Tal vez la congruencia más difícil de asumir sea la de equilibrar vida y pensamiento; o en este caso, vida y poesía. Pocos se atreven: Suena paradójico, pero la mayoría de los que exponen un discurso de arrojo y aventura, de pasión e intensidad, prefiere escribir de dientes para afuera, vivir tranquilamente tras las cuatro paredes, ver pasar la vida tras la óptica del pusilánime. Cavafis y Tournier hablan de esto. Dice el primero (en traducción de José María Álvarez): A cada uno le llega el día/de pronunciar el gran Sí o el gran/No. Quien dispuesto lo lleva/Sí manifiesta, y diciéndolo/progresa en el camino de la estima y la seguridad./El que rehúsa no se arrepiente. Si de nuevo lo interrogasen/diría no de nuevo. Pero ese/no --legítimo-- lo arruina para siempre. Y dice Tournier (en traducción de José Luis Rivas):
Los hombres del sí muy dificilmente imaginan el mundo gris y odioso de los hombres del no, poblado por la estirpe de los antifísicos, quienen temen el contacto cálido, vibrante y generalmente húmedo de los seres vivos. Jamás acarician a un animal, ni abrazan a un niño espontáneamente; la promiscuidad con el pelaje, las plumas o la piel los molesta, como todo lo que proviene del cuerpo: saliva, orina, excremento, esperma, sangre.
Ejemplo elocuente del hombre que va de la poesía a la vida a la poesía sin traicionar ninguna, es Carlos Illescas (1918-1998). Sirvan estas líneas más que como homenaje mínimo, como evocación de su presencia siempre cálida y amable.
La vida, sedimento del poema
Carlos Illescas abrevaba de la vida con la vehemencia del sibarita.
Ahí donde había amigos, mujeres hermosas --cuando menos dulces
y comprensivas--, alegría de vivir --o también dolor e infortunio,
pues inevitablemente se aliaba en las buenas y en las malas--, inteligencia
y buen trago, estaba el maestro Illescas. Con esa serenidad suya, que tranquilizaba
a quien lo escuchara. Con ese ánimo suyo, que prodigaba paz y entusiasmo.
Y tras su rostro bondadoso pero ajado de noches trémulas, se asomaba
el desastre:
La lluvia en el rostro disperso que sugiere la muerte de la rosa. Humedad, las ramas desnudas finitamente dulces en la tregua como si un solo brote diera la magia del recuerdo repentino de cuando tú y yo miramos en el cielo ayuntarse los cisnes de las nubes.
Lo conocí en la casa del escultor Manuel Fuentes. En esa época (¿1978?) el maestro Illescas atraía la atención de los jóvenes por sus virtudes de hombre verdadero, o lo que los vástagos de ese entonces entendíamos como hombre verdadero --y que con toda seguridad no ha cambiado mucho--: la elegancia en el trago, el donaire en el trato, siempre la cita literaria puntual y precisa, sin lugar a dudas de los clásicos; en fin, que trataba a las mujeres como un zar a las gentiles de su corte. Las halagaba, las hacía sentirse bien, las enaltecía. Y las mujeres lo agradecían, disputaban sentarse cerca de él. Pero ese modo aristocrático y proverbial de nombrar a la mujer, lo ejercitaba lo mismo en el poema que en la vida diaria, como un modo de amarrar los extremos de la misma cuerda:
LXIX
Papáchame. El frío de las horas quiere
sustituir tus brazos. Rejúntame a tu piel. Tus manos sean portadoras
de la taza de café con que entonarme a la luz de otro cigarillo
fumando en la penumbra. Muérdeme un dedito con dulzura y cántame
al oído, nanas del mundo balbuciente. Vamos, refúgieme en
su seno siglos antes de que el frío sea los ojos del silencio. Ándele
mi vida. No sea malita. Se lo ruega su Edipito.
Cómo no recordar susojos, sus pasos. Su nariz abultada por el
trago. Illescas. Siempre del brazo de una mujer. O del amigo. Porque hay
hombres así, que de alguna manera el azar los incrusta en el corazón
de la vida. Todo alrededor suyo se imanta de la misma gravedad. Atraen
la admiración y el respeto, o más que eso, el cariño
y el amor en la misma medida. La amistad echa ancla en ellos. Como el poema,
aunque a veces es doloroso quitarse tanto peso de encima; lo cual, además,
es buen caldo de cultivo para desplegar la ironía y el humor más
despiadado:
Lo único bueno que hay en mí/es ser un mal poeta./¿Qué insidioso forúnculo en mal sueño/turbó la mente de mi madre/en el instante que caí en su vientre?/¿Cuál sapo acariciaste tumba mía/antes de croar en un cerrojo lirio/mi corazón zapato?/Sin embargo, en las nochas más secretas/pongo en orden mi flauta lamentable/esperando vencer al mismo Apolo./Si no triunfara,/mi pelleja valdría por lo menos/un asado de liebre en tu cumpleaños.
Más allá de prebenda
El maestro Illescas no sacrificó un ápice por treparse
a los hombros de la lisonja. Prefería el comentario cercano y honesto
a la prebenda que suelen volcar las instituciones. O las editoriales. Casas
editoras de prestigio lo pasaron de largo. Hoy por hoy, libros suyos son
inconseguibles. Réquiem del obsceno, Modesta contribución
al arte de la fuga, Usted es la Culpable, Epístolas a don Luis Cardoza
y Aragón, Ejercicios, El mar es una llaga, Tus ángeles o
Los cuadernos de Marsias, entre otros, figuran en los libreros de los admiradores
de Illescas.
Que los tuvo. Y muchos. Varias generaciones de escritores, de aquellos
talleres emanados del INBA, tan de moda en México en un tiempo,
comprendiendo el sentido profundo de la apalabra a través de la
experiencia del maestro Illescas. En contraste con otros muchos talleristas,
el maestro significaba cada cada explicación avalado por su dominio
del idioma. Y por su asombro ante la vida.
Tal vez este conocimiento le permitió burlarse de su propia
muerte:
Salve Señor
Salve Señor de la Armonía.
Si en efecto me llamas
a tu diestra en el cielo
que un día prometíste,
iré con una condición tan sólo:
ceba a tus vírgenes.
Como desearse buen viaje a sí mismo