La ciudad
*Benjamín A. Araujo Mondragón 
La ciudad aparece ajena a mis escombros.
No vale ser la isla en que me han confinado, 
mis seres inmediatos, mis fantasmas distantes, 
mis multitudes en que me solazo; 
crecen delante de mí desesperanzas, 
desalientos como pulmones fatigados, 
gigantes pulmones que secretan utopías fallecidas, 
para pintar el paisaje laxo de una urbe que se fue 
antes de llenarse de decretos de abandono 
en cada uno de sus postes, en cada árbol 
con la cabeza gacha de amargura.

La ciudad es una barca desierta. 
No tiene sentido llamarla desde la noche, 
si ya sus grises días anuncian la desventura 
de este desvarío de injusticias. 
Es un naufragio colectivo la ciudad. 

Nadie parece reparar en ello mientras 
corre a deshabitar las oficinas, las fábricas, 
los colegios o esos agujeros impropios 
que llaman hogares con decoro 
sólo para esas palabras huecas de dientes 
afuera, vociferantes adjetivaciones 
que esconden la desgracia que nos penetra a todos.

La ciudad es una ausencia colectiva. 
Nido de antiguas voces que sí amaron, 
desván de lentitudes para la fraternidad; 
tal vez un peso seco sobre los infortunios 
o una llama sin luz, o un viento 
calmo que nos deriva a nada y nos quita 
los gestos de las caras. Ni siquiera hay 
la lluvia para ensayar heridas compartidas. 
La ciudad es un páramo de desconfianzas. 
La eternidad de lo inacabado se anuncia 
con todos y cada uno de nuestros pasos. 
No vamos a nada, ni acudimos a nadie, 
ya no nos vemos; los espejos reflejan 
nuestras ausencias intemporales. 

La ciudad, esta ciudad, es todas las ciudades. 
Es todas las ciudades y ninguna. 
Cada ciudad de este hoy eterno, tiempo 
que se ha detenido en la nada de nuestros destinos, 
es la condena que nos merecemos porque 
la hemos forjado con denuedo en nuestra 
apátrida espiritualidad del desconsuelo merecido 
a golpes de ceguera de nuestros puños 
desde la impotencia del sueño.

 
 
 
 
   
Sólo queda un grito verdadero en este 
silencio infértil que es la ciudad. 
Allá, en el más recondito callejón, 
un violinista enloquecido, afiebrado, 
toca el instrumento para ver si despierta 
alguno de esos zombis que salimos 
de nuestros agujeros a correr a ningún 
lado todas las mañanas, todas, todas las 
mañanas, todas, todas, todas, semana tras semana, 
mes a mes, año tras año, tras año tras año tras año: 
hasta que dejemos de rayar este disco inmundo 
del abandono a que nos hemos confinado. 
*Benjamín A. Araujo Mondragón es periodista, editor y promotor cutural. Desempeñó actividades periodísticas, culturales y editoriales en las universidades Autónoma del Estado de México, Autónoma de Querétaro, Chapingo y Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Ha publicado A propósito, Surco de palabras, Frontera inferior, Vaivén y Será mi asilo el mar