ENTREVISTA CON Rogelio Echavarría
*José Ángel Leyva

Rogelio Echavarría visitó México en septiembre de 2002, en compañía de los poetas colombianos Juan Manuel Roca y Rafael del Castillo. Supimos entonces de sus fuertes lazos de amistad con Gabriel Zaid, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, a quienes visitó entonces. Conocimos de cerca su calidad humana y el enorme respeto que le tributan sus paisanos por su obra poética y su destacado papel en el periodismo. El propio Gabriel García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla, lo menciona como "un poeta de los grandes".

Nuestra conversación comenzó entonces, en el 2002, entre el ruido de la plancha de Zócalo avivada por las actividades de la Feria del Libro La ciudad, un libro abierto, y los desplazamientos en la urbe donde el peatón encuentra escasas oportunidades de recorrer su ciudad. El transeúnte, el hombre de la vida cotidiana, nos condujo a la lectura de sus significados. Una lectura pausada y abierta me empujó hacia los espacios interiores de su escritura, cuyas fibras nerviosas están hechas de un lirismo evocador e invocante.

Rogelio, comencemos por lo que tú representas hoy para los lectores y los escritores colombianos. Eres un poeta que por sobre toda las cosas —es evidente cuando uno conoce tu entorno— goza del cariño de la gente, incluso, cosa extraña, en los gremios literarios. Tu caso es semejante al de Alí Chumacero en México: con una escasa publicación poética ha alcanzado grandes alturas y un reconocimiento amplio. Tu obra poética está reunida en una antología titulada El transeúnte, que consta de 110 páginas.

¿Cómo has logrado tanto reconocimiento con una obra tan breve? Me adelanto a pensar en el fenómeno que Gabriel Zaid llama los demasiados libros. Pero cuéntame ¿cuáles son tus reflexiones en este sentido?

Si te acepto que he tenido "tanto reconocimiento" sería pedante. Si te digo que no es tanto, sería ambicioso o, peor, desagradecido. Y ya que mencionas a Gabriel Zaid (quien no es tan viejo amigo como Gabo o Mutis, pues apenas vinimos a conversar un rato en esta visita a México) y sus opiniones sobre "los muchos libros", te cito textualmente una de sus obras, que tan gentilmente me obsequiara: "Se escribe mucho por ignorancia: porque se ha leído poco. Por no saber que ya estaba escrito algo que uno necesitaba". Sí, algo que uno cree que es original, si no, no lo escribiría, pero ya había sido dicho antes por otros, sólo que mucho mejor de lo que uno podría hacerlo. Por eso uno va escribiendo cada día menos. Recuerdo el título que le pusieron a una entrevista que me publicó el suplemento literario de El Tiempo, con comillas porque fue la misma respuesta que ahora te doy: "Mientras más leo, menos escribo". Pero no fue siempre así. En mi niñez —yo comencé a escribir versos a los diez años— y en mi adolescencia lo hice compulsivamente, hasta cuando acepté que esa no era la forma de conquistar un amor imposible. Varias veces recogí en cuadernillos alguna selección de aquello, pero por fortuna las ediciones fracasaron. Eran versos ingenuos y simples —como lo siguen siendo—, "poesía elemental" la llamó mi primer crítico. Cuando me encontré, en las calles de Bogotá, con la soledad de frente y por todos los lados, ya mayor de edad empecé a escribir los poemas que se fueron agrupando lentamente y que integraron mi primer libro, o sea el único, El transeúnte (no llamo libro un cuadernito que en 1948 me publicaron con el título de Edad sin tiempo). Fue bien acogido, no me preguntes a mí por qué, esa pregunta debería ser para los lectores… y aunque mi producción siguió siendo mínima aparecieron nuevas del mismo, a las cuales agregaba los pocos poemas inéditos, que nunca me dieron para otro libro. La primera edición tuvo quince poemas y la última, en 1998, setenta. Parece mucho, pero la proporción es de un poema por año, porque entonces ya era septuagenario.

No puedo dejar tras bambalinas la malsana curiosidad de los escépticos. ¿Cuánto interviene en ello tu posición social como periodista, cuánto las relaciones públicas y cuánto el cariño de los amigos a tu persona?

El hecho de ser periodista —siempre directivo en la que en Colombia llaman La Gran Prensa— no me ayudó para nada sino que me perjudicó. Me sentí siempre inhibido para las más mínima publicidad propia, y siempre fue respetada mi discreta conducta en el diario, casi ignoraban que yo fuera poeta. Pero en otros medios, revistas y suplementos literarios (entre ellos el Excélsior de México), los buenos amigos, que nunca faltan, divulgaron mis versos y se refirieron a ellos siempre generosamente, lo que hizo que las ediciones se repitieran, por diferentes editoriales, hasta la octava, que aparecerá en el 2003. O sea, para contestarte con tus propias palabras: sí han influido mi posición (no social sino profesional) como periodista, las relaciones públicas, discretas pero insoslayables, la promoción de las mismas editoriales a pesar de mis reticencias, y el cariño de tantos amigos, sobre todo de grandes poetas como Aurelio Arturo y Fernando Charry Lara y mis compañeros de la revista Mito, Álvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán y Fernando Arbeláez… y los que siguen nuestros pasos hasta hoy, que me rodean y me dan sus libros, hasta el punto de que por ello he podido hacer varias antologías de poesía colombiana.

Compartes el origen con el poeta Porfirio Barba Jacob, ampliamente conocido en México por su imagen de poeta maldito y por su gran amistad con Salvador Novo. ¿Qué peso le reconoces en tu poesía a este personaje que, como tú, nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia? No puedo dejar de mencionar que Darío Jaramillo, quien te reconoce como figura tutelar, es del mismo pueblo.

Barba Jacob fue mi más visible influencia, como lo fue para tantos contemporáneos suyos y míos. En cambio, para Darío Jaramillo nunca lo fue, por lo menos así parece significar aquella frase suya publicada en el centenario de Barba: "No celebremos al poeta muerto. Celebremos al vivo". Se refería a mí, aunque creo, francamente, que en mi propio centenario ya estaré más muerto que Barba.

Las "Elegías prematuras" revelan un ser atormentado y reflexivo, en los dominios metafísicos de la ausencia de la musa o del ser encarnado en ella. Amar es morir en una vida intensa. Hay en ti un fulgor oximorónico, ¿a qué lo atribuyes?

La muerte ha sido una obsesión mía desde mucho antes de conocerla cara a cara, y su sola mención me arrancaba lágrimas. En mi tierna infancia lloraba porque no venía a visitarme mi tío predilecto (porque había muerto). En la bendita edad de los hallazgos prodigiosos lloraba cuando leía poemas como "La cuna vacía", "La muerte de la tórtola", de mi paisano Epifanio Mejía, "El rosario de mi madre", de… (Gabriel Zaid debe saberlo, yo no lo recuerdo, es aquel soneto que comienza así: "De la pobreza de tu herencia triste/ sólo me queda, madre, tu rosario./ Sus cuentas me recuerdan el calvario/ que en tu vida de penas recorriste"). También me emocionaba "Qué solos se quedan los muertos" —a Becquer lo leía a escondidas en un seminario de Bogotá, de donde, por haberme pillado, me expulsaron—. Y una fábula que ahora veo que fue decisiva para el resto de mi vida, pues me descubrió la fragilidad de la ilusión y la profundidad de la pérdida: "La lechera" (aquel poema que comienza así: "Llevaba en la cabeza una lechera/ el cántaro al mercado/ con aquella presteza, aquel aire sencillo, aquel agrado/ que va diciendo a todo el que le advierte:/ yo sí que estoy contenta con mi suerte". Fábula a la que siempre se refieren, creo, cuando dicen "llorar sobre la leche derramada"). Sí, la pérdida: perdí a un vecinito en mi calle de la Ronda, me impresionó el multitudinario entierro del santo párroco de Santa Rosa (el padre Mejía) y, sobre todo, a los seis años, perdí a mi madre… lo que fue acontecimiento decisivo para mi vida literaria, pues cuatro años después, cuando tenía diez, escribí mi primer poema: "Nos falta ella", que con el título de "Así sería mi madre" aparecerá en Canciones de un niño triste que me edita la Biblioteca Pública Piloto para América Latina, de Medellín, por iniciativa del amigo Darío Jaramillo, lo que me tiene nervioso, casi temblando por este salto al vacío que no di cuando era un niño irresponsable y ahora lo hago cuando soy un viejo responsable… ¡de semejante delito!

Me alargo demasiado, pero tengo que rematar lo que ya estaba muerto: 

"Siempre que hablé de la muerte/ estaba vivo…" digo en algún poema, porque ¿con qué experiencia propia se puede hablar de la muerte, sin estar muerto? La conocemos sólo por "referencias"… Retomo mi adolescencia, para darte unos indicios, no culteranos sino vivenciales, míos. Cuando vi, en plena pubertad, la película Cuesta abajo o, mejor, cuando oí la canción "Sus ojos se cerraron" de Carlos Gardel, sentí la misma opresión en el pecho que acababa de sentir al leer el primer capítulo de La tumba de hierro de Henry Conscience, aquel en que cuenta la visita del artista a la tumba de su amada. Todo eso era para mí, sin yo saberlo, premonitorio. Porque llegó el momento en que me anunciaron la muerte inminente de una niña a quien no dejaron ser mi novia por oposición de su padre. Entonces fue cuando escribí aquellas "Elegías prematuras".

¿Cuánto del entorno de tu infancia y de tu juventud representa esa carga emotiva envuelta en redes conceptuales?

Mucho, pero más rescatables como expresiones emotivas que conceptuales, como lo dejo manifiesto en lo que te acabo de contar.

"Son un largo gemido/ todas las calles que conozco" manifiestas en tu poema "El transeúnte". Esa expresión dolorida pareciera recoger la convicción romántica de que la civilización nos conduce hacia el extravío y es necesario buscar en la infancia, en los orígenes, en la mitología, en lo sueños, el paraíso perdido. Algo que para mí es imposible e innecesario. ¿Coincides en algún aspecto conmigo?

Me parece que tú, como mis más generosos críticos, encuentras en ese poema mucho más de lo que yo pude decir. Porque son los buenos lectores los que completan el trabajo del poeta, con sus variadas y sorprendentes interpretaciones. Ahora bien, coincido contigo en que el paraíso perdido es irrecuperable, porque el paraíso no es el descanso eterno, la jubilación definitiva, sino el claustro materno, es decir, antes de nacer. El poema sólo quiso referirse a mi soledad en medio de todos, y a la soledad de todos, cada uno con su pena a cuestas. Así que de una queja lírica pasó a ser un reclamo social. Por eso, tal vez, está tan vivo entre la gente de ahora.

Supongo que algunas obras y autores establecieron los linderos donde debías fundar y construir tu obra poética. ¿Reconoces algunos ascendientes?

El único ascendiente visible, porque fue el único que en mi adolescencia leí completamente, fue Barba Jacob. Pero entre los diez y los quince años sólo conocí poemas sueltos de españoles como Núñez de Arce, mexicanos como Juan de Dios Peza y colombianos, claro, como José Asunción Silva, porque venían en los libros de lectura que nos prestaban en las escuelas públicas en aquel entonces. En mi pueblo no había más que una librería, que era del obispo, y por tanto no tenía sino literatura confesional e historias religiosas. Fue al entrar al liceo —bachillerato— de la capital del departamento (estado), en Medellín, cuando empecé a descubrir a los autores vedados, aunque muy parcialmente, porque no tenía con qué comprar libros ni revistas. Me salvó que entré a trabajar en un radioperiódico que los sábados sólo transmitía poesía en lugar de noticias y su director me prestaba los libros. Así conocí al primer Neruda (de Veinte poemas de amor y una canción desesperada), a Bernárdez (de Estar enamorados), a Whitman y a tantos otros. Pero a mí no me interesaba la literatura como tal (cuando también leía a Mann, a Gide, a Messe, a Barbusse), sino la coincidencia de los autores románticos con la situación sentimental en que vivía, siempre soñando en imposibles (como Barba, que alimentaba mis complejos de adolescente con versos como este: "No tuve amor, y huían las hermosas/ delante de mis furias monstruosas"). 

Percibo en mi lectura diversos momentos que van desde la pesadumbre existencial, el culto al amor, la convicción implacable de tu pertenencia a la poesía, el humor callejero, el juego con las palabras, a veces incluso de una manera ingenua, y como escribiera San Juan de la Cruz "Un no sé qué que se queda balbuceando"; es decir, un sentimiento místico que no termina por desatarse, por elevar su voz. Concreto mi intención: advierto diversas etapas con posibilidades de crecer de manera formidable y otras que se quedan en el umbral de la puerta. ¿Qué opinas al respecto?

Que tienes razón. Y por eso mi respuesta será más breve que tu pregunta, porque tú resumes, con tanta propiedad como agudeza, lo que puede ser mi poesía, pero que yo mismo no alcanzo a definir.

La muerte-la vida. Tu mirada de periodista ha captado el acontecer local en relación con el mundo. La violencia y supongo que también el júbilo que provoca la esperanza, luego de nuevo la rabia y la ola destructora de la frustración y el odio. Tu poesía destaca la fragilidad humana, su condición efímera en la vida, pero sin el desgarramiento ni los resentimientos que podrían generar una historia sangrienta como la de tu país. La muerte tiene algo de positivo, de esencia renovadora, que en mucho reconozco en los poetas mexicanos desde la época de Nezahualcóyotl. En ti ¿cómo justificas esa obsesión?

La muerte, ya te dije, ha sido una obsesión no sólo mía sino de casi todos los poetas que en el mundo han sido, en mi caso mucho antes de conocerla cara a cara. (Yo escribí: "Siempre que hablé de la muerte/ estaba vivo…" Es decir: ¿con qué experiencia propia y personal hablamos de la muerte? La conocemos sólo "por referencias"). A ustedes los mexicanos, que se han familiarizado tanto con ella en todos los niveles del arte —hasta caricaturizarla— (tengo en mis manos la Calavera catrina de José Guadalupe Posada en la invitación a la exposición que de su obra tiene abierto el Museo de Arte Moderno de Bogotá), ¿quién los supera en sapiencia y dominio del tema?

Me preguntas que cómo se justifica esa obsesión. Tal vez literariamente. Siempre fui, o soy, un poeta elegíaco. El último poema, que acabo de escribir después de años, es precisamente sobre la muerte de uno de mis poetas y de mis amigos del alma, José Manuel Arango, quien poco antes de morir había escrito un poema sobre su propia muerte, que lo perseguía: "Y si voy va detrás,/ si vengo viene,/ si me detengo se detiene./ Siento sus artejos sobre mi nuca,/ su acezo en mi oreja". Con un epígrafe mío: "Cien pasos doy de para atrás/ pero la muerte los advierte". Aquí llego, y pienso que si lo hubieras sabido antes me hubieras preguntado por él, a la muerte de mi hijo mayor, sin duda el golpe mas rudo que me ha dado la vida (y aprovecho para agradecerte la dedicatoria de tu bello ensayo sobre "la muerte rosa" en tu magnífica revista Alforja). ¿Qué puede uno decir cuando un "golpe como de la ira de Dios" nos deja mudos? Alguien me dijo que "ahora sí vas a hacer tu mejor poema"… y le repuse: "Pues si no lo había hecho ya, se quedará sin hacer". No he intentado escribir ni una palabra. Pero ya había publicado un poema que resultó premonitorio pues siempre que lo leí en público —en vida suya y la última vez a su lado, dos semanas antes de su desaparición— quienes lo oían no podían ocultar una furtiva lágrima. Es aquel que en El transeúnte aparece con el nombre de "Sombra avante" y que termina así: "No quise de tu cielo estar distante/ y te dejé en un limbo desdichado".

Me preguntas cómo justifico la obsesión (de la muerte). No, no la justifico, simplemente se lleva, se sufre. No puedo darte una respuesta prosaica. Como casi todos los poetas, soy heterodoxo, no heterodocto.

Nunca liberaste del todo a los versos de la rima y de una musicalidad que te sujeta al canto, no obstante la senda reflexiva que trabajas.

La senda reflexiva también resiste pasos acompasados. Yo sí liberé mis versos de la rima, la prueba son los primeros poemas de El transeúnte. Pero últimamente (es decir, los que aparecen al final) son regresivos en varios sentidos, no sólo en la utilización de la rima. Es una especie de reacción contra tanta poesía "antipoética". No quiero rehuir el son (sin sonete) para parecer "moderno", cuando surge espontánea y necesariamente como consecuencia de eso que llamamos inspiración, cuando nos llega tan fácil como no lo era cuando escribíamos los primeros versos. Sin embargo tú ves cómo es de variada mi retórica. Nunca me he puesto a clasificar los poemas sino que los publico en el orden cronológico en que los he escrito, aunque no sean uniformes ni en el fondo ni en la métrica, y muchas veces contrastantes. Los retornos no son siempre nocivos, pero tampoco son definitivos. Mi último poema (en el libro que tienes, publicado por Norma) denominado "No olvidan nunca su canción" los pájaros, es tan libre como ellos.

¿El amor mundano o el platónico?

Ambos. Eros y Platón me perdonen.

Tu labor antologante ¿nace de alguna razón o causas específicas? ¿Qué respuestas sueles dar a los que no están incluidos y reclaman sitio?

Todas las antologías que he hecho han sido por encargo del Ministerio de Cultura, de la presidencia de la república, de Planeta, de Círculo de Lectores (Intermedio), de Panamericana. La antología de poemas al hijo, que sigue, naturalmente, a las de la madre y del padre, la acabo de entregar a la imprenta, seguramente la tendremos a fines de año. Y creo que así cierro el ciclo, pues hacer antologías es un trabajo que no agradecen ni siquiera quienes son incluidos. ¿Qué respondo a los que no? Que esperen las nuevas antologías, ya entonces tendrán escritos sus mejores poemas.

Dos últimas preguntas en una sola: ¿qué te le ha aportado la poesía a tu vida y esas calles que repasan los transeúntes hacia dónde nos conducen?

Dos últimas respuestas en una sola: la poesía me ha abierto un camino, y esas calles conducen a ninguna parte. Tal vez lo dice mejor el final de mi poema "Tránsito":

¿Qué soy sino —por fin— el que viaja con otros
que no saben de dónde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a dónde van
si no a ocupar el sitio que
su sombra señala? 
 

Tránsito

¿Qué importa dónde se nace
ni dónde se muere,
si con la muerte regresamos
a la cuna y con el nacer
aseguramos nuestra muerte?

Mas hemos de guardar de lo pasajero el perfume,
ceñirnos la espinada túnica de la rosa
a los hombros, amando la ignorancia
de las cosas que pasan y quedan sin saberlo.

Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo
de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,
nunca hasta dónde va, porque lo mismo
sabe que yo, que tú, que nadie.

O si lo sabe es un loco como aquel
que creía que lo sabía.
O si canta viendo que los gusanos lo esperan
entre su cuerpo, dejadlo...
dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.

(Desde mi ventana los veo, a los ebrios, a quienes
les crece la barba con un dulce descuido.
Los veo mientras ellos me ven girar como una luna).

O cuando voy por la avenida —yo también entre ellos—
y la que fuera niña mía es mujer de quien yo ignoraba,
y el que fuera niño mío se alza y me castiga a mí...

O en la ventanilla de trenes
que gritan con su pluma de humo;
en los buses, en los ascensores
—savia ciega de la ciudad—,
entre los que leen los periódicos
orgullosos y cabizbajos
y entre poetas que escanden su oscuro telegrama

¿qué soy sino —por fin— el que viaja con otros
que no saben de dónde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a dónde van
si no a ocupar el sitio que su sombra señala?

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Hora llegada

Mis hermanos murieron
de golpe
de siniestro*
mas yo muero de muerte
verdadera: de cansancio
y olvido.

De cansancio del corazón...
(el corazón: mi fiel insomne
que cuando duermo
vela en desvelo,
el que tanto sufre
si sufro o si gozo,
el que huye a quien no le temo
o se enfrenta a mis enemigos,
mi corazón acorazado
que sin embargo se derrumba
si llora un niño).

Mi cuerpo lo dejo a los buitres
y a las abejas en las flores,
mi propio cuerpo, que no soy yo
aunque a veces ¡cómo nos
comprendemos sin palabras,
en cuántos dolores y placeres
me acompaña, se me abandona!

Cuando mi padre murió de años
y de humildad y de tristeza
yo era joven, pues fui el menor
de mis hermanos.

Hoy soy más viejo
que mi padre, que mis hermanos
y paso invisible como ellos
a la historia.•

* Jorge Gaitán Durán
y Eduardo Cote Lamus. (N. del a.) •

*José Ángel Leyva (Durango, 1958) es codirector de Alforja, revista de poesía. Ha publicado, entre otros libros: Botellas de sed (1988), Catulo en el destierro (1993), Entresueños (1996) y El espinazo del diablo (1998). Coordinó los libros de entrevistas de poetas con poetas mexicanos e iberoamericanos, respectivamente, Versoconverso (2000) y Versos comunicantes (2002). La noche del jabalí es su primera novela (2003).