Valentina, sin tiempo
*Carlos Martínez Ulloa
El amor es un episodio en la vida de un hombre, pero es toda la existencia de la mujer.
Lord Byron


Valentina vivió siempre con la sensación de que era percibida como una mujer singular. Su inclinación a evitar la temática corriente le hacía difícil intimar, a lo que ayudaba el hecho de que casi siempre estaba más allá de lo trivial.

Evitando las insignificancias de la vida cotidiana, hacía que su tiempo no aceptara ninguna dimensión futura y mucho menos una justificación en función del pasado. Además, había logrado cancelar lo tortuoso de la memoria, lo cual la circunscribía, de manera inexorable, a manejarse sólo en función del tiempo real, el único que aceptaba como actual. Así, su realidad era diaria, siempre distinta y permanentemente nueva. A la vez, su vigencia, hasta donde era posible, tomaba lugar en la dimensión de un tiempo con un solo tiempo: el presente, aquel que no requiere de elaboraciones y mucho menos de justificaciones, aquel que ni siquiera crea la necesidad de almacenar sensaciones y así evitar el riesgo de recordarlas.

Cuando así se lo proponía, Valentina podía crear cercanía con aquellos que le representaran un beneficio inmediato. Con gran precisión, a veces contenida y en ocasiones metódica, sabía manejar a hombres y mujeres por igual, propiciando reacciones que normalmente sólo se evidencian por efecto de la intimidad. El conocimiento intuitivo de la condición humana y la frialdad en el logro de sus propósitos le daban una ventaja sobre aquellos que no lograban anticipar los motivos de sus acciones.

Estas características habían convertido a Valentina en una sobreviviente natural. No por ella misma, sino con base en la explotación de sus habilidades y de las complicidades que creaba su forma de ser. Con singular sello, marcaba a aquellos con quienes se relacionaba, aunque sus efectos difícilmente perduraran, ya sea por su falta de interés, por inconstancia o bien por la mal fingida renuencia a aceptar las debilidades de la solidaridad emocional.

Cuando Lucas se atravesó en el tiempo siempre presente de Valentina, jamás imaginó que ella llegaría a convertirse en una obsesión. Al principio supuso que sería una aventura ligera y compacta, de esas que resultan fáciles de narrar a los amigos en una noche de farra. Precisamente por la ausencia de compromisos mutuos iniciales y el tono casual en el que se establecieron esos primeros contactos, imaginó que sería uno más de aquellos amoríos circunstanciales que se olvidan sin dejar rostro ni rastro, una vez que la familiaridad sexual hace su oficio e invita al olvido: una relación más, desteñida por el tiempo y condenada al baúl de lo prescindible.

El enganche de Lucas se produjo cuando se reconoció afectado por la realidad de Valentina, misma que fue descubriendo paulatinamente. Se inició cuando se enteró del origen de los dos hijos que había tenido, muy a su pesar, y casi como resultado de actitudes irresponsables. Supuso entonces que Valentina aceptó, aunque no perdonó, el abandono de los hombres de quienes parió a sus hijos. En los hechos, fue ella quien los dejó cuando la convivencia, si es que verdaderamente la hubo, era ya insostenible. Esta anticipación le permitió mantener el orgullo y un cierto equilibrio anímico, en medio de antecedentes familiares desafortunados y un país notoriamente machista en donde la incidencia de madres solteras es cada vez más común.

La identificación de Lucas con Valentina se dio poco a poco y podría decirse que muy a pesar de ambos. Ella fue lo suficientemente ingenua para hablar siempre en tiempo presente, sin ocultar las cicatrices con las que la vida le había decorado el alma. A la vez, hablaba de su encuentro con Lucas como si fuera el primero y el único que le había dejado alguna huella pertinaz. Esto la fue impulsando a demandar una relación cada vez más cercana, sin ambages, en donde no cabía nada ni nadie más: ni las ocupaciones de Lucas, ni su pasado, ni su familia y mucho menos amores tardíos que estuvieran anclados en su memoria.

Con frecuencia, Lucas se descubría siguiendo con obstinada atención cada una de las acciones de Valentina: los gestos con los que acompañaba el hablar, el desenfado con el que fumaba, la manera como se movía o su despatarrada forma de caminar. Con el tiempo, sobre el rostro que conoció al inicio se fueron depositando los vestigios de los antidepre-sivos que menguaban su desorden bipolar y se manifestaban en el endurecimiento de la piel de la cara, el envejecimiento prematuro del cuello, en su frente amplia, los labios finos y extendidos y los párpados que encubrían sus ojos color de miel. Y sin embargo, cuando posteriormente la evocaba, era siempre sin rostro. Era una forma intuitiva de evitar reconocer la fisonomía del miedo, mismo que lo intimidaba y que pocas veces podía descifrar. No obstante, era común que recordara escenas gratas como cuando ella se desnudaba al atardecer, después de cada comida, en preámbulo para hacer el amor. Primero se apoyaba en una rodilla y después en la otra para desembarazarse de los pantalones que regularmente usaba. Después seguía la ropa interior. Para entonces ya no podía apartar la vista de su nuca, de sus hombros, de sus pechos, de sus nalgas redondas y la armonía que creaban con los gruesos muslos y las bien cimentadas pantorrillas. Toda esa ceremonia, a fuerza de repetirse de manera simétrica y pausada, le llegó a ser muy familiar.

La juventud de Lucas había transcurrido entre piscinas, dada su afición por la natación y los deportes acuáticos. Había entonces presenciado el deambular de todo tipo de cuerpos femeninos. Aunque Valentina tenía una silueta robusta y más atlética que femenina, más exuberante que aquellas que en ese entonces le gustaba mirar, lo que cautivaba su mirada eran sus posturas, sus movimientos, su afición a la ropa interior abiertamente sexual, su extravagancia erótica dispuesta a complacer, lo que la hacía ser fluida, graciosa y seductora al amar.

En la vida, Valentina intentó rebelarse contra su suerte, aunque pronto entendió que amar era sinónimo de servicio. Como eran pocos los servicios que ella podía ofrecer, terminó en el único del que era rápida y permanentemente gratificada: el sexual. Se trataba tan sólo de ser condescendiente con los hombres, sus únicos proveedores, por siete minutos, según Irving Wallace, o bien once minutos, de acuerdo a Paulo Coelho, y así lograr sus propósitos de supervivencia. Le resultaba menos insoportable abrir las piernas por esos minutos al día, que largas jornadas de trabajo, rodeada de gente incómoda y labores aburridas, en donde poco o nada podría trascender. Y esta manera de solventar su problemática económica, con tan poco esfuerzo, era algo de lo que muy pocas mujeres se podían vanagloriar. Por ello, insistía en vivir en la dimensión del tiempo presente, en la sorpresa de lo inesperado, a contrapelo de un mundo experto en medir todo con el tiempo. Le ahorraba la culpa y los sinsabores de las malas memorias y le facilitaba el actuar sin moral y sin reproches. 

Las dudas de Lucas provenían de relacionar la vida de Valentina primordialmente con el uso y abuso del sexo como medio de vida. En parte, ese sentimiento había sido confirmado por ella cuando en uno de sus frecuentes momentos de descuido le había confesado con plena inconciencia que, como casi todas las mujeres, era medio alcohólica y medio prostituta. La diferencia con las demás era su plena conciencia sobre las razones de su conducta. ¿Por qué los hombres todo lo tienen que relacionar con el sexo? Lucas no lo sabía, ni siquiera en él mismo, pero se le hacía inevitable. Una vez sembrada la inquietud, ahí quedaba. La podía ignorar, perdonar, entender, superar, pero olvidar, jamás.

En otra ocasión Valentina le había confiado a una amiga común que hacerle el amor a Lucas ya le resultaba aburrido. ¿Por qué entonces se involucraba y fingía que le gustaba? El problema no es contigo, había respondido al ser cuestionada al respecto. Me agrada saberme capaz de hacerte gozar, esa es mi retribución. Mi problema es conmigo. Me he acostado con demasiados hombres y la mayoría de las veces no por mi decisión sino por concesión. Muchas de ellas, las más, para conseguir algo; otras más, por la mera compañía, por sentirme deseada, buscada, amada; también para evitar el aburrimiento. Es una alternativa real y actual a la soledad. Pero aceptado esto, inquirió ella, ¿por qué insistes en estar conmigo, en buscarme, en quererme, si me piensas, aunque no me tratas, como una prostituta?

No tiene que ver con lo que haces para sobrevivir, contestaría Lucas, sino con la mujer que eres a pesar tuyo: inteligente, sensible, pero sobre todo tienes un brillo en los ojos que proviene de una fuerza interna difícil de encontrar y más aún de repetir. Tienes la fuerza para sacrificar cosas importantes y sacrificarte tú misma en nombre de otras que juzgas todavía más importantes. 

Esa luz se manifiesta siempre en los ojos y tus ojos brillan perennemente, desde el primer día. Y yo me he sentido parte de esa luz. Acepto el gusto de estar contigo, pero también me aburre poseerte y encontrar una respuesta siempre igual. Imagino tus gemidos, los rictus de tu cara, tu mecánica sexual siempre parecida, nunca espontánea y por lo tanto fingida; jamás diferente, ni conmigo ni con nadie. Medias respuestas a compromisos parciales, indiferentes, inclusive del compañero en turno. Confieso también, añadiría Lucas, que ése es mi problema y que tampoco tiene que ver contigo y sí con esa carencia que tú señalas de formas de engañar a la soledad, que por lo visto es más común de lo que estamos dispuestos a aceptar. Pero que también revela que la atracción central por ti no es física sino basada en algo más profundo y complicado que tiene que ver con la propia identidad. La conciencia es tramposa y en los momentos más inoportunos siempre encuentra modos para ponernos de frente a los espejos en donde nos gusta mirarnos. Y esa es parte de la negra complicidad que he desarrollado contigo a manera de una incómoda y no buscada codependencia.

Las palabras de Lucas eran pausadas, incluso tímidas. Se daba cuenta que ella era capaz de obtener lo que quería de los hombres que escogía, siempre seleccionados de acuerdo a esa intuición femenina que le garantizaba obtener la delantera con base en su superioridad física y una marcada diferencia de edades, y por lo tanto control casi absoluto de los momentos previos al sexo. Operaba y utilizaba con ventaja ese sencillo principio femenino tan viejo y vigente como la humanidad misma para lograr lo que buscaba. En esa intimidad en donde no cabían los reclamos, Valentina narró que se había casado tres veces sin haber estado realmente involucrada en ninguna de ellas. Eran las circunstancias, como en la mayor parte de las decisiones importantes de su vida, las que habían imperado, haciéndola rehén de sus propios impulsos y errores. De hecho, guardaría el estigma del porqué la suerte se las ingeniaba para que actuara de manera igual y recurrente, siempre opuesta a sus genuinos intereses. Neurosis, pensaría, ¡todo por esta maldita bipolaridad!

Lucas comentó que a lo largo de su vida había ganado mucho dinero. De manera tan fácil que no había sabido, ni buscado, retenerlo. Pensó que la suerte y su talento estarían de su lado cada vez que así lo necesitara. Desde muy joven había viajado mucho por razones de trabajo. Había logrado el reconocimiento que lo catalogaba como uno de los mejores financieros del orbe, lo que indudablemente le había creado enemigos gratuitos entre la clase política de su tiempo, quienes veían en él un enemigo natural. Pero tampoco supo, ni quiso, crear alianzas. La competencia le aburría y por ello la desdeñaba. No aspirar al reconocimiento del éxito era más que razón para no tener que hacer concesiones innecesarias.

¿Te han hecho sufrir las mujeres?, preguntó ella, dándose cuenta que nadie habla de estos temas con absoluta verdad. Recuerdo malestares, contestó, que no duraron. He sido feliz con la cantidad de oportunidades que la vida me ha concedido. Fui traicionado y traicioné como cualquier pareja normal. Sin embargo, después de algún tiempo, lo que he extrañado más es no tener continuidad con algunas parejas excepcionales, pero en resumen mi vida carece del glamour que mucha gente me atribuye por mis éxitos profesionales. En general he sido discreto y callado, y mientras más lo soy, más inteligente e interesante me suponen, por este mundo lleno de gente ávida de ser escuchada y percibida.

Por lo que a mí respecta y como resultado de mi condición psicótica, diría ella, casi en tono de burla de sí misma, yo puedo desdoblarme en múltiples personalidades dependiendo de la gente que tengo enfrente. Puedo parecer ingenua y hasta pretender tratar con admiración a aquellos hombres inseguros y de gran ego. Puedo ser una hija de la chingada y atacar sin piedad cuando no obtengo lo deseado, y también puedo ser paciente y modosita ante quien busca comprensión. Claro, siempre a cambio de algo. Finalmente, en esta vida todo es un gran trueque, desorganizado e inconsciente, en donde mi ventaja se encuentra en saber con verdadera precisión lo que ofrezco y lo que busco. Eso crea una cierta superioridad sobre las grandes hordas de mujeres insulsas y pendejas que pululan por doquier. La vida me ha enseñado a ser mañosa y quisquillosa, y a aprender que las historias ajenas me entren por un oído y me salgan por el otro sin dejar huella. No tengo capacidad para digerir nada que no sean mis propios problemas y, en algún grado, los de mis hijos. De los demás, puedo prescindir sin ningún esfuerzo o remordimiento, de tal forma que ya no sé si lo más importante en mi vida haya sido vivir o fingir que he vivido. Todo queda inscrito en esa gran inconsciencia que somos y con la que nos movemos. 

Como le pasaba con frecuencia, no había terminado de decir esto cuando ya le pesaba haber abierto una puerta que después no sabría cómo cerrar. Por lo pronto, agradecía que la hubiera escuchado sin reproches y con atención, aunque cabía la posibilidad de que fuera por mera curiosidad que más tarde se convirtiera en desconfianza. Pero en el fondo, le daba igual. Si no era Lucas, sería alguien más el que en el futuro estaría a su lado. De eso estaba segura. Tal vez hasta podría llegar a aceptar que confiaba en no permanecer indefinidamente junto a nadie. Aunque hubiera perfeccionado un discurso para tratar de convencer a todos sus amantes de que eran los primeros, únicos e irrepetibles. Y esto la hacía singular en los métodos para explotar y beneficiarse de la vanidad masculina.

De cualquier forma, su tendencia a vivir sólo en el tiempo presente le permitía gozar de la intensidad de cada momento. Era innegable que Lucas le despertaba emociones que estaban casi olvidadas. Le evitaba enfrentar el volcán que de otra forma estaría a punto de explotar. Nunca supo, a conciencia, si este efecto provenía del contacto con Lucas o de los múltiples medicamentos que le administraban para controlar los efectos de su bipolaridad. Lo que era evidente es que esperaba de Lucas una entrega total y sin condiciones. Sobre todo sin que mediara la reciprocidad como requisito previo. Esperaba que él encontrara en la satisfacción de su pasión la solución para todos su problemas. A cambio, ella le depositaba toda la responsabilidad para hacerla feliz y toda la culpa por su posible falla, incluyendo la euforia o la frustración derivada de saberse compradora compulsiva.

Las cosas cambiaron de manera imprevista cuando un día Lucas descubrió que Valentina mantenía relaciones paralelas. Habían sido tantas y tan imprecisas que simplemente perdió el interés de conocer detalles o las causas de esa carencia de mínima lealtad. Para Valentina significaban futuras posibilidades que el recuerdo de pasadas estrecheces económicas le habían enseñado a no desdeñar. Para Lucas, a pesar del sentimiento que todo esto le causaba, el impacto fue demoledor, por lo que una tarde lluviosa le escribió una escueta nota de despedida que decía:
 

Valentina: estoy cansado de comprar tu amor y aún así tener que compartirte. Me ofende no saberme indispensable y único. Parto a enfrentar mi sino sin ti.

Lucas


Al principio, Valentina tomó el incidente con la familiaridad acostumbrada de ocasiones anteriores. Su rabia era sólo el no haber anticipado el momento y ser ella la que propiciara el desprendimiento. Pero pronto empezó a navegar en un mar desconocido. Se sintió decepcionada de que Lucas no hubiera comprendido sus necesidades económicas plenas y que esto le hiciera vivir con inseguridad. A pesar de que estaba acostumbrada al dolor, este, en particular, era uno que ocupaba espacios incómodos. Todas las mañanas cuando se ejercitaba le exigía a su cuerpo hasta que se extenuaba y probaba sus límites físicos. Le gustaba esa sensación de probar sus límites y que provenía de la fuerza interior que produce el poder lidiar con el dolor, pero este era diferente. No aceptaba que Lucas, sin más, hubiera renunciado al tiempo que ella le dedicaba y a las formas que había encontrado para proporcionarse un mutuo placer. Le parecía que había perdido la oportunidad de seguir haciendo contacto consigo misma, aunque persistieran angustias ajenas a Lucas, como resabios de una vida anterior que, aunque lo desconociera, simplemente no había encontrado forma de identificar y erradicar.

Pero esta vez no le estaba resultando el ciclo en el que se enamora, encuentra, pierde y vuelve a encontrar otra vez. A pesar de que nunca había imaginado que esta relación fuera para siempre, había un sueño roto, un responsable y una cuenta que saldar. Y con ella, por qué no, todas las cuentas atrasadas que cargaba en su ánimo, que el estúpido psiquiatra insistía en achacar a los efectos de la bipolaridad. La pérdida temprana del padre, el abandono de la madre con su abuela para poder volverse a casar, el doloroso deceso de esta última, los amores frustrados, los matrimonios fallidos, los abortos, los hijos no deseados, los intentos de suicidio, eran hechos que, pese a sus esfuerzos por ignorar, anidaban permanentemente en su ánimo.

A pesar de ello, Valentina sentía que con Lucas había habido tiempo para casi todo: para conocerse, para soñar, para construir y también para destruir; para rectificar, para reír, para propiciar y recibir agravios; para gemir, para fingir, para hablar, gritar y a la vez amar; tiempo de guerra y también de paz; tiempo de ganar y ocasionalmente perder. Pero ahora había llegado el tiempo de odiar y sobre todo de vengar, aunque le tomara energía, imaginación y paciencia planearlo y llevar a cabo sus propósitos.

La mañana de la cuenta regresiva Valentina tenía un malestar en el vientre. Había ingerido la última dosis de un despa-rasitante que le habían recetado y por ello se sentía débil, cansada, llena de irrealidad y de frío, pero con el sentido intacto de la sed de venganza. Había trazado un plan y empezado a vislumbrar los hechos. Eso no impidió que la inundaran las ganas de sollozar. Lo hacía con frecuencia. Con causa justificada o sin ella. Era uno de sus muchos trucos para convencer, aunque en este caso no hubiera nadie enfrente a quien conmover. Se debía, tal vez, al presagio de lo que estaba por suceder. Había dormido mal la noche previa, como casi todas las noches, pero esta vez se sentía particularmente agotada. Sólo la impaciencia la mantenía e pie. Como todos los días, acudió al gimnasio, platicó con las mismas gentes, realizó sus mismas rutinas, para luego desayunar con Malhechor, un indio ladino, obsesionado con el sexo vulgar, con quién ya sostenía una incipiente relación. Posteriormente llamó a Lucas y le pidió una reunión para regresarse objetos que se guardaban mutuamente. Al principio Lucas se rehusó, alegando que nuevos encuentros eran innecesarios y dolorosos para ambos, pero terminó aceptando en afán de condescender. No tardará mucho, aclaró ella, tan sólo quiero cerrar nuestra historia con el colofón adecuado, para lo cual se acordaron los detalles y la hora de la cita. Esa tarde Valentina se vio con Malhechor e hizo el amor con él. Lo hizo con el usual desgano, incluso con asco. Recordó las múltiples ocasiones en que ya le había sucedido, pero necesitaba valor y determinación para lo que vendría y nada como sentirse, una vez más, indigna, usada y al borde del vértigo.

Cuando se quedó sola, encontró el dinero que este hombre había dejado sobre la mesa. Eso aumentó, por si fuera necesario, su espíritu de revancha y el deseo de ejercer la justicia por su propia mano. El temor se anidó en la tristeza de su cuerpo sucio y en el vómito que esto le provocó. Se bañó, arregló y quedó lista para el encuentro.

Un poco más tarde, subió a su coche y se dirigió al departamento de Lucas, aun sabiendo que faltaba una hora para la cita y que él se había rehusado a que fuera en ese lugar. Se estacionó a unas cuadras del sitio para no levantar sospechas y caminó lentamente hacia su destino. Valentina usó su llave para entrar y lo encontró sentado en su escritorio, frente a la computadora de la que se despegó con gran asombro al verla. Ella hizo un ademán pidiéndole que no se levantara y se disculpó por lo imprevisto de su visita, para después solicitar pasar al baño. Lucas permaneció inmóvil y atónito sin alcanzar a decir palabra. Al dirigirse al baño, Valentina torció el camino y e encaminó a la recámara para encontrar el mueble donde sabía que había una pistola, misma que to-mó y empuñó. Salió con ella a enfrentar a su enemigo y apretó el gatillo dos veces, las que fueron suficientes para que, incrédulo, Lucas cayera muerto. Hecho esto, desordenó el lugar, buscó en su pantalón, vació la cartera, guardó el dinero, limpió el revolver de huellas, lo depositó en su bolso para después tirarlo en una alcantarilla y partió como había venido: con cara de asombro y un enorme rencor, todavía insatisfecho, en el pecho. Los hechos nunca se aclararon y el caso se archivó bajo el rubro de robo, asalto y homicidio no resueltos.

Valentina regresó a su rutina de dar vueltas y vueltas de angustia y a la nostalgia por la parte de la relación con Lucas con la cual se quedó. Varias veces trató de escribir para desahogar la nostalgia y los más caros recuerdos y levantar las anclas de la memoria y así evitar el exilio a la locura. Pero nunca logró llenar más que algunas cuartillas sin hilo y sin continuidad, que al final resultaban ininteligibles para cualquiera que no fuera ella. Tiempo le llevó reconocer que con Lucas había eliminado a su otro yo: el que le molestaba y la incomodaba: el que la reflejaba y le recordaba esa parte de la conciencia que detestaba, tal vez porque le resultaba más real que la que ella reconocía como propia. Aun así la necesitaba, si es que realmente le interesaba enfrentar su identidad perdida. 

Con el tiempo desarrolló y se enredó aún más en la relación con el indio Malhechor: un autonombrado rey mago venido a menos, al que ella supo manejar y explotar a su entero capricho. Era rey en la complacencia con la que se juzgaba a sí mismo y a las dádivas que le proporcionaba, y mago por la forma como ignoró o desapareció el pasado y la realidad de Valentina, quién a pesar de ello no logró encontrar otra razón para esa relación que no fuera el interés por seguir sobreviviendo sin necesidad de conectarse con otro tiempo y otras personas que no fueran del presente.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
   

Con frecuencia se encontraba llena de indecisión y soñando con la eventualidad de vivir dentro de un sueño. Justo como le había pasado en incontables veces anteriores, esta posibilidad le calmaba el ánimo, ya que era la forma de tener experiencias profundas sin terminar comprometiéndose y así permanecer ajena a todo lo real.

Estas escenas de alguna manera correspondían a lo que Lucas previó que le terminaría por pasar a Valentina: se quedaría sin tiempo, la muerte anidaría en su corazón y sin él para propiciárselo, la búsqueda de su identidad le resultaría por siempre infructuosa. Muchas veces le repitió que él vivía, viajaba, soñaba con su casa, su país, su territorio y la presencia de Valentina encima. Esa era la identidad que se daba a sí mismo y que prevalecería en su ánimo hasta el día final, en el que todo se apagaría o resplandecería con mayor fulgor.

Por su parte, Valentina, con una frecuencia que se repetiría hasta la náusea, continuaría rompiendo ataduras y partiendo y dejando todo atrás. Como si su vida comenzara de nuevo todos los días, sin pasado, sin recuerdos ni añoranzas, no obstante que a esta temprana edad ya había transitado por más caminos de los que cualquiera sería capaz de recordar. Sus raíces, si alguna vez las tuvo, se secarían sin remedio o pretensión de retoñar y así, su destino, por tanto tiempo temido, terminaría por encontrar su cauce final: quedarse sin tiempo, sin sueños y sin ánimo para amar.
 

México, D.F., verano de 2004
*Carlos Martínez Ulloa es economista, por la unam. Becado por la onu, realizó su doctorado en la Universidad de Columbia. Hizo un posdoctorado en la Universidad de Sussex. Se ha desempeñado en el área financiera del sector público. Es editorialista del diario El Economista y la revista Nexos