HOMENAJE A ERNEST HEMINGWAY

Edmundo Domínguez Aragonés*
 

¿ Por qué África? Verdadero a primera luz, su último libro

 

Cuando uno de siete elefantes en cautiverio en un zoológico muere, los restantes seis respetan el lugar vacante.

Nakobo no es un elefante. Es un zulú alto y delgado. Es tuerto y calza zapatos tenis. Va delante de mí en la fila de la aduana en Harare, Zimbabwe. A señas y en inglés le pido guarde mi lugar en la cola. Voy al sanitario. Bebí demasiada cerveza en el avión. Al regreso, Nakobo ha mantenido distancia en el espacio que yo dejé. No, Nakobo no es un elefante, pero se comporta como uno de esa especie.

A Nakobo lo antecede una hermosa joven. Alta y de bello rostro. ¿Naomi Campbell? En aquellos años la modelo no había nacido aún. Hoy que la evoco, sé que eran gemelas.

La miro con picardía y ella sonríe. Posee esa estructura muscular que a cada movimiento de sus caderas hace que el vestido se le suba, creando un hot-pant. Bien valen su trasero y sus muslos otro guiño.

 

 

 

Abordamos el mismo taxi con destino al Harare Sheraton. Nakobo me invitó al escuchar que yo pedía transporte hacia el hotel. Estoy locuaz y volteando hacia ellos desde el asiento delantero los invito al bar. A la noche, a las nueve. Ser mexicano y periodista en Zimbabwe es una curiosidad. Aceptan. Y yo me hago ilusiones.

Nakobo y Kinki son hermanos. Él es ingeniero, ella estudia antropología. Al segundo martini seco me animo a pedirle a ella que me acompañe a las célebres ruinas, motivo por el cual estoy aquí. Estoy dispuesto a pagarle cien dólares por el ciceroneo. Los estudiantes siempre andan escasos de divisas. Me comporto como si estuviera en un país socialista, donde los dólares son codiciados. Zimbabwe no es socialista y yo estoy actuando como es común en el Este de Europa.

Kinki me tira rollos históricos durante el viaje a las ruinas. Memorizo lo que puedo, teniéndola al lado. Total, la información podré encontrarla en cualquier enciclopedia, y libros sobre África tengo varios.

Ante las ruinas, le pregunto si acaso éstas se emparentan con las piedras de Stonehenge, si existe una posible relación entre ellas y, dándole vuelo a la fantasía, si tal civilización tiene origen en criaturas extraterrestres. De eso no estoy para nada crédulo, pero es un buen anzuelo. Kinki sonríe condescendiente y luego de andurriar por el sitio unas horas nos vamos a comer.

Anochecido ya, y de regreso al Harare Sheraton, Kinki se duerme, o lo simula. He pagado por el cuarto y es cómodo y allí debo estar y no en el motel de la carretera. Ella reposa su cabeza en mi hombro, acurrucándose. Ha colocado su morral en medio de ambos y lo pongo a mi otro lado. El beso ha sido propiciado y la beso. Kinki, ¿duerme?

Por la tarde del día siguiente partí rumbo al lago Kariba. A Nakobo le dejé una nota agradeciéndole sus atenciones y a Kinki un ramo de flores que ordené en la administración. Si Nakobo no es un elefante en un país de miles, Kinki sí es todo un animal maravilloso en movimiento y cuya voz todavía oigo.

De mis experiencias en Zimbabwe nació mi novela Los elefantes tienen miedo, que se publicó en 1992.

Hemingway, ¿por qué África? Si, ¿por qué Hemingway eligió África? Estuvo en Francia en tiempos de la primera Guerra Mundial y en España durante la Guerra Civil, y de vuelta a Francia durante la segunda gran conflagración global. Su país fue Kenia y nunca cazó un elefante. Tampoco mató un toro en un ruedo y sí ñus y algún león en la pradera.

África es el origen de la humanidad. De allí, los que emigraron a Europa palidecieron sus epidermis para atraer los rayos solares. Vivir en el frío. Los que permanecieron en el continente en forma de corazón ennegrecieron. Ser negro es protegerse de los calcinantes rayos solares. Ser negro no es ser inferior, es adaptarse al clima y a la geografía. Sobrevivir, existir.

En Kenia existe una región de formaciones rocosas que, al paso de los elementos, han configurado esculturas reconocibles. Allí se descubre a Henry Moore, a las cabezas gigantes de la Isla de Pascua, y cosas más que el ojo educado identifica.

Mas a Hemingway, explicablemente, no le interesaban las piedras. Las había visto todas, transformadas en los edificios de fama. Esos edificios que él había visto hechos escombros a tantos bombazos y golpes de la artillería pesada. Las columnas agujereadas como queda un poste sobre el cual se ha colocado un blanco y se dispara contra él para acertarle.

Nada más comenzar la temporada de caza, Hemingway se iba a Kenia. Iba a cazar el espíritu humano y el espíritu animal. A apropiarse del carácter y la condición de los seres humanos y animales. A poseerlos en sus carnes y en sus mentes. Nunca mató a un hombre, a una mujer o a un niño.

Un león adulto es un símbolo. Es el rey de la selva. La cacería de un león es reto entre iguales. Los ñus, esa especie de bueyes con cuernos a los que se les nombra también búfalos, son blancos móviles de entrenamiento. La ejecución de un ñu no significa la aptitud para acertarle al rey. Es nada más el acto del beisbolista calentándose el brazo para pitchear.

Hemingway se calentaba el dedo en el gatillo. Y ésta animosa, seductora y terrible experiencia la fundió en el crisol de su literatura, entregándole a sus lectores la compensación. Leyéndolo en los aviones del crucero, en los moteles de medio pelo, en la sala de estar ante la chimenea, en la cama al lado de la esposa satisfecha y exangüe, el lector entra en cacería, fantasea, recrea.

Esto está en sus memorias, en las cuales narra los días de su safari en África en 1953. Él le puso un título preciso y para ser comprendido: True at First Light –Verdadero a primera luz– que infortunadamente, o por razones de ¿claridad? en español se ha titulado Al romper el alba, como si a Hemingway le interesara comenzar el día sin adjetivos.

Verdadero a primera luz significa que él va a decir lo que ocurrió sin mistificaciones ni simulaciones. Y es que el “macho” Hemingway se dejó llevar por la tentación –nada “monstruosa” como la califica Thomas Mann en La muerte en Venecia– de andarse en a-mores con el jovenzuelo Debba de la tribu wakamba, cuyos miembros consideran permisible y socialmente adecuada toda relación amorosa y sexual, incluso entre gente del mismo sexo.

Transmutar a un león en un pez, como en El viejo y el mar, es lo que simbólicamente acomete en sus memorias. De allí la trascendencia del título. Hay que leer bien, con la mente abierta.

Hemingway describe los encantos de Debba: “Cuando íbamos juntos en el asiento delantero, a ella [a él] le encantaba palpar el grabado en la vieja cartuchera de cuero de mi pistola. Tenía un diseño de flores, ya muy gastado y viejo. A ella [a él] le gustaba pasar sus dedos, cuidadosamente, por el borde del dibujo, luego retiraba la mano y apretaba fuertemente la pistola y su cartuchera contra su muslo.” Los críticos que leyeron el libro consideran este y otros pasajes “lamentables y vergonzosos”, textos en los que la magia del autor de París era una fiesta está ausente.

Lo lamentable y vergonzoso no estriba en que Hemingway describa cómo Debba lo masturbaba, sino el comentario de su esposa Mary, afirmando: “Me parece maravilloso que tengas una joven que no sabe leer ni escribir, así no podrás recibir cartas de ella.”

A Hemingway lo que menos le interesaba, o preocupaba era mantener correspondencia con Debba. Estaba gozoso y tal relación era correcta según los usos y costumbres de la tribu wakamba. Usos y costumbres sí, pero sin carácter de obligatoriedad, quede claro.

En esta obra, así, Hemingway revela y describe esta pasión extremeña, situándola en su dimensión y estrictamente. Él está en un país distinto al suyo, cuyas costumbres también son diferentes y lo acepta sin cuestionamientos. Es otro clima, otra geografía, otra piel.

Los lectores de hoy atenderán la solución ella-él respecto a Debba. Esto en nada disminuye a Hemingway. Lo humaniza ante el león muerto. Si los leones incurren en felinofagia para mantener la especie, ¿qué reprocharle al escritor?

Esto lo sabía Hemingway y tomó la experiencia para igualarse al rey. Él no devoraría a sus hijos, como Saturno, pero sí “devoraría” al león metamorfoseado en cachorro.

En Zimbabwe “devoré” a Kinki.

Leo, en Hemingway: “Las mujeres [ma-sais] tienen las manos frías y cuando la ponen entre las tuyas nunca la quitan porque les encanta el calor de tu palma y la exploran contentas sin moverla.” Kinki así calentó su mano.

Hemingway escribió la línea que hizo posible mi encuentro con la estudiante de antropología. Él lo sabía desde hace casi medio siglo antes, y a mí tampoco me importaría definir a Kinki de “ella o él”.

* Edmundo Domínguez Aragonés (Argentona, España,1938). Poeta, dramaturgo y narrador, se naturalizó mexicano en 1958. Entre las distinciones que ha recibido destaca el Premio Plaza y Janés de Novela Policiaca 1985-1986.

¿Por qué África? Verdadero
a primera luz
, su último libro