A Ana Luisa Béjar,
por su generosidad.

PAISAJE TEPOZTECO

En peces transformó, simples amantes.
Sor Juana Inés de la Cruz, Segundo Sueño.

 Luis Ignacio Sáinz*

El testigo anticipado

A este nombre responde una acuarelatinta de Roger von Gunten, colgada, discreta y muda, en el minúsculo laberinto que atrapa en su centro al ascensor, la puerta y el umbral de mi espacio habitable. Está allí como un testigo anticipado, al modo en que las reminiscencias se apoderan de nosotros para hacernos saber que, justo por las tentaciones, somos dioses mortales. Trozos de una divinidad que no nos reconoce en su sustancia; más aún, que nos margina y excluye.

El Paisaje tepozteco avizoró los rostros y los cuerpos, de vapor compuestos y de piedra cincelados, de quienes son amantes sin reconocerlo, ignorantes del espacio, conocedores del tiempo. El desafío del papel pintado ha hundido su misterio en la disolución del color, en la transformación del volumen, en la oculta composición de cielo y tierra en tonos de azul y negro, al modo en que los antiguos acolhuas concebían las esquinas del mundo confinado en la serpenteante Cihuacóatl.

Empero, los elementos visuales aguardaban su filiación precisa. Esperaban, pacientes, que sus personalidades fuesen reveladas. Ocurrió en una misma jornada, de grito empeñado en renovar su vejez, sin que los amantes estuviesen al tanto de ello. Compartían escenario, Tepoztlán, el imán ceremonial mexica que atrapó un convento dominico, sin habérselo propuesto.

Quizás observaron los rasgos del entorno de esa naturaleza expansiva y potente con nostalgia coincidente. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta?

La niebla, como ida

La niebla insinuante se apodera, sin prisa, de una roca que se quisiera viva, moteada de arbustos, quizás árboles disminuidos, al modo de señas de identidad de un personaje más camuflado que oculto. Virtualidad de los amantes, precariedad de la escritura para registrar sus avatares eróticos y sus recorridos afectivos; son piedra y gas en búsqueda de sus orígenes.

      

Sibilina, la espesura del aire envuelve la geografía carnal del amante pétreo. En misteriosa correspondencia, el viento espeso cubre por completo a un ser que está allí, aguardando su tiempo oportuno, el de su propia desaparición en unos brazos expansivos que, visibles y casi táctiles, seducen y poseen a una masa sedimentaria, sobreviviente de cataclismos, marcada por la presencia de fósiles milenarios que son, en efecto, cicatrices de pasiones sin edad pero con historia.

Como el brazo ase la cintura, la niebla envuelve a un macizo de esencia musical, eco duro y resistente del Vishehard de Smétana, el corazón sonoro de Ma vlast, perforado por la erosión que insufla la ingravidez de la materia. El blanco jaspeado de luna, irresistible, que engulle de una buena vez el ocre impregnado de sol, dispuesto a ser devorado, arcoiris mínimo como festín de amores.

El amate, como vuelta

Discreto, el árbol de códices, el amate, convierte la piedra, que le permite reposar en su extensión accidentada, en gema de sus entrañas; la deglute y conserva en una crujía-aposento, dentro de una estructura que desde el exterior le brinda soporte, para sólo entonces dedicarse a crecer. La rapta, y al hacerla parte de sí como un implante o una prótesis la protege, y con el pasar de los trabajos y los días deviene órgano principalísimo, capaz de cumplir funciones vitales para su gozo y deleite. Suerte de joya encerrada, como la nuez que se afana en custodiar la cáscara, la roca es cómplice victoriosa de un yelmo suave, tejamanil apenas que le pertenece y cubre.

De brazos pálidos y casi exangües, geografía rugosa donde irrumpen y después reposan las caligrafías y los iconos de los tlacuilos, el proveedor del papel indígena disfruta los chubascos y las canículas, consciente de que se halla en buena compañía. A todo árbol, su piedra; a cada luz, su sombra. Al apetito impertinente, su cuerpo domeñado. Sediento el caparazón, húmeda la víscera, satisfechos ambos.

La madera y la cantera danzan con las nubes. Se desplazan palmo a trecho, en sigilo, para estar cerca del sol y de la luna, refugiándose en el placer de la sucesión de los opuestos, que eluden ser contrarios.

Sin saberlo, la niebla y el amate hollaron distintas caras del Paisaje tepozteco.

* Luis Ignacio Sáinz (Guadalajara, Jal., 1960). Licenciado y maestro en ciencia política por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde es profesor desde hace 15 años. Ha publicado o editado más de 30 libros, entre los que destacan Estado y dominación. Los apetitos del Leviatán y las razones del minotauro.