Semanario de la UAM. Vol. XXIV No. 15 4-Dic-2017

[Semanario de la UAM | 04•12•2017] 11 Todos éramos mano de obra El 19 de septiembre me costó un rato reaccionar. Mi pri- mer pensamiento fue: no puede ser esto en un día como hoy, no puede estar pasando esto justo hoy. Debajo del edificio me junté con todas las veci- nas con diferentes grados de histeria, me uní a ellas. Después, ya saben: los teléfonos celulares sin señal, la gente corriendo a los colegios, el nudo en la garganta cada vez más grande, las caras desencajadas. El recuer- do se vino completo e íntegro; contrario al 19S de 1985, esta vez todos sabíamos que más de algo se había caí- do y más de alguien lo había perdido todo. Recogí a mi hija, lloré en sus brazos desconsoladamen- te –pobrecita– y al subir a mi casa abrí la alacena ¿Qué tengo y a dónde lo puedo llevar? Esa impronta es así de maravillosa en este país y de esto toma cuenta este fotoli- bro. Acudimos a un estado de excepción en el que somos excepcionales: valientes, generosos, empáticos, solidarios. El fotolibro comienza con el derrumbe; vemos estruc- turas que nos acogen en su fragmentación y casi des- nudez: muros abiertos, ventanas destrozadas, escaleras colapsadas y en muchas la humanidad contenida en sus paredes: una sala desordenada o una recámara con la cama sin tender… es algo que se siente impropio, al asis- tir a una intimidad sin ser invitados. Valen quizá por esto los carteles de “no fotos, respeto a las víctimas.” Entonces sabemos que los edificios de esta ciudad no eran sólo estructuras de cemento y varilla, sino grandes contenedores de nuestros ciudadanos y por tanto las figuras primaras de lo que nos convoca a ser una ciudad. Vemos que la gente comienza a llegar y ya no se va de los derrumbes; la vida adquiere su verdadera dimensión: las cosas son cosas, los edificios son piedras y sólo im- porta si algún corazón todavía late debajo de tanto cas- cajo. Vemos las cadenas humanas, las cubetas que van y vienen, la noche que llega, los víveres, la gente común, los trabajadores, el oficinista, el chavo fresa, las bicis, las motos, los coches particulares que se llenaron de picos, palas, comida y medicinas circulando a velocidades im- posibles. Todos éramos mano de obra. Casi como en una danza mística, la gente se orde- na, hace caso y mágicamente guarda silencio al divisar un puño en alto, que significa aquí estamos, de aquí somos y no nos vamos. Porque queremos encontrarte: humanidad deshumanizada en esta urbe. El colectivo emerge de todas las hojas: fuimos afectados como un cuerpo que se hizo consciente de su ser interconectado y dependiente. El temblor suspendió actividades, ralentizó cotidiani- dades, pero hizo frenéticos muchos procesos autogesti- vos y de organización cívica y social. Este Fotolibro tiene el ritmo mismo del temblor, pues comienza después del atontamiento y luego se vuelve frenético: zapatos, bo- tes, cascos, manos, gorras, despensas. Vienen los uni- formes y los paliacates y las líneas de precaución. Somos testigos en esta publicación de ese desborde de los con- tenedores: no había forma de parar esa necesidad de ayudar, ese deseo, esas ganas. Más de dos meses después de lo ocurrido podemos mirar la estética que estas imágenes proponen; se fue la urgencia, se reordena la vida ¿estamos parados en otra orilla? Pienso en la técnica japonesa con la que reparan la cerámica rota llamada Kintsugui, que es parte de una filosofía según la cual las roturas y reparaciones son ele- mentos de la historia de un objeto y deben mostrarse, en lugar de ocultarse, incorporándolas. El objeto es re- parado con un barniz mezclado con oro o plata que hace muy visible la reparación con la idea de embellecerlo, pero poniendo de manifiesto su transformación e histo- ria, es decir, no somos los mismos, se nos ha quebrado algo que al repararlo no debemos invisibilizar. Como ciu- dad no se trata sólo de remplazar un edificio por otro, porque como en la muerte sabemos que no existen sustitutos. Hagamos memoria entonces, como propone este Fotolibro. Miremos y guardemos lo que somos de cuando fuimos extraordinarios y apuntemos sin borrar, sino mirando las cicatrices, para ser de nuevo esta ciudad solidaria que somos cuando vibramos muy alto. Dra. María Alejandra Osorio Olave Departamento de Ciencias de la Comunicación Unidad Cuajimalpa CULTURA

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