La silla del águila
*David Heredia

Hace unas semanas Emilio Carballido realizó unas declaraciones en torno al trabajo y trayectoria de Carlos Fuentes. Palabras más palabras menos, Carballido afirmó que Carlos Fuentes (ciudad de México, 1928) es uno de los grandes talentos literarios desaprovechados del siglo XX; que descuidó su trabajo por entregarse a la vida bohemia, a la galantería, es decir a ser un playboy ilustrado. Asimismo, Carballido añadió que no era una crítica injusta la que ejercía sobre el autor de La región más transparente, sino la adecuada para un hombre que tuvo un innegable talento literario que fue incapaz de explotar.

El autor veracruzano afirmó que Fuentes nos quedó a deber una gran obra del tamaño de Rayuela, del franco-argentino Julio Cortázar —lo francés deviene de su educación y del desarrollo de su trabajo realizado en París, ya que Julio Cortázar, hijo de diplomáticos argentinos, nació en Bruselas, en 1914, y murió en París, en 1984—. Carballido trae a cuento un diálogo de Rayuela entre el protagonista y uno de sus amigos-rivales en París, donde se afirma que a los grandes talentos o monstruos de la vida pública (como Louis Armstrong, en el caso de la obra cortazariana), que tienen la desgracia de ser longevos, hay que matarlos y dejarlos reposar en el olimpo de su gloria y esplendor. Entre más pasa el tiempo, mayores son las oportunidades de manchar su gran trayectoria. Morir (no sólo como ausencia física) es un arte, igual que saber el momento exacto de dejar la vida pública y evitar la posibilidad de arrastrar el prestigio.

Con los conceptos anteriores se refirió Emilio Carballido a las últimas obras de Fuentes, La frontera de cristal y Los años de Laura Díaz: novelas mediocres, a juicio del dramaturgo.

Las declaraciones de Carballido parecen injustas y duras. La comparación con Cortázar está un poco fuera de lugar. El estilo y el sentido de los trabajos de ambos escritores son distintos, uno no es mejor que otro, simplemente son diferentes.

Tras La frontera de cristal y Los años de Laura Díaz, Fuentes desarrolla su novela más acabada de los últimos años, pese a sus inconsistencias y atisbos de envejecimiento. La silla del águila es la primera novela política del autor de Aura. Posee una trama bien desarrollada, la cual guarda pertinencia debido a las transformaciones políticas que han ocurrido en el país en los últimos decenios. Tiempo y oportunidad se ven inmersos en una vorágine de cambios e imprevistos reflejando que son los elementos que nutren la vida pública y conforman el escenario del despliegue de las pasiones privadas, ergo constituyen eso que llamamos política.

Fuentes aprovecha las inconsistencias y lentitud que la transformación democrática ha tenido en nuestra nación; la pasividad, incapacidad, falta de lucidez y desgano de nuestros políticos, quienes frente a la seducción de la popularidad y la albanza no han entendido que el ejercicio del poder significa responsabilidad y carácter para asumir costos por la toma de decisiones impopulares pero necesarias, si se quiere por lo menos ofrecer oportunidades de desarrollo y crecimiento a las futuras generaciones.

Frente a este desolador escenario de desencanto político, Fuentes cuenta una historia de ciencia ficción política no muy alejada de la realidad. Conforme uno avanza en la lectura se ve atrapado y al mismo tiempo siente el oficio y la experiencia del autor. Es una novela ligera, sencilla, bien redactada, no de mala calidad.

Fuentes usa su experiencia sobre el sistema político mexicano y su oficio, y va mezclando su conocimiento de obras políticas capitales y otras no tan difundidas: va de Maquiavelo a Clausewitz, o de Tácito a Cicerón. Logra un adecuado equilibrio entre este saber clásico político, ya sea latino, renacentista y/o romántico, y lo pintoresco de nuestro devenir político particular, al esbozar figuras de nuestro sistema político moderno como Gonzalo N. Santos o Carlos Hank González, o bien figuras históricas tan disímbolas como Rodolfo Fierro (ese sanguinario general, subalterno de Francisco Villa), sin dejar de lado la innegable presencia del viejo del portal, que es el vivo retrato de Adolfo Ruiz Cortines, ese viejo ex presidente que gustaba de jugar al dominó mientras tomaba un café con leche de La Parroquia, la famosa cafetería localizada bajo los portales del centro del puerto de Veracruz.

Fuentes deja ver su pericia al redactar cartas de amor, de desencanto y resentimiento. Las misivas y las grabaciones de voz son el centro alrededor del cual gira la obra; a ellas tienen que recurrir los personajes de la novela al enfrentar el país una súbita caída de los sistemas de telecomunicaciones, resultado de un arrebato de dignidad y principios del presidente en turno frente al pragmatismo y la realpolitik imperante en 2020.

El autor refleja su conocimiento sobre el funcionamiento de la administración de la cosa pública, quizá resultado de su experiencia cuando se desempeñó como embajador de México en Francia en los setenta. Así como redacta cartas de amor, reprenda, melancolía o resentimiento a lo largo de la obra, también tiene la claridad para redactar un oficio jurídico-administrativo impecable, exacto, sobrio y contundente.

Sin embargo, conforme se avanza en la lectura, se encuentran fragmentos muy flojos en la historia (a esto se refiere el concepto de inconsistencia anteriormente anotado) y diálogos de relleno. Es allí donde parece asistir la razón a Carballido, sobre la comodidad y poco cuidado de Fuentes para escribir en fechas recientes. La riqueza de la obra no es explotada plenamente. La pertinencia de abordar esta trama se ve malograda, de lo contrario tendríamos el equivalente a La sombra del caudillo a principios del siglo XXI. Esto le hubiera permitido tener a La silla del águila, si hubiese sido reposada y revisada, la cualidad de ser una novela de obligada lectura más allá de su circunstancia y pertinencia temporal. Este descuido le impide al libro trascender y mantenerse como un espejo que proyecte como registro el momento público, no sólo político del México del "cambio". Esta falta de concreción evitan una lectura futura, como complemento o eje de la comprensión de las transformaciones que han tenido lugar y que hacen necesario un análisis que se escapa y elude, por un afán de enmarcarlo actualmente todo en estadísticas y datos de certeza matemática.

Por desgracia, la novela se queda en un mero intento, en una lectura que es importante para la época actual, pero que con el inexorable paso del tiempo será absorbida por sus carencias. El envejecimiento se nota en Fuentes al remitirse a las rumberas, mujeres de amplias caderas que agitaban el ombligo al son de un buen danzón, cha cha cha o música afroantillana (manifiesta, a lo Freud, una melancolía por esa época —años cuarenta y cincuenta—, donde el autor enamoraba lo mismo a Silvia Derbez que se extasiaba con Ninón Sevilla o Tongolele), en lugar de suplirlas por ese nuevo modelo de belleza y estética en que se han conformado las stripers, tabledancers o chicas estilo Angus.

 
 
 
 
   
Así como Echeverría tendía a decir que las críticas contra su administración las más de las veces se fundaban en argumentos de comodidad intelectual, Carlos Fuentes deja sin pulir y barnizar La silla del águila. Si bien es una buena novela, se siente inacabada. Se trata de un trabajo poco cuidado, tanto por el autor como por la editorial. En más de tres ocasiones los diálogos se cortan al existir una coma, como si fuera punto y aparte; comienza un nuevo párrafo, que las más de las veces empieza con minúscula.

Quizás igual que Carballido, uno se siente en la obligación de demandar lo mejor a un hombre que cuenta con un talento del tamaño de Carlos Fuentes.•

Carlos Fuentes, La silla del águila, México, Alfaguara, 2003, 412 pp.

*David Heredia (ciudad de México, 1975) estudió la licenciatura en ciencias políticas en la unam. Fue becario Telmex-Conacyt para realizar la maestría en la misma especialidad. La silla del águila