Venegas o la perífrasis de los niños ahogados
Carlos Antonio de la Sierra
Empezaré con una perogrullada quizás incómoda: en la vida hay de libros a libros, y La risa de las azucenas de Socorro Venegas no es cualquier libro; es una obra entrañablemente familiar y, a la vez, peligrosamente mefistofélica. De acuerdo con las interpretaciones tradicionales que giran en torno a las primeras lecturas, he vislumbrado, con cierto dejo de extrañamiento, una dualidad que en términos concretos sería inconcebible, a saber: La risa de las azucenas puede ser un texto sobre la familia que departe alegremente con los hijos un asado en el patio de atrás o, a la manera de Rimbaud, una temporada vacacional en los vergeles del infierno.
Ésta es la razón por la que el libro también es rojo escarlata como la pasión ausente y la vergüenza atolondrada; bermejo claro entre la página 32 y la palabra "petulante" de la 94; al final adquiere confusamente un corinto misterioso que --se sabe-- es el verdadero semblante de cada una de las palabras arrojadas impunemente en la hipocresía de las risa de las azucenas, que no son blancas sino coloradas.
Reclamémosle a la autora la nostalgia abigarrada de las niñas de la tierra y el cuerpo acicateado, arrojado como paisaje a la ingenuidad de nuestras miradas; exijámosle las cuentas claras por habernos hecho apasionar infinitamente, para después enseñarnos una realidad decepcionante y lúgubre, que sólo alguien que ha vivido el desencanto puede reflejar sin cortapisas; demandémosle a Venegas la escritura de otro y muchos libros más, para que ese rostro disfrazado con desilusiones y amarguras, obtenga el lugar que realmente le pertenece, un sitio donde la prudencia y la sensatez nos digan que, aun acá, la vida no es tan mala.
Podría aludir a un sinnúmero de temas en el volumen, enriquecido desde el punto de vista de las historias magulladas y anécdotas acaso fantásticas, en las que los ángeles son los diligentes testigos que prefiguran los cuentos. Señoras y señores, por Venegas sabemos que al lado nuestro hay un ángel en potencia.
La diversidad temática se reduciría a un solo asunto, perenne como el viento e intranquilizante como el ceguera que nos rodea. El tema central es el de la familia, pero no una familia cotidiana y tradicional, sino disgregadora y flagelante. Cuántos padres hay entrelíneas, cuántos hermanos documentan cada vírgula que Venegas ha puesto, casi con austeridad, en el libro; cuántas madres sufridas y sapientes navegan en la omnipresencia de las historias. Socorro ha escrito un libro hogareño, de encuentros y desencuentros con la libertad soñada, imaginada durante la infancia; de nombres que enmarcan vicisitudes y tribulaciones en apariencia abyectas, pero en el fondo desgraciadamente ciertas y, por ello, descarnadas. Qué importa llamarse Ana tres veces; tampoco vale la pena saber quiénes son los pintores dormidos en la fiesta habanera, son sólo rostros fantasmales que inundan descaradamente otra realidad, la de acá, la de los cuerpos crueles y fugaces, la de los hermanos perdidos, la de las madres heroicas, la de los padres que odiamos y amamos al mismo tiempo. Todos ellos son, casi como Macbeth, víctimas de los sueños de la escritora.
Socorro Venegas también ha escrito un libro que hace llorar, no por la crudeza que despierta cada una de sus frases, sino porque nos hace ver que la realidad que nos contiene, aunque suene pecaminoso, es amarillista, despiadada, eterna para los que todavía tenemos ojos. El presente es imperecedero, sugiere Venegas. Las reminiscencias infantiles trascienden las barreras de los años que arrojan nuestros pasos y se ubican detrás de los oídos; conciencia maligna que discurre entre la savia y la pereza. En Venegas, los ángeles son los recuerdos falsamente incólumes de una pasado atroz, de hostilidad y pesadumbre; la hospitalidad de sus palabras engaña y seduce, motiva y detiene, informa y contiene. La narradora ha decidido cargar con el mundo; su mundo. Un globo cuya connotación es ambivalente, de simbología por momentos perdida. El juego de los ojos, decía Canetti. Los ojos decidirán si su mundo se carga con el meñique o necesitará del cuerpo entero.
Lo dice en el cuento "Diario de plenilunio": "En todos los lugares han ocurrido desgracias, es verdad, pero no en todos nace la belleza". El desencanto es aterrador e invita al desconsuelo. De nuevo pareciéramos prefigurados por una atmósfera de contrariedad enmascarada, probablemente sean sus oscuras y desconocidas motivaciones las que la orillen a sentencias tan absolutas, pero --en sus personajes-- da la idea de hombres muertos, de figuras inertes caminando por donde ya no hay paz, de un poder omnímodo que sostiene, sobre todo, lo taciturno de sus deseos.
De todas las narraciones de La risa de las azucenas, más que la alegoría cortazariana de "El viajero de la luz" y el realismo crítico de "La fiesta de los pintores con sueño", me quedo con la delicia paralizante, gozosa y plena de exuberancia de "El viaje de las hormigas", parábola lúdica y divertimento erótico que desnuda el alma con "hormigas ahogadas en mares de azúcar".
Hace algunas semanas llegué a una de las pocas conclusiones a las que se llega en la vida. Después de años de preguntarme cuándo un libro es bueno y cuándo malo, concluí que un libro bueno era aquel que lograba conmoverme, y con La risa de las azucenas de Socorro Venegas me he conmovido infinitamente por percibir el dolor que adoquina cada línea de los cuentos; por creer en la existencia de las manos temblorosas que componen bocetos interminables entre frescos acongojados; también, porque ya en la tropelía de la conmoción, supe --como Ulises--, que los vientos habían llegado y que aun cuando la sensibilidad engañosa de nuestras manos descubriera el sudor de los sueños, la vida sigue siendo buena e indulgente.©
Socorro Venegas, La risa de las azucenas, México, CNCA, 1998 (Tierra adentro).
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Elaboración: Manuel Hernández Rosales