La montaña encantada
*Salvador Flores
Para María Carlota
 

Cosa de encantamiento…
Alfonso Reyes
Esta noche,
después de una larga travesía,
volviste a desembarcar:
una montaña
te cobijó y
te echó al mundo, otra vez.

A tus pies estaban las olas, cobijándote,
Y una suave brisa te anunció.

Nadie te vio aparecer.

¿Cuántas noches estuviste a la intemperie?
¿Cuántas noches estuviste navegando, a la deriva?
¿Cuántas noches estuvimos, los dos,
tú y yo, desamparados?
¡Qué alegría que hayas regresado!

Lástima que nadie pueda verte,
¡Qué tristeza que yo tampoco pueda tocarte,
ni abrazarte!
Ni compartir con nadie este goce.

¿Será así la complicidad 
y el secreto de la muerte?

Tu aparición fue como una iluminación.

Llegaste, justo, en el momento menos esperado,
en el ocaso de la tarde.
El sol todavía estaba retozando en el horizonte,
cobijado por el azul marino del mar:
una parte de la costa estaba iluminada por el día
y la otra jugueteaba con la noche.

Y de pronto, ahí, en mitad de la montaña
entre abrojos, rocas, tierra calcinada,
cactus y árboles quemados
te apareciste al mundo.
Y me volviste a cegar con tu belleza.

¿Eras sólo un espejismo?
¿O eras sólo el reflejo de la tarde-noche?,
¿o eran, entonces, los estertores del sol?,
¿o era el espejo del mar rielándose hasta la tierra?,
¿o ya eras, tú misma, convertida en una encarnación?,
¿o sólo eras, señora, una sombra más
que se confundía con el color grisáceo del mar?

La tarde le estaba abriendo sus brazos a la noche,
El viento soplaba suavemente
La Luna y Venus comenzaban a centellar, allá a lo lejos,
Las aves y los pájaros corrían a esconderse 
en sus madrigueras,
Cuando de pronto, un ruido seco, largo y ensordecedor
Del mar nocturno anunció tu alumbramiento.

Todo se mezcló
y se confundió
en ese instante, largo, inacabado,
imperecedero.

Y en efecto, ahí estabas, en medio de la montaña,
Coronada como una reina.
Esperando que mis ojos te encontraran.

¿Desde cuándo estabas, ahí, esperándome?
¿Cuándo llegaste?
¿Quién te trajo hasta mí?
¿Qué barca te condujo hasta la playa y
te levantó un altar en la montaña?
¿Quién era ese que te llevaba de la mano?
¿Qué corte era esa que te hacía grandes honores?

Yo estaba sentado, como todas las tardes, en la terraza
Esperando que el milagro cotidiano se realizara
(Como suelen suceder los grandes acontecimientos)
Cuando de pronto, apareciste dibujada en la montaña.
Y te llevaste de golpe al resto de la tarde
a la noche, recién parida,
y mi atribulada emoción.
Acabaste, sin querer, con los últimos rayos de luz.

Me quedé inmovilizado
Sin siquiera parpadear. 

Algo en mi interior me decía que pronto habría 
una eclosión.
No sabía qué pasaría.
Sólo recuerdo que me sujeté, fuertemente,
De la silla; respiré profundo
Y me entregué completamente a ti. 

Al principio, no alcanzaba a descifrar tus gestos.
Pero, poco a poco, se fueron definiendo cada uno 
de tus rasgos
Y te vi convertida en una máscara maya
Idéntica a las que existen en Palenque:

Tenías la frente alta, aplastada,
tu nariz recta, fuerte,
los labios entreabiertos, carnosos,
los ojos entrecerrados.

Mostrabas sólo una parte de tu cara:
Tu perfil derecho dejaba entrever
Sólo la silueta.
La serenidad de tu rostro
Se asemejaba a un espejo sin fin
Y al mismo tiempo,
Tu rostro tenía, ya, las huellas de la muerte.

Tu imagen se parecía a esos sueños nocturnos
En los que uno nunca sabe si está despierto o
Sigues soñando ese sueño profundo
que te va sumergiendo en ese, otro sueño, suave
Placentero, que se va mostrando lentamente
Y no acabas de sorprenderte con sus colores y 
Con el desfile interminable de imágenes ensoñadoras.
Y en medio de un sueño que no era sueño,
Surgiste de la nada y de pronto,
Estabas aquí; presente, corpórea
En la mitad de la montaña.

Yo estaba solo, del otro lado,
sosteniéndote con la mirada,
luchando desesperadamente por no perderte.

Sabía que si dejaba de mirarte 
Te perdería para siempre.
Pero, ¡oh, milagro! 

La vista iba de arriba abajo,
De derecha a izquierda,
De la montaña al mar. 
Y tú, seguías ahí.

Ahora, te veía más grande, más real.
Sin embargo, algo había en la imagen 
Que comenzaba, lentamente,
A transformarse.
La máscara fue desapareciendo
Y tú misma, creo, te fuiste dibujando 
Y apareciste como te dejé la última vez.

Aquella mirada me ha perseguido todo este tiempo
Y aquí está, nuevamente, contigo,
Incrustada en la montaña.

Estabas tendida sobre la plancha:
sólo te arropaba una vieja sábana del hospital:
tus oídos y tu boca estaban cubiertos de algodones
impidiéndote respirar. 
yo trataba de arroparte,
de alejarte de la muerte pero, 
tu corazón estaba helado y 
mis caricias, también, estaban muertas 
y caían lentamente al vacío.

Me acerqué a ti para decirte adiós
Y me encontré con esa mirada:
La misma que hoy descubro en la montaña.

Allá al fondo, recuerdo entre sueños,
Como una verdadera pesadilla,
se sentía un calor intenso
también recuerdo, se escuchaba un ruido estridente,
no quería separarme de ti
cuando de repente te vi convertida en una bola de fuego.

La plancha vacía, y la oquedad
Me anunciaron que te había perdido para siempre
El resto, como diría el Poeta,
Es sólo silencio. 

Esa mirada no se ha despejado nunca de ti 
Y tampoco de mí: ha sido la compañera perfecta. 

Siempre está presente 
Y surge en los lugares más extraños
Y adquiere las formas más extravagantes.

Esa noche me quedé hechizado
E hipnotizado.
Nada podía moverme de esa mirada
Y de ese resplandor.

Estaba tan concentrado mirándote 
Que de pronto, y sin darme cuenta,
te volviste a transformar.

La máscara dejó ser máscara
Y apareciste tú, convertida en otra máscara.

Estabas igual que la fotografía que conservo en mi estudio.
Te vi de perfil, con tu vestido negro,
Tu pelo largo, tu cuello ligeramente encorvado,
tu frente amplia,
tus cejas pobladas
tu pequeña nariz,
tus grandes pómulos,
y tus labios encarnados.
No sé qué estabas pensando en aquel momento
Pero tus ojos reflejaban una gran tristeza.
Una vez más se vuelven a tocar esas miradas.

Hoy, después de muchos años
Y de un olvido lamentable
Me acuerdo de mi niñez:
Y me doy cuenta que no era tu voz,
Ni tus gestos, ni tus regaños.
Bastaba tu mirada 
Para componer nuestro pequeño mundo infantil.

Tu mirada está clavada sobre la roca
Pero tus pómulos, tus mejillas y
Tu nariz
Comenzaron a palpitar.
Tu boca, incluso, esbozó una ligera sonrisa.
Por un momento, pensé que era el viento
Pero no había viento. 
Las ramas estaban inmóviles. 

¿Quién te inyecta vida
que te yergues orgullosa de la piedra misma?

¿Qué ángeles te custodian 
y te alimentan con el sagrado néctar?

¿Será Señora, tu propia vida, 
aquella que dejaste en la tierra,
en aquella plancha,
aquella tarde lejana,
que vuelve a ti para florecer al lado del mar?

¿o será mi sangre que corre hacia ti
la que te vivifica?

¿o serán las constelaciones que
danzan al compás contigo?

No lo sé, lo único cierto
Es que estás aquí, presente,
Rozagante de vida.

Son grandes los misterios de la muerte
Pero son más grandes los misterios de la resurrección.

Mientras más intensamente te miro
Más juguetona te tornas, tanto,
Que vuelves a ser una niña.
Como la niña que está aquí:
La niña que nunca conociste:
Tu niña que llegó después de tu partida.
Una niña que se parece mucho a ti.
Una niña que está surgiendo de tu sangre
Y que ya es como tú misma.

Una niña que te acompaña y
que sabe que andas por aquí, 
Aunque no te pueda ver. 

Antes, en tu antiguo cuarto,
Ya te habíamos sentido
Pero no te habíamos visto.
¿Te acuerdas cuando la pequeña María Carlota
voló en tus brazos
y la dejaste llorando, al pie de la puerta? 

María todavía no sabía hablar
Pero, tú le enseñaste a volar.

Me las imaginé volando por toda la casa
Tomadas de la mano
Como si fueran figuras sacadas 
De un cuadro de Chagall.
Iban las dos volando
Atacadas de la risa,
Haciendo travesura y media.

Cuántos caminos, desde entonces, madre
Quedaron inservibles
Cuántas palabras se quedaron guardadas en la memoria
Cuántas veces nos perdimos 
Y no nos volvimos a encontrar.
Cuántos sueños incendiarios se quemaron juntos:
Tú soñándome 
Y yo soñándote también.

Esta noche es tu gran celebración.
Nadie viene del mar para posarse en la montaña.
Sólo tú, madre, lo has logrado.
Y estoy muy agradecido.
Un simple atardecer
Lo has transformado en una fiesta.

Llegaste a este lugar
Que nunca habías pisado.
¿Quién, repito, te trajo hasta aquí?
¿Te trajo el viento?
¿O te trajo la ola?
¿O te trajo la noche?
¿O quizá te trajo la luna?

He buscado afanosamente tu barca
Y no he encontrado ninguna huella en la arena.

Te habíamos dejado,
Allá, en tu pequeña casa,
Junto al trueno que plantamos para ti.

Y de pronto,
Te apareces
Como una diosa misteriosa
En la mitad de la montaña.

Cada noche renaces como las flores
Y me saludas desde tu rincón. 
Yo acudo puntualmente a nuestra cita
Y te veo llegar majestuosa
Como una Madonna.
Tu aparición siempre recorre el mismo camino:
Primero apareces camuflajeada,
Escondiéndote de todas las miradas,
Para que nadie te descubra.

Si alguien te viera,
Sólo vería una máscara maya.
Jamás verían que detrás de esa máscara
Existen muchos rostros y caras
Y nadie atinaría a descubrirte.

Luego, comienza tu danza de los siete velos
Y te vas despojando lentamente de todos tus linos,
De todas tus sedas y de todos tus holanes
Hasta quedar adornada con las ramas, 
los abrojos, las rocas, la tierra calcinada,
los cactus y los árboles quemados. 

Un tronco calcáreo, casi mortecino
forma tu frente amplia.
Un cactus solitario
Es tu nariz.
Unas ramas enlazadas y quemadas
tejen tu pelo.
Unas hojas caídas, arbustos y abrojos
Forman tus ojos
Y una roca desgastada
Le da vida a tus labios.

Bastó una simple luz,
Un cuarzo, blanco, frío
Que alguien iluminó, una noche, 
Contra las rocas y la montaña
Para que se produjera el hechizo.

Bienvenidos sean los muertos, 
los fantasmas,
Benditas sean las aparecidas,
Las almas en pena,
Los endemoniados,
Los resucitados, los condenados,
Los que no se resignan a dejar este mundo,
Y esa Corte de Milagros
que deambula, sin cesar, todas las noches
Y que se niegan a morir
Y que van apareciendo como señales de la vida,
Como signos del más allá.
Y que sin embargo, por desgracia,
están más cerca de la muerte
Que la muerte misma.

Bienvenidas todas las apariciones
Bienvenidos todos los imaginarios
Bienvenida la ilusión
Que nos permite soportar
El dolor, la soledad y la muerte.

Vivan el teatro, el cine,
La imaginación, la linterna mágica,
La palabra, la fantasía, la superchería,
La magia.
Porque sin ellos
la vida sería imposible 

Y gracias a ellos
Podemos entregarnos,
Placenteramente, 
A esperar la muerte.
Otro poeta, un músico, 
Decía en la OTRA FLOR
"El teatro que hace vida".
 yo le respondía: "La vida que hace teatro".

Benditas sean para siempre las apariciones,
Los relatos, los sueños, los misterios,
Los hechizos, los encantamientos.

Y gracias a estos actos mágicos
En donde se confunde la fantasía
Con la otra fantasía
Podemos aceptar
Que venga, una vez más, El Señor
Y nos apague la luz.

Y todos, empezando por ti, madre,
regresemos a las tinieblas.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Hasta el momento en que 
Se vuelvan a encender las luces en el escenario
Aquí en la montaña
Y vuelva a escenificarse la mejor
Puesta en escena. 
No necesitamos más que una buena obra,
una extraordinaria escenografía,
un magnífico elenco, un sobrio vestuario
Y un público que está dispuesto a soñarse
Y dejarse que lo lleven a los mundos imaginarios 
de la infancia.
Todas las noches,
gracias al encantamiento,
Te tenemos a ti, 
Tenemos también al mar,
A las estrellas, a las olas,
Y sólo esperamos que 
La luz vuelva a iluminarse
Para que se incendie el universo.•
 
Ixtapa, Polanco, 7 de abril_4 de mayo, 2004
*Salvador Flores es director teatral, con más de 20 puestas en escena. Publicó, entre otros libros, La palabra (poesía, 1982). Fue productor, director y adaptador de programas de televisión como Poesía e imagen, El correo amoroso y Cartas para recordar.