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Devastación
urbana
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No se trata de cuadros sino de campos visuales. Composiciones
que parecen esbozos. Vistas y no paisajes. Borrones ópticos que
muestran y demuestran que la ciudad, cualquiera que sea, es un escenario
devastado, cancelado, en proceso de transfiguración: ser en tránsito,
obra negra. Situada a medias entre la opulencia y la decadencia; que se
mueve, con vacilaciones, entre los polos del valor estético. El
mérito de José Castro Leñero consiste en rendir cuentas
precisas del agravio, haciéndolo con singular solvencia técnica,
mediante una serie no reconocida como tal de óleos y encaustos,
en los que deambulan satisfechos el morbo y la alucinación.
No es pintura, o no sólo es pintura; se trata de testimonios
fragmentarios, jirones de una mirada que no se cansa de observar la descomposición
de eso que alguna vez fuera una urbe. Nada importan los habitantes que
moran en ella, tampoco conservan pertinencia los signos de una identidad
quebrantada: eso que pomposamente denominamos patrimonio arquitectónico
y mobiliario o equipamiento urbano. Atisbamos, cual pornógrafos
y sádicos, un espectáculo brutal: la taxidermia de un espacio
social. |
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| Así las cosas, semejante iconismo evade
la belleza, el escenario retratado carece de sentido. La redención
se evapora ante visiones reiteradas del horror y la angustia. ¿Será,
acaso, que a eso se reduzca la vida cotidiana en un emplazamiento constructivo
que hace tiempo perdió toda escala y proporción humanas?
La simulación se desvanece, las tripas afloran, se muestran en su
increíble obscenidad. Voraz avanza la mancha, casi con arrogancia,
y de este mismo modo la capta y entroniza el artista, quien se transforma
en patólogo de males que por incurables lejos de sanar concentran
su atención en lo inanimado, lo inerte, lo muerto.
Empero, la desfiguración poco o nada tendría que ver con
el apocalipsis, si así fuera la inmolación sería una
oportunidad salvífica. Lo asombroso es que justo por no serlo la
destrucción es intención plural asumida por una caterva de
depredadores: los habitantes del sitio mancillado, el asentamiento humano
que se empeña en dejar de serlo, adquiriendo un rostro de cementerio
azaroso que encierra —ya no atesora ni sublima— las frustraciones de quienes
han decidido transitar, trémulos y ajenos, por sus plazas y jardines,
sus vialidades y medios de transporte, incapaces de reconocer los gestos
de lo que alguna ocasión fuera una polis: lugar del debate y la
construcción de lo público. |
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Y como la ciudad está
abierta en canal, el caos se erige en el supremo contralor de la convivencia
colectiva. Esa desesperanza preside la colisión de los sujetos carentes
de voluntad y de brújula, son remedos de ciudadanos limitados a
la sobrevivencia, la deliberación no los distingue. Se encuentran
confinados y reducidos a vagar de una estación a otra de un vía
crucis que resulta espejo de su incapacidad para dignificar el entorno
y el paisaje, y, además, las prácticas intersubjetivas que
ocurren en tales escenarios. Los más funestos de nuestros temores
han adquirido realidad, desafiando a las profecías más desquiciadas. |
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| La violencia
y el desaire a un mínimo equilibrio visual, la apuesta a favor de
una antiestética: la del pavor y la furia, esa de la fealdad a toda
costa. Tales resultan hoy en día los rasgos básicos de una
megalópolis que se afana en hundirse sin freno ni medida, y que
encuentra en José Castro Leñero al cronista perfecto, ese
que registra el desastre sin inmutarse, ofreciendo una bitácora,
a ratos filofotográfica, del cómo se pudre el futuro sin
remedio. |
| *Luis
Ignacio Sáinz (Guadalajara, Jalisco, 1960) es maestro en ciencia
política por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
de la UNAM. Ensayista dedicado a temas de filosofía y teoría
política y estética. Ha publicado diversos títulos.
Su libro más reciente es Irma Palacios: poesía de la tierra
(CNCA, Círculo de Arte, 2003). Bajo el mismo sello pronto aparecerá
La
cárcel de la metáfora: ensayos sobre América Latina. |
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