El perfil de la generación a la que Inés perteneció
puede definirse en términos generales, a partir de varios aspectos:
1) La adopción de una postura contraria a ciertas tendencias nacionalistas
de los años cuarenta, sustentada en el cuestionamiento de los presupuestos
de la Revolución Mexicana y en la denuncia de las promesas revolucionarias
incumplidas por parte del gobierno mexicano; 2) El cosmopolitismo, gracias
al cual se fomentó y enriqueció una labor cultural con pocos
precedentes en la historia nacional; 3) El pluralismo, que implicó
la apertura de sus miembros al quehacer cultural y literario de otros países;
4) El apoyo de sus integrantes a otros jóvenes intelectuales y escritores,
tanto nacionales como extranjeros, quienes mostraron a la sociedad mexicana
de los años sesenta otros rumbos y puntos de vista sobre el quehacer
literario y cultural de México; 5) Su participación en distintas
instituciones culturales, como el Centro Mexicano de Escritores, y en distintas
dependencias de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM); 6) Su actitud crítica ante la cultura en general y ante
algunas instituciones en particular, la cual ejercieron en diversas revistas
del país --como Universidad de México, Revista Mexicana de
Literatura (en adelante RML), Cuadernos del Viento, S.Nob y La palabra
y el hombre, entre otras--, y en los suplementos "México en la Cultura"
(del periódico Novedades) y "La Cultura en México" (de la
revista Siempre!), y 7) El apoyo que recibieron de diversas editoriales,
como la Imprenta Universitaria de la UNAM, Era, Empresas Editoriales, Joaquín
Mortiz, el Fondo de Cultura Económica (FCE) y la editorial de la
Universidad Veracruzana, por citar sólo algunas.
Los miembros de esta generación no sólo compartieron los mismos intereses y anhelos, una misma vocación crítica y una decidida voluntad de hacer --lo que les permitió establecer fructíferos canales de comunicación y las bases de una larga amistad, que más tarde daría como resultado su constitución como grupo--, sino que, junto a esos intereses y voluntades afines, "hubo también una serie de instituciones y publicaciones literarias que, en gran medida, promoverían y facilitarían su integración".2
UN CENTRO MEXICANO DE ESCRITORES
Una institución muy importante para los miembros de esta generación
fue el Centro Mexicano de Escritores, cuyo antecedente fue el Mexican Writing
Center, fundada por Margaret Shedd en 1951, que al principio no otorgaba
incentivos económicos sino que funcionaba como una especie de taller
donde los escritores adscritos escuchaban críticas de especialistas
sobre sus trabajos, que se publicaron en el primero y único número
de la revista Portafolio, escrita en inglés. Como tal, lo que entonces,
y aún hoy, conocemos como el Centro Mexicano de Escritores nació
ese mismo año, aunque algunos meses después, por iniciativa
de la propia Shedd, quien le propuso al director de Humanidades de la Fundación
Rockefeller, Charles Fahrs, la idea de estimular, mediante la otorgación
de becas, la creación literaria de escritores jóvenes.
Para llevar a cabo su proyecto, Shedd contrató como responsable
de la promoción de las becas (también conocidas como Becas
Rockefeller) a Felipe García Beraza, que al inicio se encargó
de buscar y elegir al primer Consejo Literario del Centro, el cual quedó
integrado por Alfonso Reyes, Julio Torri y Agustín Yáñez.
Ese mismo año se establecieron las bases del concurso y Alfonso
Reyes --entonces presidente del Consejo Literario-- dio la noticia de la
fundación a los medios informativos y culturales del país.
La primera convocatoria se publicó a mediados de 1951 y el monto
de las becas oscilaba entre $16 500 y $20 mil pesos anuales, dependiendo
del estado civil de los becarios. A mediados de la década de los
sesenta, esta política económica fue sustituida por otros
criterios: para los escritores jóvenes o que sólo habían
publicado un libro, el monto de las becas era menor a aquel que se otorgaba
a escritores reconocidos. A cambio del apoyo económico, los becarios
tenían que asistir semanalmente a las reuniones, que se realizaban
todos los miércoles en las instalaciones del Centro y a las que
acudían también los miembros del Consejo Literario para dar
sus comentarios y asesorar los trabajos de los escritores adscritos.
Si al principio el Centro Mexicano de Escritores fue auspiciado en
su totalidad por la Fundación Rockefeller, pocos años después
se fueron incorporando a él distintos patrocinadores mexicanos que
aportaron cantidades económicas iguales a las que la Fundación
desembolsaba. A la larga, el apoyo de destacados hombres de negocios (como
Carlos Prieto) y empresas mexicanas, tanto públicas como privadas,
permitirían que el Centro abandonara el patrocinio de la Fundación
y se constituyera como una institución mexicana independiente.

En sus inicios, el Centro también dio cabida a becarios estadunidenses, para lo cual Shedd nombró a un representante, el crítico Hershell Brickell, contratado por la Fundación para dar sus opiniones sobre las solicitudes de los candidatos. A mediados de los años sesenta, sin embargo, el Centro suspendería el otorgamiento de becas a estadunidenses debido a que, según García Beraza: "Fue un error, porque tanto los estadunidenses como los mexicanos estaban en formación. Poco podían aprender unos de otros.
POESIA EN VOZ ALTA
Además, existía la barrera verdaderamente infranqueable
del idioma".3 Desde entonces, y ya bajo la asesoría intelectual
de Juan Rulfo y Juan José Arreola, el Centro acogería exclusivamente
a jóvenes escritores mexicanos.
Para tener una idea del apoyo que le brindó el Centro a los
escritores de la Generación del Medio Siglo, basta enumerar los
nombres y las fechas en las que algunos de ellos recibieron la beca: Jorge
Ibargüengoitia (1954-1955 y 1955-1956), Tomás Segovia (1954-1955
y 1955-1956), Juan García Ponce (1957-1958 y 1963-1964), Inés
Arredondo (1961-1962),4 Salvador Elizondo (1963-1964 y 1966-1967) y José
Emilio Pacheco (1969-1970).
Con excepción de Inés Arredondo --quien en una entrevista
confiesa que solicitó la beca porque necesitaba el dinero y los
relatos que escribió durante ese año fueron "abortos" porque
nunca ha sido capaz de escribir un cuento al mes--5 y de García
Ponce --quien renunció a la beca la segunda vez que se le otorgó
y desde entonces ha mantenido una postura crítica hacia el Centro--,6
los demás autores coinciden en señalar los beneficios económicos
e intelectuales que esta institución les brindó. La opinión
de Salvador Elizondo, expresada con motivo del vigésimo aniversario
del Centro, sintetiza la importancia que tuvo para los poetas, dramaturgos,
novelistas y cuentistas de esta generación y para otros muchos escritores
de nuestro país: Me parece laudable la labor que hace el Centro,
aunque sólo fuera porque es la única institución de
su género. Un estímulo de tipo económico para un joven
escritor, es muy importante. Aunque lo que se nos da no sea tampoco una
cantidad fabulosa, pero cualquier cantidad que se les pague, es mejor y
es un estímulo mayor que el de simplemente tenerlo escribiendo sin
guía.7
Por si la opinión de Elizondo no bastara para dar cuenta del
papel que desempeñó el Centro en la promoción de nuestra
literatura desde la década de los cincuenta, baste citar los títulos
de algunos de los libros que vieron la luz gracias a las becas: Pedro Páramo,
La región más transparente, Balún Canán, Farabeuf,
Morirás lejos y La señal, entre muchos otros.8 III Además
del apoyo otorgado por el Centro, los miembros de la Generación
del Medio Siglo tuvieron una participación definitiva en la UNAM,
en especial en la Coordinación de Difusión Cultural, dependencia
que Jaime García Terrés dirigió de 1953 a 1965 y que
fue fundamental para la formación, profesional e intelectual, de
estos jóvenes; de allí nacerían (o renacerían)
distintos proyectos culturales, como el movimiento Poesía en Voz
Alta (que dio inicio en 1956), la Casa del Lago (fundada en 1959), Voz
Viva de México (que también nació ese año para
reunir en fonogramas a los más importantes escritores de nuestro
país y en los que se grabarían algunos relatos de los miembros
de esta generación, como "La Sunamita", de Inés Arredondo,
y "Tajimara", de García Ponce) y la revista Universidad de México.
En sus comienzos, Poesía en Voz Alta no fue un movimiento teatral
sino un grupo integrado por escritores, músicos, pintores, cantantes
y actores jóvenes. Aunque los especialistas aún discuten
si la propuesta inicial vino de García Terrés o del dramaturgo
Héctor Mendoza, la idea original fue organizar una serie de lecturas
de poesía, para lo que se buscó la participación de
Octavio Paz y de Juan José Arreola; ellos fueron los primeros directores
literarios del grupo y más tarde se les sumarían Antonio
Alatorre y Margit Frenk (como consejeros literarios del Siglo de Oro español
y como actores y cantantes), Alfonso Reyes, María Luisa Mendoza,
Elena Garro, Carlos Fuentes, León Felipe, Diego de Meza, Sergio
Fernández, José de la Colina y Juan García Ponce,
entre otros.
Para realizar el proyecto se propuso escenificar la poesía y
darle un espacio poético al teatro. Así pues, mientras Paz
terminaba de escribir La hija de Rappaccini (una de las piezas que integró
el segundo programa de Poesía en Voz Alta), Arreola conformó
el primer programa, compuesto por las siguientes obras: la Égloga
IV, de Juan de la Encina; La farsa de la casta Susana, de Diego Sánchez
de Badajoz, y cuatro obras de García Lorca: La doncella, el marinero
y el estudiante, El paseo de Buster Keaton, Quimera y El niño y
el gato. De esta selección --mezcla de lo más antiguo del
teatro español con la vanguardia surrealista del teatro de Lorca--
surgieron las primeras características de Poesía en Voz Alta,9
planteadas por Arreola en el programa de presentación de esta primera
puesta en escena.
La primera intención del movimiento era volver a los orígenes
del teatro para despojarlo de cualquier artificio innecesario, es decir,
llegar a la esencia, a la palabra hablada. Se sumó el goce lúdico
--la introducción de elementos inesperados que rompían con
la solemne rigidez del teatro nacional-- predominantemente realista durante
esa década; se creó una escenografía y vestuario poco
usuales para la dramaturgia nacional y, con la participación de
músicos, pintores y otrosartistas, se logró algo que para
muchos significó el nacimiento del teatro experimental mexicano
(el cual, según varios críticos, había tenido como
único antecedente el Teatro Ulises, animado por Antonieta Rivas
Mercado y el grupo Contemporáneos).
Poesía en Voz Alta fue el punto nodal para la creación
de un lenguaje autónomo, paralelo e independiente del texto dramático,
que significó el nacimiento de lo que hoy se conoce como lenguaje
de la puesta en escena. Otras de sus características fueron enfatizar
el movimiento escénico, el trabajo vocal, corporal y de gesticulación
de los actores para determinar el ritmo de la puesta en escena; subrayar
la importancia de la composición plástica sobre la historia
contada; incorporar a la escena el sketch, el music-hall, la carpa, la
pantomima, la danza, el ballet y la música; privilegiar la dirección
de los montajes. En síntesis, hacer del teatro un espectáculo
múltiple, un espacio libre y experimental que permitiera a los artistas
intervenir como autores, con todas sus posibilidades creativas e imaginativas.
A partir de este primer programa, presentado en el teatro El Caballito,
el grupo se transformó en movimiento teatral; se logró montar
un total de ocho programas --lo mismo con piezas vanguardistas que medievales
o del Siglo de Oro-- en los que se combinaban música, artes plásticas
y elementos escenográficos y de vestuario.
Los primeros cuatro programas de Poesía en Voz Alta fueron auspiciados
por la UNAM, los siguientes tres corrieron a cargo de diversas instituciones
privadas y el último, cuyo escenario fue la Casa del lago, corrió
de nueva cuenta a cargo de la UNAM. En algunos montajes participaron directores
literarios como Arreola o Paz; otros fueron musicalizados por Joaquín
Guitierrez Heras, leonardo Velázquez o Raúl Cosó;
en ellos trabajaron artistas plásticos como Juan Soriano, Hpéctor
Xavier o Leonora Carrington, acargo de la escenografía o el vestuario,
y a partir de entonces, colaborarían también con dibujos,
grabados y viñetas en varias de las revistas y suplementos culturales
ya mencionados.
Desde el quinto programa (octubre de 1957), cuando José Luis
Ibañez tomó el lugar de Héctor Mendoza, el montaje
fue sólo de obras unitarias, como Asesinato en la catedral, de T.S.
Eliot; Las criadas, de Jean Genet o Electra, de Sófocles. El octavo
y último programa, cuyo estreno fue el 27 de septiembre de 1963,
marcó el fin de Poesía en Voz Alta, aunque muchos de sus
integrantes siguieron reuniéndose y participando en los distintos
eventos que se organizaban en la Casa del Lago y en otras dependencias
universitarias.
Si Poesía en Voz Alta significó un cambio radical en
el terreno del teatro mexicano, también propició que la mayoría
de los escritores de esta generación entablaran relaciones con músicos,
bailarines, poetas, artistas plásticos y dramaturgos poco o nada
conocidos para ellos. De hecho, Poesía en Voz Alta marcó
la pauta de las reuniones y actividades que -- años más tarde,
durante la dirección de Tomás Segovia y de Juan Vicente Melo--
se llevarían a cabo en la Casa del Lago, lugar que también
conjugó y dio rienda suelta a los múltiples intereses de
artistas e intelectuales del país mediante representaciones en las
que se combinaba la pantomima, la música, la danza, la poesí,
el cine y la pintura..
LA CASA DEL LAGO
El primer director de la Casa del Lago fue Juan José Arreola,
quien se hizo acompañar por Alberto Híjar (encargado de comentar
las exposiciones de pintura), Miguel González Avelar (quien fungía
como subdirector y publicaba un boletín semanal en el que se anunciaban
las actividades), Lourdes Compean (responsable de la realización
de distintas actividades culturales) y Juan José Gurrola (encargado
de dirigir las lecturas de poesía y, más tarde, las sesiones
de teatro leído). Durante la inauguración oficial, el 15
de septiembre de 1957 se presentó una exposición de obras
maestras del Renacimiento; sobre el lago del Bosque de Chapultepec se colocó
un escenario flotante que sirvió de tablado para la presentación
de la Escuela de Danza de la Unidad Artística y Cultural del Bosque,
encabezada por Josefina Lavalle, y Gurrola y Arreola, subidos en una panga,
recitaron fragmentos de la "Suave patria" de López Velarde.

UNIVERSIDAD DE MEXICO
Además de Poesía en Voz Alta y del proyecto cultural
Casa del Lago, García Terrés reanimó una publicación
fundamental no sólo para la década, sino, para la formación
de los jóvenes escritores e intelectuales de la Generación
del Medio Siglo: la revista Universidad de México. El impreso, iniciado
en 1930 bajo la dirección del dramaturgo Julio Jiménez Rueda,
había mudado varias veces de título y de director, incluso
había dejado de publicarse durante algunos años, y reunía
materiales diversos: desde antropología hasta física, desde
literatura hasta astronomía, siempre acompañados por largos
calendarios en los que se informaba al público universitario sobre
las actividades que se realizarían ese mes en la Universidad.
García Terrés fue quien, bajo la etiqueta de Nueva época
y con una nueva numeración, dio vida a una revista que --a decir
de algunos críticos-- no ha vuelto a alcanzar el nivel de calidad
y fama que tuvo durante esos años. Lo que sin duda sobresale de
la declaración de principios que acompañó al primer
número de esta época fue su interés por dar al público
calidad informativa, lo cual implicaba contar con un grupo de colaboradores
que se hiciera cargo de las notas y comentarios sobre las distintas actividades
artísticas: cine, teatro, libros, espectáculos, arquitectura,
artes plásticas. Se trataba de hacer de la cultura un ente "vivo",
de ofrecer "puntos de vista que [revelaran] la actitud crítica y
vigilante del público más sensible a su recepción
[además de] ser un vehículo de intercambio cultural entre
la Universidad y otras instituciones nacionales y extranjeras".
Las propuestas de Terrés tuvieron una inmediata acogida entre
los miembros de la generación a la que Inés perteneció,
quienes, si bien no ingresaron a la revista en 1953, irían incorporándose
paulatinamente durante la dirección de Terrés, pero no sólo
porque les significaba un canal para la publicación de sus materiales,
sino porque exigía de ellos una constante renovación y actualización
cultural y requería de una actitud verdaderamente crítica
respecto del quehacer artístico.
Entre 1958 y 1965, las secciones dedicadas al cine, teatro, libros,
música y artes plásticas (que habían nacido desde
los inicios de esta nueva época) fueron cobrando mayor espacio e
importancia en la revista. La constancia con la que se publicaban las colaboraciones
de algunos miembros de la generación los hizo especialistas en ciertas
áreas, algunas nunca antes estudiadas por ellos en forma sistemática,
pero que respondían a sus intereses. Así, Juan García
Ponce (quien firmaba con el pseudónimo de Jorge del Olmo) se dedicó
varios años a la crítica de artes plásticas; José
de la Colina se ocupó de los comentarios sobre cine (sección
que compartía con Jomi García Ascot y Emilio García
Riera, entre otros); Juan Vicente Melo colaboró con bastante frecuencia
en la sección de música y danza; José Emilio Pacheco
tenía una sección titulada "Simpatías y diferencias";
Carlos Valdés, Tomás Segovia y otros escritores publicaron
reseñas de libros y colaboraron con notas y críticas en la
famosa "Feria de los días".

LOS INICIOS
¿Cuáles fueron los motivos e intereses que sirvieron
de punto de contacto entre los jóvenes que crearon la RML? ¿Quiénes
la integraron? ¿Por qué? Las respuestas están en la
serie de entrevistas que Sergio González Levet11 realizó
a los miembros del grupo y, en particular, en las páginas de la
propia revista.
La publicación fue fundada por Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo
en 1955, con el propósito de ser un medio de difusión cultural
abierto a las manifestaciones literarias del país, sobre todo, a
las letras internacionales, como una forma de contrarrestar la entonces
creciente tendencia de la cultura mexicana hacia el nacionalismo oficial.
Su título resulta significativo en la medida en que establece una
clara oposición respecto de los propósitos de la Revista
de Literatura Mexicana que Antonio Castro Leal había dirigido en
1940 y cuyo corte y contenido habían sido eminentemente nacionalistas.
Dos años después de su fundación, los primeros
directores la abandonarían a causa de otros intereses, dejándola
a cargo de Antonio Alatorre y Tomás Segovia, quienes sustentaron
la fama e importancia que la publicación llegó a tener en
los años siguientes y hasta 1965, fecha en la que dejó de
publicarse definitivamente. Aunque en 1958 dejó de aparecer un año,
el cambio de directores marcó una nueva época en la revista
que trajo consigo modificaciones en el comité de colaboradores,
compuesto por Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Augusto
Monterroso, Ernesto Mejía Sánchez, Jorge Portilla, Emma Susana
Speratti Piñero, Luis Villoro y Ramón Xirau. Antes de finalizar
la década de los cincuenta, Antonio Alatorre viajó al extranjero
y cedió su lugar a Juan García Ponce, quien durante dos años
compartió la dirección con Segovia.
En 1962, Segovia quedó como único responsable y García
Ponce pasó a integrar un nuevo Consejo de Redacción, junto
con José de la Colina, Isabel Fraire, Jorge Ibargüengoitia
y Juan Vicente Melo. Este cambio en la mesa directiva trajo consigo el
ingreso de Rita Murúa como responsable de la publicidad y de la
administración. Entre 1963 y 1965, García Ponce ocupó
el cargo de director debido a que Inés y Tomás viajaron a
Uruguay para tratar de superar su crisis matrimonial. No obstante el viaje
y la separación definitiva, ambos siguieron colaborando con la publicación
y Segovia continuó como miembro del Consejo de Redacción
hasta que la revista dejó de publicarse .
Inés Arredondo comenzó a colaborar regularmente desde
1959,12 fecha en la que su marido tomó el puesto de director y si
bien tuvo una participación fundamental en ella (corregía
los textos, armaba los números, asistía a las reuniones para
discutir qué materiales se publicarían), es de extrañar
que su nombre no aparezca en la lista de los miembros del Consejo de redacción.
1958 Luz de aquí, de Tomás Segovia (FCE). 1959 Zamora
bajo los astros, de Segovia (Imprenta Universitaria) y Ven, caballo gris
y otras narraciones, de José de la Colina (Universidad Veracruzana).
1960 El sol y su eco, de Segovia (Universidad Veracruzana). 1962 Los
muros enemigos, de Juan Vicente Melo (Universidad Veracruzana); La lucha
con la pantera y El cine italiano, de De la Colina (Universidad Veracruzana
y UNAM, respectivamente).
1963 Imagen primera y La noche, de García Ponce (Universidad
Veracruzana y Era, respectivamente). 1964 Figura de paja, de García
Ponce, y Fin de semana, de Melo (ambos en Era).
1965 Cruce de caminos, de García Ponce (Universidad Veracruzana);
La señal, de Inés Arredondo (Era); Farabeuf o la crónica
de un instante, de Salvador Elizondo (Joaquín Mortiz); Infierno
de todos, de Sergio Pitol (Universidad Veracruzana). 1966 La casa en la
playa, de García Ponce, y Los climas, de Pitol (ambos en Joaquín
Mortiz); Narda o el verano, de Elizondo (Era), y la colección de
Autobiografías de los miembros de la generación publicadas
primero por Empresas Editoriales y más tarde por Joaquín
Mortiz bajo el título Nuevos escritores mexicanos presentados por
sí mismos. 1967 Anagnórisis, de Segovia (Siglo XXI); Morirás
lejos, de José Emilio Pacheco (Joaquín Mortiz), y No hay
tal lugar, de Pitol (Era).
1968 Desconsideraciones, Entrada en materia, Nueve pintores mexicanos
y La aparición de lo invisible, de García Ponce (Joaquín
Mortiz, Imprenta Universitaria, Era y Siglo XXI, respectivamente); Historias
y poemas, de Segovia (Era), y El hipogeo secreto, de Elizondo (Joaquín
Mortiz). 1969 La cabaña, de García Ponce; No me preguntes
cómo pasa el tiempo, de Pacheco; El retrato de Zoe y otras mentiras,
de Elizondo (los tres en Joaquín Mortiz), y La obediencia nocturna,
de Melo (Era).
LA ËLITE
Los miembros de esta generación también estaban directamente
involucrados en la tarea editorial, ya fuera como dictaminadores, reseñistas,
correctores de estilo o presentadores "oficiales" de los libros que mes
con mes salían a la venta en las distintas casas editoriales del
país. En una tesis aún no publicada en México --titulada
La cultura en México (1959-1972) en dos suplementos: "México
en la Cultura", de Novedades y "La Cultura en México", de Siempre!--,
Kristine Vanden Berghe dice que la presencia de estos escritores en los
círculos editoriales, aunada a la asiduidad con que colaboraban
en las revistas y suplementos culturales más importantes del país
(en especial los dirigidos por Benítez), permite establecer una
suerte de red propagandística y de autopromoción, la cual,
desde su punto de vista, constituye la evidencia más clara de la
existencia de una élite de escritores e intelectuales que integraban
la supuesta mafia.
Como ella explica, el término mafia fue utilizado en estos dos
suplementos por el grupo Nuevo Cine (1961) para criticar a quienes se reunían
en torno a la "capillita" del viejo cine mexicano, del cual se decía
que era una "mafia de productores que señorea el cine nacional",23
que estaba "prostituido por una mafia de ancianos codiciosos y sepultados
bajo una montaña escatológica de tangos, fichadoras, charros,
vampiros y tintanes".24 El término --empleado por los propios colaboradores
de estos dos suplementos para referirse a viejos monopolios relacionados
con la actividad cinematográfica de México-- sería
utilizado más tarde por otros escritores e intelectuales para reprocharle
a los miembros de la RML y a los colaboradores de esos dos suplementos
culturales su cerrada actitud de cuatismo que ellos mismos habían
criticado en otros.
En 1964 se publicó en "La Cultura en México" un texto
de Luis Guillermo Piazza que lleva por título "En torno a la sátira
y la parodia",25 en el que sugiere la creación de un boletín
que, "burla burlando", recree y reproduzca el ambiente de las camarillas
culturales del México de los años sesenta. Vander Berghe
dice que a partir de este texto (ciernes de lo que sería el libro
La mafia, publicado por Piazza en 1967) "empezarían a proliferar
artículos irónicos y autoirónicos sobre la mafia,
los cuales tejen paulatinamente una mitología en torno a ella".
Y agrega: "Es sobre todo Piazza, más que Monsiváis, el que
propaga la imaginería mafiosa".26
Lo que, Vanden Berghe omite en su trabajo es que gracias a este grupo
de mafiosos fue posible no sólo que otros jóvenes talentosos
publicaran por primera vez, sino que en México se leyera (también
por primera vez) a autores europeos, estadunidenses o latinoamericanos
que de otra forma quizá no se hubieran conocido en nuestro país.
Lo mismo podemos decir del esfuerzo de difusión, traducción
y crítica que la Generación del Medio Siglo realizó
tuvo como propósito central fomentar la calidad literaria y promover
el diálogo lúcido y racional entre los escritores e intelectuales
jóvenes y los consagrados. Enrique Krauze piensa que este esfuerzo
generacional es sólo similar "al intento de apropiación que
Vasconcelos, Reyes y Paz" hicieron de nuestra cultura décadas atrás
y que la "lista de temas, influencias y técnicas literarias que
ellos asimilan y recrean" no sólo fue inmensa, sino que incluso
influyó en la producción literaria de otras provincias.27
En su defensa, Gustavo García opina que a esa generación
correspondió:
Un auge editorial inimaginable, la creación de editoriales ahora indispensables,la proliferación de revistas literarias y suplementos, la poligrafía, la disciplina del lector y del escritor unidos en un solo goce [...] El panorama de esa generación es cada día más deslumbrante, su manera de revisar e imponer con tonos nuevos los trucos del lenguaje, las trampas de la narración, la mirada limpia para contar un país inédito, una generación que ya no podía hablar con las palabras de los narradores anteriores le hace parecer una generación de individualidades muy semejantes o de grupos muy homogéneos de calidad con raíces inexplicables.
Respecto de la constitución de este grupo como una mafia, Armando Pereira señala:
Si analizáramos con distancia crítica el panorama actual de la literatura mexicana, ¿no podríamos hablar también de "mafias" muy precisas y delimitadas? Una de dos: o aceptamos que en nuestro ámbito cultural la "vocación mafiosa" es un mal endémico que nos constituye y contra el que ya nada podemos hacer, o aceptamos, más bien, que toda revista o grupo literario tiene derecho a tejer su propia red de afinidades y divergencias sin que por ello se sienta culpable o en pecado mortal. ¿No se ha dicho lo mismo, por otra parte, de grupos como el de Sur en Buenos Aires o el de Orígenes en La Habana, para sólo citar dos ejemplos cercanos en el tiempo y en el espacio?29
LA RUPTURA
La mala fama que giró en torno a los miembros de esta generación,
los chismes y los rencores que sus enemigos acumularon contra ellos, coincidieron
con la salida de García Terrés como director de Difusión
Cultural de la UNAM en 1966 y la entrada de Gastón García
Cantú en 1967, quien pidió a Melo su renuncia a la Casa del
Lago, lo que provocó que los miembros de la generación y
un grupo importante de intelectuales manifestaran su indignación
en distintos medios culturales y periodísticos y que, a su vez,
fueran obligados a renunciar a la revista Universidad de México,
a la Imprenta Universitaria y a otros organismos e instituciones culturales
universitarios en los que habían tenido un papel destacado.
Basado en los comentarios de Huberto Batis, Armando Pereira ofrece
una crónica detallada de las causas y consecuencias de la ruptura
de los miembros de esta generación con Gastón García
Cantú. Cito in extenso sus palabras:
El detonante que hizo explotar la bomba fue el asesinato
de un homosexual italiano en la Facultad de Filosofía y Letras.
Huberto Batis se ha referido a ese acontecimiento como el inicio de las
hostilidades: "Había habido además por esos días --señala
Batis-- un crimen de un homosexual, de la Facultad de Filosofía
y Letras, un italiano. Entonces, se vieron envueltas en él todas
las gentes que estaban en una agenda del italiano, y en esa agenda estábamos
todos, pues todos lo conocíamos". Sin embargo, fue una la figura
que pasaría a convertirse de pronto en el centro de las hostilidades,
en el chivo expiatorio de una situación que no tenía que
ver directamente con él: Juan Vicente Melo, al tratar vilmente de
involucrarlo en el crimen. El grupo cerraría filas en torno a Melo
y decidiría enfrentarse al grupo de García Cantú.
El desenlace no se hizo esperar: de una manera sutil, como generalmente
suele ocurrir en estos casos, se les obligó a todos ellos a renunciar
a sus puestos en la Universidad y de un día para otro se vieron
en la calle, sin trabajo. Una vez más, una situación de carácter
personal o íntimo vuelve a convertirse en el vehículo de
intenciones políticas o culturales más bien oscuras. "Tocó
al nacionalismo ramplón, demagógico y populista --concluye
Batis-- intentar destripar a mi gente de letras... [En] aquellos tiempos
oscuros del abyecto diazordacismo, en aquel río revuelto, Gastón
García Cantú implantó, desde Difusión Cultural
de la Universidad Nacional, la represión de todo arte, literatura
y pensamiento crítico que no se ocupara en contarle las lentejuelas
a la china poblana".
Es decir, para truncar la creciente fuerza que cobraba
en la escena nacional una corriente amplia, plural y abierta al arte y
a la literatura de todas las latitudes, no pudieron más que valerse
de medios pequeños y sucios, pues por lo visto no contaban con argumentos
suficientes en el terreno en el que por principio debía haberse
dirimido el conflicto: el terreno de la cultura.30
Lo que vino después, lo conocemos: el movimiento del 68 --que,
como explica Batis, encontró a los miembros del grupo "voluntariamente
marginados"--,31 el auge que comenzó a cobrar en nuestro país
la literatura de la onda y otra serie de hechos no menos significativos
agravarían la situación de los miembros de esta generación:
como puede resumirse en una frase de Juan García Ponce: "Todos fueron
aplastados por las crisis personales".32 Batis permaneció dos o
tres años más en la dirección de la Revista de Bellas
Artes, uno de los pocos refugios que --tras el pleito con García
Cantú-- encontraron los miembros de la RML; algunos de ellos (como
Arredondo, Melo, García Ponce y el propio Batis) trabajaron también
(un año, a lo sumo) en el Departamento de Cultura del Comité
Olímpico Mexicano (1968).
Hacia 1970, las reuniones, comidas y fiestas que habían servido
de pretexto para la discusión y el encuentro entre los integrantes
de la generación se hicieron cada vez menos concurridas. Con excepción
de Juan García Ponce --que no abandonó la ciudad y se refugió
con su enfermedad en su casa de Coyoacán--, varios sufrieron lo
que Juan Vicente Melo ha llamado "un acto de canibalismo":33 Inés
Arredondo regresó a Culiacán tras sufrir otra crisis que
esta vez la llevó a internarse en un hospital psiquiátrico
--más tarde, consiguió trabajo como maestra de literatura
en un plantel del Colegio de Ciencias y humanidades (CCH). Huberto Batis,
después de padecer lo que en su libro Lo que Cuadernos del Viento
nos dejó llama "tocar fondo",34 viajó al extranjero y a su
regreso a la ciudad de México ocupó una cátedra de
literatura en el mismo CCH que Arredondo y en la Facultad de Filosofía
y Letras de la UNAM; tras la publicación de La obediencia nocturna
(1969), Juan Vicente Melo se autoexilió en su natal Veracruz y optó
por refugiarse en el alcohol.
No obstante las crisis emocionales y de salud por las que pasó
cada uno de ellos, todos los integrantes del grupo siguieron con sus proyectos
narrativos personales, gestados en gran medida desde finales de los años
cincuenta, gracias al apoyo que recibieron de las instituciones, revistas
y casas editoriales ya mencionadas. Sus resultados no han dejado de marcar
a la literatura mexicana contemporánea.