El arco iris refracta la luz, la descompone. Le arrebata su funcionalidad,
que es la de iluminar, y la convierte en obra de arte. Tan sencillo, tan
modesto, el arco iris no requiere de gran cosa. No es, digamos, como un
eclipse, que solamente puede existir cuando coinciden órbitas planetarias
y las distancias perihélicas alcanzan proporciones logarítmicas
con una exactitud de 10 a la menos n potencia. No, para que nazca un arco
iris no se necesita más que un poco de lluvia, un poco de sol, y
unos ojos que lo quieran ver.

Es efímero, sí, no puede durar más que unos cuantos
minutos. Después se evapora como la neblina de las madrugas selváticas;
se marchita como las flores de la tundra. Su corta vida y su acelerado
metabolismo son precisamente las pruebas de la permanencia de la creación.
No en vano fue un arco iris la promesa que Jehová hizo a Noé:
"jamás volveré a destruir al mundo". El arco iris convertido
en némesis del apocalipsis, en negación del juicio final:
en nuestros días también ondea a favor del amor sin tapujos,
sin muros de piedra, sin botellazos. El arco iris es la promesa por excelencia.
Su semicírculo rebana los hemisferios celestes y los convierte
en mapas del tesoro: allá donde termina su trazo, está la
marmita llena de oro --un oro que, como el de los alquimistas, se conforma
con la metáfora-- esperando ser descubierta por un soñador
que camine entre las nubes; sólo es inalcanzable para aquellos que
no quieren tomarse la molestia de untarse sus colores.
El arco iris es mujer guatemalteca.
Las recuerdo bien, aunque los años entre ellas y yo ya son siete:
la luz del sol de la mañana se mezcla con el agua del lago de Atitlán,
se refracta, y entonces van apareciendo, una a una, descalzas, a lavar
la ropa. Se meten hasta las rodillas en el agua, allá donde están
las piedras de tallar, remojan las telas teñidas, bordadas, explosivas
a la mirada, las frotan contra la aspereza gris y húmeda; las purifican
mientras se cuentan cosas en una lengua cristalina como el reflejo de la
mañana. A veces sonríen: son las dueñas del lago.
En Atitlán solamente se ahogan los hombres.
Las mujeres de Atitlán usan aretes de piedra de jade, lágrimas verdes de selva. Cuando, por las mañanas, ellas bajan a lavar la ropa al lago, llevan consigo sus lágrimas. De hecho, nunca se desprenden de ellas: es lo más valioso que poseen.
La selva se deshace de sus madrugadas y las eleva al exilio: la cumbre
del volcán. Ahí se reúnen, disfrazados de nubes, los
gritos de los monos y el polen de las orquídeas. Bailan con el viento
mientras esperan el momento del crepúsculo en el que pueden regresar
a la marejada verde.
Yo me siento en el pequeño muelle de madera, al otro lado del
lago, a beber la imagen y su reflejo: los volcanes se duplican y juegan
malabares con el horizonte, lo licúan. La corona de nubes danzantes,
en mutación perpetua, es hipnótica: no le quito de encima
la mirada, no la veo moverse, y sin embargo siempre es diferente. Es un
poco como el resto de este paisaje. Un poco como la gente que lo habita.
Una amiga me mostró una foto: ella y su hija de espaldas, con el lago al fondo, las negras cabelleras de ambas caen triangulares sobre los hombros; la cabeza de la hija está coronada con una guirnalda de flores silvestres. El recuerdo de esa imagen confluye con el del paisaje: nace un río que respira, que exhala memoria. Los volcanes viven, son centinelas, guardianes de aquello que es máximo tesoro de quien regresa: el pasado.
Guatemala es tierra cicatrizada. No le son ajenos los cataclismos naturales
ni los creados por el hombre. Quizá por eso su quiromancia se antoja
poética, autobiográfica; el retorno a su paisaje, un viaje
incrustado de recuerdos.
Sólo aquí podría existir una ciudad fénix,
sólo aquí ésta podría llamarse Antigua: la
ciudad donde el tiempo resucita para ser siempre un ayer con los fantasmas
a flor de piel.
Antigua es una ciudad callada, que no silenciosa: sus iglesias resquebrajadas,
los empedrados incompletos de sus calles, las tejas casi púrpuras
de tan rojas de sus casas, los muros y sus grietas; orquesta sinfónica
que canta el coro volcánico bajo la batuta de los terremotos.
Quietud. Los amaneceres en Antigua son como la sombra del Volcán
de Agua: un azulado verdor nebuloso. Amenazan con derretirse, con escurrirse
entre los dedos débiles de una mente --la mía-- que se tiene
que obligar a no olvidarlos.
Hace siete años estuve en Guatemala: una avalancha de recuerdos
que ha permanecido casi invisible, como el guerrillero oculto en la maleza
de una colina cerca de Quetzaltenango, esperando a que llegue el momento
propicio para lanzarse a la ofensiva. Ahora, que por fin me atreví
a cruzar de nuevo esa frontera artificial que obliga a crear entre el presente
y el pasado --como si no fueran la misma cosa--, Guatemala regresa; con
sus volcanes, sus lagos, sus ciudades, sus sonrisas, sus lágrimas
verdes de selva.
6
Cierro el libro de Cardoza y Aragón; cierro los ojos. Un quetzal atraviesa el cielo de mi bóveda interior. Las largas plumas de su cola son el final del arco iris.