Teatro personal
Benjamín Gavarre
Nadie tiene la obligación de saber quién es el doctor Gabriel Weisz. Yo podría comentarles que es un investigador admirable que ha escrito varios libros sobre teatro, pero con esto no les diría mucho. El caso es que, entre otras cosas, Gabriel Weisz es el culpable de haber originado en México, allá en la carrera de teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hace ya poco más de 10 años, un movimiento conocido con el escurridizo nombre de Teatro Personal: una experiencia escénica en la que no se interpreta el discurso de alguien quizá demasiado lejano a la vida del creador, sino aquella en que el director y los actores pueden buscar su propia voz, desnudarse y escarbarse mostrando sus trapos y sus tripas, ¿una forma personal de hacer teatro?
El llamado psicodrama de J.L. Moreno ya contenía varios de los elementos que están presentes en el teatro personal: improvisación y espontaneidad; el espacio es aquí, el tiempo es el presente; el escenario es la prolongación de la realidad; la imaginación no tiene porque pelearse con esta realidad (digamos vida cotidiana o vida diaria); el protagonista no debe construir un personaje, debe ser él mismo.
Las intenciones del psicodrama son terapéuticas. En el escenario vemos lo que el individuo es y lo que podría ser; en comunión, el supuestamente alienado (¿quién no lo es?) puede mirarse en el reflejo de otros.
A finales de los sesenta, dos estadunidenses trabajaban sobre esta misma esfera personal: Robert Wilson y Richard Foreman. El primero, de Texas, llegó a interesarse por el teatro, atraído por la pintura y la arquitectura. Son muy conocidos sus trabajos en colaboración con el músico minimalista Philip Glass, en los cuales presenta un mundo de ensueño en el que la cámara lenta y la repetición son llevados literalmente a sus límites. Aunque espectáculos como Einsten on the Beach son de lo más característico de este creador, su trabajo con personas con una supuesta desventaja física o mental están mucho más relacionados con la búsqueda de un lenguaje escénico subjetivo. Wilson, cercano al psicodrama, trabajó con autistas y con sordomudos, más interesado en descifrar los códigos de personas supuestamente imposibilitadas para una comunicación real, que en tratar de "curarlas". Debo decir que incluso al escribir "personas autistas" generalizo y desvirtuo la idea de Wilson de trabajar con seres particulares. Lo voy a poner así: Wilson buscó, de manera escénica, conocer el lenguaje peculiar de Christopher Knowles, adolescente al que se le había diagnosticado autismo. Los resultados fueron insospechados; éste tenía una capacidad de comunicación no verbal, pero sí relacionada con las matemáticas. El mensaje es claro: no todos percibimos igual.
El otro estadunidense, neoyorquino éste, es el creador del Teatro Histérico Ontológico. Aunque suena muy complicado, Richard Foreman muestre de manera compulsiva (de ahí lo histérico), todo lo que él es (de ahí lo ontológico). A diferencia de otros creadores, de este llamado teatro personal, Foreman parte de un texto escrito por él mismo y lo respeta rigurosamente. Se trata, no de una obra dramática convencional ,sino de algo semejante a lo que hacían los surrealistas con la escritura automática: todas las percepciones de Foreman (recuerdos, fantasías, elucubraciones, deducciones, etc.) son registradas en papel y luego puestas en evidencia, o digamos de una manera tradicional, representadas en un escenario lleno de objetos, luces, sonidos, actores-maniquíes y líneas punteadas. Lo que le interesa a Foreman es contemplarse en el escenario de manera atomizada: todo lo que él es, todo lo que él percibe es puesto sobre las tablas, eso sí, en un escenario muy tradicional, "a la italiana". Lo que el público opine, a Foreman no le interesa, a él, sólo le gustaría que alguien viera las cosas tal y como él llegó a percibirlas en un instante dado.

Al principio de esta nota mencionaba, que Gabriel Weisz había dado origen al teatro personal en México, lo que es cierto en el sentido de que le dio impulso. Quienes lo han desarrollado en estos últimos años, cada quien con su estilo, son tres directoras muy tercas y muy talentosas: Raquel Araujo, Rocío Carrillo y Alejandra Montalvo. Ellas han trabajado en la búsqueda de un modelo escénico que sería muy difícil resumir en pocas palabras, pero que podría sostenerse dentro de los siguientes elementos: el teatro personal es, por encima de todo, un proceso, ya que el material con el que se realiza es la experiencia humana, siempre cambiante. La finalidad es escénica y estética, aunque no se excluye el autoconocimiento. Considerar al teatro personal como una terapia es un error, en todo caso es una práctica colectiva en la que el director participa con su propia subjetividad y da pauta a que los autores den testimonio de una preocupación que deseen o necesiten expresar. Cada una de las conflictivas llega a una forma escénica que se traduce en espacios, escenas ficticias, objetos, personificaciones; el hecho humano vital alcanza una dimensión poética.
Entre los trabajos de estas tres directoras hemos podido ver en México Infinitamente disponible (trabajo colectivo), Estrategias fatales (Araujo y Carrillo), El vuelo del pez (Montalvo), Asesino personal (Carrillo), Condesa sangrienta (Araujo) y Dibujo de viaje (Montalvo). En el teatro Santa Catarina, Raquel Araujo estrenó la obra Horizonte de sucesos, y Rocío Carrillo llevó su puesta en escena Cuerpo poseído a una gira teatral por distintas ciudades de Austria.
Quizá pocos lectores hayan tenido la oportunidad de ver estos espectáculos, el teatro con la etiqueta de "experimental" tiene la reputación de ser aburrido o hecho por aficionados. La próxima vez que vean el nombre de alguna de las directoras mencionadas asistan sin pensarlo dos veces, no esperen a que primero las reconozcan en el extranjero y luego se hagan famosas aquí, para que tengan una experiencia teatral alejada de la hipocresía, del acartonamiento y del lugar común.
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Elaboración: Manuel Hernández Rosales