JUAN JOSÉ ARREOLA
EL PODER DE LA CREACIÓN*

René Avilés Fabila

Durante un reconocimiento más al enorme escritor, en la Casa Lamm, a principios de 1998, un fatigado Juan José Arreola dijo que su obra era reducida. Bueno, tiene razón y esto es algo que mucho lamentamos sus admiradores. Pero hay un elemento que, por razones de modestia, no pudo señalar: que su obra es perfecta de principio a fin, que no existe texto débil, que sus cuentos todos son excepcionales, francamente geniales. Alguna vez, otro maestro mío, Juan Rulfo, con excesivo rigor, manifestó que sólo salvaría algunas páginas de su también reducida obra literaria. Si de mí dependiera, nada de ellos quedaría fuera.

El caso de Arreola es semejante al de Rulfo en cuanto a extensión y calidad, a pesar de que tenga más éxito la obra de este último escritor. Lo que ocurre es que los temas y tratamientos de Rulfo, amigo de Arreola, paisano y compañero de letras, son más impactantes en países como el nuestro. Toda América Latina está diseñada, o inventada, según Edmundo O´Gorman, para aceptar y admirar el nacionalismo y el realismo o cualquiera de sus descendencias. Lo fantástico y lo cosmopolita es más bien propiedad de minorías. Y aquí, de modo muy amplio y sin mayores precisiones, entraría la literatura de Arreola. Lo más grave es que los países europeos y los Estados Unidos, que tienen una amplia tradición fantasiosa, gustan de lo que carecen: de los temas nacionales de países rurales y tendientes a ciertas formas de realismo, brutales, por añadidura. Ello por una razón que puede sonar violenta: por exotismo. Nada más exótico para un estadounidense, un inglés o un francés que libros como La sombra del caudillo y El llano en llamas. La Revolución y el campo mexicanos. En cambio, es probable que no les impresione gran cosa Confabulario. Lo ven, en todo caso, como algo propio, como algo familiar, como parte de la literatura universal, de la que forman parte sustantiva autores que Juan José ha amado tales como Kafka, Schwob y Borges.

Juan José Arreola, lo afirma Emmanuel Carballo y lo cita Luis Leal, “nació para las letras, salvando así los iniciales titubeos. Poseedor de un oficio y de una malicia, dueño de los secretos mecanismos del cuento, rápidamente se situó en primera línea. Desarrollando contrastes, poniendo ejemplos –fábulas–, saltando de lo lógico a lo absurdo y viceversa, dejando escapar sigilosamente la ironía, Arreola ha venido construyendo un nuevo tipo de cuento…” Esto nos explica su perfección. En Juan José, efectivamente, no hay inicios. En Carlos Fuentes se notan. No es lo mismo Los días enmascarados que Cristóbal Nonato. En cambio, existe la misma intensa calidad, belleza y perfección extrema en todos y cada uno de los cuentos de Arreola. ¿Qué ocurre entonces, por qué Arreola no es la mejor carta nacional, lógico aspirante a los más altos reconocimientos del orbe? Una de las explicaciones podría ser por sus temas carentes, excepción hecha de La feria y de alguno que otro texto, de nacionalidad. Lo universal es su reino y no todos lo comprenden en un modo aún marcado por fronteras y peculiaridades exóticas. Además, Arreola se ha empeñado en vivir dentro de moldes clásicos, los que evidentemente ha renovado al construir cuentos en los que un lector atento puede descubrir ecos de Swift, Ronsard y La Fontaine, bien sazonados con tratamientos innovadores cuya autoría sólo le corresponden a Juan José Arreola. (Algo semejante a lo que ha hecho en poesía, partiendo de los clásicos griegos y latinos, el admirable Rubén Bonifaz Nuño). Otra razón bien pueden ser las dificultades que a veces sus cuentos imponen al lector, obligándolo a adentrarse en otras literaturas y a buscar la doble o triple intención de la fábula o la parábola.

Pero algo debe quedar claro: Juan José Arreola es la perfección misma. Dentro de su obra total nada queda fuera, nada sobra, nada falta. Con maestría y rigor, dueño de un talento excepcional, con una belleza agresiva y una calidad que sorprende y abruma, construyó un obra de modestas extensiones, sí, pero de una grandeza ilimitada. Arreola (así lo pienso porque lo he leído y observado desde mi juventud) no aceptó el muralismo sino el cuadro de caballete, las miniaturas. No quiso ser Be-ethoven o Wagner sino Chopin o el Paganini de los Caprichos no de los conciertos. Ambicionó escribir, y lo consiguió, cuentos irrepetibles, textos de un virtuosismo maravilloso. Dudo mucho que se haya propuesto alguna vez redactar la fatigante novela-río que a Vargas Llosa o a Fuentes tanto les llama la atención. Fue desde sus orígenes a la precisión, a la economía verbal, a las más hermosas imágenes, porque Arreola, que bien utilizó la prosa, interiormente es un poeta perfecto. Lo sabemos porque sus citas más recurrentes son versos, a veces dichos en español, otras en francés y otras más en inglés.

Arreola, por otra parte, ni es anticipado por Julio Torri ni es epígono de Borges. Es un autor pleno, único, con su propio mundo, un mundo soberbio, al que llegó a través de selectas lecturas y concepciones estéticas. Juan José es el mejor prosista que ha dado todo el país. Por ello la relectura de su obra jamás cansa y siempre enriquece. En una nación de modas, de efímeras sorpresas literarias, donde el periodismo se ha convertido en el torpe tirano apenas ilustrado que nos indica qué debemos leer y cuál es el autor “valioso”, que nos presenta fraudes espectaculares y periodistas disfrazados de narradores, que fácilmente se impresiona con el best-seller, Arreola, desdeñando opiniones ajenas, optó por el retiro, luego de la obra perfecta. Estoy segurísimo de que las modas pasarán, los falsos valores se irán al diablo, mientras que Arreola crecerá y nos dará la idea de que toda esa lograda belleza fue conseguida en México y que por ello nos ha dado la sensación de ser mayores de edad y tener una tradición literaria de la que hemos carecido: especie de Prometeo, se apropió de lo universal y lo hizo profundamente mexicano. Tengo la certeza de que los lectores mexicanos no acabamos de valorar el papel de Arreola, quien de las mejores formas ha simbolizado la literatura.

    * Prólogo del libro de próxima aparición, El mundo de Juan José Arreola, de Claudia Gómez Haro.

    René Avilés Fabila (1940, México D.F.). Narrador y ensayista, realizó estudios superiores en la Universidad de la Sorbona de París. Es profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, donde actualmente funge como coordinador de Extensión Universitaria.

Juan José Arreola ha cumplido ochenta provechosos años. Sus admiradores ya no le exigen más cuentos, se han conformado con lo que ya nos entregó. No obstante, también ha sido necesario rescatar su palabra, pues existe un Arreola oral. Alguna vez, hace ya muchos años, dije que todo lo que Arreola tocaba lo convertía en literatura: temas de cultura popular, sus recuerdos de infancia o de experiencias en París, absolutamente todo en su boca se transforma en arte. De este modo nacieron libros como La palabra educación de Jorge Arturo Ojeda. Ahora Claudia Gómez Haro rescata los programas de televisión donde ella interrogaba al maestro, al último juglar, como lo ha calificado con tino su propio hijo Orso en una interesante autobiografía contada.

Este tipo de libros orales, que Arreola contó o dictó o que han sido el resultado de sus palabras, es lo que Claudia Gómez Haro llama con agudeza de la voz a la escritura. ¿Por qué? Porque sencillamente Arreola tiene en su interior un bien organizado discurso de hermosas palabras e inteligentes conceptos. Sólo hace falta dejarlo hablar (o tal vez obligarlo): Por su boca salen metáforas, imágenes, ideas, palabras, todo ello de fascinante prosodia invisible, de bella sintaxis inasible. Claudia ha señalado una y otra vez, con la devoción de la discípula atenta, que Arreola tiene notables capacidades histriónicas, cierto, pero éstas no están expuestas a la vista del lector, como antes lo estuvieron a la del telespectador. Claudia lo define: “El Juan José Arreola que escuchamos y al que acompañé en ‘Arreola y su mundo’, no sólo fue el notable escritor y maestro de muchas lecturas de todos nosotros, sino el actor, el prodigioso artesano de la palabra, el creador de acrobacias verbales lleno de gracia, humor y profundidad que se conducía como sus criaturas, hablaba como ellas, no distinguía entre la imaginación y la realidad.”

Ahora Claudia Gómez Haro selecciona algunos de aquellos memorables programas de televisión que fueron transmitidos alrededor de 1990. Se retira con modestia del estudio y le sede la palabra a su maestro Juan José Arreola. Aparece allí la palabra de Arreola, un torrente impetuoso de frases literarias, no importa el tema, no importa la época, la pasión de Arreola y su amor por el arte triunfan con cada una de ellas. Dicho de otra forma, asistimos al asombroso descubrimiento de que Arreola es todo escritura, su vida, sus actos, sus prodigiosos textos y en consecuencia sus palabras. Borges solía decir que sólo los reyes y los escritores están predestinados. En el caso de Arreola tenía razón: nació escritor, nació artista. Yo, como Claudia Gómez Haro, lo recuerdo como maestro. Era chispeante, iba de los temas de literatura clásica al ajedrez y a los deportes, de las mujeres prodigiosas a los innova-dores de la novela como Proust y Dostoyevsky, como en ese juego rápido que tanto le gusta, el pingpong. Nada dejaba fuera a no ser el tema político, el que visiblemente le provoca cierta repulsión, al menos parece ajeno a esa conducta humana hoy tan escasa de méritos y valores, tan distante de Platón y de Moro. Aprendimos con él a leer los clásicos, pero sobre todo a respetar la inteligencia y la belleza. Yo memoricé (y alguna vez se lo probé al maestro) varios cuentos suyos y me ha gustado repetir ideas suyas como “Toda belleza es formal”, porque en su inteligente precisión y brevedad se encierran los conceptos que son la suma de muchos tratados de estética. Varias generaciones de escritores, poetas y narradores, no tuvieron otro maestro que Juan José Arreola. Entre ellos yo. Asistí con asombro a su taller literario, conmovido, además, por su generosidad: nadie le pagaba un centavo y sí a cambio algunos nos bebíamos su coñac. Nunca hubo mejor escuela de literatura que aquel departamento de Río de la Plata, donde Arreola ejercía un ejemplar magisterio. Cuando escribí una primera dedicatoria para el maestro, fue en mi libro primerizo Hacia el fin del mundo, y puse una explicación: porque le roba tiempo a su arte para dárselo a los jóvenes.

El libro de Claudia Gómez Haro, es de muchas formas una biografía; mejor dicho es el propio Juan José contándonos su vida, sus gustos, sus malestares, los autores que ha amado, sus secretos literarios. Ha sabido, pues, rescatar al Arreola que le dio a la televisión un nuevo sentido, el de la cultura y la inteligencia. Podía hablar de arte, podía hacerlo también de ciclismo y de futbol, y siempre lo hacía con imaginación y su acostumbrado rigor verbal en donde –a diferencia de sus textos– no conocía la brevedad. Su pasión oral lo llevó inalterablemente a la desmesura, a veces interrumpido por su hermosa risa dentro de un rostro luminoso, mesándose el cabello ensortijado, para retomar con mayor ímpetu su discurso o para precisar una idea a través de un poema de Neruda o de López Velarde. Una sola vez estuve en público frente al maestro. Se trataba de una plática organizada por el Instituto Francés de América Latina en la que estaban “el maestro y el discípulo”. Aquello no fue más que un crimen. Rosario, mi esposa, lo precisó de otra manera: no es un mano a mano como lo anunció uno de los organizadores, el desaparecido Pedro Reyner, es un mano a dedo. Cierto, comencé recordando a Radiguet y a Valery, y eso fue la pauta para que Arreola tomara la palabra y nos probara su amor y conocimiento por la literatura francesa sin que yo pudiera decir alguna otra cosa. Todos nos acomodamos para escucharlo, como yo antes lo había hecho en sus conferencias luminosas. Más adelante, en otro momento, llegamos a cenar juntos con don Emilio Portes Gil, ex presidente de la República y hombre de cultura, fue una noche memorable: entre Arreola y el viejo político hicieron un alarde memorioso y entonces el menú pasó a ser de versos y prosas.

Cuando estuve al frente de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo primero que hice fue organizar un homenaje conjunto con el área de literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, a Juan José Arreola. Fueron tres días para que el maestro estuviera satisfecho, escuchara las voces de sus ex alumnos recordar nostálgicos cómo se daban las sesiones en el taller literario de su casa o del Centro Mexicano de Escritores. Lo cerró el propio narrador cuando luego de mesas redondas, la presentación de un disco con su voz, se puso a jugar ping-pong en los terrenos de la Ciudad Universitaria, a un lado de la sala Nezahualcóyotl, con todo aquel que lo quisiera, como mucho antes acostumbraba hacerlo con el ajedrez en la Casa del Lago.

Juan José Arreola ha pasado los buenos y fructíferos ochenta años y, por desgracia, está enfermo. Es tiempo de recompensas y ajustes. También lo es para presentar a las nuevas generaciones ese espléndido hombre que le dio su vida a la literatura, que jamás le hizo daño a nadie, que simplemente estuvo absorto ante la belleza, que tuvo una bondad extraña en un medio duro y egoísta, una generosidad inimitable y una capacidad para decir cosas hermosas y llenas de fantasía. El libro de Claudia Gómez Haro lo muestra de cuerpo entero ante la vida, la que él vio, sin rapiña ni odios, tal vez sin otra contradicción que lo bueno y lo malo en el arte, aquéllas que fácilmente podía reconocer a simple vista. Midas prodigioso: todo lo que tocó, todo a lo que se refirió, por trivial o simple que fuera, lo convirtió en belleza y lo puso a nuestro servicio, al de los lectores, al de sus muchos discípulos. Con la obra de Claudia Gómez Haro conozcamos, pues, al Arreola histriónico, al actor, al juglar, al hombre ingenioso e imaginativo que ha hecho soberbios malabares con las palabras, porque al que fue capaz de poner en el papel tanta perfección literaria, de sobra lo conocemos. Como ella bien dice: “escribir y hablar son las dos alas de una misma ave y esta ave fantástica es Juan José Arreola”.