EL PARAÍSO PERDIDO
DE CARLOS JURADO

Jaime Augusto Shelley

En sentido estricto, Carlos Jurado no es un fotógrafo. -¿Cómo es ello?-, preguntarán algunos. La cuestión reside en la intencionalidad. Lo que Jurado se propone, en las distintas formas expresivas que utiliza, a veces en conjunción y a veces por separado, va mucho más allá de lo que podría considerarse un propósito, un objetivo, una razón. De ahí resulta que los productos que emergen de su laberíntica exploración sean formas enteramente nuevas, inexistentes; inimaginables, antes de que su creador les insuflara vida. Pero no se trata de una vida artificial, afiebrada por las extrapolaciones de la fantasía comercial en boga, sino venidas de la realidad misma, con pálpito y calor en la textura; son imágenes verdaderas, sólo la manera de aproximarlas es distinta, sólo la mirada es ligeramente distinta, sólo esa mirada hace posible distinguir filamentos de respiración esenciales, inaprehensibles de haberse producido en otra circunstancia, en otro momento. Esta, sin duda, es una de las respuestas que Carlos Jurado tiene frente a la distorsión de las formas artísticas, a su mercantilización, a la proliferación indiscriminada de productos mediocres en oferta, a nivel mundial. La calidad, la dedicación, el esfuerzo de un artista, sus logros indiscutibles en el campo de la técnica, resultado de muchos años de estudio, no importan, se ven devorados por la mecánica del mercado capitalista que no se interesa por el arte mismo sino apenas por un beneficio inmediato.

Y así, Carlos Jurado, ese joven de 72 años, que se levanta al despuntar el alba, lee el periódico, escucha las noticias y entra en profunda cólera... todos los días; este pintor de excelencia, este arduo investigador de las artes visuales, este ciudadano de tiempo completo, que nunca ha dejado de creer, se verá obligado, como hasta ahora, a vivir y a luchar como un muchacho que aspira a transformar el mundo: todo ello gracias a la mediocridad y a la corrupción de valores imperantes. Esto implicará, por supuesto, seguir trabajando, seguir estudiando y, sobre todo, seguir dudando, creciendo y, figúrense nada más, para colmo, seguir creando. Bueno, de los males, el menos, digo yo.