SOBRE COLABORACION Y CONFLICTO. 
EL SINDICATO PETROLERO
Y EL CARDENISMO
Gilberto Alvide

El Estado mexicano posrevolucionario construyó una relación corporativa con el movimiento obrero organizado a partir de una compleja burocracia sindical. Ese vínculo hacía posible que el Estado fungiera como mediador de las relaciones entre capital y trabajo y constituía, por lo tanto, un elemento fundamental de la estabilidad política que caracterizó a nuestro país durante tantos años.

Sin embargo, a mediados de los años ochenta y en el marco de los procesos de ajuste económico y de liberalización e internacionalización de la política mexicana, se configuró la necesidad de renovar las viejas instituciones asociadas al modelo corporativo de las relaciones laborales. Los vicios generados por el corporativismo y la nula independencia del liderazgo sindical oficial frente al gobierno propiciaron que, desde los más diversos puntos de vista, se responsabilizara a dicho liderazgo, a los contratos colectivos de trabajo y al derecho de huelga, de los problemas financieros y de la ineficiencia de las empresas: el desprestigio de los líderes propició también el de los sindicatos y el modelo corporativo estatal entró en franca crisis.

Así, en el contexto de una doble transición (la del sistema político y la del laboral) empezó a cobrar popularidad la idea de una nueva cultura de competitividad como regulador de las relaciones laborales, asociada a la lógica del mercado internacional y de la integración económica y comercial norteamericana. Y aunque en esa propuesta es muy importante el concepto de “flexibilización”, entendida como eliminación de trabas para que el mercado asigne los recursos en cuanto a precios y cantidades de empleo, a la fecha no existe un modelo laboral alternativo claramente perfilado que haya conseguido el consenso necesario para ser plasmado en un nuevo conjunto de reglas del juego. El impasse que de este modo se configura es también una oportunidad para la reflexión inteligente y el análisis serio. Esos son precisamente los valores y la pertinencia del libro que ahora nos ocupa.

Hoy, cuando el Estado mexicano y el modelo laboral se encuentran en transición, el texto de Judith Herrera, profesora-investigadora del Departamento de Economía de la UAM-Azcapotzalco, aporta elementos de juicio y asideros históricos útiles para la deliberación sobre el rumbo que deberá tomar el marco institu-cional de las relaciones laborales en México. Colaboración y Conflicto. El sindicato petrolero y el cardenismo hurga en la memoria histórica no solamente para reconstruir el proceso a partir del cual surgió la relación corporativa del Estado con el movimiento obrero, sino también para poner en su justa dimensión instituciones y reglas marcadas con signo negativo en el presente pero cuya eficiencia pragmática en el pasado no deja lugar a dudas.

La profesora Judith Herrera centra su estudio en el origen, antecedentes y formación del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) en el contexto de la construcción del Estado mexicano posrevolucionario. En ese proceso, nos sugiere la autora, las relaciones entre el poder político y los organismos obreros oscilaron entre los extremos del apoyo mutuo cuasi incondicional, hasta el enfrentamiento abierto.

El trabajo descansa en la premisa de que en la década de los treinta el sistema capitalista sufre transformaciones fundamentales que definen el tránsito del Estado liberal al Estado benefactor. En ese contexto surgen no solamente los grandes movimientos de masas sino también la industria y el consumo masivos, y empiezan a organizarse los sindicatos nacionales de industria. Este es el caldo de cultivo que la autora describe detalladamente en el primero de los cuatro capítulos que conforman el libro.

En el capítulo inicial, la profesora Herrera demuestra, con profusión de ejemplos y desde una perspectiva comparada, que en los años treinta cristaliza una tendencia generalizada en Occidente hacia la formación de sindicatos nacionales de industria. Los cambios operados entonces en la organización administrativa del trabajo y los fenómenos sociodemográficos como la migración del campo a la ciudad modifican la composición de los trabajadores en la estructura laboral, originándose nuevas categorías de empleados (de cuello blanco) y mayor participación de mujeres y minorías étnicas en la composición global.

El capítulo segundo está dedicado a exponer los antecedentes del sindicalismo en México, particularmente la formación de las centrales obreras en la década de los veinte. El cuidadoso recuento va desde la Casa del Obrero Mundial, “primera organización obrera de cierta importancia” (p. 59) hasta la Confederación General de Obreros y Campesinos de México. La gama de organizaciones de trabajadores creadas en los primeros decenios del siglo adoptó tendencias político-ideológicas que van del anarcosindicalismo hasta el socialismo, pasando por el laborismo y el reformismo. De esa rica diversidad da cuenta el estudio de Judith Herrera. Adicionalmente, en el segundo capítulo observamos cómo el tránsito de los sindicatos de oficio a los sindicatos nacionales de industria, así como el creciente número de conflictos obrero-patronales posterior a la revolución, crean las condiciones de necesidad de una legislación especializada sobre el trabajo; al respecto señala la autora que “la lucha obrero-patronal fue exigiendo, en la práctica, los instrumentos jurídicos necesarios para establecer las reglas del juego y la cooperación de cada parte involucrada” (p. 77). Así, el libro detalla el camino que hubo de recorrerse para la creación de la Ley Federal del Trabajo, impulsada desde el gobierno, que entonces asumía plenamente el papel de árbitro entre el capital y el trabajo: “Por un lado las demandas obreras encontraban un tope y, por otro, los empresarios no podían actuar impunemente” (p. 98).

En el capítulo tercero la autora hace un recuento histórico de las organizaciones de trabajadores petroleros que existieron en el país durante los tres primeros decenios del siglo. Judith Herrera pone particular énfasis en la importancia de las refinerías como cuna de los sindicatos petroleros “aun cuando (los sindicatos) se extendieron rápido a los campos petroleros, puedo afirmar –dice– que fue en las refinerías donde lograron fuerza y experiencia en la defensa de los derechos laborales” (p. 107). Dado este hallazgo, en el texto se describe el surgimiento y características de las primeras organizaciones sindicales de trabajadores petroleros, particularmente en el estado de Tamaulipas, y se explica cómo dicha organización trataba de responder a las precarias condiciones laborales en la industria dominada por empresarios extranjeros. A propósito de estas primeras formas de organización expresadas en el mutualismo, las uniones y las fraternidades, se propone una clasificación en la que los trabajadores petroleros que empezaron a organizarse en sindicatos desde 1917 son designados como “pioneros”, para distinguirlos de aquellos que después impulsarían la formación de un sindicato único y que son denominados “constituyentes”.

En el capítulo cuarto la autora examina de manera detallada el proceso de formación del sindicato de industria nacional, que no se puede comprender, según lo afirma, sin la presencia de un Estado de corte nacionalista y de unidades estratégicas de producción como Petróleos Mexicanos. Entre los factores que incidieron de manera positiva en la formación del sindicato único se destaca especialmente el contexto político; ante la necesidad del gobierno de contar con una base amplia de apoyo que permitiera articular las fuerzas sociales a favor del objetivo de la industrialización, los presidentes Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas impulsaron decididamente al movimiento obrero y la formación de organizaciones de carácter nacional. Para llegar al congreso fundador del STPRM el 15 de agosto de 1935, los “constituyentes” tuvieron que vencer las inercias que llevaban a los líderes a resolver y negociar los conflictos de manera directa en cada empresa; al respecto la maestra Herrera argumenta que los dirigentes de los sindicatos de empresa, al menos los más importantes, tuvieron que cobrar conciencia de la necesidad de renunciar a los liderazgos locales para allanar el camino hacia una organización nacional necesaria a fin de mejorar sus condiciones de trabajo.

El texto de Judith Herrera no solamente es muy consistente en su parte metodológica, de la que vale destacar su cuidadosa revisión documental y su apoyo en fuentes orales; además de ello, tiene pertinencia y actualidad en el marco de la doble transición que experimenta el país: la del sistema político y, de modo especial, la del sistema laboral. El libro también debe de leerse, desde esta perspectiva, como una fuente de asideros históricos para definir el rumbo de la reforma a la legislación del trabajo que entró en la agenda política del país al menos desde 1988. 

Judith Herrera Montelongo, Colaboración y Conflicto. El sindicato petrolero y el cardenismo, México, 1998, Miguel Angel Porrúa/UAM-Azcapotzalco, 237 p.

Gilberto Alvide (México, D.F.,1965). Politólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Gobierno y Asuntos Públicos por la Facultad Latino-americana de Ciencias Sociales.