La gramática del delirio
*Luis Ignacio Sáinz

Sumergirnos en la prosa de Sergio Fernández exige, a todo lector, metamorfosearse en pez para buscar el sentido de su literatura en la vastedad líquida y descomunal de las palabras. Sí, de esos vehículos fugaces y contundentes que nos permiten predicar el mundo, los seres que moran en su geografía y los objetos que brotan en su territorio. La suma de ellas, esas palabras conminadas por Octavio Paz para que "chillen putas", nos distancia y aproxima simultáneamente a la fábrica de lo real y lo figurado que es el albergue terrestre de Los desfiguros de mi corazón.

Torrente verbal, exceso gramático, delirio de la sintaxis, explosión de las figuras y los tropos literarios, que en la ida acepta el delito del deleite y en la vuelta promueve el deleite del delito, en un requiebro en honor de Piñuela. La transgresión entronizada, lo mismo en la moral estrecha de las buenas conciencias que en la rigidez formal de los lexicones. Escritura por demás exigente que, en el empeño demoledor de las posibilidades reivindicatorias de las propias palabras, encuentra la carne y los huesos indispensables para descifrar sus enigmas esotéricos y develar sus códigos hermenéuticos. Provocación escrita carente de pudor. Límite de la interpretación rebosante de erudición. Tortura del sentido, colmada de trampas y equívocos.

Los escenarios narrativos se recomponen de manera permanente gracias a la reflexión constitutiva que delimita el hacer y el rehacer de los contenidos propios de esa suma de relatos advocados a los fracasos y requiebros del corazón. Arrogancia viajera que se anuncia desde hace mucho tiempo mediante una de las alucinaciones favoritas del autor, convertida en locución y epitafio en la tumba del inventado pintor flamenco Lucius Altner: "Yace aquí quien no pasó jamás de la vacía cáscara de la letra". Pista suelta en los senderos de Segundo Sueño que nos induce, con humor morboso y angustia placentera, a perseguir la letra en la cáscara que todo lo envuelve, incluso al tiempo.

Los desfiguros de mi corazón son una experiencia lúdica, un juego entre dios y el diablo. Representan la cristalización del esfuerzo por enraizar la historia de la trama en el mito. Su fondo es una gran mentira: la pasión que redime. Finalmente, no estamos convidados a las bodas del cielo y de la tierra. El sentido se extravía en el texto, va más allá de la escritura: disfraz del tiempo inmóvil que se expresa a manera de mensaje, en la insistencia cristiana y la sugerencia erótica. Alma y cuerpo son el haz y el envés de la prosa poética de Fernández.

 El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a través de su Dirección General de Publicaciones, ha reeditado en la más bella de sus colecciones, Sello Bermejo, Los desfiguros de mi corazón, de Sergio Fernández. Anecdotario impreso por vez primera en 1983 por la editorial Nueva Imagen y que, además de la excelente prosa del escritor jalisciense, su único acierto fuera el espléndido dibujo de Guillermo Terminel (La caballa) que ilustra la portada. Fue necesario que transcurrieran dieciséis años para que, por fin, literatura tan deslumbrante encontrara la presentación tipográfica que merece. Por placer, se impone una nueva lectura de su geografía, contraviniendo a William Maxwell: "El tiempo… un ladrón implacable a quien nadie hace caso" (Adiós. Hasta mañana, 1980).
 

 Las anécdotas que conforma el universo asombroso del autor de los Retratos del fuego y la ceniza se hilvanan en derredor de una teoría de la verdad alterada. Desde ahora la veritas ya no designa la rectitud de una idea sino el conocimiento del Ser de Dios mismo. La aletéia deja de ser correspondencia, utilidad y coherencia. Presenciamos la implosión del texto: desgarramiento de la letra en la muerte de los acontecimientos, lo que da origen a un libro deshuesado. Circularidad del mito; viaje en la cavernas interiores de los hombres. Así, anécdota y mito copulan procreando una estética de lo fantástico, cuyo afán es construir un libro negro, bosquejar una teología negativa.

En la tensión de los amores y los miedos se asoman los relatos. La escritura es un "museo del absurdo" en donde los personajes ocupan un espacio sagrado. Entre el arte y la monstruosidad fluyen ciertos vasos comunicantes que atenúan la razón al restablecer la unidad perdida en el paraíso por la maldad de los primogénitos; el hombre es, a su pesar, un fragmento de miseria, personificación del grotesco. El yo es soberbio, se regodea a sí mismo en el acto de su trágica representación: "Todo ser primitivo hace máscaras. Todo ser civilizado las vive", nos murmura el narrador en Los desfiguros de mi corazón.

Estamos en la dimensión de la subjetividad creadora, en el espacio del ser que se hace al pensarse: "Toda obra de arte tiene el privilegio de contagiar y aun de devorar al observador que la atisba". En este sentido, las posibilidades de la lectura se encuentran limitadas, son una elucidación. En el movimiento de la voluntad que se piensa realidad surge una sustitución: se escurre el tiempo hasta fundirse con la duración: el eterno retorno de lo mismo que aguarda el tiempo oportuno de los cristianos, la salvación de Dios, que divorcia a los hombres de la naturaleza.

Poética es la voz que designa al arte creador de imágenes. Éstas comparecen, de manera paradójica, en el espacio del tiempo. La presente interpretación comprensiva de la poética de Sergio Fernández se funda en una petición de principio: lo increíble del acontecer en Los desfiguros de mi corazón es que no ocurre nada, lo interior es lo exterior —el tiempo llega a especializarse. Se persigue a sí mismo, volviéndose eterno. Este fenómeno de la elaboración lingüística de la historia puede representarse por una figura del ocultismo: Euroborus, la serpiente que se muerde la cola. Unidad perfecta, alfa y omega del devenir. Todos los sucesos presentan su faz en la estabilidad: los seres emergen del fondo, salen desde dentro.

El tiempo como intuición del movimiento es, a decir de Plotino, "la vida del alma, y consiste en el movimiento por el cual el alma pasa de un estado a otro de su vida". Concepción que identifica tiempo y conciencia. El alma como soplo vital. Este aliento sufre el despliegue y goza la plenitud del espíritu, hinchándose de historia, de posibilidad: "en el alma ya existe la espera del futuro", según San Agustín. Realidad y locura son rostros de la luna: dios y el diablo juegan construyendo vida y muerte, dando a luz los monstruos de la historia.

Nada ha ocurrido. El vuelo cortado de las aves. Melancolía y sin razón efectúan una incesante metamorfosis: el mal nos tiene encadenados, sólo el dolor puede salvarnos. Para poder expiar las culpas es necesario recuperar el pasado; volver a sentir las marcas del pecado original. Por esto, la estética de lo asombroso de Sergio Fernández se manifiesta en el privilegio del deseo a manera de tentación siempre ambigua e irresistible. Amor y desamor son frases del mismo proceso, su autenticidad se corrobora al consumirse. Tenemos "el amor como soledad interior". La obra está llena de mimetismos (disfraces y envolturas), del tiempo y el alma, de los hombres y el deseo, de la historia y los espejos. Ecos visuales e imágenes acústicas estructuran el estilo de Los desfiguros de mi corazón; jeroglíficos superficiales y emblemas profundos al conjugarse, crean el sentido real del texto: una pasión que se diluye en el tiempo.

 
 

Proust sostiene en su espléndido homenaje al tiempo (perdido y recobrado) que: "…el Tiempo que de costumbre no es visible; que para serlo busca cuerpos y dondequiera que los halle se apodera de ellos para enseñar por su medio su linterna mágica". Sabemos que la elasticidad de la duración no sólo necesita del alma permanente, del soplo sagrado, sino que requiere de la carne mudable para hacer entender sus designios: la linterna mágica será, entonces, el dispositivo que nos permite articular a Cronos con las pieles. Todo ritual de la sensualidad recupera aquello que pudo suceder, lo que conocemos como el futuro anterior, "el devenir sido".

La divinidad perdida encarnada en la oración muestra que el tiempo presente está congelado: el deseo engarza los cuerpos en su ansia de eternidad. La potencia del hombre reside en la imaginación. En Las confesiones San Agustín formula una precisa concepción del tiempo. Todo tiempo es tiempo presente, sólo por convención existen los otros modos de la duración. Así, tenemos el presente del pasado que es la memoria, formada por la traída melancolía-nostalgia-tristeza; al presente del presente que es la intuición, estructurada por el triángulo sospecha-certeza-conciencia; al presente del futuro que es la espera, configurada por la pirámide expiación-rescate-voluntad. Más que curiosa coincidencia con la Santísima Trinidad.

Creo que esta visión del tiempo es la constante que borda a todas y cada una de las anécdotas; es, en suma, el hilo conductor de la ficción literaria. Veamos cómo sucede. El pasado o memoria y el presente o intuición configuran el tiempo significado que se presenta en la ciudad terrena como erotismo (en tanto teoría del amor, reivindicación del deseo, postulación y defensa de la "androginia" y separación del cuerpo y el alma); el futuro o espera representa el tiempo significante que se expresa en el misticismo propio de la ciudad de Dios (como renuncia a los ídolos, sacrificio del instinto y proyecto de salvación). El significado terreno y el significante divino convergen en el mundo histórico gracias al acto de la Creación (aparición del hombre) y de la Redención (muerte de Cristo), ambos momentos dan lugar al fenómeno de la significación, que es el alojamiento del alma en el cuerpo del hombre. Síntesis que se reduce al tiempo, pues ya hemos visto que existe una semejanza-identidad entre el tiempo y el alma. Los avatares de los relatos devienen la lucha del alma encarnada contra sus enemigos: el mundo, la carne y el demonio.

El pasado conocido es huella del arrepentimiento y el presente es ignorancia del origen —el pecado y el conocimiento como problema: El Árbol de la Ciencia. Ambos tiempos constituyen la historia del acontecimiento, son necesarios y, por ello, efímeros. El futuro es el azar del destino que se comunica en la histeria en formación, resulta ser un proceso que se expresa como libertad de opción y en tanto recuperación integral del tiempo transcurrido. Ya no existe orden. Ahora contamos con el futuro que ha sido, el pasado que será y el presente eterno. La suerte es el conjuro de los demonios que se proyecta en el espectro del recuerdo: el apetito por las vidas ajenas. Carecer de memoria significa ausencia del presente y prohibición del futuro.

Origen y destino son sinónimos. El hombre vive en un sueño de horror, su escenario es un cementerio: parodia de la existencia, se vive para esperar la muerte, saberlo es el drama; por eso somos animales trágicos. De aquí que: "El hombre y la mujer vivan la naturaleza después del pecado", tal sostiene Sergio Fernández. Cuerpo y muerte, deseo y alma, son las coordenadas de la vida; horizontes del quehacer humano. El hombre se encuentra "entre el poder redentor de la hoguera y el mal". Voluntad, visión y revelación son eslabones del proyecto de la salvación; debemos aprender a convivir con nuestras jorobas (las de Matilde, las de Ruiz de Alarcón), tolerar nuestra deformidad para gozarla. La conciencia es vigilante del mal y memoria de la culpa.
 

 
 

Los pitagóricos consideran al tiempo "la esfera que abraza todo", mientras los estoicos piensan al tiempo como "el intervalo del movimiento cósmico". Esfera cuyo centro está en todas partes y ritmo perfecto: omnipresencia y omnipotencia. Concepciones que postulan al alma el sitio de la semejanza y al cuerpo el lugar privilegiado de lo sagrado. "La realidad produce los sentidos", escribe el poeta escondido en Los peces. Nuestras expectativas están fijadas por la norma "el cuerpo sólo expresa caricias que le están permitidas". Alma y cuerpo presentan diversas sexualidades; los tonos cambian, no sostienen una relación de directa determinación. Hombre y mujer son puntos de referencia de una infinita gama de variables eróticas. El cuerpo tiende a diluirse en el fantasma, viajar de un polo a otro es moverse en el territorio de lo prohibido. El sexo del cuerpo es mudable, el sexo del espíritu es permanente; la vida es una suspención de la muerte. El erotismo es cáscara del pensamiento que juega su papel en el mundo en forma de ética de convicción; el cristianismo es su complemento, superación de la frontera de lo corpóreo en los terrenos del compromiso que se manifiesta como ética de responsabilidad. Estamos entre la elección y la conciencia.

La ignorancia no es más que falta de clarividencia. Siempre será tentador profanar las profundidades del pensamiento divino, por esencia intocable, en realidad vulnerable: reflexión, meditación, contemplación; pasos de acercamiento al aura de Dios, momentos del fenómeno místico. El sexo es un enclave en donde se esposan la santidad y la herejía: formas perversas de la sensualidad, en ella fincan su valor. Ya sea para someterla o para darle curso. Acerca del cruce de los tiempos, surge la inquietud de pensar en el tiempo instantáneo (Walter Benjamin), se fusionan el proyecto terreno del erotismo con el proyecto celeste del cristianismo dando a entender que son una y la misma cosa en la unidad de cuerpo y alma que es el hombre.

Facetas de la actividad humana que se diferencian por sus acentos: en el erotismo es el verbo encargado que sacraliza el aquí y el ahora por la defensa de la libertad de elección; en el misticismo es la verbalización de la carne que prefiere el mañana, el tiempo del rescate, al recuperar el otoño de la historia humana: el pasado edénico. El hombre es una compleja unidad integrada por mens (intelecto), ánima (espíritu) y corpus (físico). ¿Es que el tiempo puede llamarse subjetivo sólo respecto de las cosas en sí que se encuentran bajo la consideración del hombre, pero que es objetivo y real con relación a las cosas naturales para las cuales el tiempo tiene realidad empírica indudable?

Lo dudo. Creo que existirían otros dos modos del tiempo. El tiempo lleno o infinito que teje la estructura profunda del texto: el debate del cuerpo y el alma, lo que he llamado el metadiscurso. El tiempo vacío o fenomenológico que apetece las intimidades reales representándose como el contenido manifiesto del discurso: Greta Garbo y Antonio Peláez o la abstracción del mito del eterno femenino; las Zambrano y los gatos o el cuestionamiento de la identidad; Orlando y la santería o el problema de la compañía de uno mismo como monstruo; Jaime Sabines y Juan Carlos Onetti o el saber como poder y el encanto de la imagen; Buster Keaton y la aproximación al fenómeno de lo femenino, etcétera: lo que son en rigor las anécdotas. El prodigio descansa en que los relatos se someten, desapareciendo, al impulso religioso y a la evidencia sensual; caretas que a su vez reposan en lo estático del tiempo, la espera de lo ya decidido: "la meta es el origen", arriesga, acertando, Karl Kraus. El emblema de la historia es el círculo sin principio ni final y no por más la cinta de Moebius. Venimos de la inconciencia y hacia ella dirigimos todos nuestros esfuerzos, el objetivo es escapar de las ataduras del tiempo. Vana nostalgia, pretensión sin fundamento que se quiebra de manera cotidiana: no somos nuestros dueños, somos muñecos en espera de cortar los hilos que nos mueven.
 

 
 
   

A todo esto, ¿es que acaso Sergio Fernández resulta ser un hijo extemporáneo de San Agustín con las tentaciones de San Antonio? No, en lo absoluto. Recoge esa herencia cultural, en ella nada buscando la fuerza de su sino. Lo original reside en el combate que libra por instaurar una nueva moral. La elaboración de su obra de ficción a medias, parte de una concepción del tiempo como devenir sido hasta anclar en el punto de retorno, el tiempo en tanto por venir intuido. Así, no sólo lo que existe es un presente sin límites si no que en sus entrañas se articulan el pasado y el futuro como estructura de posibilidades. El periplo se cierra, sobreviene una pluralidad de órdenes: el pasado en forma de proyección y el futuro a manera de tradición. Espiral perfecta: relación entre la memoria conservada, la decisión o salto vital y el ímpetu o voluntad, del hombre para y por sí mismo.

Intuyo que ahora deviene inteligible el grito desaforado del autor: "¡Cómo nos falta el paganismo! Aristóteles y Jesús son los culpables de los retorcimientos de Occidente". El instante de la plenitud es el tiempo axial, de Karl Jaspers, la conciencia del hombre acerca de sus potencias. A manera de colofón, Schoppenhauer escribe: "…la observación de la Naturaleza bella nos emancipa otra vez de la tiranía de la voluntad y nos sume en la admiración desinteresada".

Los ejes de la presente lectura han sido trazados. La presencia de un cristianismo secularizado por el amor sensual en el tiempo impasible. Baste recordar una frase de Segundo Sueño: "El mal que sufro es la prueba de mi virtud, que es la pasión".

*Luis Ignacio Sáinz es politólogo (Guadalajara, 1960). Entre sus libros destacan: Nuevas tendencias del Estado contemporáneo (en colaboración con Fernando Escalante Gonzalbo); México frente al Anschluss (estudio introductorio de Marcos Kaplan); El tabaco en México durante el siglo XX (en colaboración con Miguel Ángel Echegaray y Ariel Kleiman); Disfraz y deseo del jorobado: El amor cínico en Juan Ruiz de Alarcón; Los apetitos del Leviatán y las razones del Minotauro (prólogo de Enrique Arriola Woog y estudio introductorio de Emilio Vizarretea Rosales); Entre el dragón y la sirena: La Virgen. Apuntes sobre dos cuadros de Baltasar de Echave Ibía (prólogo de Virginia Armella de Aspe). Ha coordinado, entre otros volúmenes, Nómadas y sedentarios: Los comerciantes de vía pública del Centro Histórico de la Ciudad de México; La merced: Tradición renovada; Lecturas shakespereanas (en colaboración con Enrique Arriola Woog).