Las formas de la nieve
*Miriam Mabel Martínez

Mensualmente en el poblado de Johnson, Vermont, Estados Unidos, se reúnen en promedio 70 artistas y escritores para compartir sus conceptos y continuar los propios procesos creativos. En diciembre de 2001 tuve la oportunidad de convivir y trabajar en el Vermont Studio Center, pero también de conocer la nieve, de aprehender un paisaje en el que las montañas son azules, las sombras son más largas y la nieve se muestra como una forma del silencio. Allá el eco no existe, así uno aprende otra manera de entender el tiempo y la memoria.

Entendí la infinita variedad del blanco y del negro. Intuí sonidos y descubrí la posibilidad del hielo como un privilegio; pero también, descubrí las propuestas artísticas de individuos provenientes de lugares diversos (India, Filipinas, Indonesia, Kenia y Estados Unidos) y sus coincidencias y diferencias con mi bagaje visual. Comprendí, finalmente, que la luz es distinta según la latitud y altitud, que la percepción del color, del volumen y de los planos son proporcionales a los efectos luminosos. Sobre todo, me acepté parte de un todo más grande del que había imaginado. De pronto, palabras como globalización e inconsciente colectivo tomaron otra forma. Allá, observé los gestos y maneras de los residentes y percibí las extrañas similitudes que, a pesar de nuestra renuencia, integran generaciones.

El trabajo artístico es una forma de la memoria y de hacer historia. A través de las piezas el espectador también se adentra al contexto, a los marcos teóricos, a los cambios y certezas ideológicas… El arte es un puente entre el mundo exterior y los laberintos internos. Los soportes, materiales y técnicas utilizados son parte de un lenguaje y de una sintaxis plástica y visual que concreta las experiencias y las percepciones del artista acerca de lo imaginario, de lo real y de la infinidad de interpretaciones de lo concreto. Cada artista —desde su medio y género— propuso una manera de contemplar y de armar el mundo. Esta diversidad visual era tan amplia como las formas de la nieve.

Ignoro si el horizonte influyó en los comportamientos, pero lo cierto es que no surgieron pugnas entre visiones masculinas o femeninas, ni intolerancia racial, ni discordias de tipo conceptual. La sensatez prevaleció para iniciar diálogos, discusiones, lecturas y visitas a estudios. Así cada uno de los participantes se atrevió a mirarse en el otro, se sorprendió al entrever los parecidos y al entender que las diferencias no significan divisiones sino crecimiento. También resultó gratificante observar en las piezas de cada uno un fragmento de la realidad compartida: lecturas, ideas, entorno, imágenes, aficiones, influencias, situaciones, eventos, tragedias, manías. De pronto y por un mes fuimos ciudadanos del mismo mundo, en el cual los distintos idiomas sólo matizaron aspectos y perspectivas. Descubrimos entre todos que la realidad, a pesar de su simulación, podía ser compartida. De ésta, ahora parte de mi memoria reciente, se desprenden nombres y obras que se integran a un diario visual que escribí en la nieve.

Los artistas

Y en ese laberinto de espejos, me miré en los siguientes:

Teresa Schmidt es una defensora del dibujo, al que considera no un medio sino un fin. El lápiz y el carboncillo son sus rutas preferidas aunque también utiliza la tinta. Le gusta jugar entre lo figurativo y lo abstracto; de este juego resulta una manera muy peculiar de recrear lo visible. Las imágenes de Schmidt siempre tienen una referencia concreta, es una observadora quisquillosa que se siente atraída por la acción. Sus trabajos tienen movimiento, lo estático no tiene cabida; la narratividad es una certeza en sus piezas que parecen estar dibujadas en gerundio.

La escultora Ginger Ertz (Vermont) trabaja materiales cercanos a todos: mecates, alambres, diúrex, telas; los resultados son variantes de formas abstractas que hacen referencia a un mundo imaginario femenino, sin caer en discursos pronunciados desde la marginalidad o de reclamo; al contrario, sus piezas son reconfortantes porque evocan la feminidad, las cuales, además, están cargadas de sentido del humor.

Elisa Johns (Arizona) vive la frontera, sabe y experimenta el constante cruce de universos. Ella crece en la intersección, en la evidencia de la teoría de conjuntos. En su trabajo se observan elementos cotidianos que sugieren el encuentro entre el arte y lo popular, es un eco del pop. Se observa un encantamiento por las imágenes semificticias que emanan de esa zona híbrida, lugar donde pelean la herencia chicana y la feminidad; este es el marco de su pintura, la cual está llena de sarcasmo y angustia.

El trabajo de Sureka (Bangalore, India) es un homenaje a las mujeres hindúes. Sus piezas indagan lo femenino con sus tribulaciones, dolores y placeres, son un ensayo visual sobre la mujer y su entorno, sin caer en lugares comunes feministas. Su obra retoma y revalora la idea de mujer con sus contradicciones y sus fortalezas. Sureka confecciona prendas de papel, dibuja en ellas historias de la India y las monta en pequeñas instalaciones que se convierten en una travesía por el horizonte de una mujer.

La obra de Matt Blackwell conjuga la experiencia urbana y la fantasía de la provincia de una manera lúdica y traviesa. Sus cuadros denotan el placer de pintar, sin descuidar la técnica; las escenas que plasma son divertidas y remiten a narraciones de road movie. Congela momentos y los reviste de humor. En estas historias plásticas cada elemento está animado, lo que parece sugerir diálogos entre autos y calles, vacas y televisiones, latas y paredes.

 
 
 
 
   
Charles es escenógrafo y lleva el teatro a sus objetos, cajas y collages. Quizá para equilibrar ha optado por dimensiones pequeñas, como para contrastar las escenografías con pequeños mundos en los que están contenidos la teatralidad, el color, la gestualidad. Sus personajes, aun en superficies planas o atrapados detrás de vidrios, exploran su histrionismo. Por otra parte, en sus piezas existen reminicencias de otras culturas, lo que revela las capacidades observadora y de entendimiento del autor, quien ha podido asimilar e integrar a su trabajo la diversidad de imágenes y de materiales, técnicas y soportes.

En el Vermont Studio Center se aprende a ver y a escuchar, a mirarse en el otro y a oír la voz propia. En el silencio de las montañas, en la inmensidad de la nieve, la angustia se derrite y se aclaran los sentidos.• 

*Miriam Mabel Martínez (ciudad de México, 1971) ha sido becaria en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores. Recientemente lo fue del Fonca en la categoría de Jóvenes Creadores, en el género de cuento. Está por aparecer su primera novela.