Semanario de la UAM
17 10 2011
7
T
estimonio
de
la
C
aravana
al
S
ur
Fuimos al sur por nuestros vivos
y por nuestros muertos…
Casi 600 personas participaron en la Caravana al Sur durante 11 días.
Fotos: José Rivera
La Caravana al Sur recorrió Morelos, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Guatemala, Tabasco,
Veracruz, Puebla y Distrito Federal.
Edgar Coronel,
alumno de Ciencia Política
de la Unidad Iztapalapa de la UAM
Una serpiente de dos kilómetros
de longitud y con casi 600 perso-
nas montadas en su lomo, recorrió
ocho estados del país y una repú-
blica extranjera, pidiendo, exigien-
do la paz para una sociedad que se
desmorona día a día entre la bar-
barie y la carnicería ciega que una
pésima decisión de aquellos que
creen gobernarnos y representar-
nos desató en el “norte y en el sur,
a la izquierda y a la derecha, arriba
y abajo” de México.
Quienes se montaron en el rep-
til con pies de caucho sintieron los
dolores de las muertes y las ausen-
cias, las impunidades, los “hastala-
madre”...
Tres momentos
En el camión 13 conocí a doña Es-
ther, una mujer robusta de cabello
rubio, con la sonrisa fácil y la risa es-
truendosa. A doña Esther le desapa-
recieron un hijo y con él se le fue un
inmenso trozo de vida. Dice que lo
ha soñado llorando, recostado en su
lado derecho. Lo ve sucio y en oca-
siones quemado por el sol. Doña
Esther me contó que a partir de la
desaparición de su hijo, en el peri-
plo en que se ha convertido su bús-
queda, ha encontrado en el camino
muchos hijos más como para llenar-
le el corazón gigantesco que tiene.
Al fnal, doña Tete, como también
le gusta que le digan, ríe y reímos
juntos. Doña Esther seguirá riendo y,
también, buscando a su hijo.
Durante el evento en el puente
fronterizo que sobre el Suchiate une
a México con Guatemala, un amigo
hondureño me invitó a recorrer el
camino que siguen los inmigrantes
para cruzar uno de los ríos que los
separan de su destino. Ingresamos
a territorio guatemalteco por una
casa de madera, gracias a que uno
de sus inquilinos (en esa casa viven
cinco familias) nos permitió el paso.
Las personas viven entre lodo, agua
estancada y sapos. Llegamos hasta
donde deberían estar aquellos que,
en llantas y por 20 quetzales, cru-
autopista que no dejaba de subir
y que atravesaba cerros y bancos
de niebla. La autopista se convirtió
en carretera y se redujo a un solo
carril. Luego recibimos el aviso de
que tramos del camino habían des-
aparecido, ahogados en la obscu-
ridad de una barranca que todo se
lo traga, o interrumpido el sendero
de asfalto por las montañas que se
desmoronan a causa del agua que
lo penetra todo. Al fn y con seis
horas de retraso llegamos a Acteal.
Nos recibieron con fanfarrias y áni-
zan a los indocumentados; sin em-
bargo, no estaban ahí, en su lugar
dos potentes luces de un automóvil
cercano nos señalaron. La policía
migratoria. Mi amigo creyó que era
momento de regresar. Así lo hicimos
y nos topamos con una casa con las
puertas abiertas que fungía como
templo cristiano. Quien ofciaba la
misa tenía al pecho una guitarra.
Cuando pasamos por enfrente, los
asistentes a la misa dijeron “amén”.
Logré colarme a la comitiva
que iría a Acteal. Tomamos una
mo. Los tzotziles son personas her-
mosas, cálidas y alegres cuando te
abren las puertas. Con “Las abejas”
de Acteal descubrí el sentido de la
comunidad y el innegable valor de
una decantada organización. Com-
prendí la dignidad de vivir la histo-
ria y la necesidad de seguir andan-
do y resistiendo a un mundo que
unos cuantos creen suyo y que de
acuerdo con sus intereses anulan a
los demás mundos. Comprendí la
pasión de seguir vigente y la digni-
dad de la resistencia.