LAS CARTAS DE FRANCES Y DE ELLA
El género epistolar como recuperación histórica
*Ana María Peppino Barale 
A fines de los años sesenta del siglo pasado, principalmente en Estados Unidos y Europa, se debatió acerca del nombre de un nuevo campo de estudio en el que se "iba reconstruyendo el conocimiento sobre mujeres y su enseñanza". Entre las principales propuestas que se disputaban la preferencia para denominar la naturaleza, identidad y esfera de acción de esa parcela específica del universo teórico, se encontraban tres: estudios de mujeres, estudios feministas y los nuevos conocimientos sobre mujeres.1 En estos primeros años del siglo xxi se emplean de manera indistinta, según la particularidad que se quiere destacar para el análisis.

Esta redefinición del espacio científico toca por igual a los estudios históricos que ya no sólo se ocupan del acontecer político como objeto central sino que vuelcan su interés en aspectos de la vida cotidiana y familiar. Ese desplazamiento de lo público a lo privado colocó a las mujeres en un plano destacado, y recibió el impulso del movimiento feminista que subraya la necesidad de volver visible la participación, significado e importancia de las mujeres en el recuento de sucesos correspondientes a un momento y a un lugar particulares.

Es necesario analizar a la mujer como sujeto histórico y paralelamente crear una conciencia de la especificidad histórica femenina, tanto entre las propias mujeres como en ámbitos más amplios, sobre todo en los universitarios y en los de la historiografía oficial.


Esta nueva orientación pone al descubierto la omisión sistemática de las mujeres en los registros oficiales. El problema de la invisibilidad de las mujeres en la historia no se relaciona con la escasez de datos sino con la idea de que la información sobre ellas no tenía nada que ver con los intereses de la "historia". De ahí que se acentúa la necesidad de conceptuar y de escribir una historia de y desde las mujeres, revisando las fuentes con una nueva mirada. 

En este sentido, rescatar la correspondencia familiar de las mujeres no sólo revela "información acerca de la organización de la vida y las relaciones familiares de mujeres",3 sino también presenta la otra cara de la historia desde la apreciación femenina.

Las cartas de dos mujeres a sus familiares europeos, Frances Erskine Inglis —madame Calderón de la Barca— y Ella Hoffman de Brunswig, desde México la primera (1839-1842) y desde la Patagonia argentina la segunda (1923-1929), permiten recuperar a partir de la mirada femenina una visión de su entorno y de su época.

El estudio de esta correspondencia contribuye a una resignificación de la historia y la sociedad, desde las mujeres. También, favorece el desarrollo de las mujeres como sujetos históricos para una comprensión integral del mundo y, a la vez, para revalorar su identidad al incorporar su palabra como testimonio valioso de una época.

Por supuesto, se trata de apreciaciones personales con toda la carga de subjetivismo que esa situación representa. Sin embargo, su importancia corresponde a la propuesta de entender la historia como una ciencia con sujeto humano que descubre el pasado conforme lo construye. Desde este enfoque la historia se redefine como ciencia social y como parte de las humanidades, entendida por una disciplina que se construye "con ideas, hipótesis, explicaciones e interpretaciones, que ayudan a construir/descubrir las fuentes". Se propone la ampliación del concepto de fuente histórica a la "documentación no estatal, a los restos no escritos de tipo material, oral o iconográfico, a las no-fuentes: silencios, errores y lagunas que el historiador y la historiadora ha de valorar procurando también la objetividad en la pluralidad de las fuentes". Esta corriente trasciende los límites de la historiografía renovadora de los 60 y 70 al establecer "una nueva relación con las fuentes aportada por la historia de las mujeres, la historia oral, la historia ecológica, la historia mundial/global y otras novedades productivas surgidas o desarrolladas en los años 80 y 90, así como la `nueva historiografía' que está naciendo en Internet".

Desde esta concepción renovadora de las fuentes historio-gráficas y considerando el concepto de invisibilidad de las mujeres desde la perspectiva de género, me refiero a dos casos excepcionales en el sentido que la correspondencia fue publicada y esto permite su consulta abierta y sin restricciones. 

Pero antes de referirme a las cartas de Frances y Ella, una breve presentación del género epistolar, que por sí mismo tiene una historia particular, pero que en esta ocasión representa el modo en que dos mujeres comunican a su madre ausente las situaciones cotidianas que viven en un país extraño al que llegaron siguiendo a su esposo. 

Género epistolar 

Si como expresó Sigmund Freud "la escritura es, originalmente, el lenguaje del ausente", las cartas son el ejemplo cabal de la comunicación escrita entre dos personas separadas físicamente, es decir, ausentes una en relación con la otra. Epístola es una palabra de origen latino cuyo sinónimo es carta; por lo tanto, pertenecen al género epistolar aquellos escritos en forma de carta. 

Los ejemplos acerca de esta costumbre se remontan al pasado lejano. Si bien el progreso del correo y la mejora de las comunicaciones favoreció notablemente el desarrollo del género epistolar, éste fue debilitándose a medida que aparecieron otros medios que permitieron una comunicación más directa y rápida (el teléfono), o acortaron las distancias entre los ausentes (el ferrocarril y el avión). Sin embargo, hoy el ciberespacio ofrece la oportunidad de retomar esa vieja costumbre de "cartearse". 

El género abarca una muestra heterogénea de contenidos y su tono depende de la relación entre el que escribe y el destinatario. Por su intención original pueden catalogarse en públicas y privadas. Si bien estas últimas pueden publicarse más tarde por la importancia que reviste su contenido o por la categoría del remitente. Las cartas, según escribió Alejo Carpentier:

…además del amistoso coloquio sostenido a distancia; además de responder a la humana necesidad de tener noticias de los seres estimados o queridos, cumplía con una función de orden informativa. Las noticias viajaban por barcos y ferrocarriles, en sobres lacrados y certificados, y había quien tuviera el prurito de darlas con mayor rapidez que las agencias informativas, ofreciendo enjundiosos temas de conversación a los destinatarios lejanos.


El género epistolar también sirve de pretexto literario y, por ejemplo, en los cuentos de Julio Cortázar "contribuye a la expansión de lo fantástico". Así, el recurso epistolar constituye un espacio que permite "que la figura imaginaria que cada uno de los interrelacionados se traza del otro cobre una vigencia más intensa" que la posible en un encuentro cara a cara.

Ahora bien, la intención de las cartas privadas es evidente: se trata de asuntos que competen directamente al emisor y receptor. Dentro de éstas, las misivas familiares se caracterizan por su sentido íntimo, por la facilidad con que se expresan los sentimientos —podríamos decir: sin pudor—, por el afán de informar al ausente sobre los aspectos de la vida cotidiana, por trasmitir la propia alegría o la tristeza, la esperanza o la desesperanza. El estilo de estas cartas suele ser natural, espontáneo, sencillo, y por eso mismo son importantes para valorar detalles que se pasan por alto en la historia general. Son precisamente esos sucesos cotidianos, personales, los que permiten reconstruir el lado humano del pasado. Constituyen valiosas fuentes de informaciones sobre una época, sus costumbres, vida familiar, relaciones, personajes, sucesos, todo captado por la mirada femenina y recreado en la escritura con el afán de trasmitir esas experiencias a familiares lejanos. 

Frances Erskine Inglis (marquesa Calderón de la Barca)

Nació en Edimburgo, Escocia, en 1806, y murió en el Palacio Real de Madrid en 1882.7 A la muerte de su padre, William Inglis (1830), su madre decide emigrar con sus hijas (Kate, Harriet, Lidia y Frances) a Estados Unidos de Norteamérica. Se establecen en Boston y ahí abren un colegio para señoritas que les permite hacer, más que dinero, amistades excelentes y perdurables. Frances establece amistad con el importante historiador bostoniano Guillermo H. Prescott (1796-1859), gracias a sus afinidades de clase y de cultura y por sus preferencias literarias. El autor de Historia de la conquista de México y la joven escocesa compartieron las impresiones sobre el país con el cual ambos se involucraron, digamos, literariamente. Cuando se inicia su relación, Prescott estaba terminando su libro sobre la Historia de los reyes católicos y Ángel Calderón de la Barca se había ofrecido para traducirlo al español. Es posible que en la casa de Prescott se hubieran conocido Ángel y Frances, en 1838, y en ese mismo año se casaron: ella 32 años, él 50. En este momento Frances pasa a ser madame Calderón de la Barca; en 1876 el rey don Alfonso XII le concede el título de marquesa por sus servicios a la casa real española.

Calderón de la Barca fue el primer ministro plenipotenciario que tuvo España en México después de la Independencia, razón por lo cual el matrimonio se embarca para México desde el puerto de Nueva York el 27 de agosto de 1839; ese mismo día Frances comienza a escribir las cartas hasta la última del 29 de abril de 1842. Parte de esas misivas (la autora seleccionó 54 para ser publicadas en inglés) se convertirían después en el "mejor libro que jamás haya escrito sobre México un extranjero".

La primera edición de La vida en México fue impresa en Boston en 1843 y, con diferencia de meses, en Londres. Enrique Martínez Sobral, de la Real Academia Española, realizó la primera traducción al español de la obra que editó Bouret en 1920, y don Manuel Romero de Terreros, marqués de San Francisco, presentó a Frances al público de habla española.

Es curioso que los que menos favorecieron La vida en México fueran los lectores mexicanos, especialmente los del círculo de amistades o contertulios de los Calderón de la Barca en México. Las mujeres se quejaron de que sus apreciaciones eran injustas. Me pregunto cuántas de ellas leyeron el texto en inglés o si conocieron su contenido por medio de otros lectores, porque por ejemplo en la carta que se refiere al baile de los ingleses en el Palacio de Minería (25 de mayo de 1840), la autora se refiere a los ricos adornos de las mexicanas de la siguiente manera:

El presidente [Anastasio Bustamante] y el cuerpo diplomático asistieron de gran uniforme, y la ostentación de diamantes era extraordinaria. En cuanto a nosotras, las señoras del cuerpo diplomático, tratábamos de contentarnos pensando que el alarde de nuestra elegancia suplía lo que nos faltaba en magnificencia, pues en lo que a las joyas se refiere, ninguna de las damas extranjeras podría atreverse a competir con las de aquí.
Sigue una descripción del vestuario y las joyas que lucían determinadas damas mexicanas y señala que "Muchos vestidos se veían recargados, defecto muy frecuente en México, y muchos otros, aunque magníficos, estaban pasados de moda..." Posiblemente se exageró la importancia de los comentarios anteriores y se olvidó resaltar que más adelante escribe que "los ojos bonitos son aquí moneda corriente: todas los tienen, rasgados, de grandes pupilas oscuras y sedosas y largas pestañas". Es decir, de vez en cuando omite una opinión crítica, pero lo común es una mirada complaciente y halagadora. En cambio en la misiva del 3 de junio (carta XIX), se refiere a "las criadas mexicanas" y al servicio doméstico en general, presentando un cuadro que separa drásticamente una clase de otra y que amerita un estudio más profundo sobre la diferencia abismal entre ellas en esa época: 
Los defectos de los sirvientes son una fuente inagotable de quejas, aun entre los mexicanos, y mucho más entre los extranjeros, de manera especial para los recién llegados. Se oye decir de su inclinación al robo, de su pereza, borrachera, suciedad y de otros miles de vicios. De que tales quejas son, en su mayoría, justificadas, no puede haber duda alguna; mas también es cierto que el mal podría remediarse en una gran parte (no recomendar con ligereza a los que no lo merecen). 


Sigue una serie de anécdotas sobre su propia experiencia al contratar servicio doméstico y de sus continuas equivocaciones al confiar en las "recomendaciones" que portaban. Señala detalles referidos a la higiene que seguramente corresponden a parámetros que en el México en ese momento no se consideraban parte de los hábitos diarios:

Una de las costumbres más desagradables de las criadas es el de llevar el cabello suelto en todo su largo, enmarañado, sin peinar, y enredándose siempre en todas partes. No puedo comprender cómo las señoras mexicanas, que tanto se quejan de ello, lo permiten. Ese flotar de los cabellos suena muy pintoresco; mas cuando están sucios y como suspendidos sobre la sopa, no es un cuadro muy atractivo que digamos. 
El rebozo mismo, tan gracioso y adecuado, tiene el inconveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos. Aun en las mejores clases contribuye al disimulo del desaliño en el vestir, pero en el pueblo el efecto es intolerable.


Sin embargo, pese a todo recomienda el servicio local al extranjero, franceses o ingleses, que al poco llegar se sienten "señorones o doñas" y se "vuelven de una insolencia inaguantable". Tampoco deja de reconocer las cualidades de las criadas mexicanas que "son modelo de cortesía, humildes, serviciales, de muy buen carácter, y con facilidad se aficionan a quienes sirven".

Para los estudios de mujeres, la lectura cuidadosa y cruzada con otras fuentes de estas apreciaciones proporciona datos significativos sobre el modo de vida de un sector de la población mexicana a mediados del siglo xix. Ojalá las mujeres disconformes con la visión de Frances hayan escrito sus comentarios y estén, por ahí, escondidos a la vista común pero esperando que la sagacidad, constancia y curiosidad de investigadoras las descubran. Es cuestión de volver a los archivos oficiales o privados para rescatar la participación de la mujer, aunque presumo con tristeza que las cartas de mujeres, si éstas no eran destacadas personalidades, no fueron consideradas importantes de conservarse más allá de las razones sentimentales.

Ella Hoffmann de Brunswig 

En 1915 nació en Berlín, Alemania, María Brunswig de Bamberg. En 1923 parte con su madre Ella Hoffmann y sus hermanas gemelas Iya y Asse para unirse a su padre, Hermann Brunswig, encargado de una estancia ovejera en la Patagonia argentina (primero Lago Ghío en la provincia de Santa Cruz y luego Chacayal en Neuquén). "Como muchos alemanes que al terminar la primera guerra mundial dejaron su tierra natal para `hacer su América', [los Brunswig] esperaban volver a su país al cabo de algunos años",9 sin embargo, en Argentina nacieron dos varones y allí enraizaron, salvo María que volvió a Alemania (1963) con su esposo e hijos. María Brunswing de Bamberg es la encargada de dar a conocer públicamente la correspondencia que su madre Ella dirigió a su abuela Emma Agusta —Mutti para sus nietos— en los seis años que pasaron en la Patagonia.

El interés que esos relatos tuvieron desde un principio como historia familiar y como información sobre la vida y costumbres en ese lugar inhóspito y lejano llamado Patagonia, llevó al segundo esposo de Mutti a sugerir a Hermann que realizara una selección de esas cartas y las reprodujera para distribuirla entre los familiares. Hermann prepara un ejemplar escrito a máquina al que agrega muchas fotos que él mismo había tomado, revelado y copiado. Lo que pudo ser la primera edición no se concretó y Hermann regaló el original a Ella para un cumpleaños. A su vez, Ella (en 1977, a los 84 años), obsequió a sus cinco hijos un cuaderno de 40 páginas titulado Recuerdos de la Patagonia

Con esos antecedentes María, la hija mayor, decidió "producir una crónica para los familiares más cercanos, combinando las dos versiones" y cotejándolas con las cartas originales que le habían sido entregadas por Wera, la hermana menor de Ella, quien las había guardado desde la muerte de Mutti en 1958. Por el éxito de los 18 ejemplares de la primera impresión en alemán, siguieron 500 y luego 300 más. Respondiendo a la demanda de una versión en castellano y motivada por su visita a la Patagonia en 1992, María decide incorporar sus propias impresiones y algunos comentarios que se le fueron ocurriendo durante la traducción, también agregar algunas misivas de su padre en las que "aunque sea con rasgos leves, dan contorno a la personalidad de Ella". 

La tercera edición familiar, esta vez con copyright y en español, apareció en 1995. En 1999 la reedita Javier Vergara para su colección Tiempos Vivos.

Así, gracias al interés por dar a conocer a sus allegados las peripecias de la familia Brunswig-Hoffman es que ahora se puede leer esta crónica llena de datos curiosos y significativos para la compresión de la historia de la región sur de la República Argentina, que durante muchos años fue olvidada por el gobierno central. Seguramente las características generales de la región resultaban poco alentadoras para los posibles colonos: el fuerte viento constante, la dura geografía, la falta de escuelas y centros de salud, las escasas vías de comunicación y las grandes extensiones de tierra dedicada a la cría de ovejas que no requiere de mucha mano de obra.

Sobre el último punto, María escribe que "aparte del peón que dormía en el casco (la casa principal de una estancia, con sus dependencias) no había más que dos ovejeros". La estancia Lago Ghío era de las pequeñas propiedades con 250 km2 y 10,000 ovejas, si se compara con la estancia La Federica del Lago San Martín, donde Hermann trabajó de peón practicante a su arribo a la Patagonia, y que contaba con 1,500 km2 y 70,000 ovejas.

Esa inmensidad tiene sus dificultades, y María transmite su asombro cuando relata a su madre que a pesar del duro invierno que no deja pasto que comer, los animales andaban sueltos porque no había establos como en Europa ni forraje seco. De ahí que se vean flacos y huesudos y muchos mueran por las nevadas intensas. El invierno de 1923 fue particularmente duro y señala con pesadumbre que "mucha gente ha muerto de frío o de hambre, y en algunas estancias han perecido miles de ovejas y todos los caballos".

Recordando lo escrito por Frances sobre el servicio doméstico, transcribo el comentario en la carta desde Chacayal, junio 1 de 1929, meses antes de que Ella, las niñas y los varones Hermancito y Bernardo partieran a Alemania y con eso se despidieran de la vida en la Patagonia:

Mutti, no pude escribir las últimas semanas... porque me agobiaba el trabajo de la casa, sin servicio. Menos mal que he vuelto a encontrar unas muchachas; en este momento hasta tengo tres, una para la cocina, otra para la casa y la tercera para la ropa. Suena como un lujo, pero vista de cerca no es para tanto: la cocinera no sabe cocinar, la mucama no termina nunca con la limpieza y la lavandera es tan morosa que necesita siete días para lavar la ropa de una semana. 


A la descripción de las condiciones de vida, de alimentación, al paisaje y a los personajes que lo habitan, así como los animales domésticos con que cuenta la estancia, se añaden observaciones curiosas como la que sigue: "En este país [la Patagonia] los perros y los caballos casi no conocen mujeres y al principio tienen mucho miedo a todo lo que lleva pollera [falda]".

También se refiere a costumbres que aún se conservan como la de tener preparada una olla grande con puchero, "una especie de sopa espesa con grandes trozos de carne, verduras, arroz o fideos". El paisaje también sigue el mismo y si uno cabalga por esas estancias tendrá a un costado las cumbres nevadas de los Andes y la planicie inmensa por donde vagan animales salvajes, especialmente guanacos, avestruces y las amigables maras o liebres patagónicas.

A diferencia de Frances, Ella no tenía intenciones literarias, pero sus descripciones son tan vívidas y certeras que seguro en Alemania se iban instruyendo acerca del mundo casi virgen del sur argentino y ahora, al releer sus cartas, no queda sino comparar con la actualidad y reconocer el valor de quienes viven en esas condiciones duras y que, a la vez, pueden gozar de esa naturaleza espléndida y de sus múltiples posibilidades de crecimiento. No se puede dejar de reflexionar sobre la aberración que representa que gran parte de la población de un país viva apiñada en grandes ciudades, de espalda a la grandeza de la naturaleza.10 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Cierre

Frances y Ella siguieron a sus maridos. La primera, en situación extraordinaria por la condición diplomática de su cónyuge, lo que le permitió relacionarse con la clase alta y gobernante de México. Desde esa posición privilegiada y con clara intención literaria, describe y relata lo que ve y lo que vive en sus cartas a su madre residente en Boston.

Ella, en cambio, un siglo después, inicia una aventura con tres hijas pequeñas, hacia un lugar inhóspito y sin comodidades. En sus cartas priva la intención informativa, quiere darle a su madre un panorama lo más preciso posible de la vida en la Patagonia y es por eso que adquieren validez testimonial; no se adornan con frases bellas sino con palabras precisas, atendiendo al poco tiempo disponible y al cansancio resultado de una jornada agotadora. 

Es necesario tomar en cuenta las particularidades de cada caso respecto a la personalidad, formación, situación y expectativas de vida de cada una de estas mujeres. Mientras Frances estuvo de paso por México, Ella construyó una vida nueva en Argentina y ahí murió.

También, es conveniente tomar conciencia de la riqueza epistolar que aún permanece sin descubrir y que es menester rescatar antes de que desaparezcan como resultado de la desidia o la ignorancia, privando definitivamente a las generaciones presente y futura el placer de reconstruir el modo de ver el pasado, hilvanando esos retazos de vidas personales en una cuidada labor de patchwork vivencial, que atrape las voces femeninas e incorpore sus acentos y decires a las páginas de la historia y con ello ocupen el lugar que por derecho les corresponde.•

*Ana María Peppino Barale es doctora en estudios latinoamericanos. Profesora-investigadora en el Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco.

Notas

 1 Maryza Navarro y Catharine R Stimpson (comps.), ¿Qué son los estudios de mujeres?, Buenos Aires, fce, 1998, p. 11.

 2 Carmen Ramos Escandón, "La nueva historia", en Carmen Ramos Escandón (comp.), Género e historia, Instituto Mora/uam, México, 1992, p. 10.

 3Joan Wallach Scott, "El problema de la invisibilidad", en Carmen Ramos Escandón (comp.), op. cit., p. 44.

 4Grupo Manifiesto Historia a Debate, tendencia historiográfica que contribuye a la "configuración de un paradigma común y plural de los historiadores del siglo xxi que asegure para la historia y su escritura una nueva primavera".

 5Alejo Carpentier, Del género epistolar, La Habana, 2002. http://www.lajiribilla.cu/2002/n66_agosto/lacronica.html 

 6Adam Gai, "Cortázar, el género epistolar y lo fantástico", en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe-eial, julio-diciembre de 1997, vol. 8, núm. 2. http://www.tau.ac.il/eial/VIII_2/gai.html

 7Muerto su esposo en 1861, se retira a un convento (Anglet, cerca de Biarritz), pero es requerida por la reina de España, Isabel II, para encargarse de la educación de la infanta Isabel Francisca de Borbón (1851-1931) .

 8Felipe Teixidor, "Prólogo", en La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país,México, Porrúa, 1959, p. XXVI.

 9María Brunswing de Bamberg, Allá en la Patagonia, Buenos Aires, Javier Vergara, 1999, p. 309.

 10Argentina, con un territorio continental de 2,791,810 km2 cuenta con casi 40 millones de habitantes, de los cuales más de la mitad viven en la zona que comprende la capital federal, el Gran Buenos Aires y la ciudad de La Plata.