Pacheco
*Rodolfo Bucio
Su apellido desapareció de la faz de la tierra. Su afición lo señaló para siempre como Pacheco. Hasta su nombre dejó de ser importante. En efecto, todos lo conocían como Pacheco. Sin más. O cuando más como El Humus, que significaba —a fin de cuentas— lo mismo. 

Era un cuate afable, muy cariñoso, con una sonrisa eterna en los labios. Moreno, alto, delgado, a veces con lentes, de pelo largo. Solía aparecer en las fiestas de improviso y desaparecía de la misma manera.

Supe que trabajaba en el Archivo General de la Nación. Ignoro lo que hacía. Lo importante no eran sus estudios sino su afición y oficio. Así como dicen que Tin Tan tenía un ayudante capaz de forjar un carrujo con una mano, teniendo la mano metida en una bolsa del saco, de igual manera Pacheco era sinónimo de conecte.

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Alguna vez lo vi llegar al tianguis del Chopo vestido de tenista. Pulcro, llevaba pantaloncillos blancos, camisa blanca, gorra alba. En la diestra blandía una raqueta, con su respectiva funda. Parecía que en el compartimento para pelotas llevaba, en efecto, tres tortas de plástico. Pero al abrir el cierre de aquel pequeño receptáculo, salieron cartones, los cuales fueron adquiridos por quienes así lo desearon.
 
 

Así era Pacheco.

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Un sábado Beto nos invitó a ir a su casa, por los rumbos de la Progreso Nacional. Casi toda la banda fuimos hacia allá. Estuvimos oyendo discos en la sala y bebiendo cervezas. Cuando llegó el momento de quemarle las patas al Diablo, Beto nos llevó a su taller, en la azotea.

Era un lugar muy agradable. Todo de madera, lleno de herramientas, en especial para la confección de bolsas y artículos de piel, oficio en el que nuestro camarada era experto. Pasamos ahora al pomo y a la mois.

Édgar, ya prendido, comenzó a recitar sus poemas cachondos. Sólo que ahora los olvidó y empezó a confundirlos. Si de por sí nos hacía reír, ahora resultó más hilarante.

Un par de horas después le dijimos a Beto que nos íbamos. Mostró su desilusión. Casi nos rogó que nos quedáramos.

—Imposible —dijo Facundo—. Hay fiesta en la casa de Pacheco. No podemos fallarle.

Partimos todos hechos bola en un auto, manejado por Miguel. Luego supimos que el papá de Beto, que no tenía idea de nuestra partida, preparó al día siguiente un almuerzo. Tarde se enteraría de que los amigos de su hijo ya no estaban.

 
 
 
 
   
*
Llegamos a la Bondojo. La casa de Pacheco estaba en una esquina. Nos recibieron afectuosos. Conocí a su mamá y a sus tres hermanas, muy parecidas a él. 

La fiesta era una maravilla. La casa era grande, con un patio de buen tamaño. Además, a un lado había un viejo molino de maíz. Aún se encontraban allí muchos de los utensilios que debieron haber usado. En el abandono, el molino resultó ideal para quienes querían seguir con el café.

El licor era abundante. La comida, espléndida: tamales, atoles, carnitas, barbacoa, café, refrescos, sopes y quién sabe cuántas cosas más. Nos divertimos mucho. Cerca de las seis de la mañana nos fuimos a dormir la mona al viejo molino.

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Poco después, un domingo al mediodía, como muchos de esos días, estaba viendo el futbol americano con mi hermana la mayor. Sonó el teléfono. Era Facundo. Me comunicó una mala noticia: Pacheco se había estrellado esa madrugada en el muro de contención del Periférico. Muerte instantánea. En ese momento lo velaban en su casa.

Fui hacia la Bondojito. Ahí encontré a Johnny, a Facundo, a Manuel, a Mario, a Ramiro. Nos miramos sin comprender. Estuve un rato. Volví a mi casa con el alma rota.

Esa madrugada mi amigo Pacheco obligó al mundo a detenerse por un instante. El suficiente para prender un toque, antes de que se lo llevara la chingada.•

*Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (sep, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).