¿Ciencia nacional o ciencia globalizada? 
*Mauricio Schoijet 

Esta será una reseña muy poco ortodoxa porque este autor es también uno de los incluidos en la compilación, cuya segunda edición está sustancialmente ampliada respecto de la primera.

Esta publicación es un acontecimiento importante para la historia social de la ciencia en México. El discurso convencional acerca de la política de la ciencia suele reiterar quejas sobre el poco apoyo a la investigación, repite afirmaciones generales acerca de la ciencia como elemento clave para el desarrollo, o se limita a descripciones acríticas. En este caso, por más que sea un libro disparejo, la mayor parte de sus autores plantea una perspectiva crítica, opuesta a las ideas dominantes en los organismos oficiales como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

Es una obra que incluye observaciones acertadas, buenas críticas y buenos trabajos de investigación, algunos datos importantes, algún recuento de experiencias personales; también críticas incorrectas, artículos prescindibles, algunos chismes, cierta dosis de ingenuidad e incluso toques de demagogia. Presenta críticas correctas a la evaluación por pares y a lo que llamaríamos el fetichismo de las citas, por ejemplo una mención a un trabajo del astrónomo mexicano Shahen Hacyan, sobre lo poco citados que fueron muchos de los galardonados con el Premio Nobel. Otro dato importante se refiere al caso del fisiólogo hispano-mexicano Ramón Álvarez Buylla, cuyos trabajos pioneros en materia de transplantes, que pasaron inadvertidos por haberse publicado en revistas mexicanas o latinoamericanas, se anticiparon en diez o quince años a otros más difundidos a nivel internacional (véase p. 98).

Prácticamente no hay uno solo de los autores que sea politólogo o sociólogo especializado en política y sociología de la ciencia. Son poco conocidos, con alguna excepción, en su mayor parte de las ciencias naturales de universidades de provincia. Ello apunta a una muy seria deficiencia de las ciencias sociales en México, ya que casi no hay, con la visible excepción de Larissa Adler, sociólogos o politólogos de la ciencia. De alguna manera podríamos llamarlos outsiders, en el doble sentido, tanto por su falta de peso dentro del establecimiento oficial de la ciencia como de su falta de formación escolarizada en la temática que abordan.

Una interpretación economicista podría sugerir que son marginales que defienden su propio interés, es decir la supervivencia de las publicaciones de bajo nivel en que editan. Pero una inspección de los artículos muestra que algunos son muy serios, y que tienen un buen conocimiento de la temática, lo que parece incompatible con la posibilidad de que pretendan justificar su marginalidad. Es más plausible suponer que se trata del surgimiento de una conciencia crítica, de una forma de superar lo que llamaríamos la alienación del científico, encasillado muchas veces en una actividad limitada, que desconoce la historia, la filosofía y la política de la ciencia, y por consiguiente las influencias sociales que inciden sobre el ámbito académico y las implicaciones sociales de ésta. También podría ser el producto de un legítimo resentimiento, o de la frustración que experimentan algunos investigadores que han intentado la difícil tarea de publicar revistas de la mejor calidad que es posible, bajo las circunstancias en que se hace ciencia en instituciones menos favorecidas, y que en lugar de ser reconocidos y alentados han sido ninguneados. Asimismo, tiene gran mérito incluir una traducción de un artículo de W. W. Gibbs sobre ciencia en el "tercer mundo", de quien desgraciadamente no proporciona datos, pero que contiene más que suficientes elementos como para darse cuenta de que se trata de problemas generales, que afectan de igual manera a científicos de otros países, como Brasil, Sudáfrica y Filipinas.

Hay que señalar en relación con lo anterior que, aunque en este caso se discute una problemática más limitada, la presente discusión parece tener relación con la polémica que se dio en Argentina a comienzos de la década de los setenta entre Óscar Varsavsky, autor del difundido folleto Ciencia, política y cientificismo, en el que hacía la propuesta de una ciencia nacional, y los así llamados cientificistas, investigadores en el área biomédica como Eduardo de Robertis, quienes aparentemente fueron los primeros en recibir subsidios sustanciales de un organismo extranjero, como la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Para este grupo lo más importante era la inserción de la ciencia argentina en la comunidad científica internacional.

Hay un hecho fundamental acerca de la situación de la ciencia en México que es muy poco conocido, y al que incluso el mismo compilador no le da la importancia que tiene. En un momento de auge de la ciencia mexicana y latinoamericana, según los datos del Conacyt, el tiraje de las revistas académicas mexicanas ha experimentado una caída catastrófica, de 240 mil a 36 mil ejemplares para el periodo de 1990 a 1999, mientras que para el mismo lapso el número de programas de radio y televisión destinados a la divulgación de la ciencia re redujo a la tercera parte, pasando de 1,027 a 363 (véase p. 20).

Esta caída drástica de la circulación no es casual, sino producto de una política deliberada, que no sólo se ha manifestado en el terreno de las publicaciones científicas, sino en otros aspectos, por ejemplo el abandono de las actividades de divulgación de la ciencia, donde jugó un papel importante hasta 1982. En efecto, tanto el Conacyt como el sni han privilegiado la publicación de los artículos de investigación en revistas internacionales indexadas, o sea que son incluidas en las llamadas bases de datos internacionales, de los que la más conocida es la del Instituto de Información Científica de Filadelfia. Esta política implica una idealización de la comunidad científica internacional, considerada como garantía de objetividad y calidad. Incluso ha habido autores como Ricardo Tapia y Miguel Ángel Pérez Angón, quienes defienden la internacionalización a ultranza, para quienes no se perdería nada con la desaparición total de las revistas académicas mexicanas, en contra de la tesis sostenida en esta compilación.

Casi no hay datos para medir la eficacia de esta política gubernamental, aunque podríamos conjeturar que hay ramas que han alcanzado un buen nivel, y que en éstas resulta superflua, y que en otras no tiene efectos, o tiene efectos indeseables, como por ejemplo inducir la simulación. Tendríamos que conocer la evolución histórica de las tendencias de publicación, en revistas nacionales, en revistas extranjeras no indexadas y en las indexadas, para las diferentes ramas. Pero hay un dato que, aunque fragmentario, tendería a mostrar que ha sido un fracaso. En efecto, hay un reporte inédito de C. Alvarado et al., del Instituto de Geografía de la unam, que estudia las publicaciones de un grupo de científicos distinguidos dentro del campo de las ciencias sociales, considerados como tales por haber obtenido premios como los de la Universidad Nacional, o el otorgado a Académicos Jóvenes en Ciencias Sociales. De los trabajos de investigación de estos, que podríamos suponer que son los que más publican en revistas internacionales indexadas, ¡menos del 3% lo hacen en revistas de este tipo! (Informe sobre la situación de las ciencias sociales en México, presentado a la Academia Mexicana de Ciencias, coordinado por Roberto Rodríguez y Alicia Ziccardi, durante 2001), en tanto que los seguramente meritorios premiados por la unam pueden haberlo sido por realizaciones en épocas pasadas, en las que no se requería publicar en revistas internacionales, el cual no puede ser el caso de los académicos jóvenes.

En este texto no es posible una revisión amplia de las ideas de Óscar Varsavsky, discutidas por este autor en otros trabajos. Pero la consideración fundamental de este autor, en el sentido de que la actividad científica debe insertarse en la sociedad en que se produce, y ser valorada por ésta, está implícita en el libro que comentamos, aunque sus autores aparentemente no lo conocen. Dentro de esta visión es correcto defender la supervivencia de las publicaciones científicas mexicanas, en función de que desempeñan un papel en la divulgación de la actividad científica nacional, y que su desaparición limitaría aún más la percepción de ésta a ese nivel. Ello no debe impedirnos ver que podría haber casos de algunas en que no se perdería nada si desaparecen. 

Un nacionalismo a ultranza, como el de Varsavsky, desestimaría totalmente la inserción de la ciencia mexicana en la internacional. Nosotros creemos que buscar una visibilidad internacional es una aspiración legítima, pero que no puede ser alcanzada a través de presiones burocráticas.

En efecto, cuando se habla de revistas internacionales se piensa en comités editoriales y árbitros de buena calidad, o si se quiere calidad internacional. La inclusión de investigadores marginales que provienen de otros países latinoamericanos le puede dar a una revista la etiqueta de internacional, pero no una garantía de calidad, e incluso no necesariamente se la va a asociar con la calidad de investigadores de buena reputación de países desarrollados. La causa es que existen redes que no sólo sirven para transmitir información y opiniones, sino favores, como por ejemplo empleos, becas posdoctorales para los estudiantes y demás. En este sentido la inclusión de un investigador de buen nivel en un comité editorial de una revista mexicana no necesariamente dará los mismos beneficios que los que éste podría aportar en una revista internacional. El arbitraje requiere trabajo, y podría ser una ingenuidad pensar que existe la misma disposición por parte de investigadores extranjeros de buen nivel a dedicarle tiempo a esta actividad para una revista que no proporciona ni estatus ni beneficios indirectos, que la que podría existir para el caso de una revista internacional.

El libro incluye tres estudios de casos, que muestran la heterogeneidad de las revistas. En el caso de la Revista de Investigación Clínica, es autofinanciable y tiene cierto factor de impacto que además está en aumento. No es por lo tanto necesario que alguien defienda su supervivencia. En el caso de la Revista Internacional de Contaminación Ambiental, aunque no se dan datos sobre financiamiento y factor de impacto, los que se dan sobre los autores que publican en ella muestran que es en efecto una publicación internacional. Otro ejemplo es el de la revista Hidrobiológica, la cual no se vende. No se menciona su factor de impacto y el hecho de tener un comité editorial que incluye a una tercera parte de investigadores de otros países en apariencia no ha logrado que investigadores de estos países tengan interés en publicar en ella. Desde hace siete años está en el índice de revistas de excelencia del Conacyt.

Gracias a la existencia de las becas y estímulos de la Universidad Autónoma Metropolitana y a la del sni hay un interés económico sustancial por parte de los profesores de las divisiones de ciencias biológicas de la uam, que son los que más publican en ella, para que esta revista no desaparezca. Por otra parte, no está claro cuáles son los criterios del Conacyt para ubicar en su índice de excelencia a una revista de estas características. No estamos sugiriendo que deba desaparecer, pero sería bueno conocer las razones para que siga.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
   

En última instancia lo que hace falta no es una justificación de esta revista en particular, sino una evaluación de la situación de las diversas ramas de la ciencia en México, que incluya las ciencias biológicas y las revistas entre otros aspectos. Esta podría ser una tarea que deberían emprender el Conacyt o la Academia Mexicana de Ciencias. Por cierto que el decreto de creación del primero incluía entre sus objetivos el de elaborar estudios sobre la ciencia, lo que nunca ha cumplido. También habría que pensar en algún tipo de mecanismos para difundir a nivel internacional los artículos más importantes publicados en revistas nacionales de menor difusión, para evitar que vuelvan a ocurrir casos como el ya mencionado de Álvarez Buylla.

Se trata, sin duda, de un tema complejo, en que el análisis cualitativo, realizado con espíritu crítico, debe tener más peso que las citas y el factor de impacto. Este libro es un paso en esta dirección.

Eduardo Loria Díaz (comp.), Viejos y nuevos dilemas de las revistas académicas mexicanas, México, Universidad Autónoma del Estado de México, segunda edición, 2001.

*Mauricio Schoijet es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Se ha especializado en temas energéticos y en historia y sociología de la ciencia.