solemne, pícara o aburrida, pero palabra al fin) y su agrio contraste, el grito; los lenguajes corporales ecuánimes, frente a gestos descompuestos y violentos. ¿Qué nos dice esta polaridad de imágenes más allá de la veleidad de sus actores y de la coyuntura? Que la política, otra vez, es un espacio ubicado, con rituales y picardías permitidas con personajes que se sonríen mientras se apuñalan; que es como un mirador shakesperiano (de octava) sobre la corte y sus pasiones; que los asuntos cuando se tocan son fragmentarios y no dejan estela alguna. La política es un lugar y está cerrado. Lo que hace la sociedad tiene tintes de nota roja. ¿Qué más nos dice la polaridad de imágenes? En el fluir pícaro, banal y ordenado de la vida pública, efectos de ocultamiento y traslado. En la ruptura y el grito en close up, vuelto fragmento y editado, efectos de desvalorización y condena. Cada escándalo de Marta Sahagún y la corte pluripartidista de lazarillos que nutren a la clase política, tapa la crisis terminal del empleo, la salud y la educación como derechos universales. Los caballos en el Congreso propician la generación de miedos que de inmediato condenan. ¿Que el campo recibe recursos públicos cada vez más disminuidos desde hace 20 años? No es la nota. Al igual que en otros terrenos de la realidad social, la desigualdad se expresa en los medios de comunicación masiva como el monopolio del sentido, sin contrapeso legal e institucional, sin pluralidad de emisores que luchen por su diversidad y su confrontación. 

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La polis imaginada, hasta ahora, se amolda al paso de la desigualdad y la fractura. Produce y reproduce polarización, es parte eficiente del país centrípeto. El debate sobre la iniciativa zapatista para crear las Juntas de Buen Gobierno denuncia reflexiones sin punto de encuentro. Por un lado, la esterilización de los outsiders (y su confirmación como tales) reducidos en su heterodoxa palabra a circo, carnaval, subterfugio para salir del encierro, lugares comunes de autonomía municipal absorbibles por el gran lugar común del 115 constitucional. No pasa nada. Por el otro, las microutopías locales, que en el caso de los pueblos indígenas son necesidad más que virtud. Vivir del esfuerzo común porque están negados los recursos y los espacios públicos institucionales. En un polo, se sigue construyendo el edificio cerrado y autorreferente. En el otro, la vida social se las arregla como puede y en ocasiones puede mucho. ¿Y dónde queda la nueva polis, la que junte lo desmembrado?

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En 1930 Edith Hamilton hacía un intenso llamado para que Occidente recuperara el equilibrio en el juego de oposiciones que desde su origen le acompañan:
 

Cuando el más sabio legislador de Roma dijo que la aplicación de una ley absolutamente justa, sin excepciones, sin tomar en cuenta diferencias particulares, producía una injusticia absoluta, estaba declarando en realidad que Roma había logrado, en este ámbito, percibir el equilibrio entre lo individual y lo general; entre los derechos del hombre y los de la mayoría; entre la simpatía de los hombres y su razón (Hamilton, El camino de los griegos).


Algo similar se requiere ahora frente al diálogo de sordos de un exacerbado individualismo y los elogios melancólicos al espíritu gregario; entre la soledad de la comunidad política profesional y la manera arrebatada en que los ciudadanos de a pie deben ganar un espacio en lo público; entre una modernidad política autorreferente y el mundo de las impurezas y de las fuerzas de "lo político". Habrá que producir nuestro propio equilibrio. Y entre el país de las escisiones y la nueva polis, hay un camino abierto para aceptar y resolver fracturas; para pensar y hacer mundos institucionales abiertos e híbridos; para lanzar amplias redes que atrapen al poder predatorio; para imaginar constelaciones de sentido, de contra poder, de pluralidad de espacios públicos. 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
¿Será posible una nueva polis si se mantiene la más grave escisión, la del México formal y la del México informal, donde más de 60% de la población es ilegal en su país? ¿Qué coberturas institucionales para la ley, la seguridad, la educación, el pago de impuestos, son posibles en esas condiciones? O la nueva polis reconoce esta fractura y se abre a reglas e instituciones para reconocer, valorar y apoyar a esta mayoría de mexicanos, o por el contrario, trabajará de manera eficiente para mantenerlos como ciudadanos precarios. ¿Será posible mantener la ficción de un centro territorial cuando existen ya cuatro ejes y no se requiere entonces de formas de representación de regiones, más allá de los estados y del senado? ¿Se puede seguir ignorando que la gran mayoría de los mexicanos resuelven sus problemas en redes e instituciones locales que no son el municipio, y que por ello debe aceptarse un cuarto piso de gobierno, el social y además local; el cual deriva de la federación y está dotado con una fuerte autonomía?

Entonces en lugar de imaginar a la polis como un edificio cercado y cerrado, se estaría imaginando una constelación abierta que también fuese una red; la cual logre frenar la disgregación y atrape a los poderes de facto, capaz de dar un rumbo colectivo y no de facción. 

Constelación híbrida conformada por instituciones que supervisen y contrapesen a un poder asumido en toda su contrariedad, como arbitrariedad intrínseca. Y tan valiosa es la Auditoría Superior de la Federación ya en funciones, la cual hay que concebirla como un órgano ciudadano y autónomo —aún inexistente— que deba vigilar los recursos públicos, y el patrimonio y los bienes públicos. Constelación abierta a la sociedad: tan necesitada de reglas de cabildeo, las cuales promuevan los intereses sociales en el congreso; siendo esto el reconocimiento institucional a las formas de autogobierno social y a su capacidad para crear nuevos espacios públicos. Constelación responsable ante la sociedad: con revocación del mandato y rendición de cuentas hacia toda instancia que maneje recursos públicos; sean niveles de gobierno, poderes de la unión o partidos políticos reconocidos como de interés público. Constelación que exprese muchos sentidos y cobije a muchas voces para enfrentar el gran reto de ser nación viable y con futuro: ver de frente y enfrentar en ánimo conciliatorio a todas las escisiones.•

*Carlos San Juan Victoria (Oaxaca, 1951), economista e historiador, es investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Entre sus libros publicados podemos señalar: Vidas paralelas: cinco hipótesis sobre los pueblos indígenas y los ciudadanos, actores marginales del siglo XX (Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana), ¿Si regresan los pueblos? Problemas de la reconstitución de los pueblos indígenas (Instituto Nacional Indigenista); fue cocoordinador del volumen ¿Una ciudad para todos? La experiencia del primer gobierno electo en la ciudad de México (UAM/UNAM/INAH).
 Bibliografía

Claude Bataillon, Espacios mexicanos contemporáneos, México, FCE/El Colegio de México, 1997.

Chantal Moufe, El regreso de lo político, Barcelona, Paidós, 1999.

Roberto Calasso, Las ruinas de Kash, Barcelona, Anagrama, 1996.

, La literatura y los dioses, Barcelona, Anagrama, 2002.

Edith Hamilton, El camino de los griegos, Barcelona, FCE/Turner, 2002.

Sigmund Freud, El malestar en la cultura, Madrid, Alianza, 1995.  •