Las extrañas cavernas de la Cordillera del Soviet


*Alejandro Toledo Patiño
El enigma del lunamoto

Cuánto hubiera deseado no tener que consultar jamás mis viejos apuntes de astroarqueología y con ello enfrentarme a la decisión de revelar lo ocurrido —hace ya medio siglo— a lo que fue una improvisada expedición al lado oculto de la Luna, expedición de la que formé parte durante mi única y breve estancia en ese satélite. En la vida existen impresiones que anhela uno borrar por completo, creer que fueron escenas de una pesadilla, imágenes quizá de una mente febril, desvaríos de un estado onírico alterado... Pero después de intentar de manera infructuosa durante gran parte de mi vida el recurso engañoso de tales consuelos, a causa del reciente sismo lunar he visto brotar de nuevo ante mí los recuerdos de aquella expedición. Transcurridas ya tres semanas del lunamoto, las investigaciones no han arrojado aún luz alguna sobre su origen, ni explicado tampoco la peculiar falla aparecida en la superficie del satélite. Sobre todo, no han podido dar razón de algo por demás misterioso: el porqué esa falla coincide con el trazo de lo que en los primeros mapas del lado oscuro, elaborados hace poco más de un siglo, se dibujaba como una cadena montañosa en el hemisferio superior, bautizada en ese entonces como Cordillera del Soviet, y la cual algunos años después resultó ser en realidad... una cordillera inexistente.
 

Ante el sorprendente hecho se dijo en un inicio que había ocurrido una ilusión óptica semejante a la acontecida en el siglo XIX con el descubrimiento de los canales marcianos. Pero pronto más de un especialista hizo notar que en la época en que se anunció el supuesto descubrimiento de la cordillera (algunos años antes de que N. Armstrong pisara por vez primera el satélite) los instrumentos de observación de las naves no tripuladas enviadas a la Luna contaban ya con un nivel de precisión que hacía difícil imaginar un error fotográfico semejante. Hay que tener en cuenta que no se trata de unas montañas aisladas sino de una larga cadena montañosa de casi 800 kilómetros, una cicatriz en la faz lunar desde los bordes del ecuador hasta cerca del polo norte. Así, a diferencia de lo sucedido con Toscanelli y sus imaginarios canales, no hubo en este caso una explicación convincente del error cometido, olvidándose rápido en medio de las proezas espaciales de la época. De no haber sido por el reciente sismo, el equívoco hubiera permanecido olvidado.

Estos enigmáticos antecedentes se agregan al dato ya conocido de que el reciente sismo lunar, aparte de registrar una elevada intensidad —la más alta en la historia de los registros que datan de casi un siglo—, tuviera su epicentro a una profundidad por demás atípica: no entre los ochocientos y mil kilómetros bajo la superficie, tal y como ocurre usualmente con los escasos y leves sismos que mecen al satélite, sino apenas a mil metros de profundidad. Esto es algo que también tiene desconcertados a los científicos.

El siguiente relato no pretende ofrecer una respuesta a cada una de estas interrogantes, ni discutir tampoco las distintas explicaciones e hipótesis que con abundancia han aparecido en las últimas semanas en los medios; creo que mi historia más bien permitirá, a quien quiera seguirla, sacar sus propias conclusiones sobre tan extraños acontecimientos, e intuir tal vez por qué no ha habido —ni habrá— una explicación lógica y racional de lo que ha estado ocurriendo en la Luna. Sobre todo, busco advertir (ojalá no sea tarde) acerca de lo que presagia el pasado macrosismo lunar. Me refiero al peligro que amenaza no sólo a los pobladores de las colonias selenes sino a la humanidad entera.

Animado por esta esperanza creo indispensable advertir a quien decida prestar atención a estas líneas, que todas las indicaciones geográficas, datos arqueológicos, así como las transcripciones a las que haré referencia, pueden ser corroboradas en cualquier banco de datos especializado; en lo personal considero que la Miskatonic Net cuenta con los acervos más completos sobre el tema, así como las versiones íntegras de las diversas obras que menciono. En lo que toca al resto de la historia me valgo exclusivamente de mi memoria: pese al largo tiempo transcurrido, a mis rezos y plegarias de todos los días, creo que mi espíritu vagará por siempre dentro de aquellas malignas cavernas.

La Diosa del Caos

Daba inicio el otoño boreal de 2023, cuando al concluir estudios básicos en óptica llegué a trabajar al Centro de Investigaciones de Alpha Crisium, en la Luna. Tendría la oportunidad de participar en el equipo al mando del doctor F. Le Kratov, reconocido astrofísico autor de diversos estudios sobre transportación lumínica. En mis planes de especialización se encontraba proseguir mis experimentos sobre refracción de rayos ultravioleta.

Tan pronto arribé a la urbestación procedí a instalarme en el módulo habitacional que se me había asignado en el Centro de Investigaciones. Sin haber tenido tiempo para recorrer la ciudad lunar, al día siguiente fui presentado con Le Kratov y algunos de los miembros de su equipo en el laboratorio. De inmediato puse manos a la obra, comencé a reconocer el equipo y procedí a preparar mis propios experimentos. Mi estancia en la Luna no parecía que fuese a ser muy distinta de lo que había sido mi vida los últimos años en la Tierra, inmersa en la rutina científica.

Pero todo cambió de manera repentina.

Con una personalidad considerada como ermitaña por parte de colegas y discípulos, me extrañó que a los pocos días de haber intercambiado algunas palabras sobre mis estudios y el tipo de experimentos que me proponía, Le Kratov me citara de forma intempestiva en su laboratorio. Al encontrar su mensaje en el monitor de mi habitación pensé que querría comentar alguno de mis próximos experimentos. Grabé rápido ciertos archivos y repasé los procedimientos que tenía en mente.

Al cabo de unos cuantos minutos llegué a su estancia de trabajo. Lo acompañaba una mujer. De inmediato nos presentó:

—La arqueoastrónoma Ilnya Tarem. Tiene unas horas de haber llegado en el taxi espacial. La trae aquí un importante descubrimiento. Le he hablado de ti.

"¿Qué podía haberle dicho si recién me conoce?", pensé mientras la saludaba. Su rostro —poco expresivo, no obstante unos bellos ojos color miel— mostraba quizás el cansancio del viaje. De inmediato fue al asunto que la traía a la Luna:

—Le explicaba hace unos instantes al profesor que se trata de un hallazgo arqueológico que considero aún provisional y de una expedición que lo vendría a culminar. Para esto último necesitaré de su ayuda; no cuento con nadie más. El profesor es una persona en quien confío... de hecho —titubeó por unos instantes— la única que conozco aquí, pero permítanme volver al principio: seguramente sabes acerca de Ti'amat... —se dirigió a mí.

 
 

—...Se trata de la Diosa sumeria del Caos —le respondí, luego de reponerme de la sorpresa de que mi estancia en ese laboratorio no tuviera que ver con mis investigaciones, y agregué lo primero que vino a mi memoria: según milenarias leyendas la destrucción de esa deidad primigenia fue el acto que permitió la creación del mundo.

—Bien. No tendré entonces que entrar en mayores antecedentes: hace nueve semanas, entre los restos de un zigurat de la que fuera la ciudad sumeria de Nippur, primer sitio donde los humanos labraron signos cuneiformes sobre arcilla, una expedición arqueológica al mando del doctor Streakey descubrió los fragmentos de unas tablillas excepcionales, sin duda alguna la referencia más antigua de que se tenga conocimiento sobre la Diosa Ti'amat. Las tablillas describen su derrota en combate mortal con Enlil, Dios Guerrero del Viento y la Tempestad al servicio de Anú, Deidad del Cielo venerado en la ciudad de Uruk, enemiga a muerte de la urbe de Nippur, donde como dije se encontraron las tablillas. Éstas hacen referencia al entierro de la Diosa Ti'amat en una gran montaña, "donde por siglos habrá de morir hasta un lejano e inevitable sueño del Sol" —esta frase la visitante la pronunció como si se tratara de una invocación ritual—. En una línea de interpretación que considero muy elemental —continuó explicando—, el equipo de investigación de Streakey allá en la Tierra da por sentado que el sitio de la tumba de Ti'amat se encuentra en algún lugar de las montañas al norte de la media luna mesopotámica. Están en un error... Ahí jamás la encontrarán.

Se interrumpió durante varios segundos dirigiéndose hacia una de las ventanas de la habitación. Desde ahí se podía observar el planeta en tres cuartos crecientes. Ella representaba alrededor de cuarenta años, probablemente veinte menos que Le Kratov y esa misma cantidad más que yo. Luego de cerciorarse de nuestra espera, añadió:

—Pienso que la parte profética de las tablillas no hace referencia a las cadenas montañosas en las que nacen los afluentes del Éufrates... ni tampoco a ningún relieve orográfico del gran globo... —señaló, apuntando con la mirada hacia la Tierra.

—¿Cómo dice? —le interrumpí.

—Sé que los sorprendo —respondió de inmediato y con seguridad—, pero con poco margen de incertidumbre me atrevo a afirmar que el sitio donde yace Ti'amat se encuentra aquí, en la Luna, más allá de los extremos orientales de Mare Marginus. Las tablillas anuncian un eclipse solar total sobre Nippur aludiendo a un "lejano sueño del Sol". Según mis cálculos se trata del eclipse del próximo veintitrés...

—Pero no veo —atajó Le Kratov— de qué manera sería posible otorgar a los primeros habitantes de Sumer, por muy avanzados que fueran sus conocimientos astronómicos en el cuatro o tres mil antes de Cristo, una capacidad de predicción semejante. Sin el conocimiento de la regularidad astronómica que significa el Ciclo de Saros, por ejemplo, y cuyo descubrimiento es de apenas del siglo octavo de nuestra era, resulta imposible que en los albores de la civilización se hubiera previsto un eclipse con una anticipación de miles de años.

—No digo que los sumerios hayan predicho el eclipse, no propiamente —respondió—. La profecía dice que durante un lejano eclipse Ti'amat despertará. Pero les pido que en este momento no discutamos aspectos particulares. He arribado a estas hipótesis tras un detallado examen del descubrimiento arqueológico en Nippur y elaborando, con todo rigor, una variante del sistema Kramer de traducción del sumerio.

Extrajo de su bolso un cd.

—Revíselo, profesor. Me gustaría saber su opinión. Es necesario organizar a la brevedad una expedición y confío en que se decidan a formar parte de ella. Ambos.

Las tablillas de Ti'amat

—¡Qué disparate! —exclamé tan pronto salió del cubículo.

—Puede ser, pero no adelantes dudas.

—Disculpe... no entiendo.

—Luego entenderás —fue su breve respuesta, la cual generó en mí una mezcla de curiosidad y confusión, ánimo con el que de inmediato lo asistí en la consulta del disco dejado por la astroarqueóloga.

 
 

En los directorios en pantalla aparecía la siguiente relación:
 
  • Tabl.pht (Imágenes y proyecciones multidimensionales de las tablillas);
  • Sumer.doc (Esquemas de traducción del sumerio, acadio, hurriano y otras lenguas antiguas del Asia Menor);
  • Diosa.doc (Referencias a la leyenda de Ti'amat contenidas en pasajes de relatos como Enuma Elish —en sus cinco fragmentos/versiones— y La epopeya de Gilgamesh, acompañadas de largas anotaciones y extractos de la doctora Tarem);
  • Streakey.doc (Crítica de la traducción efectuada por el equipo del doctor Streakey);
  • Tarem.doc (La traducción de las tablillas hecha por la propia doctora);
  • Eclipses.cht (Un programa simulador de eclipses parciales y totales de Sol observables en la Tierra y la Luna hasta el año 2440), y
  • Mapas.cht (Un programa de navegación con 31 mapas en relieve de una zona lunar comprendida entre los 120 y 123 grados longitud este y los 2 y 5 grados latitud norte).


Comenzamos por las tablillas.

La pantalla empezó a mostrar las características de aquellas antiquísimas piezas. Eran seis toscas piedras de arcilla endurecida que un equipo de expertos había logrado reconstruir a partir de múltiples fragmentos, en general bastante bien conservados si se considera el tiempo transcurrido desde que aquel barro fuera cocido. Una vez restauradas y listas para su eventual exhibición en museo (que finalmente nunca tuvo lugar), sus dimensiones promediaban los 60 centímetros de largo, 30 de ancho y 4.5 de grosor. Hasta aquel entonces las tablillas más grandes rescatadas por los arqueólogos en esa u otras zonas del mundo no rebasaban los 25 centímetros de largo ni alcanzaban los 16 de ancho, contando con un grosor a lo sumo de 2.5 centímetros. A la fecha no he sabido tampoco que hallan encontrado tablillas que superen tales dimensiones.

Del conjunto de piezas rescatadas del zigurat —restos de vasijas, utensilios y juegos ornamentales menores—, ellas constituían sin duda alguna el acontecimiento arqueológico relevante. Se trataba del documento más antiguo, comprobada ya su autenticidad, de la cultura sumeria y su cosmogonía. El mensaje pictográfico estaba escrito sobre una arcilla identificada como originaria de la Mesopotamia, pero mezclada con una sustancia desconocida, la cual al parecer le había otorgado una extraordinaria resistencia al transcurrir del tiempo. Al observar con zoom me percaté que sus pictografías, talladas en los albores del periodo protoliterario, eran una extraña combinación de dibujos, signos y trazos geométricos. Se trataba de una amalgama de representaciones que evocaban arquetipos simbólicos asociados a una difusa pero al mismo tiempo profunda sensación de vértigo ancestral. Esa sensación me repelía, aunque ejercía también un especial influjo sobre mi espíritu.

Procedimos a consultar el segundo documento del disco, correspondiente al diseño de un detallado esquema de traducción del sumerio elaborado por la doctora Tarem. En él se hacían críticas al método Kramer, a la par que se examinaba un conjunto de formulaciones sobre la traducción de la lengua elamita. Todo ello era cotejado con diversas versiones de la leyenda en diferentes lenguas de la primera antigüedad, la mayoría desaparecidas, y servía para sustentar las discrepancias de Tarem con la versión que al respecto sostenía el equipo de investigadores al mando de Streakey. El punto en debate —y sobre el cual ella hacía particular énfasis— radicaba en la interpretación de pasajes relativos a la figura de la diosa en los momentos posteriores a su muerte.

Aparecía también en este archivo una gran cantidad de pasajes de Enuma Elish y deGilgamesh, obras épicas de la civilización mesopotámica. Los extractos (en el caso del primer título correspondiente a las versiones Nínive, Neobabilónica, de Assur, de Kish y de Uruk) se complementaban con glosas y referencias amplias sobre el tema. Aparecían así largas citas de viejos libros como Die biblische und die babylonische Gottesidde (Leipzig, 1913), escrito por Johannes Hehn, así como resúmenes del ensayo de Wolfram Von Soden "Religion und Sittlichkeit nach den Anschauungen del Babylonier", (Zeitschrift der Deutschen Morgenlandischen, vol. lxxxix, 1935); también se referían pasajes del clásico trabajo The Gilgamesh Epic and Old Testament Parallels (Chicago, 1946), considerada una de las principales obras de Alexander Heidel. Este archivo terminaba con numerosas referencias y extractos de estudios en aquel entonces contemporáneos, tales como el sobresaliente ensayo de Julius Castorias Sumerian Mythology: birth and death (Londres, 2017) y el no menos cautivante tratado coordinado por Mohammed Baruk, Ti'amat: el origen de Eva (Bagdad, 2019).

A continuación consultamos el documento principal que contenía la traducción hecha por la doctora Tarem.

De acuerdo con su versión he aquí lo que las tablillas decían (los paréntesis significan fragmentos faltantes o bien pasajes imposibles de descifrar a causa del desgaste en porciones de algunas piezas):

Tablilla I

Antes del principio Ti'amat reinaba
y nada ocurría sin la voluntad
del amorfo ser venido del fondo.
Pero mientras Ti'amat cumplía
las órdenes del amo supremo
sus divinos compañeros en tropel
perturban su reino: las entrañas de Ti'amat
bailan en su seno: ahí donde establecerían el cielo.

Tablilla II

Así fue que el engendrador de los Grandes Dioses
llamó a su sirviente principal:
"Mummú, que otorgas alegría a mi corazón, vamos ante Ti'amat".
A ella pidieron consejo
de los Dioses Rebeldes.
La Diosa Madre habló:
"sus costumbres me enojan
(...)
los destruiré para reinar de nuevo".

Tablilla III

Los partidarios de Ti'amat
dispuestos a combatir
coléricos como leones
(...) revistiendo de terror fieros dragones
y la madre creadora de todas las formas
les dio armas temibles:
serpientes monstruosas de aguzados dientes
criaturas llenas de veneno y no sangre
coronadas de llamas al modo de los Antiguos.

Tablilla IV

Anú supo que la Diosa de la oscuridad profunda
quería someter a los suyos
(...) ordenó a Enlil su jefe guerrero:
"la asamblea de Dioses te manda combatir a Ti'amat
destaces su cuerpo
y esparzas su sangre en el desierto".
Enlil hizo un arco y carcaj
tejiendo una red para atrapar a Ti'amat
ordenó a los cuatro vientos estar alertas:
dones de su padre Anú
a los que colocó en los bordes de su red
e hizo que el relámpago lo precediera
escudando su cuerpo.

Tablilla V

Desplegando su poderosa red
Enlil sorprendió a Ti'amat
quien abrió sus fauces para devorarlo
pero los vientos siempre alertas no la dejaron:
el viento sur y el viento este
viento norte y viento oeste.
Así fue como Enlil pudo con veloz flecha
traspasar su corazón.

Tablilla VI

(...)
Mas Enlil no arrastró su cuerpo
ni rompió su cráneo ni la cortó en pedazos
(...)
ni ordenó que los vientos dispersaran su sangre
en las arenas resecas del desierto
(...)
Enlil no cumplió todas las palabras de Anú.

Tablilla VII

Y así la inmortal Ti'amat
Madre de todas las hechiceras
apeló al poder de los Antiguos:
"Cuando duermas en tu templo, Anú,
oculto por la sombra de lo que será mi cripta
llegaré a reinar de nuevo".
Luego mandó a la Luna que saliera
encomendándole la noche
sitio de su descanso bajo la gran montaña
la más lejana y opuesta
en el cobijo de la muerte
hasta un lejano sueño del Sol".

Tal era lo escrito en las tablillas.

Mientras leía aquellos versos creí escuchar un eco desconocido inspirado en un fondo numinoso, como el resonar de cantos provenientes de muy remotos tiempos. Por unos instantes el sonido me pareció tan real que pensé formaba parte del entorno proporcionado por el propio disco. Al darme cuenta que no era así, un frío nervioso ascendió desde el centro de mi espalda hasta la base del cuello. En el semblante de Le Kratov creí percibir (aunque desconozco si él también "escuchó" esa extraña música) una emoción similar: sus ojos brillaban con una mezcla de placer y temor, de descubrimiento y cautela. Con el asomo quizá de un espanto instintivo.

Atrapados ambos por la leyenda, proseguimos con la revisión del cd.

Del programa simulador de eclipses tal vez no tenga mucho que adelantar en este momento, por lo que tan sólo diré que permitía reproducir el curso de un eclipse total de Sol que tendría lugar en tres días, y cuya umbra pasaría precisamente por el sitio donde hacía más de cinco mil años se habían asentado los primitivos pobladores fundadores de la (hace siglos desaparecida) ciudad de Uruk, en la que se adoraba a Anú. En lo que parecía una peculiar coincidencia cósmica (luego comprendí que no era de ninguna manera un hecho fortuito), durante el eclipse la Luna estaría en su perigeo, mientras que la Tierra se encontraría también a su mayor distancia respecto del Sol; ambas circunstancias harían del ocultamiento del astro rey algo inusualmente prolongado, con una fase de eclipse total de poco más de siete minutos.

Los archivos de los mapas lunares integraban una cartografía completa de la zona donde Tarem suponía hallar la tumba de Ti'amat. La serie era una porción de un conjunto de placas procesadas por un viejo satélite en órbita lunar, a 200 km de la superficie, y que al cabo de 300 vueltas enteras (una en cuatro horas) había fotografiado ambas caras de la Luna. El análisis de la composición de la superficie se había realizado mediante luz invisible, ultra-violeta e infrarroja. Procesadas con una unidad de telemetría láser a fin de calcular la distancia entre el satélite y la superficie, las proyecciones suministraban un mapa en realidad virtual del montañoso y desolado relieve.

Debo reconocer que esta serie de referencias históricas, lingüísticas, literarias y astronómicas me infundió dudas (es decir, en este caso certezas) sobre la extravagante teoría de la astroarqueóloga, y con ello una especial curiosidad sobre lo que pudiera contener de verdad la leyenda misma. Lo que hasta ese momento habíamos revisado parecía indicativo de que, si bien cargado de matices fantásticos, lo dicho por Ilnya Tarem parecía tener algún sustento. Por lo visto así le pareció también a Le Kratov, quien me pidió de manera vehemente lo acompañara en la expedición. En particular opinó muy bien de ella:

—La conozco de hace tiempo, en la Tierra. Asistió a algunas de mis primeras conferencias sobre transportación lumínica. No es de extrañar que un profesional de la astroarqueología se interese en tales temas, pero sí me llamó la atención que pese a la opinión mayoritaria de aquel entonces, respaldara mis primeras formulaciones sobre la inutilidad de las "cuerdas cósmicas" como vía para recorrer los espacios interestelares. De acuerdo con mis primeras teorías, la única manera de remontar los dilatados abismos siderales era a través de lo que yo llamé gráficamente Túneles de Oscuridad Total... Pero, bueno, no es de esto de lo que quiero hablar, sino de la expedición... No supe de Ilnya durante varios años, aunque no hace mucho me enteré que había dejado a un lado sus exploraciones en un sitio boscoso y frío del continente americano, llamado Sentinel Hill, para irse a los calurosos desiertos mesopotámicos con motivo del descubrimiento del zigurat de Nippur...

—De acuerdo —lo interrumpí ansiosamente, pues de hecho no necesitaba antecedentes y recomendaciones para decidirme—. Lo acompañaré.

Le Kratov no fue el único sorprendido con mi abrupta respuesta. No obstante mi relativo y por demás lógico escepticismo, me di cuenta que no había vacilado en aceptar la invitación a formar parte de una peculiar expedición. ¿Sería porque desde antes de mi arribo a la Luna deseaba recorrer más allá de los exteriores cercanos a la urbestación que se visitaban en los tours y las tradicionales excursiones por las colinas próximas? La expedición era sin duda una gran oportunidad —me dije a mí mismo— de ir al lado oculto. "De paso aprovecharé para tomar fotografías de la Tierra mientras la atraviesa la sombra lunar; y hasta tendré oportunidad de realizar algún experimento óptico". No tardaría mucho en preguntarme si más bien mi precipitada decisión había estado motivada por el influjo de esa extraña leyenda, cuya profecía —sin darme cuenta— me había ya atrapado.

Al oriente de Mare Crisium

Fue necesario hacernos de una nave de transportación ligera y del equipo básico de prospección arqueológica. La doctora Tarem insistió en partir lo más pronto posible a fin de llegar al destino de la expedición con anticipación al eclipse. Eso significaba que no quedaba tiempo para esperar la llegada de equipo especializado desde la Tierra, y aun cuando esto nos impedía contar con el instrumental más avanzado, en las bodegas generales de la urbestación conseguí, por indicación de la arqueoastrónoma, todo lo requerido para lo que ella misma llamó un mínimo trabajo profesional de exploración. La lista consistía básicamente en una cámara fotográfica de luz roja, un medidor de resistividad eléctrica, un detector de metales de magnetismo termoremanente, un magnetómetro de protones y, por último, un viejo arqueoautómata de tercera generación, conocido como Upuaut III. Luego describiré utilidades y funciones de cada uno de estos aparatos e instrumentos, pero por lo pronto quiero advertir que ocupado en esos preparativos para mí desconocidos, no reparé en obvias interrogantes. ¿Por qué el profesor —como le llamaba ella— había recurrido a mí y no a ningún otro asistente o colega? ¿Cuál era la relación entre ellos? Mi inexperiencia y entusiasmo por partir no me permitían ver más allá de los arreglos previos a la expedición, los cuales me ocuparon por completo las siguientes treinta y tantas horas. Durante ese lapso tampoco cruzó por mi mente la pregunta de lo que se hubiera comentado de Le Kratov entre los miembros de la comunidad científica de Alpha Crisium, si es que acaso él hubiese dado a conocer el verdadero motivo del viaje. Más tarde sospeché —sin estar del todo seguro— que muy probablemente esa era la razón del porqué me escogía a mí para acompañarlo: alguien para él desconocido y a quien por lo mismo nadie daría crédito alguno. De no proceder así de seguro más de uno de sus colegas —recuerdo muy bien el ambiente hiperracionalista en boga durante aquellos años— lo hubiera acusado de padecer llana locura.

Mientras yo me dedicaba a las labores de aprovisionamiento, el profesor se encargó de obtener la nave para el viaje, solicitándola a las autoridades del Centro, aduciendo una visita de trabajo al Instituto Julio Verne, ubicado en el cráter del mismo nombre, también en la cara oculta del satélite, pero en su hemisferio sur. En dicho instituto se realizaban (y hasta donde sé, aún prosiguen sin resultado alguno) experimentos con aceleradores de partículas que al operar resguardados por completo de las interferencias terrenas, pueden escudriñar el cosmos desde una posición inmejorable en la búsqueda de respuestas sobre la naturaleza última de la materia.

Luego de día y medio de preparativos —además del equipo, reunimos provisiones para tres jornadas— partimos hacia el oriente. Efectuadas las maniobras automáticas de despegue, la doctora Tarem se hizo al mando. Yo permanecí al lado de la ventanilla izquierda.

Al salir de la urbestación en la noche lunar, contemplé la gigantesca estructura de Alpha Crisium —la primera base lunar del Mar de las Crisis a la que se le había dado rango de ciudad. Su forma de triángulo equilátero y los contornos de su gigantesca circunferencia inscrita, le imprimían al conjunto arquitectura-paisaje un sentido que durante unos breves instantes presentí cabalístico, esotérico. Las placas que revestían las paredes exteriores de la ciudad reflejaban la oscuridad de la larga noche que llevaba ya más de diez días. Lo mismo ocurría con los destellos que llegaban desde una Tierra envuelta en gran parte por blancas nubes. Incluso las estrellas alcanzaban a reproducir de manera pálida sus rayos de luz en aquellos espejos que recubrían las paredes de la ciudad lunar. A nuestras espaldas observé un par de colectores solares integrados a un complejo de sistemas fotovoltaicos que alimentaban de energía a la urbestación y, más allá, algunos vehículos cavadores de minerales.

Las luces de Alpha Crisium no tardaron en perderse en la cercana curva del horizonte, casi el mismo tiempo que le tomara a Le Kratov empezar a dormitar.

El plan de vuelo estaba trazado en dirección a donde se encontraba el Instituto Verne (146× 37" E; 35× 10" S), pero de acuerdo a nuestros propios planes —a poner en práctica luego de salir del corto alcance del radar de la urbestación— cruzaríamos el pequeño Mare Marginus, más tarde pasaríamos por los cráteres Popov y Lobachevsky, para finalmente llegar a unas montañas ubicadas en los 123× E, y poco más de 2× N, casi a la altura del ecuador lunar.

Al acercarnos a los bordes orientales de Mare Crisium, la Tierra a nuestras espaldas se ocultaba casi por completo bajo el horizonte mientras que la luz del Sol delante nuestro se hacía cada vez más intensa. A lo lejos alcancé a avizorar los perfiles de unas montañas en dirección norte. Mirando por la ventanilla no podía dejar de percibir mi excitación interior. No era ya sólo la aventura de ir al lado oculto y a una zona prácticamente inexplorada. Había algo más. Mi imaginación me hacía ya formando parte de una expedición arqueológica célebre... porque... ¿Y si tenía razón? ¿Habría una tumba o alguna otra clase de vestigio que ratificara su teoría? Bastaría la más leve pista o prueba y las Tablillas de Ti'amat representarían —había escuchado decir eso al profesor— mucho más que la Inscripción de Benhistu descubierta en 1621 y que había permitido descifrar múltiples claves de la historia primera de la humanidad.

En menos de una hora llegamos a Mare Marginus. De tamaño reducido, la nave no tardó en cruzarlo y alcanzar su otra orilla. Ante un paisaje sin ninguna variación y con interés por conocer más sobre las expediciones arqueológicas mesopotámicas, decidí consultar nuevamente el cd que nos había proporcionado la doctora Tarem en el laboratorio. Al hacerlo me topé por accidente con el respaldo de un anexo que ni Le Kratov ni yo habíamos notado un par de días antes. Se trataba de un collage de notas y extractos sobre la composición interna de la Luna y de su corteza, mezclado de forma caótica aquí y allá con resúmenes de las diversas investigaciones emprendidas por Tarem durante los últimos años.

Luego de varios minutos de revisar entre esos archivos traslapados, descubrí larguísimos pasajes de un antiguo libro, conocido en el mundo occidental como El necronomicón (en árabe: Al-azif), escrito por el sirio Abdul al-Hazred, alrededor del 730 de nuestra era. La obra original se había perdido (su última referencia correspondía a un ermitaño bibliotecario estadunidense, quien la tuvo en sus manos antes de que estallara la segunda conflagración mundial del siglo pasado), pero existía una traducción al griego realizada por el patriarca hereje Theodorus Philetas, quizás editada en Constantinopla en el 950 y celosamente resguardada en la sección de Ciencias Ocultas de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. En ese mismo campus se conservaban algunos fragmentos de una versión anónima en lengua castellana, tal vez de principios del siglo xiv. Ilnya Tarem había escaneado y traducido largos extractos de ambas versiones, todos ellos con reiteradas referencias a desconocidos demonios, a insanos ritos de religiones extraviadas, a seres abominables venidos de los espacios exteriores. Me limitaré a recordar sólo un breve pasaje de ese texto maldito (prohibido por todas las religiones modernas). Entre muchos pasajes más, contenía una clara referencia a Ti'amat:
 

Ellos, los Dioses de la Antigüedad Primera, aguardan en los umbrales donde tiempo y espacio se transmutan. Escrito es que cada deidad tenga su propia puerta desde los enormes vacíos entre las estrellas... La Madre del Desierto, la que fundó la Ciudad de los Pilares y habita la Pirámide de las Sombras, Ti'amat la primigenia poderosa, oculta de la mirada al cielo nocturno, será la primera. Escrito es que despertará cuando el príncipe enemigo duerma bajo su sombra total... Ayudada por las sacerdotisas de N'yar reinará de nuevo, iniciando el retorno de los Primigenios.


¿De qué trataba todo aquello? ¿Había sido invitado a una investigación o a un ritual diabólico? ¿Quiénes eran las sacerdotisas a las que se aludía en ese y diversos pasajes relativos a la resurrección de Ti'amat? ¿Debía despertar a Le Kratov y hablar sobre el contenido del respaldo? Me detuve antes de hacerlo: bien podía tomar a broma mis temores e incluso llegar a ofenderse por mis dudas sobre la precoz defensora de sus teorías, o bien podía yo mismo, con mis sospechas, delatarme, en caso de que él fuera su cómplice. Por lo demás ¿cómo hablarle sin que ella se percatara? En tales interrogantes me debatía cuando de pronto la nave vibró suavemente. Sus sistemas se alteraron una fracción de segundos.

—¡Un mascom! —gritó ella.

Absorto durante un buen rato con la lectura de El necrono-micón, no me había percatado que volábamos sobre el cráter Popov y, a juzgar por el grito, habíamos pasado sobre una elevada concentración de masa, es decir, una zona de densidad acentuada que provoca anomalías en el campo de gravitación y altera todo tipo de flujos de energía.

La exclamación y el parpadeo de las luces despertaron a Le Kratov, pero para cuando podía haber llamado su atención, era tarde. Debido en apariencia a las fuertes distorsiones en el campo magnético, el documento había desaparecido por completo. Pese a reiterados intentos por recuperarlo, estaba borrado en su totalidad. Mis sospechas crecían: ¿la falla en la computadora había sido a causa del mascom? ¿Hubo en verdad tal anomalía magnética? Sabía que se trataba de un fenómeno no infrecuente en la Luna, pero ¿acaso los instrumentos de la nave no registraron su presencia en nuestra trayectoria de vuelo y en consecuencia podían habernos advertido?
 

 
 

La cordillera del terror

Además de su completa y desolada desnudez, las montañas lunares alimentan de manera especial mi imaginación. Sus elevados riscos de perfiles afilados (dada la carencia de lluvias y vientos, la Luna no tiene quien lime sus contornos) evocan imágenes de inspiración tenebrosa. Recuerdo que un escritor, el cual por cierto no alcanzó a visitar en vida el astro selene, lo imaginó como un mundo muerto y desolado, sin agua y sin vida, un inmenso y total desierto. Pero creo que hay que estar en la Luna y al pie de una de sus montañas para apreciar lo sobrecogedor y dramático del entorno. La Luna es en sí la imagen misma de la eternidad desértica: quietud permanente, total silencio, absoluta soledad. Polvo y roca para siempre inmóviles. En ese vacío sus montañas son especiales: es lo único que rompe la tediosa uniformidad grisácea del paisaje y eleva ese mundo muerto hacia el cielo. Eso las hace especialmente bellas, aparte del hecho de que en sus laderas y en su agreste fisonomía pareciera concentrarse una angustiosa sensación de pérdida, de solitario extravío, de total abandono.

La montaña de nuestro destino (a la que llegamos luego de pasar por el cráter Lobachevsky) tenía un origen tectónico (cuando el satélite natural era un cuerpo sideral vivo) y formaba parte de una larga y continua cadena de elevadas cimas que corría en dirección no/se desde el sur del cráter Giordano Bruno hasta cerca del Ecuador, para luego virar primero hacia el sur y más adelante hacia el norte en una cerrada y breve curva, al modo del mango de un bastón. La silueta oscura de la cordillera se recortaba contra la intensa luz solar tras ella y, colocados bajo sus pronunciadas sombras, aquellos contornos parecían anunciar el arribo a un macabro recinto de infranqueables murallas y abismales fosos. Al aproximarnos no pude evitar una desconocida sensación de vacío cósmico y temor preternatural que por unos momentos me invadió de pies a cabeza.

La nave tomó altura siguiendo durante varios minutos las escarpadas pendientes, quebradas aquí y allá por cavidades y precipicios. Al bordear una saliente, a más de dos mil metros, alcanzamos una meseta. Nos dirigimos hacia el noroeste, internándonos en aquel desolado macizo montañoso. Después de varios minutos llegamos a una alargada depresión que corría durante varios kilómetros. La computadora, alimentada con la información cartográfica que ya describí, seguía un curso programado. Entre farallones y gargantas, nos enfilamos hacia un estrecho cañón de no más de 30 metros de ancho y paredes de unos 90 o 100 de alto. Entramos a él. En algunos puntos era demasiado angosto —tanto que la nave apenas podía librar los acantilados— mientras que en otros tenía la suficiente amplitud como para que incluso ella pudiera ser operada de manera manual sin riesgo alguno.

Pero lo asombroso de todo aquello es que esos acantilados se encontraban repletos de arriba abajo y a lo largo de varios kilómetros, de una infinidad de salientes y cavidades en abigarradas y bien trazadas formas geométricas: cubos, conos truncos, pirámides invertidas, esferas de una magnífica redondez. ¿Era acaso un espejismo? Aquello no podía tener un origen natural. Semejantes figuras en tal disposición arquitectónica no podían ser fruto caprichoso de la evolución tectónica, ni mucho menos resultado del impacto de algún tipo de meteoro. ¡Eso era imposible! ¡Alguien o algo (¿qué tipo de seres o criaturas?) había esculpido y perforado miles o millones de años atrás esas montañas!

Tuve la clara impresión de que me encontraba contemplando los restos exteriores, las ruinas abandonadas de una gigantesca ciudad, pero que había sido edificada no sobre un plano horizontal, sino en los dos planos verticales paralelos que formaban los acantilados. Por unos instantes recordé descripciones de visiones semejantes, narradas por exploradores que por vez primera osaron internarse en desoladas zonas de la Tierra, tales como los candentes desiertos de Asia o Norteamérica, o las heladas regiones del Himalaya o la Antártida. En aquellos relatos, los cuales luego tuve tiempo de releer con especial atención, se describen espejismos (siempre entre nubosidades y claroscuros matinales o vespertinos) ya sea de extrañas y enormes ciudades con caprichosas estructuras extendidas a lo largo de inmensas planicies, o bien de urbes descomunales erigidas en paredes ocultas de inexpugnables montañas. Pero en la Luna no hay una atmósfera que, en las caprichosas visiones de la penumbra o del amanecer, pudiera refractar luces o proyectar vacilantes sombras como en la Tierra. En la Luna lo que existe es una tenue capa de atmósfera sin vapor de agua y sin polvos o gases pesados que puedan interferir ningún rayo de luz.

—Tenía yo razón —dijo ella interrumpiendo el silencio cargado de asombro—. Es verdad: la Luna fue casa de los ancestros, su última escala antes de llegar a la Tierra provenientes de las profundidades más lejanas del cosmos. Cerca de estas ruinas debe reposar Ti'amat. —La astroarqueóloga señaló hacia una elevada cumbre al final del angostadero, y añadió un rezo del que sólo alcancé a escuchar algunas partes—: "...Tres serán los heraldos de tu advenimiento... dos los ofrendados en tu sacrificio... una quien vigile tu retorno...":

Con un escalofrío reconocí de nuevo aquel tono solemne, como si se tratara de una invocación ritual: lo había oído ya en el laboratorio.

—¿De qué hablas? —preguntó Le Kratov.

No obtuvo respuesta.

Yo sí lo sabía —y eso me helaba la sangre: "Serán tres los testigos de la resurrección, dos los sacrificados en su llegada y una quien abra las puertas del nuevo reinado". Así decía —aún recuerdo cada una de las palabras— uno de los tantos pasajes de aquel libro que descubriera al cruzar Mare Marginus.

Antes de que el cañón que recorríamos diera paso a una meseta previa al elevado pico, las construcciones en los farallones a nuestro lado se fueron espaciando hasta desaparecer. Podría suponerse que hasta ahí llegaba la orilla de aquella ciudad, o lo que eso fuera.

Saliendo de entre las paredes del cañón, la nave tomó altura dirigiéndose hacia el centro de aquel escarpado macizo de rocas de color gris más oscuro que el resto del entorno.

—...Me refiero a esa cavidad —al fin respondió a la pregunta de Le Kratov.

La nave disminuyó su velocidad y acabó posándose en un saliente ubicado a unos 15 metros encima de la oquedad. Nos encontrábamos en los 123 grados 23 minutos longitud este y 4 grados 43 minutos latitud norte, a una altitud de 2,500 metros sobre el nivel promedio de la superficie lunar y, siempre de acuerdo con los datos proporcionados por la computadora, en el acceso a una enorme red de grutas que al parecer se internaba kilómetros en el corazón mismo de la montaña.

Decidimos salir a explorar de inmediato. Mientras Le Kratov reportaba a la Torre de Control de Alpha Crisium aproximarnos al cráter Julio Verne, Tarem y yo revisamos los sistemas de presurización, aire y comunicación de los trajes, y pronto estuvimos listos para salir de la nave. En un montacargas de control remoto dispusimos el grueso del equipo de exploración. En tanto Le Kratov se dedicaba a filmar la boca de la cueva y sus alrededores, ayudé a la astroarqueóloga a realizar un levantamiento topográfico y tomar algunas muestras de aquella entrada, la cual tenía una forma triangular de escasamente metro y medio de altura. Me mantuve cerca de ella, pues no pretendía dejar de vigilar ninguno de sus movimientos.

Desde el sitio en el que nos encontrábamos se dominaba, mirando hacia abajo, tanto la meseta sobre la que reposaba el elevado pico, como el angosto cañón al fondo. El horizonte cercano ubicado a nuestra altura era ocupado en todas direcciones por una continua secuencia de otras afiladas cumbres integrantes de aquella cordillera. Pero desde el punto en que nos encontrábamos no se alcanzaban a divisar a lo lejos ninguna porción de las planicies próximas. Era como estar encerrado en un valle en la cima de la Luna. De todas las cumbres a nuestro alrededor la más alta era en la que nos encontrábamos —hecho que no tardaron en confirmar los instrumentos. Durante algunos segundos —no los suficientes como para en realidad perder de vista a la astroarqueóloga— observé hacia esa cima. Aquel entorno en las alturas se perfilaba de modo tal que agravó en mí una sensación de opresión y pavor anímico.

Como dije, acompañé a Tarem a realizar diversos experimentos, mientras explicaba algunas de las funciones y características del equipo de prospección que habíamos llevado con nosotros. Yo sabía, por mis estudios en óptica, que la fotografía roja permite registrar radiaciones de longitud de onda más larga que las de la luz visible, haciendo posible apreciar de ese modo objetos, en este caso vestigios arqueológicos, imposibles de detectar por el ojo humano. Desconocía en cambio la técnica usada para medir la resistividad eléctrica del subsuelo: al aplicar un voltaje externo a dos electrodos introducidos en la superficie, se genera un campo eléctrico entre ambos. Si el suelo es homogéneo las líneas de flujo corren regulares y simétricas respecto del trazo que une a los electrodos. Por el contrario, la presencia de paredes, fosos o cualquier otro tipo de construcción provoca alteraciones en las líneas de corriente. El método original, ideado hace más de un siglo en la Tierra, mide variaciones de humedad, lo cual en la reseca Luna es improcedente, por lo que el sistema se había adaptado atendiendo a la composición del suelo selenita. Una adecuación análoga había tenido lugar con los detectores de metales que funcionan bajo el principio del magnetismo termo-remanente y que atienden a la cualidad de los óxidos de hierro de generar un campo magnético propio si son sometidos a altas temperaturas. Este es el caso de la ilmenita (óxido de hierro de titanio), de donde se extrae buena parte del oxígeno que abastece a las urbestaciones lunares.

De acuerdo con esos instrumentos nos encontrábamos en la boca de lo que parecía una gigantesca madriguera: en la pared del fondo de la caverna, hacia su parte inferior, se abría una red de pasadizos y grutas que se internaba decenas, tal vez centenas, de metros. El monitor trazó una ruta que tenía como objetivo llegar a lo que Tarem llamó el recinto del "advenimiento mortuorio" de la Diosa.

Con el auxilio de una palanca y contando con la poca gravedad lunar, removí con facilidad una roca que cubría de manera parcial la entrada a aquellas grutas. Adelante marchó Tarem, luego Le Kratov y yo en la retaguardia. A indicación del profesor adherí a mi mochila el arqueoautómata —Upuaut III—, un pequeño robot equipado con sonar, luces de profundidad, cámara de video, rayos X y dos pequeñas barretas retráctiles. Nos sería útil en caso de encontrar túneles o pasajes demasiado pequeños o peligrosos. El resto del equipo quedó en el montacargas.

Nos dirigimos por un pasadizo angosto y de baja altura. Por fuerza había que agacharse para caminar, además de tener que hacerlo no muy rápido, pues el casco golpeaba con el techo del que salían unas achaparradas estalactitas de color pardo, indicio inequívoco de que una sustancia se había trasminado y sedimentado al paso de los siglos. Los intentos de identificarla con el instrumental bioquímico de los trajes espaciales resultaron fallidos, por lo que Le Kratov tomó algunas muestras de esas estalactitas, mucho más cortas y anchas que las de la Tierra, a fin de examinarlas con posterioridad.

El piso de la galería seguía estando polvoso, de la misma consistencia que el del exterior. A los lados del pasillo se abrían más oquedades, por lo general de dimensiones pequeñas, si bien en algunas alcancé a vislumbrar que daban paso a nuevos ramales de grutas.

Después de largos minutos de difícil caminata habíamos bajado a una profundidad de 90 metros, donde la estrecha galería desaparecía para desembocar en una monumental cavidad de la que brotaba una extraña y muy pálida luminosidad. No había explicación alguna a tal iridiscencia y Le Kratov se aventuró a decir que probablemente era resultado de peculiares reacciones químicas, provenientes quizá de concentraciones de bario o estroncio depositadas desde hacía milenios en aquellas ancestrales catacumbas. Las imponentes dimensiones de la bóveda —según los cálculos alcanzaba las dimensiones de un estadio— resultaba sobrecogedora. En la extraña oscuridad reinante convertida en penumbra por nuestras potentes linternas, se generaba un aura neblinosa que me pareció inequívocamente maléfica. La impresión fue tal que dudé acerca de si lo que contemplaban mis ojos no sería acaso alguno de los círculos en los que Dante imaginó el infierno.

Aún hoy, en los momentos en que dicto a mi computadora este relato, el recuerdo de aquella visión me sobrecoge al punto de hacerme dudar; es decir, al llegar aquí vacilo en seguir adentrándome en mi propia pesadilla. ¿Tendrá sentido revivir lo que por tanto tiempo traté de enterrar en el fondo de mi mente? Con el fin de intentar escapar de tales recuerdos fue que decidí abandonar la Luna y desde entonces no regresé a pisar su suelo. Hoy me pregunto si acaso el tormento que significa para mí recordar todo ello servirá de algo: ¿alguien acaso podrá con mi solitario testimonio impedir que suceda lo que luego del reciente sismo me temo es ya inevitable? ¿Existirá quien no piense que todo esto es una mera ficción? Me temo que no. Yo mismo, como lo dije al inicio, me he esforzado por creer que lo que sucedió en aquellas montañas ya desaparecidas no ha sido nada más que eso, una ficción de mi mente, y durante tanto tiempo me he querido convencer de que lo que vi y presencié fue sólo una espantosa ilusión, que hoy temo dejar una impresión de irrealidad en lo que aquí escribo. Pero estoy seguro de que no se trata de ningún falso recuerdo y supongo también que ya no es momento de arrepentirme de seguir adelante con mi narración. En todo caso debí detenerme y regresar sobre mis pasos antes de cometer la imprudencia de entrar a aquella enorme gruta.

De inmediato descubrimos que a lo largo de una amplia banda de casi tres metros de altura las paredes irregulares de la cueva ¡estaban labradas de enormes glifos de sombríos colores! El tallado de aquellas rocas era rústico y burdo en comparación con el trabajo y la técnica de construcción que había dado lugar a las impresionantes figuras geométricas que habíamos observado al pasar por el cañón en medio de la cordillera. No obstante su rudimentario acabado, en aquellas pinturas rupestres bien se podían distinguir, a una escala mucho mayor, ¡los mismos trazos y representaciones que había visto en las proyecciones de las tablillas que narraban la leyenda de Ti'amat! Los colores que cromaban símbolos y figuras no puedo describirlos, pues me resultaron desconocidos, pero me percaté que sus tonos eran especialmente ocres y de apagados mates. En estos glifos se podía apreciar con mayor claridad que en el monitor del laboratorio que ciertas líneas y dibujos se repetían, aun cuando de forma invariable la figura alada con tentáculos, representando a la Diosa del Caos, era la imagen principal. En ocasiones —las menos de las veces— ella se encontraba con las alas plegadas recubriendo su cuerpo, a semejanza de un capullo del que apenas sobresalía un cráneo con dos alargadas protuberancias a modo de cornamenta. En la mayoría aparecía desplegando sus extremidades superiores en una suerte de extraño velamen, con seis tentáculos a la altura de lo que correspondería a su cintura, un cuerpo tubular anillado y una cabeza alargada. En estos casos casi siempre tenía las fauces abiertas (no dentadas) y mostraba un rostro fiero en el que sobresalían dos especies de antenas con unas protuberancias —me resisto aún a llamarlas ojos— que me parecieron la expresión misma de la maldad cósmica.
 

—Aquí está representado su combate con Enlil —Tarem iluminó una figura también alada pero con marcados rasgos antropomórficos—. Es éste: el que porta arco y carcaj y a quien resguardan vientos y centellas. Observen las representaciones: el círculo adornado de rojo es la deidad de Anú. Es el Sol que instruye a Enlil. Muchos siglos después de que se labraran estos glifos, al Dios del Cielo se le designaría con el número 60, noción matemática de la perfección de acuerdo con el sistema sexagesimal sumerio...

Yo no alcanzaba a seguir las palabras de la arqueoastrónoma, pues apenas podía dar crédito a lo que tenía ante los ojos. ¿Cómo es que existían, precisamente ahí, esas pictografías? ¿En verdad esa deidad maléfica había existido?... ¿y mantenía, como decía la leyenda, un vínculo con la Luna?... y... lo que sin duda me hacía estremecer... ¿moraba en ella y era ése su recinto?

—Mejor regresemos... no podremos solos explorar este sitio. Es demasiado grande y necesitamos de un equipo mucho mayor... quiero decir que el descubrimiento ya está hecho... —seguí agregando de forma deshilvanada dos o tres ideas más...

—Imposible... hay que seguir adelante... nos queda una buena cantidad de oxígeno en los tanques como para permanecer varias horas... Además, no podemos esperar a que nos asistan... hay que encontrar dónde yace Ti'amat antes de que ocurra el eclipse en Uruk.

—¿Por qué tanta prisa?

—Para estar preparados. En la hora indicada.

—¿Indicada?

—Hablo de su resurrección.

—¿En verdad cree eso?

—¿Creías posible hasta hace poco lo que ahora estás viendo?

—Lo creo ahora y me temo que se trata de una deidad diabólica... ya... leí lo que dice El necronomicón —agregué tratando de ponerla al descubierto.

—¿De qué hablas? —preguntó Le Kratov.

—De un respaldo que no advertimos al revisar el cd en Alpha Crisium, pero que de manera accidental descubrí luego de cruzar Mare Marginus. Es un libro sobre ritos demoniacos y religiones sanguinarias que, entre muchas abominaciones más, describe pasajes de la leyenda de Ti'amat y de la profecía sobre su resurrección...

—¿Dónde está?

Tardé en responder, pues sabía que no resultaría:

—Toda esa información desapareció del disco cuando topamos con el mascom...

Me miró con extrañeza. Mi intento de advertencia fracasaba.

—Debes relajarte. Es decir... te entiendo —dijo en tono amable—, la emoción de un viaje a estas montañas, la leyenda de Ti'amat, este recinto sublunar... en fin, es natural que todo esto acabe por excitar tu mente. Necesitas calmarte o bien, si así lo deseas, puedes regresar a la nave. Ahí te sentirás tranquilo.

—No creo conveniente que nos separemos —dijo de inmediato Tarem.

Me pregunté si lo que temía era que yo pudiera pedir auxilio (o al menos reportar nuestra verdadera ubicación) o no contar conmigo para lo que suponía sería un sacrifico en el altar de Ti'amat.

—Pienso igual —respondí, pensando en la seguridad del profesor y, sobre todo, considerando en no regresar solo por aquellas grutas malignas.

Continuamos el recorrido por la cavidad. Lo hicimos con extremo cuidado, ya que por un momento el profesor estuvo a punto de caer en un estrecho pozo que comunicaba a lo que parecía ser un nivel inferior. Aunque pudimos haber bajado nosotros mismos, decidimos utilizar el Upuaut para que hiciera un recorrido y un pequeño mapeo del entorno: se trataba de una nueva maraña de pasadizos y túneles a poco más de dos metros bajo el nivel donde nos ubicábamos. En nuestro recorrido por la cueva esquivamos varios de esos pozos, todos ellos de proporciones semejantes y con un contorno circular bien trazado.

Al cabo de unos diez o quince minutos de reanudar la exploración, llegamos a lo que era sin duda el centro ceremonial de ese gran recinto. En ese momento mis nervios estaban tensos y mi mente alerta al máximo.

—Vean —escuché la voz de Tarem—: allá.

—¿Qué es eso? ¿Un montículo? —inquirió Le Kratov.

En efecto, era un zigurat, un montículo piramidal primitivo como los edificados siglos atrás en Mesopotamia. Pero si en la Tierra al ser construidas de barro tales edificaciones no pudieron soportar el paso de los tiempos, este zigurat en cambio se conservaba intacto. Nos acercamos con precaución y asombro. Alcanzaba los trece metros de altura a partir de cuatro o cinco niveles y tenía una base de 31.4 metros por cada uno de sus cuatro lados. En uno de esos lados se encontraba una escalinata con extrañas inscripciones y a sus costados dos series de pebeteros de los que emanaba el gas luminiscente que daba esa extraña visión dentro de la cavidad. Nos detuvimos a los pies del zigurat antes de comenzar a ascender por él. Tan pronto lo hicimos me percaté que el espacio comenzaba a distorsionarse: los peldaños cambiaban de forma y tamaño y con ellos también los niveles que formaban la estructura del zigurat. Hacia arriba de la pequeña y rústica pirámide se formaba un vórtice rojinegro mientras que lo que estaba abajo y alrededor de la caverna desaparecía para dar lugar a un enorme vacío de oscuridad total... ¡Pero no detuve mis pasos! Continué ascendiendo por aquellos rústicos escalones que por momentos parecían moverse incluso al parejo de mis pies. Pero al aproximarme a la parte superior del zigurat me pareció que ¡emergía la figura de una criatura con unos ojos de maldad indescriptible acompañada por un universo plagado de criaturas terroríficas! Reaccioné: con un grito quité mi vista de aquello que percibí en un fugaz instante de lucidez como un túnel infernal que transportaba espíritus malignos, evacuados en un espantoso remolino y que comenzaban a flotar de forma frenética entre nosotros, disolviéndose en emanaciones etéreas y volviendo a reaparecer en distorsionadas formas de fealdad indescriptible.

Unos gritos agudos chirriaron en mis audífonos. Bajo el traje sentí que mi piel se erizaba:

—¡Mhe Ti'amat! ¡Mheee Ti'amat! ¡Apsú an anúm! ¡Mhee Ishtar!

Tarem gritaba con los brazos extendidos rígidamente hacia atrás. Todo su cuerpo se tensaba y por unos instantes llegó a arquearse cual posesa.

—¡Napishtú Ti'amat! ¡Etimmú Shamash!

Tarem invocaba cada vez con mayor fuerza. Retrocedí. Mis piernas flaqueaban, no obstante la débil gravedad lunar.

— ¡Salga, doctor! —grité alejándome de esas columnas a grandes saltos. Volví a llamarle mientras corría torpemente, casi brincando sin control. En el interior de mi escafandra seguía escuchando las invocaciones proferidas por Tarem: ¡Etimmú Mhee Shamash! ¡Apsú an anúm! ¡Ishtar! ¡Mhe Ti'amat! ¡Mhe Ti'amat Napishtú! ¡Anum Shamash!

De pronto caí en uno de los pozos con los que habíamos topado al ingresar a la caverna. Golpeé levemente en el piso inferior y alcancé a escuchar los gritos cargados de un espanto terrorífico que culminaron en un alarido de dolor desgarrador por parte de Le Kratov.

El lector me perdonará si no intento describir siquiera el espanto de aquel lamento. No quiero ni recordarlo, pues su sola evocación, su solo eco en el fondo de mi memoria, desquicia de nuevo mi mente. Las espantosas plegarias que profería Tarem (y cuyos extraños sonidos puedo reproducir muy parcialmente con nuestro vocabulario) se volvieron exclamaciones grotescas que parecían festejar los lamentos de terror del profesor, lamentos que serán siempre mi peor pesadilla y que jamás intentaré repetir. Tirado en el suelo del nivel inferior, traté de desconectar los audífonos a fin de dejar de escuchar aquellos desgarradores gritos. Pero de pronto todo se volvió un profundo y amenazador silencio. Me incorporé y revisé tembloroso mi traje. Estaba lleno de regolita (polvo lunar) pero no había sufrido ningún desperfecto visible. Por lo menos no tenía ninguna raspadura de consideración que pusiera en riesgo su presurización.

El silencio cesó: primero me pareció percibir un leve resoplido, una exhalación de agotamiento victorioso, luego fue un rugido sordo, ronco y finalmente un grito semejante al de un graznido agudo y profundo, lacerante, sostenido por unas notas estridentes que recordaban el chirriar hiriente del roce brusco de metales.

¿Qué hacer? ¿Volver al nivel superior y desde ahí intentar salir de la montaña, o esconderme en este nivel y desde ahí buscar una vía de escapatoria? El pavor de encontrarme con Tarem hizo que me decidiera por lo segundo. Pero... ¿ocultarme en una galería? ¿ Correr por alguno de esos pasillos de alrededor? ¿Cuál de ellos seguir? ¿El camino obvio que parecía apuntar en dirección a la salida? ¿Cualquier otro? ¿Y si me perdía?

No tuve tiempo para seguir dudando:

— ¡Mhee Shamash! ¡Apsú an anúm! ¡Ishtar-Napishtú! ¡Anum!

Instintivamente desprendí de mi espalda el Upuaut III y tembloroso lo activé para que corriera por el pasillo que apuntaba según la brújula de mi traje hacia la salida, es decir hacia donde se encontraba la nave. Mi transpiración era tan intensa que de manera automática se prendió el sistema emergente de ventilación de mi traje. Me introduje por el pasadizo a mi lado derecho.

 
 
   
La umbra sobre Uruk
 

Permanecí paralizado, en cuclillas, sin fuerzas para moverme. Vi al Upuaut virar de la dirección que le había yo dado y tomar por un túnel ubicado justo frente a mí. Tardé en comprender lo que sucedía. Al caer de seguro me había desorientado, pero en cambio el arqueoautómata tenía en su memoria el mapa levantado luego de que Le Kratov estuviera a punto de caer al pozo. Revisé mis instrumentos: así era, el robot se dirigía hacia la salida. Sería cuestión de seguir su rastro. Pero no hubo tiempo. Una extraña fuerza-energía se precipitó por el pozo y se introdujo por el túnel en su persecución.

Algo entre etéreo y corpóreo de color grisáceo, por lo que corrían unas fuentes luminosas entre violáceas y púrpuras y que supuraba una sustancia transparente ligeramente azulada, se lanzó tras el Upuaut y lo alcanzó en unos instantes. El pequeño autómata de exploración era arrastrado en posición vertical: sus ruedas semejaban las patas de una tortuga tratando desesperada y torpemente de encontrar piso. Al ser levantado por aquella especie de tentáculo, alcancé a divisar las luces de sus circuitos... y recordé que podía hacerlos estallar a control remoto... Tardé un par de segundos en decidirme: ese era el momento para intentar escapar. Me dirigí hacia el túnel y activé el mecanismo de destrucción del arqueorobot... diez… ocho… cinco… tres… uno…

Supuse que el Upuaut había explotado (sin atmósfera no podía escuchar la detonación). Me arrastré rápido teniendo que pasar sobre aquella viscosidad dejada por la cosa. Lo hice durante varios minutos a lo largo de una ligera pendiente. Temía ser alcanzado de manera sorpresiva por Ti'amat o por la doctora Tarem, por lo visto su sacerdotisa. Al llegar a un cruce donde confluían diversas galerías me detuve a descansar, pero sólo pude hacerlo durante algunos segundos, ya que el sistema de alerta de mi traje activó de súbito el foco rojo de emergencia anunciándome que el recubrimiento exterior estaba seriamente dañado. Observé encendiendo mi linterna. No podía haber sido a causa de haberme arrastrado sobre la regolita. No, de eso podía estar seguro. El revestimiento exterior aguantaba eso y más, incluso "el impacto de un diminuto meteoro", decían sus fabricantes. El tejido metálico se corroía en ambos antebrazos, codos y rodillas, a causa seguramente de la sustancia supurada por Ti'amat, la cual parecía actuar como un ácido. Tendría que apurarme a alcanzar la salida y entrar a la nave. Pero, ¿hacia dónde encaminarme? Había dos túneles que apuntaban hacia el suroeste... ¿cuál de los dos seguir? La corrosión en el brazo izquierdo a la altura del codo alcanzaba ya más de tres centímetros de diámetro y casi tres milímetros de profundo. Me quedaban pocos minutos. ¿Qué sería peor? ¿Morir devorado por una criatura llegada de los infiernos profundos del universo o fallecer por asfixia y un calor de 120 grados celsius?

De pronto el movimiento del cosmos pareció estar de mi lado: gracias a los visores de oscuridad, me pareció ver, no en ninguno de esos dos túneles, sino en otro que apuntaba en dirección oriente, el leve atisbo de una tenue luminosidad. Dudé unos segundos... pero y sí... me parecía un delgado hilo de luz. La esperanza volvía: la entrada de ese túnel se encontraba en la ladera de la montaña que miraba hacia el Sol... Hacia allá me dirigí apresuradamente, esperando que el traje resistiera unos minutos más y que una vez fuera de esas malditas cavernas pudiera encontrar la nave. Si fallaba en el intento, a las altas temperaturas le agregaría el verme sometido a la mortal radiación solar.

Salí de la cavernosa montaña a unos cuatrocientos metros al oriente del sitio por donde habíamos ingresado horas antes y a unos treinta o quizá cuarenta metros más abajo. Encendí los motores de propulsión del traje para llegar a la saliente donde se encontraba posada la nave. Me acerqué a ella con sumo cuidado (tratando de mover lo menos posible el pliegue del codo izquierdo); el montacargas se encontraba tal y como lo habíamos dejado... No hice el menor intento de recoger algo del equipo de prospección que había en él, ya que mi traje estaba a punto de perder su última capa protectora y el sonido de la alarma justo incrementaba su frecuencia.

Entré a la nave.

Luego de quitarme el traje y respirar el aire templado de la cabina, encendí los motores, programé el curso de regreso y a los pocos minutos me encontraba huyendo de esas cuevas. Mi cuerpo temblaba. ¿Qué hacer ahora? Tendría que relatar lo presenciado en esas cuevas y avisar que Le Kratov y Tarem habían sufrido un accidente, se habían extraviado. No hablaría en inicio de lo que era en realidad esta última, pues nadie lo creería. Pero al ir en búsqueda de ambos, se encontrarían aquellas extrañas construcciones geométricas en las altas profundidades de la montaña, la cueva de los glifos y las columnas. Ahí estaban las pruebas. Con eso bastaba. Por un momento en el que la vanidad quiso dejar atrás la enorme carga de terror que me embargaba, me imaginé en el papel del joven sobreviviente de una expedición que hacía historia por la trascendencia de su descubrimiento. Pero un instante más tarde me pregunté si en verdad era trascendente o más bien terrorífico. Yo al menos no estaba dispuesto a regresar a aquel sitio... mi cuerpo se volvió a estremecer de recordar la horrenda figura e imagen de Ti'amat, las invocaciones de Ilnya en aquella caverna, la danza abominable de demonios y espíritus del mal, los alaridos de terror de Le Kratov...

Encendí la radio de la nave y de inmediato solicité auxilio. Me comuniqué a la estación Julio Verne, que era el sitio más próximo para obtener ayuda. Pedí una búsqueda de emergencia indicando las coordenadas de las cuevas. Me pidieron mantenerme cercano a esa posición y esperar el equipo de salvamento, pero preferí continuar en movimiento, tratando de ponerme al encuentro de la nave de rescate y alejarme lo más que pudiera de aquellas cordilleras. Abajo vi el profundo cañón con los gigantescos cuerpos geométricos en sus paredes abismales. Me aterró y maravilló al mismo tiempo darme cuenta que, desde esa perspectiva, todo aquello semejaba claramente el diseño de una ciudad de arquitectura bizarra, construida por seres cuyas urbes no se edificaron según las normas de lo vertical, sino de lo horizontal, es decir pensadas hacia los lados y sobre paredes paralelas. Se trataba ciertamente de seres de otra dimensión, provenientes de universos cuya configuración sin duda alguna se regía por otras leyes, por otras fuerzas, donde habitaban Dioses que, a juzgar por El necronomicón y por lo que acababa de presenciar en aquellas cavernas, no podían ser más que un peligro para la humanidad.

Llegué a donde la cordillera, luego de cientos de kilómetros en línea recta, comenzaba a doblar de súbito hacia el sur. Mantuve el rumbo hacia el sureste, por lo que la curva de la cordillera empezó a perfilarse hacia mi derecha. Vi el reloj: el eclipse había iniciado ya, pero encontrándome en el lado oculto me sería imposible observar el curso de la sombra lunar avanzar sobre la superficie de la Tierra. Dije adiós a las series fotográficas así como a los diversos experimentos ópticos que me había propuesto realizar y que me habían servido de pretexto para aceptar sumarme a la expedición. Reduje la velocidad de la nave y corrí el programa simulador de eclipses.

La Tierra tenía poco más de una hora de haber sido tocada por la sombra lunar, la cual había iniciado su recorrido a partir de la costa occidental de África (03:23 horas, tiempo universal). Alrededor de las 04:31 horas la penumbra con su diámetro de 4,800 kilómetros, cubría ya, además del norte africano, toda la península arábiga, el sur de Europa, y se disponía a oscurecer las olas que bañan al subcontinente indio. La parte central de la sombra, la umbra, con apenas 260 kilómetros de diámetro y desplazándose en torno del Ecuador a una velocidad promedio de 1,700 kilómetros por hora, en poco más de sesenta minutos estaría oscureciendo totalmente las ruinas de Uruk. Revisé los datos: esto último ocurriría exactamente entre las 05:40:12 y 05:47:39 horas; mientras que el equipo de rescate se había ofrecido a estar alrededor de las 06:40 horas; es decir, mucho después de que concluyera la fase culminante del eclipse y de la leyenda misma. Teniendo en cuenta que yo me había acercado a su punto de partida, estarían arribando unos cuantos minutos antes de que Uruk saliera de la penumbra (06:45 horas).

Tenía la esperanza de que con mi escapatoria el ritual del sacrificio y la resurrección pudieran fracasar. Era probable que la doctora hubiera resultado herida y quizá muerta a consecuencia del estallido del Upuaut. De no haber sido así, ¿por qué no me persiguió ni llegó a la nave? ¿Qué habría pasado en cambio con la horrenda deidad de Ti'amat? ¿Se cumpliría la profecía?

Detuve la nave. Me encontraba a una distancia de dos o tres kilómetros de la cordillera. Podía observar su trazo recto apuntando hacia el noroeste y también podía ver, a una distancia equivalente y hacia el occidente, la pronunciada curva que aquella fila de montañas realizaba al virar hacia el oeste. Toda la silueta de la Cordillera del Soviet era iluminada de manera intensa por los rayos solares. Sincronicé el reloj del simulador de eclipses con el tiempo real. Faltaban pocos minutos para que Uruk cayera en la oscuridad.

Por efecto del cansancio creo que dormité unos instantes y de pronto un resplandor me abrió los ojos: sobre la cordillera comenzó a tener lugar una especie de tormenta eléctrica, fulgores intensos seguidos de una bruma oscura que cubría las montañas; los circuitos de la nave se alteraron y ofrecían lecturas y mediciones que carecían de sentido. Miré de nuevo el reloj. La umbra estaba llegando justo a Uruk. Comenzaba el "lejano sueño del Sol". Traté de maniobrar la nave pero los controles no respondían. El sistema de comunicación no funcionaba y los circuitos eran un caos. Con terror me percaté que aquella bruma oscura avanzaba velozmente, alcanzaba ya a la nave y no tardaba en envolverla. Perdí visibilidad en medio de aquella inexplicable nube de apariencia polvosa que de cerca tenía un color verde-grisáceo.

No me resultaba difícil imaginar lo que sucedía: mi esperanza de haber hecho fracasar el ritual de la resurrección se desvanecía. Por lo visto la leyenda se estaba cumpliendo. Lo que no sabía es que en la Tierra, mientras la umbra sumergía a Uruk en una noche fugaz, un terremoto devastaba la región y reducía a polvo las ruinas que aún quedaban de aquella antigua ciudad sumeria. Lo que no podía ver, tampoco, es que aquella nubosidad era causada por el derrumbe de la cordillera en un catastrófico colapso. La nave era aventada de un lado a otro y yo con ella. En medio de aquel caos y temiendo estrellarme, por una de las ventanillas laterales alcancé a observar de nuevo aquellas espantosas criaturas y espíritus que brotaron del túnel cósmico en el fondo de las cavernas. Ahora reptaban a nivel de la superficie lunar y se elevaban como remolinos para desaparecer... con rumbo a la Tierra. La nubosidad se extinguió.

Yo, en cambio, aparecí —sí, esa sería la expresión adecuada— a cientos de kilómetros del sitio de la cordillera y del cráter Julio Verne. Muy cerca de unas minas de titanio recientemente puestas en operación. Era inútil preguntarme cómo había llegado ahí. Pero fue muy conveniente saber que en ese sitio nadie interrogaría sobre mi procedencia, acostumbrados al arribo continuo de exploradores y aventureros. Fue ahí donde me enteré del terremoto en Uruk, mientras tenía lugar el eclipse, y escuché también rumores sobre el colapso de la cordillera. Respecto de la nube blanca nadie sabía nada. El grupo de rescatistas que salió en mi búsqueda no había contado con suerte y sus cuerpos calcinados habían sido encontrados también a cientos de kilómetros de su trayectoria de vuelo.

En aquel entonces preferí que me dieran por desaparecido junto con Le Kratov e Ilnya Tarem, y tan pronto me fue posible abandoné la Luna. Luego, como dije al principio de este relato, intenté por todos los medios olvidar lo sucedido, máxime que nada extraño ocurrió después ni en la Luna ni en la Tierra. Nunca más volví a saber de las tablillas de Ti'amat. Creí que el rito de la maligna resurrección sí había sido finalmente alterado, quizás impedido. Pero no. Con el lunamoto recordé de súbito un pasaje de El necronomicón: "Seiscientas lunas después de su venida del mundo lejano y eterno de los Dioses no muertos, Ti´amat moverá por última vez las ruinas de su tumba. Seiscientas lunas acercan el comienzo de su venganza, el retorno de su reinado". Los calendarios confirman la fecha del lunamoto: seiscientas lunas llenas después de aquel eclipse y aquella expedición.

*Alejandro Toledo Patiño es profesor-investigador titular de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.