Un poeta olvidado.
Afirmar que Robert Walser es quizás el escritor más grande
de Suiza equivaldría, un tanto, a incurrir en una imperdonable paradoja.
Walser jamás aspiró a la magnificiencia: la conquista de
la república de las letras no fue lo suyo. Dentro de la escala fútil
que comprende todas las ambiciones humanas, Walser siempre optó
por las más simples, ínfimas y minúsculas. La expresión:
"Lo que para otros es lo máximo, para mí es lo mínimo",
no es ninguna consigna taoísta; es la misma declaración de
principios de Robert Walser.
Por más que este escritor solitario y errabundo mereciera la
atención de unos cuantos espíritus selectos de la primera
mitad de este desquiciado siglo ---nada menos que Benjamín, Canetti,
Jesse, Kafka, Musil, Von Hofmannsthal--, Walser no tuvo otro destino que
la incomprensión y la pobreza; la sombra del fracaso fue la compañera
de toda su vida.
Robert Walser nació el 15 de abril de 1878 en Biel, región
de Berna, Suiza. Estudió hasta los 14 años, después
tuvo lecciones preliminares de contabilidad. Al sufrir un desengaño
por querer ser actor, su camino tomó el sendero de la escritura
autodidactica. Su modesta voluntad hizo que desempeñara oficios
que rayaban en el servilismo. Trabajó principalmente como oficinista
--continuando la leyenda de un Bartebly--, en una compañía
de seguros, en el servicio doméstico, como aprendiz de librero y
bibliotecario, y como botones. Sus relatos están poblados de estas
humildes experiencias. Walser siempre fue un trotamundos, acogido entre
otras ciudades, por Basilea, Zurich, Viena, Stuttgart, Munich, Berlín,
Ginebra, Berna. En esta última se conocen hasta 14 domicilios diferentes
donde residió, como todo buen nómada, esporádicamente.
Dice el eterno viajero: "Una maleta es toda tu casa en este mundo".
Walser, anacoreta empedernido, escribió innumerables poemas,
dramas, relatos y novelas. De 1892 a 1933 se abre una brecha de producción
walsereana, que comprende: El estanque (escrita a los 14 años),
El genio, Mundo, Los muchachos, Poeta, Cenicienta, Dos hombres, El soldado,
El servicio militar, Relatos breves, El paseo, La rosa, Seeland, Theodor,
Vida de poeta (Alfaguara), la célebre novela Jakob von Gunten (Seix
Barral, Alfaguara), Los hermanos Tanner (Alfaguara), y El ayudante (Alfaguara),
entre otros textos. Estas tres últimas acaso constituyen sus mejores
narraciones de carácter autobiográfico.
Walser vivía al día en extrema pobreza. En su interesante
investigación, El autor y sus editores (Taurus), Siegfried Unseld
expone no sin cierto dramatismo, la frustrada relación entre Walser,
la crítica y los numerosos editores que tuvo a lo largo de su vida.
Para Walser el vocablo "editor" era sinónimo de insulto y humillación.
Al principio sus obras eran acogidas con entusiasmo por los editores, pero
después, al no tener eco entre el público y no responder
a las expectativas económicas, aquéllos difícilmente
se comprometían con otra obra suya. Una buena parte de sus textos
jamás regresaron a las manos del autor por la frecuencia con que
sus editores los extraviaban. Su vida siempre estuvo llena de fracasos,
hasta que finalmente se retiró del mundo literario con una pesada
angustia que acentuaría su paso a un triste final.
Walser era el antepenúltimo hijo de una familia de ocho, cuyos padres eran pastores. Varios de ellos sucumbieron ante una enfermedad mental hereditaria. El 19 de enero de 1933 ingresó al sanatorio de Herisau por decisión propia para tratarse el legado familiar: una irremediable esquizofrenia. Elías Canetti dedujó que la extroversión de Walser no era sino la careta que acallaba una pavorosa angustia: la alienación tomó venganza frente a tanto silencio. Al igual que Hölderlin en el final de sus días, Walser permaneció bajo el espectro de la locura por 23 años. El 25 de diciembre de 1956 lo hallaron muerto entre la nieve. Un año antes había recibido el Premio de la Fundación Schiller de Suiza.
Un poeta rescatado.
Desde hace años no se cuenta con un sólo libro de Robert
Walser en español. Habría que atesorar la aparición
de la novela corta El paseo (Siruela, 1997), pequeña pieza en prosa
poética, oportuno paliativo que retoma el personaje favorito del
escritor suizo: el vagabundo, el flaneaur, según la leyenda que
Charles Baudelaire urdió por las calles de París.
Para un poeta, una caminata jamás será una cosa ordinaria,
tal parece ser la divisa del quijotesco protagonista de El paseo. Una mañana
estival sale de su habitación, abandona "el cuarto de los escritos
o de los espíritus" y se dispone a recorrer y examinar las cosas
de la ciudad, de su gente en plena actividad, con sus tareas y oficios
cotidianos. Escrutina la belleza y exhuberancia de la plaza, los jardines,
los árboles; en suma, la naturaleza desnuda antes sus ojos; los
de un poeta. El paseo semeja una fiesta de los sentidos para este lírico
exaltado: "Es divinamente hermoso y bueno, sencillo y antiquísimo,
ir a pie". Es un hecho que por su sensibilidad, sus maneras de burgues
y dandy, Walser es indudablemente un romántico, o en palabras de
él mismo; un romántico-extravagante.
Como todo quehacer romántico, Walser recrea y restaura el mito
de la caída del hombre en este relato, pero al igual que todos los
mitos, el suyo se encuentra soterrado en las profundidades de una prosa
florida, retórica y dilatada. El hombre ha renunciado a su ser festivo,
dionisíaco. El costo de la vida social ha impedido que pueda expresar
su ánimo ditirámbico, como Walser lo ha hecho con su personaje.
Si el pasear, el andar sin ton ni son por las calles es un juego, presupone
un estar fuera de toda regla social, pues lo contrario es la seriedad que
impone el trabajo en nuestra rutina diaria. Este mundo empecinado en regular
el orden es lo que tritura la mirada tierna del poeta. Lo mejor es perderse
en los confines de la urbe y recuperar la infancia (otra manera de perdurar
en el mito), al igual que nuestro protagonista, que al contemplar a unos
infantes reflexiona: "Los niños son celestiales, porque siempre
están como en una especie de cielo, y caen desde la infancia a la
seca y calculadora esencia y a las aburridas concepciones de los adultos".

Cuentan que cierta vez un editor confundió los manuscritos de
Kafka con la prosa intermitente de Robert Walser. ¡Tanto era el amor
que Kafka le profesaba!; sin embargo, mientras Kafka abre una disputa con
el laberíntico mundo del poder, Walser no dramatiza con lo real:
es lúdico, grácil, histriónico, mordaz, ingenio, frívolo,
pero nunca asume la pugna o la complejidad consigo mismo o con los demás.
La ausencia de conflicto narrativo, como en casi toda su demás obra,
es una constante. Los personajes de Walser son seres escurridizos que evaden
el hostigamiento de la realidad, son seres que parecieran provenir de un
periodo anterior al nacimiento de la crisis de la razón, es decir,
antes de la escisión y fisura del alma humana. Sus personajes, como
dice Walter Benjamin, "están todos curados". Para quien busque el
misterio en la obra de Walser, como observa Robert Calasso, su tarea será
infructuosa.
