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APUNTE
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| Cada
quien construye su propio jardín, cada quien acabará siendo
su propio laberinto. Sin ambos, seríamos presa fácil. La
sobrevivencia exige el pasadizo, la puerta falsa, la penumbra, el escamoteo,
la reticencia, el camino tapiado. Al final, en el centro, se despliegan
la palma y el ciprés, el estanque, la columna y su nube.
Patricia Lagarde naturalmente pierde el ovillo y avanza sin temor al
encuentro del monstruo; jamás intentaría su muerte. Ansía
encontrarlo y compartir con él su íntimo huerto. A ambos
los une una prosapia real, los dos aborrecen los rostros de la plebe, "caras
descoloridas y aplanadas, como la mano abierta", dice el Asterión
borgiano, "no en vano fue una reina mi madre, no puedo confundirme con
el vulgo, aunque mi modestia lo quiera". |
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| Ellos salen cada atardecer al caótico y fétido dédalo
de los hombres. Pronto el vocerío, laberinto de improperios, los
aturde y regresan.
Patricia Lagarde recorre lentamente los corredores, acari-cia sus muros
mohosos, llega al jardín, recolecta sámaras e insectos, se
recuesta junto al agua y sueña. Entonces el minotauro, tímido
analfabeta, asoma su testuz sobre la alta cornisa y observa complacido.
Sin duda, la invención del laberinto es la obra de arte por excelencia.
Es más, toda obra de arte genuina deviene laberinto. Es a fin de
cuentas el más eficaz remedio que poseemos "para no sucumbir frente
a la verdad" (Nietzsche). Entendiendo esta facultad falsificadora del arte
como la que le da, paradójicamente, su preponderancia metafísica,
anulando el logos predicativo-discursivo, para acceder a la unión
de forma y pensamiento, grado supremo de lucidez intelectual. La apariencia
fluctuante deja de ser un simple engaño y se revela como la manifestación
más entrañable de la esencia. En el laberinto, el engaño
es verdad, la pérdida es hallazgo, el final es inicio. |
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| Patricia Lagarde lleva al extremo tal paradoja. La imagen inicial se
desdobla, multiplicando indefinidamente los senderos. A mayor precisión,
mayor confusión. Cada destello engendra nuevos espejismos, el tiempo
se estanca o retrocede, la escala se vuelve desmesura, el centro desplazado
hacia el lindero se dinamiza y anula.
Pese a lo dicho, en sus fotografías vemos cosas cotidianas. Los
salones esperan al visitante o al actor. Están desnudos y sin embargo
invitan a ser habitados. Si el tamaño de las puertas y escaleras
corresponden con la escala humana, podemos inferir dimensiones convencionales.
En el llamado jardín sólo se suceden elementos reconocibles
y amables. ¿En dónde aguarda entonces la confusión
o el peligro? ¿Cuá-les son sus reglas, si las hay? ¿Quién
lo recorre? ¿Cuál es el señuelo? ¿A qué
clase de muerte nos enfrentaremos? ¿Habrá alguna recompensa? |
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| No conviene especular más, presiento que empiezo a equivocarme.
He dado por hecho condiciones ambiguas. El temor nos lleva siempre a cálculos
excesivos. Dar el primer paso, introducirse, dejarse llevar. Así
será.• |
| *Luis Palacios
Kaim estudió sociología y filosofía en la Universidad
Iberoamericana. Ha realizado más de 15 exposiciones individuales
en México y el extranjero. Imparte cursos de estética y teoría
del arte. |
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