Big Sur

Pájaro mudo,
tú, soberano,
guardián del cielo
en los umbrales de la selva,
donde brioso el aliento de las tormentas
barre olas y árboles,
guardián de los aires
sobre el salado farallón,
o en lo alto de la cima más antigua
de los bosques escarlata:

Tu silencio cerúleo
niega la bienvenida
al intruso,
perdido en solitaria senda,
en el escampado:
(despierta el mareo,
crece la pasión)
su ojo rebosante alza la mirada
por laderas y montes
en elevada huida
sobre la tierra henchida de peñascos,
cual torres que se despeñan
en un rugido de oleaje
y busca en un cielo de dudas
al dios caprichoso,
acaso mentido por las tormentas,
incubado en hielo y granizo,
o cuando refulge en el instante
de paz vesperal
del arcoiris...

Así,
en el origen del alma,
lo conmueven sin límites
los abismos y la feroz rompiente.
Quien mira lo impenetrable
– por mucho que sea su esfuerzo –
es capaz de no revelar tan gran escalofrío,
porque aquí también así
mora el extranjero,
el que a solas se fía del amigo.

Pero en torno a él,
cantan al unísono
los montes ondulantes
que se elevan desde su morada protectora.
Juegan las gaviotas
en las profundas lejanías
donde los ariscos peñascos
se visten de verdes cañadas.

Aquí vive,
ensimismado en sus meditaciones,
un monje sin cadenas ni muralla,
bañado en velos de irresistible candidez,
mientras su risa de niño
se pierde en las libres alturas...

Y cuando rompe a hablar
del ahora y de la nada,
del diario molino que gira
para engullir maíz,
del molinero, de noches cuajadas de amarras y brasas
que al poeta alumbran
y ofrecen duradera alegría:
a su alada frase de sosegado saber
se la lleva lejos la fugitiva nube,
hasta el margen refulgente de las últimas costas
¡Mas en el caracol de la oreja
y en el cautivo corazón
por siempre sigue durando
su sentido luminoso!

Nieve en las cumbres,
alegres lágrimas de lluvia
sobre el follaje de la mimosa,
bancos de sol sobre lucientes olas,
niebla que hierve en la maleza.

¡Mira!
Así quiere,
aunque no sin pereza,
el dios Pan las bodas del Universo...

Pero en su recuerdo,
para siempre
– en sus adentros –
sigue brillando una postrera fiesta.