El CÍRCULO DEL COMPROMISO

Guillermo Samperio*

Bajo la mesa estaba la mano, ocultando su ansiedad, la misma mano de meses atrás, mano discreta, mano paciente, esa mano circunspecta, que representaba otras manos, la mano madre, la mano abuela, la mano bisabuela; otras manos esa mano bajo la mesa, la mano de manos. Mano sabedora de su destino exacto, mano prestidigitadora, mano profeta, pero a fin de cuentas mano paciente, retraída, orientada por principios que le llegaban, matizados, de otros principios, u-nos y otros principios en los principios de la mano. Pero en aquella mano un dedo, poseído del espíritu de mano y principios, era el dedo de dedos, dedo oculto bajo la mesa, el dedo más truquista entre los dedos, el dedo más ansioso, más sabio, el más esclarecido dedo. Un dedo que era este dedo, pero asimismo un dedo del siglo diecinueve, dedo de alcurnia, dedo con recta tradición, en verdad un dedo de mujer hecho todo un señor dedo; el rey de los dedos, de todos los dedos, de los de su propietaria, de los de la mano que estaba al otro lado de la mesa, rey de dedos masculinos y femeninos. Un dedo con “d” mayúscula, nada más ni nada menos, un dedo pronunciado firmemente, como lo era su mano y los serios principios de la mano, mano con “m” mayúscula y “p” mayúscula para sus principios. “D”, “m” y “p” mayúsculas bajo la mesa.

Del otro lado de la mesa otra mano, esta vez una mano calculadora, propositiva, maquinal, mano cautelosa y, ciertamente, tan mano de manos como la otra, pero a su manera: con vellos gruesos, formas cuadradas. Mano que avanzaría en gesto ceremonioso debido a que la mano de enfrente, truquista, estaba al tanto de que en ese recinto especial, con música de fondo, con meseros de corbata de moño, como etiquetas de loción hechiza, habría de advenir el acontecimiento que desde hace más de un siglo aguardaba, y aquella mano, la mano del hombre, había ya insinuado, con apretones y caricias fuera de lo común, el hecho que más tarde habría de tener lugar en este lugar. Pero la mano de formas cuadradas actuaba completa, en bloque, sin destacar a ningún dedo, lo cual le daba cierta ventaja que al mismo tiempo derivaba en debilidad; tal mano, ahora determinante, ayer todavía huidiza y temerosa, viajó a la bolsa del saco, hurgó dentro, estrechó nerviosa un paquetito, sintió el breve moño brillante como el anillo en la oscuridad del paquete. Se trataba, es verdad, de un anillo pero con “a” mayúscula, de un anillo de compromiso con “c” mayúscula, un círculo perfecto, luminoso como el aro de luz que especula cuando el satélite lunar se posa frente al sol y esplende el aro lumínico. Un círculo de compromiso que era luminoso también porque alumbraba las profecías de la mano de enfrente, porque iluminaba un camino de andanzas de muchas manos y de múltiples dedos, manos de manos de manos y dedos de dedos de dedos. Y sus “a” y “c” mayúsculas eran así, grandes y dichas con determinación, porque lo eran en primer lugar la “m”, la “d” y la “p” hacia donde se dirigirían; sería ofensivo y ridículo que tales “a” y “c” fueran minúsculas, cualesquiera letras, sin historia, sin tradición, un anillo de no compromiso, peor que un anillo de graduación.

Sí, este anillo llevaba ya una larga historia, propia de su ritual, aunque en el aparador su presencia fuera sólo mustia. Es más, formaba parte de una cadena de rituales que caracterizan a esta parte del mundo: el de echarle agua a las cabezas cuando son demasiado pequeñas, cachetear las mejillas cuando las cabezas son ya un poco más grandes, meter especies de monedas blancas en las bocas; luego, el de posarse las bocas en las frentes, las manos jalen orejas y peguen en asentaderas, agarren otras manos para cruzar las calles, pongan gorras negras cuadradas, telas encima. Las manos que arrojan sobre las cabezas granos de arroz.

La existencia del anillo se encuentra sustentada por esta red de actos prestigiosos en los que intervienen todas las partes del cuerpo, porque no habría que olvidar el ritual de los brazos que cargan cuerpos para darles de mamar, incluso el de los pies que patean traseros.

    * (México D.F. 1948). Considerado entre los mejores cuentistas mexicanos, su obra ha sido traducida al francés, inglés y rumano. Recientemente publicó Cuando el tacto toma la palabra. Cuentos 1974-1999, México, FCE, 1999.Guillermo Samperio

Sin embargo, cada anillo –anillo de anillos– va teniendo una historia peculiar, su historia de abolengo, la gran historia, la de “h” mayúscula. Antes de encontrarse en este paquete, ha visitado ya otros, han sido ya desenvueltos en varias ocasiones y colocados en otros dedos femeninos –todos con “d” mayúscula y con las mayúsculas pertinentes y lógicas. Esos dedos femeninos entendían que tal círculo del compromiso podía haber estado en otros dedos pero también sabían –lo que era quizá mucho más importante– que podía ir a dar en dedos subsiguientes a ellos.

Tanto dedos como manos como bocas como pies coinciden en que dentro de este importante y específico ritual se despliega una variedad de sobreentendidos. En principio, el anillo puede viajar hacia el dedo y quedarse allí durante largo tiempo; el dedo entenderá que hay invisibles lazos serios y de confianza que lo ligan a la mano, independientemente de la distancia geográfica o el momento en que transcurre la mano, la cual, a su vez, sobreentiende que algo similar le sucede respecto del dedo con anillo; por esta razón en algún instante determinó entregar el envoltorio menudo de moño brillante. Si algún día, las otras partes del cuerpo entran en disquisiciones contradictorias, por ejemplo las orejas o las bocas, y sucede que atentan contra la firmeza de los lazos invisibles que unen dedo y mano, puede llegar el caso de que la otra mano femenina intervenga por primera ocasión y decida sacar el anillo y aventarlo sobre cualquier mueble frente a la mano masculina, mientras la boca hembra dice algo referente a hipocresías, traiciones, suciedad o renuncias irrevocables. La mano masculina recoge al despreciado anillo, lo guarda, y esta otra boca puede decir un sin fin de palabras en el sentido de defender al anillo, de pedir o exigir que regrese al dedo, o simplemente de insultar a las manos femeninas.

Con los días, si la relación entre las partes de ambos cuerpos menguan, la “a” mayúscula del anillo se convertirá en minúscula, en tanto que la “c” prácticamente se habrá vuelto una letritita como las marcas en las carátulas de los relojes pulsera. Pero es posible que “a” y “c” cobren poco a poco su tamaño normal y que el anillo vuelva a su inmediato antiguo dedo.

Suele pasar a menudo que no regresa, sino que va directo a su viejo estuche; en la oscuridad deja de brillar para ese dedo. “A” y “c” se vuelven tan invisibles como las ausencias. Una vez que las partes del cuerpo del hombre se recomponen, el anillo empieza como a temblar en su oscuro resguardo, le hace guiños nuevamente la historia de historias; también se recompone y al fin llega a ser el anillo de siempre, el seguro de sí mismo, el suspicaz, el coqueto anillo, el anillo emprendedor con historia grande, de antaño, historia del siglo diecinueve, el círculo del compromiso, rodeado de mayúsculas, y se dispone a ser envuelto, con moñito brillante y etiqueta vistosa de alguna joyería.

Cuando las partes del cuerpo empezaron a compartir una misma cama y una misma mesa y una misma regadera, dicha trayectoria suele cortarse de tajo, para bien o para mal. El anillo sabe a la perfección que en esos casos, si por desgracia surge una batalla de trastes en que brazos y cabezas salen perjudicados, la mano femenina puede desaparecer sin que nunca más regrese el anillo; y el dedo femenino sabe que por ahí se puede quedar el “hipócrita anillo de la traición”, al decir de la boca hembra. Por lo pronto puede ir a parar en un alhajero donde se extraviará entre otros objetos brillantes; si mal le va, nunca volverá a dedo alguno, enmoheciéndose, sin tener “a” ni “c” de ningún tipo, fuera de circulación. Si bien le va, irá a dar al dedo de alguna sirvienta, una amiga o familiar de ma-no femenina.

El mejor resultado –para el cual existe y forma parte de tan importante ritual– es cuando permanece largamente en su dedo; algún día llegará a esa mano otro anillo, menos interesante que él pero rodeado de letras con mucha pompa, un tanto rutinario, anillo medio sin chiste, todo plano y sin filigranas, a hacerle compañía. Y sólo a condición de que venga el anillo intruso, el círculo del compromiso habrá cumplido su verdadera vida, se habrá cerrado, habrá dado toda la vuelta.

Bajo la mesa estaba la mano, ansiosa, profética, truquera; poco a poco va saliendo de la penumbra, se acomoda segura sobre el mantel, mientras la música sigue en el trasfondo. El dedo está contento y prestidigitador, dedo de dedos, dedo rey en gentil espera. La mano de enfrente se desoculta también y, saliendo de la bolsa, va mostrando la pequeña sorpresa, que en realidad es pequeña pero no sorpresa; la mano la recibe y el rostro gesticula algo de su ser complacido. Entre ambas manos femeninas deshacen el moño y abren el estuche y por fin el anillo luce, la boca refiere algo sobre lo maravilloso, a lo que la boca de enfrente agrega:

—Fue difícil elegirlo; a ver, permítemelo. Yo te lo pongo. La mano femenina accede y por fin también su dedo, el dedo representante de tantos y tantos dedos. Destaca dócil, delicado, casi mustio dedo, y se deja colocar el círculo del compromiso..