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*Mihail Eminescu
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| Érase una vez, como en los cuentos,
érase una vez, como nunca, de una gran familia imperial, una muy hermosa doncella. Y era la única de sus padres
Por la sombra de grandiosas bóvedas
Miraba cómo por el horizonte del mar
Lo ve hoy, lo ve mañana,
Mientras ella apoyaba en las palmas,
Y con qué viveza él surge
* Y paso a paso tras sus huellas
Y cuando en la cama se tiende
y la luz desde el espejo
Ella lo miraba con una sonrisa,
Y ella mientras duerme le habla,
¡Desciende hasta mí, tierno lucero,
Él escuchaba tembloroso,
y el agua donde ha caído
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| Ligero, como por un umbral, cruza
el alféizar de la ventana, y aprieta en la mano un bastón coronado de cañas. Parecía un joven príncipe
Y la sombra de su rostro traslúcido
—Con esfuerzo, bajé de mi esfera
Para llegar a tu alcoba,
¡Oh, ven!, mi más preciado tesoro,
Allí, hasta palacios de coral,
—¡Oh, eres hermoso como sólo en sueños
Extraño por el habla y la ropa,
*** Pasó un día, pasaron tres
Ella mientras estaba durmiendo
—¡Desciende hasta mí, tierno lucero,
Cuando él la oyó desde el cielo,
en el aire rojas llamaradas
sobre su negra cabellera
Del negro sudario salen
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| pero sus ojos grandes y maravillosos
brillan profundos como quimeras, como dos pasiones insaciables y llenas de oscuridad. —Con esfuerzo, bajé de mi esfera
¡oh, ven!, mi más preciado tesoro,
¡Oh, ven!, para que en tus cabellos rubios
—¡Oh, eres hermoso como sólo en sueños
Me duelen por tu cruel amor
—¿Y cómo quieres que descienda?
—No busco palabras diferentes,
Aunque me hables muy claro,
—Tú me pides la inmortalidad
Y se va... y ya se fue del todo.
*** Mientras tanto, Catalín,
un paje que lleva paso a paso
con mejillas como dos peonías
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Pero qué hermosa se ha vuelto,
¡por Dios!, y qué orgullosa; bien, Catalín, llegó la hora de probar tu fortuna. Y la abrazó casi sin rozarla al pasar
—¿Qué quiero? Querría que no estuvieras
—Pero si no sé lo que pretendes,
—Si no lo sabes, te enseñaría
Como el cazador tiende en el bosque
y tus ojos sin moverse
cuando mi rostro se incline a ti,
y para que te sea por completo
Ella escuchaba al joven
Y le dijo en voz baja: —Desde niño
Pero un lucero, que ha surgido
en secreto yo bajo mis pestañas,
brilla con un amor inefable
Entra triste con sus rayos fríos
Lo amaré siempre y siempre
Por eso los días me resultan
—Tú eres una niña, aún es así...
y así, seremos los dos sabios,
*** Partió el lucero. Le crecían
Un cielo de estrellas por debajo,
Y de los valles del caos,
cómo brotando lo rodean igual
pues donde llega no hay fronteras,
No hay nada y sin embargo hay
—Del suplicio de la negra eternidad
¡oh, pídeme, Señor, cualquier precio,
quítame la aureola de inmortalidad
Del caos, Señor, he aparecido
—Hiperión, que de los abismos
¿tú en hombre quieres convertirte,
Ellos construyen en el aire
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Ellos poseen estrellas de la suerte y son acosados por el destino, nosotros ni espacio ni tiempo tenemos, nunca hemos conocido la muerte. Del seno del eterno ayer
aunque parezca salir eternamente,
Pero tú, Hiperión, permaneces
¿Quieres que dé voz a aquella boca,
¿Quieres quizá mostrar por tus hechos
Te doy mástil junto a mástil,
Y ¿por quién quieres morir?
*** A su lugar destinado en el cielo
Se pone el sol en el ocaso
Y llena con sus destellos
—¡Oh, deja que sobre tu pecho
Con el encanto de tu fría luz
Y encima de mí pemanece,
Desde arriba veía Hiperión
Derraman olor las flores de plata
Ella, ebria de tanto amor,
—¡Desciende hasta mí, tierno lucero,
Él tiembla como en otros tiempos
pero ya no cae como antes
Viviendo en vuestro mezquino círculo
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