El calígrafo

(Caligraful)

*Alexandru Ecovoiu
Mi pluma traza sobre el papel una letra tras otra con la seguridad de un arquero. Es más, la mano que sostiene una pluma es menester que sea más diestra que la del guerrero. Porque el arquero, cuando marra, deja a un hombre con vida, lo que no es poco si consideramos que a un enemigo, en principio, hay que neutralizarlo, herirlo como mucho, pero nunca matarlo. Puede que no esté bien lo que estoy diciendo, pero teniendo en cuenta las innumerables guerras habidas entre la ciudad donde nací y la vecina, así es como considero más justo que sucedan las cosas.

Así pues, mi oficio no es nada fácil, como podría parecer, sino todo lo contrario. Y eso porque no hay nada que penda más pesadamente sobre el mundo que la palabra escrita. Copio para la cancillería de la ciudad todo tipo de documentos y no se me permite el menor error porque los papeles que yo compongo sostienen y consolidan un modo de vida que los de aquí vienen respetando desde hace siglos. También copio novelas de caballerías, libros populares, cuentos y toda clase de escritos sagrados, y tampoco aquí se me perdona un fallo porque a nadie se le permite meter baza en obras de creación ajena. 

Únicamente mi libro (en realidad, estas pocas líneas) sufrirá mientras viva un continuo cambio. Jamás lo consideraré concluso. La primera redacción, ésta de ahora, tendré que revisarla docenas o centenares de veces, buscando un ideal de perfección. Quizá tampoco llegue a ser un libro, sino tan sólo un breve cuento. Estoy tratando de escribir algo sobre mí, aunque los acontecimientos que valga la pena de exponer sean pocos.

He rebasado los cuarenta años, ahora es el momento idóneo para ello. Más tarde, la mano me temblará y mi mente empezará a llenarse de telarañas. ¿Hay acaso algo más impor-tante en el mundo que la vida de uno? Nada más personal pero casi siempre en beneficio de otros. Vivimos sólo lo que nos dejan o lo que logramos esconder.

Si bien lo pienso, creo que sobre mi juventud no hay gran cosa que decir, pero voy a intentarlo. Me parece que va a ser una experiencia interesante comparable, tal vez, solamente a la de un pintor que, para plasmar una imagen, tuviese que utilizar nada más que el color blanco. Seguramente tampoco en los años de madurez habré vivido acontecimientos fuera de lo común, sólo mi vida interior ha sido más profunda. Aún quedaría la niñez. Desde pequeño estaba destinado a la escritura. Mi padre también había sido calígrafo, igual que mi abuelo materno. Casi podría decirse que habría sido antinatural que me hubiesen preparado para otro menester. 

Mis primeros recuerdos están ligados a unas letras de madera tan grandes como una pieza normal de ajedrez. Las habían tallado especialmente para mí con la intención de que me familiarizase con ellas, de la misma forma que a otros se les acostumbra desde tierna edad a andar por un alambre o a hacer juegos malabares con bolas. Ya desde entonces se me unció al carro de la escritura y de la lectura por más que pudiese yo haber deseado conocer otras cosas. Aprendí a afilarme yo solo las plumas, plumas de todas clases, formas y tamaños, para todo tipo de letras y, algo más tarde, a preparar las tintas e incluso los pergaminos. No me resultó fácil aprender todas estas cosas; tenía siempre los dedos cárdenos de los varazos que me daban mi padre y mi abuelo, mientras vivió, ambos deseosos de hacer de mí un calígrafo muy superior a lo que en sus tiempos habían sido ellos. Tuve maestros severos, carácter que me imprimieron también a mí. Sólo tratando las cosas con la máxima seriedad se logra obtener una nueva cualidad y una posición dominante en determinado terreno.

Soy el mejor calígrafo de la ciudad, prueba certera de tal afirmación es el hecho de que los tratados de paz con la ciudad vecina (me refiero a los siete que se han concertado en los últimos veinticinco años) los he redactado yo. Tales documentos se componen de cinco ejemplares cada uno para cada ciudad y de tres para cada ciudad testigo.

Las siete guerras solamente me han dejado unos pocos recuerdos y que, en su totalidad, se resumen en uno solo: el verme recluido en una celda al abrigo del fragor de la contienda, donde no veía ni oía nada, como si estuviese en otro mundo. Me tenían en semejante lugar no fueran a matarme por error. Sólo por error. Porque, según se había convenido, en las refriegas entre las dos ciudades había varias normas que todos respetaban y una de ellas se refería al calígrafo oficial, siempre vestido de blanco para que pudiese ser visto desde la lejanía y quedase así protegido. De tal suerte, si lo herían, su atavío blanco e inmaculado haría que se divisara inmediatamente la menor huella de sangre y la obligación de los combatientes sería prestarle al instante todo tipo de cuidados. 

Desde hace un cuarto de siglo llevo los ropajes blancos de la inmunidad. Yo soy la garantía de que, al final, entre las dos partes se confeccione un documento hermoso y justo al que todos mirarán con admiración y respeto. Estoy entre los pocos ilustrados con que cuentan las ciudades rivales pues tradicionalmente los otros hombres se destinan sobre todo a manejar la espada y el escudo y para nada la pluma.

Mi trabajo siempre ha sido escasamente recompensado pues la ciudad es pobre. La tierra circundante es rojiza y arcillosa, una llanura poco productiva. En el horizonte, mirando hacia el norte, si se tiene buena vista se divisa la otra ciudad, igual de pobre pero también igual de orgullosa. Al final, una de las dos ciudades desaparecerá por agotamiento. Sin embargo, no hay que excluir que, debido a las cada vez más frecuentes guerras, las otras tres ciudades más grandes y poderosas, hartas de tanta batahola, traten de instaurar una paz definitiva en la zona. O sea, destruir nuestras ciudades. Y digo "nuestras ciudades" porque sus moradores, casi todos, están emparentados ya que la separación de las dos ramas del núcleo primitivo se produjo hace unos pocos siglos. De suerte que estamos unos de otros mucho más separados de lo que Caín de Abel, por más que la distancia que va de un recinto amurallado al otro no requiera más que una corta carrera de caballo. ¡Y el caso es que nos queremos! Las refriegas entre nosotros no tienen nada de reivindicativo. Ni de odios, como podría creerse. Las contiendas entre ambas ciudades tienen algo de ritual, todo parte del deseo de las partes de descollar por sus hombres valientes y leales. Para no perder tan raras virtudes, los gobernantes de los dos bastiones siempre hallan causa de conflicto. La prueba de que sólo es ese el fin de las disputas reside en que el vencedor jamás percibe nada por daños de guerra.

Cuando conciertan la paz, las partes, sin estrecharse las manos, como sería lo pertinente, se limitan a mirar el pergamino con tanto embeleso que dan ganas de decir que ése ha sido el único objeto de su encarnizada disputa. Ambas bien saben que no mucho después, cuando observen que sus hombres comienzan a entregarse a la holganza o a menesteres demasiado mundanos y dañinos, por su ejemplo, para la generación más joven, los gobernantes volverán a dar señal de prepararse para la lucha. Es decir, que empezará una nueva guerra. Y la historia se repetirá. Los muertos se enterrarán en la llanura, durante la noche, a escondidas, para que nadie sepa de verdad cuáles han sido las pérdidas del contrario. Todo volverá a concluir con un pseudotratado de paz, ni siquiera un armisticio, más parecido a un pobre certificado incompleto. Pero que tampoco aportará gran cosa porque no garantizará nada. Será, como siempre, un acto repetitivo de constatación de que:
 

• Nadie ha utilizado armas prohibidas

• Nadie ha matado a ningún herido

• Las partes no se han valido de guerreros extranjeros

• No se han hecho prisioneros

• Y sólo al final se hará una equívoca referencia a la paz


Así reza en los siete tratados anteriores caligrafiados por mí y que nunca se han leído con la atención que el momento requiere, sino que los han agitado ante la multitud que aclamaba presa del delirio, ansiosa del espectáculo, y luego, de sosiego. Solamente las mujeres de nuestras ciudades no ven con buenos ojos estas guerras. Quizás en lo venidero, teniendo en cuenta que muchos hombres perecen en la lucha, ellas lleguen a formar la población mayoritaria y consigan imponer su ley. Y eso si no se contagian también de la manera tan marcial como, durante tanto tiempo, se ha querido conservar unas virtudes cada vez más raras —ya algunos jóvenes han exigido tomar parte en la guerra al frente de la caballería para demostrar, con su destreza en el manejo de la espada y el arco, que no están en absoluto por debajo de los hombres adultos— 

Pero, como puede verse, estoy hablando demasiado de la vida de los demás, y lo cierto es que no sé demasiado. Nos separan las inquietudes. Durante los periodos de paz, me paso todo el santo día, y a veces también la noche, encorvado sobre el papel, y sólo muy de cuando en cuando encuentro tiempo para mirar con más atención lo que me rodea. Y de lo que pasa en los días de guerra me entero únicamente por lo que oigo.

Escribo, escribo y requeteescribo. La ciudad está sumida en la calma. Una calma aparente, tras la que cada cual pasa la vida a su modo. Trabajando, cultivando la tierra fuera de las murallas, haciendo algún negozuelo, amando, sufriendo, divirtiéndose y preparando la futura guerra. 

Mi casa, construida por el erario público, está aislada, junto a la muralla para que no me distraiga de mis quehaceres nada de lo que me rodea, peleas, comilonas, juegos o, a lo mejor, mujeres. Especialmente las mujeres, si caen en la cuenta de que la mía, mucho mayor que yo, murió ya hace casi seis años. Alguien cuando yo era joven, casi un niño, llegó a proponer que me castraran para que la seguridad fuese completa, pero mi padre se opuso alegando como argumento decisivo que yo, a mi vez, podría tener un hijo que se me pareciera y siguiera mis pasos, y así la ciudad tendría, a su debido tiempo, otro calígrafo ducho. 

Así que me casaron con la viuda de un mílite, pero ninguno de los cuatro hijos que tuvimos ha heredado mis aptitudes para la escritura. Uno es arquero, otro alfarero, el tercero tiene una hermosa voz para el canto y el último es un corredor muy veloz. Además, ya son mayores y no hay que descartar el que dentro de poco alguno de sus vástagos tengan el don del que ellos no han gozado, o como a veces me digo para consolarme: mejor que no lo hayan tenido. Porque yo no he conocido otra cosa.

Me he pasado la vida copiando libros de héroes y vidas de santos, de caballeros andantes y yerbas medicinales, de la marcha de los planetas y de sueños, de emperadores y mártires, de todo lo que me han pedido. La pasión con la que he caligrafiado los miles, las decenas de miles de páginas ha sido enormemente insólita. Diario, antes de ponerme a escribir, hacía —y hago— una gimnasia especial, en realidad unos ejercicios orientales conteniendo la respiración, elemento muy importante para alcanzar la perfección en la escritura.

Hay letras que se escriben con la respiración contenida para evitar que la mano tiemble, por poco que sea. Así pues, según puede comprobarse, los pulmones desempeñan un papel en modo alguno desdeñable en este arte. Luego, varias veces al día, para ejercitar los dedos y para desentumecerlos tras muchas horas escribiendo, toco el arpa a mi estilo. Es un ejercicio extraordinariamente apropiado para calmar mi mente y mi espíritu.

Cuando copio un texto sólo pienso en las letras, evitando que el contenido de lo que escribo me afecte. Mi atención distributiva funciona sin interrupción y con seguridad, lo que me cuesta un supremo acto de voluntad que me he impuesto y vengo observando desde mis años mozos. A fuerza de perseverancia, he conseguido distanciarme por comple-to de todo cuanto ocurre a mi alrededor; nada hay que pueda perturbarme cuando trabajo, y con el tiempo, diseñaré letras de una perfección rayana con lo absoluto, mi anhelo de siempre. ¡Caligrafiar como nadie haya logrado hacerlo nunca! O sea, primero encontrar las formas realmente óptimas para todos los signos gráficos que se utilizan en nuestra escritura, detalle del que hasta ahora, que yo sepa, no se ha ocupado nadie. 

He de encontrar la combinación ideal entre la geometría y la estética, entre el dibujo sonoro, que es la mismísima letra, y el color. Pues he observado que una letra produce un efecto distinto sobre el lector si está escrita con un color determinado. De forma que, letra tras letra y color tras color, la palabra resultante se vuelve más sugestiva y la comunicación es más completa. El ojo es nuestra puerta al mundo; los otros sentidos sólo son fisuras a cuyo través percibimos difusas informaciones del exterior. Si lo logro, el ojo percibirá la palabra-arte, la palabra total, la palabra que hablará de otra manera. Y en las tintas que utilizo echaré unas go-tas de raros perfumes que traen los mercaderes desde Levante, eternamente aromáticos. Los libros exhalarán aromas inconfundibles que incluso provocarán sensaciones de gusto. Esas palabras-frescos embelesarán la mirada, pero leídas en voz alta, según un código concreto en función de la alternancia de colores, adquirirán sonoridades sorprendentes. Un ciego de nacimiento, si las oyera pronunciar cerca de una ventana, podría incluso palparlas tocando con el dedo el cristal, que tendría una leve vibración. Ese hombre tendría una nueva comprensión de las cosas, sería un hombre más completo.

Ahora espero que estas páginas caligrafiadas fuera de todos los cánones gráficos sean comprendidas, siquiera como intención, pues su esencia sólo puede ser captada realmente por un iniciado. Todo esto se puede tomar como inquietudes de maniático, apreciación en cierto modo justificada, teniendo en cuenta que yo soy, a un tiempo, el creador, exegeta, y no menos, el apologista de este insólito sistema de dibujar la letra, la palabra y la frase. Pero si fracaso, quedará la escritura, la relación de mi vida en blanco y negro, sin colores, sin adornos, sin florituras, con garabatos si se quiere. Porque, tal y como ha sido y es, así es como debería trazarla sobre el papel. Pero estoy orgulloso: en lugar del papel corriente utilizo el pergamino, la piel de varios terneros y eso sólo para presentar una historia que dista mucho de ser interesante, una especie de relación de la nada. Y es que, de ahora en adelante, ¿qué más cosas podrían acaecer? Incluso esta guerra entre las dos ciudades que siento venir no traerá nada nuevo. Otra vez me recluirán en la celda, me pondré a caligrafiar, moriré y resucitaré, como en tantas ocasiones, esperaré. Sin embargo, en mi fuero interno, no excluyo cambios, pero sólo después de la confrontación. En el espacio que me reservarán no caben acontecimientos, todo está desde siempre petrificado.

Cuando me canse de escribir pensaré en el tiempo que ha de venir pues el pasado está muerto y el presente demuestra ser algo infinitesimal, casi imposible de aprehender con nuestros imperfectos sentidos. Una amalgama de tiempos, eso es, al fin y a la postre, la vida de un hombre. Como también mi forzada reclusión, que puede durar años o unas semanas nada más, lo que dure la matanza más corta. Pero hasta entonces todavía soy libre para circular por la ciudad, incluso para salir fuera de las murallas si es que quiero; puedo conversar de lo que quiera y con quien quiera. Ni qué decir si mis actos no ponen en peligro, de alguna manera, el estado de la colectividad. Ya me conozco todos los recorridos, los diálogos que aún no han tenido lugar, el alboroto producido por la campana que anuncia el cierre de las puertas y el alzamiento del puente; sé cómo arderán las hogueras y cómo se darán la alerta cada hora los centinelas, cómo ladrarán los perros y se apagarán los candiles. Lo sé porque todo se repite, nada ha cambiado aquí. 

La gente corriente me respeta, pero hacen todo lo posible por evitarme. Creen que yo les incomodo. Los capitostes de la ciudad no me respetan sino que me buscan y tratan de mostrarse amables. Su desvelo por resguardarme de los peligros es inamovible. Siete guerras he pasado en la celda ciega y sorda. Ni una ventana por donde puedan penetrar peligros o noticias. Todo es silencio, incluso los centinelas. Como es tradicional, para el calígrafo están mudos. Para no enloquecer de soledad me tienen preparados libros raros y, al menos para un año, todo lo necesario para escribir. Necesitan un calígrafo con todas sus facultades mentales y sano. Me alimentan mejor que a los soldados, casi me ceban, y por las noches me sacan a tomar el aire por la terraza. Hago gimnasia, corro, levanto decenas de veces unas pesas traídas expresamente para mí, observo las estrellas...

El sitio está marcado con una oriflama blanca, señal de que allí se halla el que, en algún momento, escribirá los signos mágicos de la reconciliación. Hasta entonces, hasta que ese acto se realice, mi existencia se parecerá más a un ejercicio de supervivencia. Aunque no estoy sometido a ninguna amenaza directa —ningún soldado enemigo va a intentar matar al calígrafo—, el peligro existe y viene, según puede observarse, no de fuera sino de dentro. La preocupación que tienen por mí, ¡ése es el gran peligro! No hay forma de sustraerse a ella; ningún calígrafo lo ha conseguido jamás. Así que tendré que prepararme. Las cosas que llevaré conmigo son pocas. Si me falta algo, de inmediato me lo darán, siempre que lo que pida esté dentro de lo razonable. Es la regla. De modo que los preparativos propiamente dichos no significan ninguna incógnita. Pero aún queda el pensamiento, porque la idea de estar durante un periodo determinado enclaustrado, casi muerto, sin saber a ciencia cierta lo que acontece a sólo unos pocos pasos, no es muy llevadera.

Soy un sujeto tranquilo y disciplinado pero creo que estas cualidades, en ciertas situaciones, me han sido de menos utilidad que el don y mi pasión, cada vez más ardiente, por el arte de la caligrafía. Como puede suponerse, en la celda no es muy difícil volverse loco, sobre todo después de un largo tiempo de reclusión. El calígrafo que precedió a mi abuelo nunca recuperó la razón y la misma suerte corrieron otros dos en los últimos cien años. He llevado la cuenta: los que ejercieron su labor a lo largo del citado siglo han sido, exceptuándome a mí, seis en total. El porcentaje de los que han tenido un fin trágico es alarmante. De ahí que la edad hasta la que se puede ser el primer calígrafo de la ciudad no pueda superar los cuarenta y cinco años. La única excepción se hace cuando el de marras cumple la edad del retiro en plena guerra y no presenta ningún problema de salud.

Dentro de unos meses voy a cumplir cuarenta y cuatro años, y me parece que esta va a ser la última disputa armada que va a terminar con un tratado de paz caligrafiado por mí. Precisamente por eso compondré el documento más perfecto de los que se han concluido nunca entre las dos ciudades (aunque, en general, su contenido es siempre el mismo). Una obra de arte en la materia. La historia de mi vida (en realidad, estas líneas) representará algo por completo diferente, será más que nada una experiencia. Todavía estoy estudiando la posibilidad de unas mejoras respecto del nuevo sistema de escritura y eso llevará mucho tiempo. El número de colores básicos es pequeño, insuficiente para determinar todas las letras del alfabeto, así que tendré que valerme mucho de los matices. Sin embargo, pueden surgir confusiones. Cada color fundamental comprende, al menos, diez matices y eso puede desconcertar al lector poco experimentado y transformarlo en un intérprete inseguro y subjetivo. Se obtendría un efecto contrario. No es muy fácil de separar un verde toscano de uno etrusco o de un verde esmeralda, o un amarillo de Parma de otro imperial. Tampoco el azul tuareg es muy fácil de distinguir de un azul cascada. Será menester encontrar discípulos. Siquiera sean dos o tres. La iniciación se extenderá, con toda seguridad, a lo largo de muchos años. En el fondo, se trata de un arte. Geometría, color, sonoridades cercanas al campo de la música.

En este último tiempo estoy copiando para los caballeros un libro sobre un paladín. Comencé a caligrafiarlo hace dos meses, cuando todavía reinaba la paz. Mañana se cumplirán cincuenta días de guerra. Me parece estar metido en la celda desde que me conozco; parece que no hubiese salido jamás afuera. Lo que ha habido antes ya está envuelto en sombras, borrado casi. Yo soy el mundo; yo lo soy todo. El espacio y el tiempo. El cielo y la tierra, el principio y el fin, el todopoderoso. Porque ya no existe ningún bien material que desee. Desde ahora ofrezco. Seré el salvador.

...las primeras letras, los primeros signos después de más de tres semanas. Escritas con la mano izquierda. Soy ambidextro, cosa que ya observaron mi padre y mi abuelo desde que era un renacuajo y luego se preocuparon de cultivármela en secreto. Cualidad o anomalía, era un don de la naturaleza que no se podía desdeñar. Pero tampoco podía divulgarse a los cuatro vientos. "Es bueno que conserves siempre oculto algo que no sepan los demás. De lo contrario, te lo quitarán todo", me aconsejó mi padre en los días en que comenzaba a trazar mis primeras letras.

Primero por miedo y luego por convicción, he guardado a mi vez el secreto, lo que me ha reportado gran utilidad. Durante el día escribía sólo con la derecha: mucha gente me veía. Por las noches, hasta que me caía de sueño, con la izquierda. Siempre tenía una mano descansada. Y luego venían las reclusiones. Sentado bajo el candil encendido día y noche, podía usar sin ningún embarazo ambas manos. Creo que a veces era hasta feliz. Pero todo ha pasado. Ya no soy ambidextro. Hace un mes que me cortaron la mano derecha. Y es que, conforme a las leyes de la ciudad, no le había dado el uso conveniente al haberse mostrado instrumento de la mentira y la traición. Más exactamente, el documento de paz que caligrafié tras la última guerra, que duró sólo ochenta y cuatro días, contiene una coma de más, hecho que desnaturaliza por completo su finalidad tradicional. Un código que regula el procedimiento de la conclusión de la paz, adoptado hace unos cincuenta años por las dos partes, prohibía cualquier modificación en un tratado de paz aceptado y firmado. No se puede añadir ni anular ninguna palabra, letra ni signo de puntuación. Todo debe pensarse de antemano. Hay un consejo de caballeros y otro de ancianos, organismos que representan a ambos combatientes; las diferencias en la estructura de nuestras dos ciudades son mínimas. Los ancianos son, a su vez, antiguos caballeros, así que en realidad todos los que establecen el texto del documento citado son guerreros, en ningún caso expertos de la cancillería. Además, en cada tratado es el calígrafo el que da lustre y armoniza la redacción. Excepto el final, siempre el mismo, un breve hosanna. Todo el mundo se lo sabe de memoria.

Esta paz será como la Vida eterna, un regalo del Altísimo, amén. Y seguían las firmas.

Jugando con esta archiconocida frase que, en realidad, nadie leía, cometí lo que sólo la falta de atrevimiento me había impedido realizar durante años: intercalar otra coma. Los cinco ejemplares del tratado se firmaron y se mostraron a la multitud impaciente. El entusiasmo general, co-mo siempre, fue desbor-dante. Tenían paz pero ya tenían la mente puesta en otra guerra. En seguida, tras el ritual acostumbrado, en medio del silencio más profundo, trajéronse los sellos. Ca-da ejemplar se metió cuidadosamente enrollado en un tu-bo de piel de color carmesí. Sólo faltaba poner el sello de las dos ciudades: un casco y una lanza, por una parte, y un escudo y una espada, por la otra. El momento largamente esperado había llegado y grité:

—¡Dadme un pergamino para que os lea sólo unas líneas! ¡Os he engañado! ¡Esta ha sido vuestra última guerra! ¡El documento, dadme el documento y lo veréis!

De seguro creyeron que me había vuelto loco. Bien sabían que las reclusiones causaban estragos en los calígrafos. Le quité el tubo de la mano a un caballero y, desenrollando el pergamino, leí en voz alta el final. Al principio no entendieron, por más que había utilizado una entonación que subrayaba con absoluta claridad el significado del texto. Es cierto que los reunidos eran más hombres de armas para los que la pronunciación de las palabras de una manera o de otra no tenía gran importancia, pero tampoco los caballeros, más instruidos en las letras, captaron la diferencia. Creo que debido a mi sorprendente intervención no lo observaron, de suerte que volví a leerlo poniendo más énfasis en la coma de marras. Luego me hicieron repetir para mayor claridad. Y vaya si se aclararon: los había engañado. Ésta fue la conclusión general: Una paz como la Vida /,/ eterna... era contraria a su ideal de buenos ciudadanos y guerreros a la vez. Necesitaban pelearse para mantener inalteradas sus virtudes y yo les imponía una paz infinita. 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Así resultaba del pergamino y el tratado que, conforme a los viejos usos, ya no podía ser modificado por nadie. Los había engañado, es cierto, pero esperaba que la razón que me había movido a hacerlo justificase, siquiera en parte, mi comportamiento. No había usado un procedimiento muy honorable pero tampoco era un grave delito. Con tres años de cárcel bastaría para purgarlo, castigo no muy difícil de soportar por alguien como yo, acostumbrado al aislamiento y las privaciones. Sólo que todos los presentes o casi todos, téngase en cuenta que entre ellos se encontraban mis cuatro hijos, pidieron entre furiosos gritos mi mano derecha. Y la tuvieron. Estaban encolerizados y habría sido un gran error no darles gusto. Una masa armada es ciega y puede arrasarlo todo. ¿Quién habría osado salir en mi defensa? Ni siquiera yo lo hice; habría perdido la cabeza. 

Pero aún me quedaba algo por hacer: poner estas líneas sobre el papel. Me cortaron la mano para que ya no escribiera más. Un modo radical de prohibirme el ejercicio de mi profesión. Han logrado que sólo valga para guardar los rebaños de la ciudad. No fui castigado sino humillado, situación que he decidido cortar. Ayer, por medio de un guardián sobornado, porque sigo en la celda, pero en otra calidad, he enviado a mis hijos una carta, casi un testamento. Tal vez algún día, Dios sabe cuándo, alguien la lea. Porque tendrá que saberse. Así es justo. Después, mañana al amanecer, enviaré una epístola al consejo de caballeros. De insumisión. La prueba es que aún caligrafío. Que aún existo. Sólo les quedará cortarme la otra mano. Pero no será así. Nuestra ciudad es pobre. Todos los habitantes tienen que sostenerla, por poco que sea. Sostenerse por sí mismos, siquiera. Pues bien, un individuo sin manos se convierte en una carga, razón por la cual siempre, tras "la condena a perder la mano derecha", el que reincide es decapitado.

Horresco referens.1

*Alexandru Ecovoiu es rumano. En 1984 comenzó a publicar relatos breves. En 1995 editó la novela Saludos, con la que obtuvo el Premio de la Unión de Escritores de Rumania y el del Observador-München de Alemania. Con su novela La estación balneario obtuvo el Premio de la Academia Rumana. Sus libros se han traducido al francés y al alemán.

Traducción de Joaquín Garrigós

Nota

1"Me horrorizo al contarlo", Virgilio, Eneida, México, unam, 1998, 240 pp. •