Trazo rozando apenas tu cuerpo estremecido.
Apenas una insinuación de rumbos y veredas,
me pone a lomos de un caballo estrepitoso, resoplante.
Me acerco así,
a trote, sin medir las consecuencias:
Mereciben ahí tus ojos de paloma amartillada,
las ganas recelosas de tu vientre,
tus pechos como peces,
escapando.
Y vuelvo atrás entonces, tasco el freno,
jalo la rienda rezonganda de dulcísimos deleites,
sosiego el fanfarrón envío que avanza de mi carne
y quedo ahí, de pie,
de firme piedra.
Mientras un ventarrón helado se desploma sobre el día.
Toros en brama, enardecidos búfalos
me yerguen a tu lado,
me dejan largamente así: deseoso, absurdo,
obvio como un adolescente sin palabras
al que de pronto lo despierta
el mar y su jadeo,
el ardorosotacto del tapir
creciendo entre las ingles.
Y son entonces, vívidamente,
sólo una cosa ya:
un hombre en llamas en tu nombre.
Sin luz.
Sin paz.
Y enamorado.